Sueños (76): Paseando con Estrella

Soñando que paseo con Estrella, soñando que paseo tranquilamente por callejuelas de un apacible pueblo lejos del mundanal ruido
Salimos de la terapia y Estrella me pregunta que cómo llevo lo del tabaco. Le digo que sí, que me mantengo, que sigo fumando cada hora, a pesar de esto y lo otro, y le pongo ejemplos, me mantengo. Esto le alegra mucho a Estrella. Y, contra todo pronóstico y para mi sorpresa, nos ponemos a pasear juntos mientras seguimos charlando, como si siguiéramos la terapia. Caminamos por calles estrechas y agradables, sin las estridencias del tráfico.

Nos detendremos en un puesto, enmarcado en una plazoleta, de bocatas y demás viandas (un poco como una tienda de ultramarinos abierta a la calle, como un kiosko). Estrella se hace con un bocadillo. Yo me fijo en un apetitoso bocadillo con queso, bacon, pimiento verde mezclado con demás cosas. Pero el dependiente me aconseja que no compre el bocata, que está malísimo. Me fijo en que el citado bocadillo también tiene tomate, con lo mal que me sienta. Así que desisto y me pongo a buscar otro alimento, quizá un bollo... Pero también, por hache o por be, termino por no adquirir nada para papear. Seguimos paseando. Ya al poco nos despediremos y separaremos, en un cruce de calles. Estrella tirará hacia abajo, camino de Móstoles, yo emprendo mi rumbo hacia arriba. La verdad que me sorprende ir andando con absoluta calma y tranquilidad, disfrutando, sin agobios ni ansiedades.

Ahora voy paseando con la misma placidez por las inmediaciones y espacios de un apacible pueblo. Y pienso que este lugar es idóneo para un escritor. Escribir cosas modernas en la quietud atemporal de un pueblo de ensueño. Escribir, aquí, y ya me veo viviendo aquí, lejos del mundanal ruido, en paz, aquí.
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Sueños (75): Prisionero en el Templo de la Noche Eterna

fotograma de la película Blade: El Templo de la Noche Eterna, donde se realiza el ritual vampírico final
Estoy encerrado en una prisión de alta seguridad, junto con otros siete u ocho reclusos. Escapar parece imposible de los imposibles. La vida en esta prisión está absolutamente militarizada, obligándonos a formar y demás parafernalias de una estricta vida militar. Nuestro carcelero, a modo de feroz y temible sargento, nos alecciona, manda, castiga, etcétera. Habrá un episodio relacionado con el cuarto de baño o letrinas, en que me veo en la misma cabina con uno o dos de los prisioneros. Y habrá otro acontecimiento que desencadenará toda la parte terrible y patibularia que continuará en el sueño.

Resulta que muy de mañana nos han instado a formar en el patio. Con las prisas, no sé cómo, pero salgo sin la vestimenta militar de rigor, que se me ha olvidado ponerme, llevando el pijama obligatorio, gris o azul desteñido. Antes de formar pues intento volver sobre mis pasos para ponerme el traje militar, pero están bajando, a modo de portón metálico de garage, la entrada que hay desde el patio, mientras un vigilante me asegura que no importa el hecho de que forme en pijama. Así que ya no hay remedio, tendré que alinearme con los demás poniendo de manifiesto mi despiste en la indumentaria, a ver qué consecuencias me trae el desliz...

Una vez en la formación, nos pasa revista el terrorífico carcelero. Al verme tiene una reacción absolutamente inesperada: se muestra amabilísimo conmigo, como si alabara mi originalidad. Tan cortés y encantador se muestra que todo viene a indicar que, en vez de darme un ejemplar castigo, me va a dejar en libertad. Me conducirá a una enorme sala, de muchos metros de altura, que debe cumplir las funciones de homenaje antes de permitirme salir de la cárcel, pero... por mucho que intenten engañarme en seguida descubro sus verdaderas intenciones, aunque me hago el inocente, claro está.

Porque donde acaban de traerme no es ni más ni menos que el santuario vampírico, llamado el Templo de la Noche Eterna, que aparece en el final de la película "Blade". Efectivamente, por mucho que me halaguen y enmascaren la verdad, está claro que piensan beberse mi sangre. A partir de aquí (en realidad algo antes), dejo de vivir el sueño en primera persona, siendo testigo desde fuera, como viendo una película. Así que "yo" pasará a ser el protagonista de la trama y sólo en breves momentos aislados volveré a la primera persona de la acción. Es más, incluso "he cambiado" físicamente, siendo ahora un tipo fortachón, alto y algo gordo.

Manteniendo las formas, disimulando, dejándose llevar, el protagonista ya sólo pensará en escapar, buscar esa casi imposible salida para no terminar desangrado en una práctica ritual atroz y abominable. A todo esto también han apresado y encerrado en una mazmorra a la familia del prota: su mujer, dos hijas y otra hija más, quizá de un matrimonio anterior, que sacarán de su escondite en una especie de gruta de ultratumba; la niña lleva colgando de se cuello un caro y precioso collar metálico con vistosas alhajas. Todas ellas van ataviadas de una manera similar a los pajes de la Edad Media.

Hace su irrupción en la estancia (que no es ni más ni menos que una celda enmascarada) donde han introducido al protagonista, un arzobispo con sus lujosos ropajes. Con la misma zalamería hipócrita del carcelero habla indirectamente de una valiosa donación (se refiere al collar de la hija) para tramitar la liberación. Nuestro protagonista sigue disimulando, afrontando todo con un resuelto optimismo e inspirada ingenuidad. El arzobispo desaparece. Desde un hueco labrado en la piedra se puede ver cómo ha empezado ya la criminal ceremonia: vemos al carcelero, al arzobispo y a una suntuosa mujer, sentados en paralelos tronos en la elevada piedra que sirve de altar dentro del Templo de la Noche Eterna, cómo de perfil y con la lengua extendida van recibiendo hilos de sangre humana que caen desde las alturas. Se presume que la siguiente víctima será nuestro protagonista. La imperiosa huida está difícil.

Pero otro personaje ayudará a que el protagonista logre escabullirse. Vemos al personaje nuevo introducirse por pasillos, atravesar puertas del castillo, esperar agazapado para no ser descubierto. Liberará un resorte o algo similar que permitirá que nuestro héroe pueda salir de su mazmorra por debajo, a través de unas trampillas enrejadas que hay en el suelo de la celda y que conducen a una serie de grutas que le pueden dar la libertad. Antes de aventurarse en su escapatoria meditará sobre el destino de su familia. ¿Qué hacer? Ellas están en otro alejado y húmedo calabozo bastante inaccesible. El protagonista tomará la resolución, sin mucha vacilación, de salvarse él, ahora que tiene la oportunidad, y dejar a su familia en las garras de su pavoroso y sangriento destino.
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Sueños (74): En casa de Ángel Caballero

fragmento de planta de las Torres Blancas en Madrid del arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza
Estoy en un garage con mi chica Eva y nuestro hijo Amador. La mayoría de detalles de esta parte del sueño se han esfumado. Hay algo relacionado con un coche familiar en el que entramos o salimos. Amador, revoltoso y alegre, hace de las suyas. Quizá nos dé algún sustito. De pronto nos encontraremos con Ángel Caballero, quizá en la caja de escaleras. Nos llevará a Eva y a mí (Amador desaparece del sueño) a su casa. Pero Ángel tiene dos casas. Nos lleva a su primera casa, cerca del garage. Y en seguida nos lleva a su casa principal, en el centro de Madrid, donde vive casi siempre.

Esta segunda vivienda es mucho más espaciosa y hasta cierto punto lujosa. Se trata de un edificio famoso moderno del que yo, hace tiempo, en una revista de arquitectura o algo similar, vi las plantas y secciones (de alguna manera asociadas a las Torres Blancas de Oiza). Toda la casa está organizada según hexágonos y el suelo tiene ligeras ondulaciones geométricas, algo lunares, reforzando efectos de amplitud y geometría. Ángel nos va mostrando las distintas estancias, conectadas, como digo, de manera "hexagonal". Unas estupendas vistas desde la terraza cerrada. Estaremos en el piso 12, o 15, a bastante altura.

Ángel nos explica algún fallo que tiene esta vivienda. Por ejemplo, cuando llueve, el techo del salón se hunde muchísimo, bajando el techo casi un par de metros (la altura de la vivienda puede llegar a los tres metros y medio), como una bolsa llena de agua. Mientras nos cuenta esto Ángel, el techo se queda hundido, a modo de ilustración de lo que dice. Por lo visto, el que el techo se hunda con la lluvia le provoca a Ángel pulmonías (esto no lo supo hasta que se lo diagnosticó el médico), lo que le obliga a trasladarse a su otra morada cuando la lluvia arrecia.

Desde luego no conocíamos este aspecto acaudalado de Ángel que vemos en multitud de detalles de su hogar, proviniendo claramente de una familia de dinero. Después de la "guía turística" por su casa y estancias, comienza a venir gente, dos o tres amigos suyos, curiosos y estrafalarios, que entran por turnos y sin llamar, como si la puerta estuviese abierta siempre. También descubro gratamente en nuestro anfitrión aspectos atrayentes de su personalidad que no conocía: don de gentes, despejado y seguro carisma, gran conversador, una señorial elasticidad dinámica en sus movimientos, cierto desparpajo mundano y una elegante despreocupación. Él también me conoce a partir de aquí algo más en profundidad, aunque según dice él nos separa el hecho de que "tú no entiendes". Y casi nos estamos despidiendo ya. Parece que Ángel tiene que salir (aunque esto no supone que tengamos que irnos nosotros también de su piso, nos podemos quedar aquí tranquilamente...).
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Sueños (73): Variedades universitarias con Eva, Amador y algunos amigos

sueño que se me acaba el tabaco de liar Golden Virginia, además de otras variedades en el entorno de la Universidad con un pinche de cocina y su espectáculo, con Eva, con mi hijo y algunos amigos
Estoy en un enorme hall de un edificio de la Universidad con un tipo feo, muy moreno, algo basto y sobre todo, muy gracioso. Acabamos de salir de la cocina en donde trabaja, casi adjunta al hall, tras terminar su jornada como pinche de cocina. El tipo cachondo en cuestión no para de hablarme y soltar gracias y chistes, de un humor raro y exagerado, con tintes de vodevil, pero realmente muy divertido y jocoso. Inmediatamente, ya vestido estrafalariamente, se instala al fondo del hall y comienza su hilarante y carnavalesca actuación gesticulante ante un público que irá en aumento.

Me daré un par de vueltas por el edificio universitario y cuando vuelvo al hall, la actuación está en plena ebullición, con muchísimos espectadores. Solo que ahora, aparte del cocinero, hay otro actuando a la vez en el mismo estilo de monólogo hiperbólico y carabaretero. Y en breve terminan la representación, de un éxito apabullante. Aparece a mi lado mi amiga Maika acompañada de otros dos o tres de sus amigos y amigas. Está entusiasmada y corre a saludar al cocinero, que por lo visto es amigo suyo desde hace mucho.

Mientras el hall se va despejando tras el espectáculo, estoy ante una mesa blanca larga y grande donde reposa mi tabaco de liar Golden Virginia. Me fijo en que me queda poco tabaco y puede que no me aguante toda la noche. Por suerte, casi al lado hay otro paquete, prácticamente entero, de otro tabaco de liar, igualmente con envoltorio verde pero de distinta marca. El paquete es de David Pastor. Le busco para preguntarle si, en caso necesario, podría usar su tabaco. Creo recordar que David estaba por aquí con más amigos nuestros, pero ahora no termino de hallarle.

Salgo fuera, a la luz del día, por una puerta lateral y me encuentro en una calle estrecha con doble hilera de coches aparcados y en el medio una vía de única dirección para que circule el tráfico, apenas existente. Sí, por aquí se acaban de ir David Pastor y amigos hace un rato, así que les he perdido la pista, mas supongo que volverán en breve.

Acto seguido estoy en esta calle estrecha con mi hijo Amador, que está muy juguetón y travieso. No sé por dónde anda Eva (¿se fue con David y compañía?). Repentinamente Amador se me escapa y echa a correr de pronto calle arriba, por la acera, gritando y excitado. Pero de pronto gira y corre por la carretera descontrolado, en una larga diagonal, justo cuando se acerca un coche. No puedo detener a mi hijo y ha faltado un pelo para que me lo atropellen. Vaya un susto de muerte. Yo mismo me he puesto casi delante del coche para evitar que le dieran a mi hijo. Sale el conductor, una amable mujer, interesándose por nuestro estado y los posibles desperfectos en su coche. Todo bien, se marcha. Amador se ríe, nervioso, con esas carcajadas culpables medio histéricas de los niños después de haberse pasado de la raya.

Ya con Amador en brazos, le hablo en un tono bastante fuerte y desesperado con el que nunca antes me había dirigido a él, indicándole que no vuelva a hacer una cosa así. Por unos instantes me siento abrumado por la responsabilidad de Amador, es tardísimo, ya entrando la noche y no hay ni rastro de su madre, Eva. La busco por el hall, con Amador en brazos, y nada, desaparecida. Me imagino que se habrá ido a casa. Amador, en mis brazos, apoya su cabecita sobre mi hombro, signo claro de que tiene sueño y se está durmiendo. Cuando ya estoy planteándome que regresemos a casa sin Eva, aparece, al fin.

Estaba claro, que a pesar de las apariencias, con lo madraza que es, era más que improbable que se hubiese ido. Sencillamente me dejó con Amador un rato. Sin embargo la noto rara, como que esconde algo. Por varios indicios sospecho que me ha estado engañando con alguien e intento sonsacarle. Con no mucha claridad, me hace ver que algo hay, que ha estado con alguien, pero sin mayores consecuencias, alguien que sencillamente le agradaba, aunque realmente no ha pasado nada, más flirteo que otra cosa. No termino de creerla. Vamos hablando sobre esto caminando por un paseo, entre árboles, es de día.
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Sueños (72): En taxi con Pedro Halffter

coincido con Pedro Halffter en un taxi y nos topamos con un gran atasco en un tramo del Paseo de la Castellana, en Madrid
Es de día, a media mañana, cuando paro un taxi en las inmediaciones de la Gran Vía madrileña. Justo cuando voy a subir aparece a mi lado Pedro Halffter. Hace mucho tiempo que no nos veíamos, desde luego. En el sueño no han pasado los años por Pedro, tiene exactamente el mismo aspecto juvenil que la última vez que nos vimos en el instituto, hace más de veinte años. A pesar de tanto tiempo sin vernos, en la lógica del sueño, es como si apenas hubieran pasado unos días. De hecho casi ni nos saludamos, como si fuera lo más normal del mundo coincidir en la calle y en un taxi. Nos subiremos los dos. Le propongo a Pedro que, como yo voy más cerca, me lleve el taxi a mí primero, que voy cerquita, y que luego le lleve a él a su destino más alejado, aunque esto le suponga un pequeño rodeo. Pedro accede.

Durante el trayecto ni hablamos, nada en plan "y cómo te ha ido últimamente" o algo similar. Sencillamente, en el sueño, lo normal y natural es que no hablemos, con esa tranquilidad familiar en que no es necesario decir cosas para no sentirse intimidado o incómodo. Entramos en un tramo de la Castellana (en realidad, Paseo de la Castellana), cerca de Cibeles, camino de Atocha, topándonos con un buen atasco. El taxista se enfada, se le había olvidado que justo este tramo estaba atascadísimo desde ayer (mientras que el resto de Madrid, en su totalidad, está despejado, con tráfico fluido). Por suerte miramos hacia atrás y aún no se ha sumado ningún coche detrás de nosotros y el taxista puede conducir marcha atrás un montón de metros, con lo que logramos salir del embotellamiento.
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Sueños (71): Vuelta a las andadas con Irene

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente III, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Poco he podido retener del sueño o de los múltiples sueños encadenados que quizá se hayan ido sucediendo, salvo el momento nítido en que me encuentro con Irene en una gran cama de matrimonio, en una habitación medianamente grande. De alguna manera es como haber vuelto al pasado, de forma pacífica y natural. Ella se ha propuesto hacerme unas cuantas virguerías sexuales a modo de recital, muy segura de lograr satisfacerme plenamente. Así, empieza a chupármela con leves y jugosas succiones. Pero está la incómoda cautela de que no despertemos a su familia, al resto de habitantes de la casa (de dos o tres pisos), lo que nos llevaría a interrumpir sin remedio nuestra reencontrada intimidad.
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Sueños (70): Un curioso maratón

el sueño de la carrera por un camino entre pinares que luego se transformará en un paisaje artificial de pista cubierta
Nuestra profesora o entrenadora personal o algo similar poco identificable, nos insta a hacer una carrera de 100 kilómetros, quizá 10 kilómetros (distancias simbólicas en el sueño). Se trata, en realidad, de dar cien vueltas en torno a un campo delimitado, siguiendo un recorrido prefijado aunque flexible, con altos y bajos, caminos y montículos. Este campo, en su circuito tiene forma cuadrangular, empezará siendo al aire libre, por caminos de arena dura y entre pinares, pero en seguida se transformará en un espacio cubierto, situado dentro de un pequeño pabellón, con caminos y obstáculos artificiales, simulando la naturaleza. La carrera tendrá la particularidad de que no salimos de la meta a la vez, sino por turnos, esperando cada uno un tiempo para salir en pos del que nos precedió. La primera en salir será Eva. Algo después saldré yo. Además, uno podrá detenerse en la carrera, dejarlo cuando quiera, parando el cronómetro, por así decir, y continuando más tarde o mañana. Yo me he propuesto dos cosas: una, dar las cien vueltas de un tirón, seguidamente, sin parar; la otra, ser el que lo haga en menos tiempo.

Durante la carrera iré viendo cada vez más maneras de acortar y de ahorrar esfuerzos. Por ejemplo, a medio camino hay que alejarse algo para salvar un murete demasiado alto en la parte que disminuría las distancias. Acabo encontrando la manera de poder cruzar por la parte más alta, que es la parte más cercana a la línea de salida y así completar la vuelta antes, evitando el molesto rodeo. La forma será, aprovechando el impulso de la carrera, saltar y darse impulso con el tablón vertical del respaldo de un banco de madera. A veces, por haber alguien delante, no se puede coger el debido impulso y no se podrá salvar el murete, lo que produce un maldito retardo, que a veces me obligará a doblar a alguien para quitármelo de delante.

En definitiva, cada vez doy las vueltas más y más rápido. Y con el tiempo seré el único que sigue corriendo. Todos los demás (seríamos unos seis o siete) se han detenido ya. Eva ha parado. Valentín igual, ahora está charlando con alguien en uno de los extremos del recorrido. Sólo sigo yo, empecinado y con tesón. Las últimas vueltas las estoy dando prácticamente en segundos, con grandes y estratégicas zancadas, hasta que... Cuando voy por la vuelta 77 o 78, resulta que se han sentado dos tipos en el banco y eso me obliga a pararme de golpe. Buscando la manera de escalar el murete, ahora más alto, me encuentro, quizá por la falta de fuerzas, con la imposibilidad de lograrlo tras múltiples intentos. Con lo que todo parece indicar que ya no puedo seguir y esto me da mucha rabia. Veo que como me detenga por más tiempo se instalará la pereza y el cansancio y ya no podré retomar...

Pero sucede algo curioso: a partir de aquí seguiré corriendo, pero mentalmente. Así, narrado desde fuera, como si me viera desde fuera, sigo dando vueltas en torno al circuito, esta vez ya rapidísimas, cada vuelta cumplimentada con apenas siete pasos.

En el sueño habrá otra curiosidad. Durante toda la carrera, salvo al final, me estaré desdoblando, todo siempre vivido en primera persona: a ratos seré yo mismo, a ratos seré Cecilia Sarli.
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Sueños (69): Beso a Rachels

el sueño del beso apasionado con Rachels y la imposibilidad de nuestro romance
Estamos en la Universidad, en aulas enormes, presentando trabajos, realizando actividades. Hay un acercamiento progresivo a Rachels, un juego en el que se van acortando las distancias. Al final quedan pocos alumnos ya, cada vez menos, hasta el momento en que ya estamos solos los dos, sin testigos, y yo estoy tumbado sobre una mesa del aula y Rachels tiene su rostro volcado hacia mí. Nuestras bocas próximas, mientras hablamos a corta distancia, su cabello cayendo sobre mí, el aroma y la rotundidad de sus senos sobre mí, su apetecible carnalidad. Se produce ese instante magnético previo al beso. Acerco mis labios a los suyos. Ella, según preveía yo, no se acerca a mi boca, pero tampoco se aleja. Con algo de sorpresa recibe mi beso en sus labios, apenas un pellizco, suave y levemente intenso. Ella, que ha recibido mi beso como queriéndolo pero no queriéndolo, como esperándolo pero no conscientemente, ahora, sin separarse, sin poner distancia entre nuestros alientos, me dice que esto no puede repetirse de ningún modo. Sin embargo, acto seguido, volvemos a besarnos otra vez un instante. Y a partir de ahi ponemos freno a nuestra cercanía. Empiezan las consideraciones de por qué no debemos seguir adelante con esto. Rachels desaparece y sigo yo solo meditando acerca de este percance. Definitivamente no podemos continuar este romance, este escarceo amoroso. Ella tiene novio, le conozco, buena gente, siendo además cliente mío; y yo tengo también mis propios compromisos. Quizá remuerde un poco la conciencia. Creo recordar subidas y bajadas por las escaleras que enlazan los pisos de la Universidad.
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Sueños (68): Traslado a una vivienda de lujo y Amador anfibio

el sueño del traslado a una vivienda unifamiliar de lujo en una zona de chalets al norte de la Plaza Castilla en Madrid
Estoy buscando un sitio al que trasladarnos en una zona de chalets de lujo situada algo más allá de la Plaza Castilla. Localizaré dos posibles viviendas de mucho diseño y modernas que están contiguas. En una de ellas habría que vivir con los dueños. La otra, donde se desarrollará la mayor parte del sueño, es una auténtica maravilla tecnológica de diseño limpio y espacioso, luminoso. Entraré y alucinaré con esta vivienda. Un salón enorme de triple altura, con todo el exterior formado por un duro y grueso, a la vez que nítido, cristal especial, similar al metacrilato. Se podrán colocar cuadros semi transparentes tal cual, sólo hay que adosarlos al lugar donde se desee y se adhieren firmemente con sólo colocarlos, dando unos hermosos y sugerentes juegos de luces, tanto mirando desde el interior hacia fuera como a la inversa, mirando desde fuera.

Desde el espacio principal central, que es ideal y magnífico, arrancarán dos tramos de escaleras hacia las dependencias de arriba. Llevaré a Eva para que vea este sueño de alojamiento. Juntos, o con ella, voy sopesando los pros y contras de venirnos a vivir aquí. Para empezar se sale un poco de nuestro presupuesto. Si ya pagamos alrededor de los 850 euros, este capricho nos costaría unos 1200 euros mensuales de alquiler. Podríamos llegar, pero iríamos muy justos, y eso sin tener en cuenta que puedo tener unos dos o tres de meses malos, profesionalmente hablando, con lo que nos meteríamos ya en una situación ruinosa. Otro inconveniente es el emplazamiento: demasiado alejado del centro. Voy a tener clientes que ya no se desplacen hasta aquí, la otra punta de Madrid. Las ventajas son muchas, principalmente lo felices que seríamos aquí, en un ambiente de paz, tranquilidad, unas hermosas vistas placenteras, alejados del ruido, de las mundanales molestias... Y lo que disfrutaría en esta vivienda de ensueño llena de pureza nuestro hijo Amador. Jodé qué lástima no ir sobrados de dinero para agenciarnos esta casa como segunda vivienda, para los fines de semana.

Pero hay otro inconveniente. Tendríamos que vivir con el dueño, que muchas veces estaría fuera de viaje. Él ocuparía lo mínimo de la vivienda, quedándose la mayoría de los espacios para nosotros (justo al revés de lo que sucedía en la vivienda contigua). Pero perderíamos la intimidad, está claro. De hecho, el dueño acaba de llegar. Según lo veíamos desde fuera es alguien fuerte y ancho, de color, de piel mulata, aunque luego será blanco. Nos da más indicaciones sobre el lugar. Él mismo nos aclara que desde luego viviría él solo aquí, pero que siendo tan caras las letras, necesita alquilar buena parte de la casa. Con lo que parece decidido, que con las cuestiones en contra que tenemos, al final no viviremos en este idílico hogar...

Antes o después de esto, incluso puede que ya hacia el final del sueño, valoraré la idea de trasladarnos a unos pisos que hay por aquí, quizá estaría bien. Además dan prácticamente a la Castellana, y seguro que esta zona está revaloradísima dentro de 30 años, sobre todo en este emplazamiento, donde enfrente se ve la Plaza de toros de Las Ventas.

Ahora tenemos reunión en la majestuosa vivienda. Estoy con el dueño y el fotógrafo Rafael Photoimage. Mientras el dueño y yo charlamos, evaluamos aspectos y/o vemos una película, Rafael está pintando un cuadro de abigarradas pinceladas que cuelga directamente de la pared. El cuadro representa la lluvia nocturna sobre una calzada con adoquines y cosas así (afuera también es de noche en estos momentos). El cuadro de cuando en cuando se irá desarrollando solo, como por arte de magia habrá evolucionado, siendo pintado por Rafael pero sin que le veamos pintarlo. Al final el cuadro tiene movimiento, muy logrado y se ve cómo cae la lluvia, entrellándose con la calzada y cómo se van formando regueros con el agua sobre el suelo, repetidamente, como en una secuencia de continuos loops. Un cuadro que es como una película, vamos, pero siempre con las materias propias y lujuriosas de la pintura.

Después estaremos los tres en el salón con otra chica, charlando de esto o aquello, divirtiéndonos calmadamente, apacibles. Esa chica será a ratos Tirma A., a ratos mi madre, a ratos una mujer madura. Sentados ante una mesa acorde con el diseño liviano y tecnológico del resto de los espacios. Se ve una enorme y preciosa puesta de sol, emotiva, a través del inmenso cristal. Yo ya estoy pensando en irme, que no se me haga muy tarde, que no nos vayamos ya caída la noche, que no tengamos follones de tráfico... Creo que son cerca de las seis de la tarde, según mi reloj, pero todos tenemos horas distintas, aunque aproximadas, en cada reloj. Pregunto a mis contertulios que si nos vamos. Pues... sí. Va siendo hora ya. Una chica muy rubia que se había agregado al grupo, amiga de Tirma, se va injustificadamente, algo temblorosa y extraña, y Tirma en un aparte nos hace saber que se tratan de los efectos del opio.

Bien, levantamos el campamento, hora de irse. En principio el dueño nos llevará a casa en su coche negro tipo Land Rover. Pero se demora contándonos algo y se le pasa la hora, y viendo que ya no nos va a poder llevar, faltando a su compromiso, decide irse sin más, sale de repente de su casa hacia el jardín y desaparece. Qué horror, me tocará regresar por otros medios... Lo que supone el incómodo agobio de un largo viaje en metro de muchas estaciones desde la estación de la Plaza Castilla. ¿No me podrían acercar en coche a una estación más cercana, a medio camino? La saturada boca del metro, agobiante inico de un túnel. Quizá tenga algún encuentro con un par de revisores, según recuerdo vagamente. Y una larguísima cola, ya desde las escaleras mecánicas, de viajeros esperando a lo largo de todo el andén... Un tren que pasa sin detenerse... En fin, situación asquerosa ahíta de humanidad.

Hay otra parte del sueño curiosísima que no sé muy bien donde situar. También transcurre en la maravillosa vivienda de lujo, pero no sé si fue antes de los momentos del cuadro de Rafael, en los principios del sueño o si fue bastante después. En esa parte yo estaba viviendo en la misma formidable casa, era de noche y me encontraba en la planta de arriba, solo con Amador, mi hijo de dos años y medio. Amador reposaba en la cama y estaba embarazado de un feto y esa noche daría a luz. Debería haber una enfermera que ayudara al parto, pero no está hoy. Llamaré por teléfono, nervioso y descondertado, a Eva o a mi hermana para que me indiquen qué es lo que tengo que hacer en semejante trance. Amador está algo quejoso, en su tripa se mueve el fetito y se ven sus extremidades moviéndose ligeramente tras la tripita de Amador. En cuanto nazca la criatura habrá que meterla en un frasco grande con un líquido más o menos amniótico para preservar su vida, según me hacen saber. Pero, ¿y Amador? No podría meterle en ese líquido porque ya no es un "anfibio" y se ahogaría. Esto me desconcierta muchísimo, no sé qué puedo hacer con mi hijo tras el alumbramiento. Miro una vez más a Amador, ahora duerme, en otra postura, extendido en la cama de manera contraria o transversal. Puede que se atrase el misterioso asunto. Esto me tranquiliza.
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Sueños (67): La batalla de los morriones

Sueño de batalla contra soldados de principios del siglo XVI con armadura, lanzas, llevando el casco morrión
Estoy en el rodaje de una película, no sé muy bien desempeñando que función dentro del equipo de una veintena de personas, probablemente, a ratos, realizando la función actoral. Estamos rodando en un descampado o un campo más bien desértico, sin mucha vegetación. En realidad esta parte y la que sigue en el sueño no sé si la vivo una vez o dos veces, en el sentido de que luego me hacen una entrevista o reportaje tipo documental y voy narrando, y con ello reviviendo, todos los hechos. Es posible pues que todo acontezca sólo una vez, mientras me entrevistan y relato, aunque sí tengo la sensación de haberlo soñado dos veces. Seguimos: en el rodaje parece que hay una discusión o faltas de entendimiento y quizá fallos de organización. El director le echará la bronca a un cámara o a otro miembro del equipo.

De repente somos asaltados por un grupo de soldados extranjeros que aparecen detrás de un montículo, gritan y corren hacia nosotros, van armados con lanzas, armaduras metálicas, yelmos, son soldados con vestimentas y armaduras de principios del siglo XVI, con el típico casco denominado "morrión". Matarán de una manera rápida, fulminante, a la mayoría de los nuestros, que quedamos esparcidos por el suelo, heridos de muerte, moribundos, muertos. Yo también yazgo en la primera línea, por suerte me han dado por muerto y han seguido atacando al resto. Pero el capitán de nuestra expedición, de manera heroica, en el entorno de nuestra ciudadela, consigue revolverse rápidamente, reorganizarnos a los pocos que quedamos vivos y presentar batalla a nuestros enemigos extranjeros, consiguiendo una aplastante victoria.
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Un americano en Madrid: 2ª entrega: Zoofilia ecuestre, pero a la inversa

1ª entrega de la novela Un americano en Madrid: Tim y el sueño de la zoofilia con un caballo y una yegua, a modo de condón humano, atravesado por un pene equino
Antes de seguir con la peripecias de nuestro intrépido amigo extranjero, deberíamos describir un sueño caluroso que tuvo nuestro protagonista poco antes de venirse a la capital hispana, Madrid, y que quizá de alguna indescifrable manera fuese un evidente sueño premonitorio de lo que habría de acontecerle en las primeras jornadas de su alucinado aterrizaje en las marismas madrileñas.

El sueño fue bastante largo, con mucho trasfondo contemplativo y bucólico. Se encontraba en vastas llanuras donde imperaban frescas y verdes praderas llenas de animalejos domésticos varios. Gallinas con los ojos pintados como meretrices, cabras con caras azules y asilvestradas, algunos ñus cagando unas largas boñigas con forma de zigurat, sapos que croaban con alegría de plegarias al dios de los sapos, cigarras grandilocuentes que se fumaban a sí mismas, varios conejos practicando entre ellos esgrima con sus enhiestas orejas, vacas despatarradas mirando idiotizadas el vuelo de moscas capadas de un ala... Y demás bichos que suelen infestar los campos con su algarabía de meadas, deposiciones, ruidos y olores.

En el centro praderil, de manera dominante y majestuosa, un inmenso caballo negro de largas y tozudas crines, trotaba con fuerza y elegancia equina. El jaco se acercó con parsimonia regia a Tim, que se hallaba de pie contemplando un lago más bruñido que el espejo de la madrastra de Blancanieves. Tim dirigió fascinado y soñador una mirada amistosa al negro caballo, admirando su musculatura y sus portes aristocráticos. El animal acercó el hocico al trasero de nuestro Tim y aspiró una buena porción de moléculas aromáticas. En seguida el animal soltó una cabriola y aceleró su respiración.

Nuestro azorado Tim pudo obervar como una gigantesca manguera, que emergía de la entrepierna del fabuloso caballo, iba creciendo como si la hinchasen con un fuelle invisible. El descomunal aparato serpenteó en el aire como una sierpe, agitándose convulsamente. Tim contemplaba la escena como si la cosa no fuera con él, como un testigo fortuito de la ventana indiscreta de Hitchcock, y se sonrió imaginando ser un James Stewart granjero y bonachón. No le dio tiempo a fantasear más. De pronto el caballo, con furia y decisión desbocada le dio un empujón con las patas delanteras y antes de caer al suelo, Tim fue ensartado por el culo con la tremenda verga del poderoso animal. Exactamente igual que un pincho moruno, Tim se vio oscilando en el aire con violentas sacudidas, enganchado al miembro fálico del jamelgo como un corcho a la boca de una botella.

Con las furiosas embestidas, nuestro querido amigo se golpeaba la cabeza con el vientre y la panza del formidable animal descendiente de Pegaso. Sentía cómo el aparato caballuno le llegaba casi hasta la garganta y los ojos se le ponían del revés, a punto de saltar hacia fuera igual que canicas y chocar con sonido unísono sobre la afelpada hierba del suelo. Oía relinchos salvajes estremecedores, atronadores, ensordecedores. La tranca del caballo, atravesando las entrañas de Tim, bombeaba y aumentaba su grosor y dureza. Tim tenía la oscura y turgente sensación de ir a reventar de un momento a otro. Con la vista casi nublada del todo llegó a entrever, como a través de brumas nórdicas, cómo ahora el cuadrúpedo trotaba ciego y entusiasmado tras la vulva ojival de una yegua risueña y juguetona.

El caballo, con Tim ensartado y paralizado, se lanzó sobre el lomo de la yegua y en un santiamén, introdujo, de una sola atacada, toda su envergadura masculina hasta la base, con Tim incluido, en las angosturas viscosas y pegajosas de la vagina de la preciosa yegua. Así Tim se convirtió en una especie de condón humano para caballos, ahogándose entre flujos y reflujos. Una adosada piel pulposa y palpitante se cernía sobre él con precisión de guante de látex. Tim, más que respirar, tragaba líquidos abundantes que espesaban su laringe como un denso petróleo.

Dentro de la oscuridad sísmica Tim llegó a estar seguro de que se estaba desmembrando, aunque apenas podía ser consciente del dolor que provocaría semejante desgarro. Y llegó una embestida feroz, la peor de todas, un terremoto de seis o siete descargas rapidísimas, y entonces nuestro anfitrión se partió literalmente por la mitad, una parte derecha y una parte izquierda. Al instante pudo ver luz a través de la raja de la yegua: el caballo había retirado su omnipotente falo. Poco a poco, escurriéndose como un zumo pegajoso, acompañado de otras líquidas y grumosas sustancias, Tim fue goteando desde la hendidura sexual equina hasta el manto verde de hierba fresca.

Ahora su cuerpo estaba repuesto, soldado, aunque con las partes mal ensambladas, como esos muñecos de trapo descosidos y estirados por el paso inquebrantable de las décadas. Sin saber por qué, Tim, entre viscosidades varias, comenzó a llorar con tensión de recién nacido. Y no en vano, simbólicamente, acababa de nacer después de haber sido indignamente descuartizado. La rotunda yegua había desaparecido, dejando un desvalido huérfano humano.

Pero el caballo, más negro que los cojones de un grillo, seguía paseando su prodigiosa presencia, tranquilo, ufano, tierno, desmemoriado. Como acto reflejo el bueno de Tim identificó el porte animal con la sombra enhiesta del padre, de su padre y de la paternidad en general. Pero... de nuevo el caballo, que sin duda padecía de priapismo, volvía a bombear con obcecada insistencia su instrumento genital. Tim, ciego de pavor quiso huir lo más lejos que le permitiese la vaguedad del sueño. Y haciendo un esfuerzo sobrehumano de concentración logró despertar, emergiendo a la vigilia como un náufrago desde profundas simas etéreas.

Podemos imaginar el rotundo asombro de Tim con la vivencia de semejante sueño. Incluso el sueño parecía haber traspasado la frontera del juego de sombras chinescas mentales para irrumpir en la más estricta y pura realidad: efectivamente, le dolía el ano, algo maltrecho y quisquilloso. Pero no lo suficiente molesto como para que la sensación durase eso mismo, lo que dura una sensación. Tim, caviloso, intentó extraer el significado de lo que acababa de soñar. Ser violado por un gran caballo negro tendría que tener un decisivo mensaje. Como no pudo encontrar ninguna decente explicación en los retruécanos rocambolescos de su cerebro, ni aún una mínima interpretación freudiana, acabó por decidir que, con toda seguridad, un sueño de tal calibre sólo podía indicar la certeza de tener una gran suerte en la vida. "Desde luego, eso es", se animó Tim.

Y tranquilizada su conciencia y aplacadas sus punzadas anales, se durmió nuevamente con la beatitud de los benditos y la ingenuidad excesiva de los nacidos limpios de corazón.

[Continuará]
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Sueños (66): La velada musical de lujo y dispares situaciones surreales a mogollón

El sueño de la lujosa velada del galardón internacional al mejor intérprete de música clásica del momento y otras situaciones variadas bastante surrealistas
Sueño un poco a trompicones, saltando de una cosa a otra. Desde que recuerdo, la cosa empieza hablando con Martha con Hache por teléfono. Hablamos de los últimos preparativos de una actuación que tengo que hacer mañana, ni más ni menos que al otro lado del charco, en América. Donde tengo que ir será a ratos Norteamérica, a ratos Sudamérica. Pienso en el viaje: toda una odisea y para un solo día, tengo que hacer escala no sé dónde, seguramente tendré que coger un avión (en el sueño Europa y América, aunque muy distantes, estarán casi pegadas, como si no las separasen las aguas del mar Atlántico). Me calmo en cuanto tengo claro que no voy a ir, que luego llamaré a Martha y le presentaré una buena excusa que me exima de ir.

A continuación estoy con Martha en una cena de lujo con muchísimas mesas y muchísimos comensales, todos muy elegantemente vestidos, abundando los trajes de etiqueta, los fracs, etcétera. En cada mesa hay sentados grupos de entre cuatro y ocho personas. Se oye música clásica, tipo concierto. De mi mesa se lavanta un saxofonista y hace un solo al saxo. Después hace lo mismo un músico amigo o conocido mío (pero no identificado). Se trata de un concurso y un premio tipo Óscars de Hollywood, pero con la créme de la créme de la música clásica mundial y consiste en reconocer mundialmente al músico más importante del momento en el entorno de la música culta. Se levantará otro en la mesa y hará su solo quizá con una trompeta. Una voz de presentador con micrófono va indicando los nombres de los solistas. Al final ganará el prestigioso galardón el saxofonista que estaba sentado a mi mesa, qué pena porque yo quería que ganase mi amigo/conocido. El ganador se llama no sé qué, con el primer apellido Crejo. Eso me resulta familiar, con lo que le pregunto si es hermano de Javier Crejo, y efectivamente, según me imaginaba, es hermano de mi compañero del Colegio Alemán Javier Arroyo Crejo (aunque en el sueño no se llama exactamente así).

Luego (o antes) del premio internacional musical, Martha está tumbada encima de mí, que también estoy tumbado en un lujoso sofá en la cena del premio. Ahora en la calle, por la noche, seguimos con el músico ganador. Desde abajo le vemos (un amigo y yo) a través de la ventana de su casa del segundo o tercer piso. Recibe una llamada de teléfono y oímos la conversación (puede que haya llamado mi amigo). Ahora se oye un programa de radio o algo similar donde habla el músico premiado: es una eminencia, un gran intelectual, pienso que me gustaría tener amigos así.

La siguiente parte del sueño debe de venir a continuación, pero no estoy seguro. Nos encontramos en la casa del ganador del concurso anterior, haciendo radio de cachondeo, tipo Gomaespuma, emitiendo desde una habitación con una cama de matrimonio. Estaremos vestidos con pijamas de colores. Pasaré alternativamente de ser un mero testigo a ser protagonista de la acción y viceversa. Habrá momentos en que todos seremos muñecos de trapo muy animados, del tipo de los Teleñecos.

Ahora se trata de volver a casa (a Alcorcón) después de una noche movidita de juerga. Estoy con mi amigo Toni Santiago Linde. Hemos dejado atrás al Buitre. Durante un momento estaré dormido sobre un banco en pleno centro madrileño. Me separo de Toni, ya que yo iré más rápido, que es tardísimo. Aún es noche cerrada. Decido ir andando primero, después corriendo, entre el tráfico para no perder el autobús. Pero el autobús rojo de la EMT no me verá viniendo desde atrás y pasará de largo en su parada. En la siguiente parada (a la que llegamos casi al instante) le doy alcance y me planto a esperar en la parada antes de que llegue el bus. Pero tampoco parará. Seguiré corriendo entre el tráfico, tan rápido como los coches. Quizá esté utilizando un vehículo invisible. Y ya llegamos a la estación de Príncipe Pío donde salen los autobuses hacia Alcorcón. Alcanzo de nuevo al autobús, que ahora es un coche y le insulto acremente por no haberse detenido.

Voy a la parada de los autobuses que van a Alcorcón y Móstoles. Ya son las ocho de la mañana. Aparece una blasa, ¡qué bien! Es justo la que lleva a Los Habitáts de San José de Valderas. Cojonudo porque así llego a casa directamente y no tengo que cogerme cualquier autobús (como tenía pensado hacer) y luego regresar andando desde puntos lejanos de Alcorcón. Bien. Entro en la blasa y me siento hacia el final. Quizá ojeo una revista o algo similar. Sin que me de apenas cuenta ya hemos llegado. Me bajo en la penúltima parada, que casi se me pasa. Ya camino por los soportales de Los Hábitats, camino de mi portal. Me encuentro con Alfonso, mi vecino amiguete del sexto. Hacía muchísimo tiempo que no nos veíamos. Ahora que me doy cuenta estoy completamente desnudo de cuerpo entero, sin unos miserables calzoncillos que me tapen. Alfonso no parece darse cuenta, mientras yo me medio tapo como puedo con un par de libros que llevo debajo del brazo, bastante incómodo ante mi propia desnudez en plena calle y a plena luz del día. (Es curioso esto de volver totalmente desnudo a casa después de una "noche de juerga", ya lo he soñado repetidas veces, y normalmente nadie se percata de que ando en cueros, tal y como vine al mundo).

Según entramos en el portal, metiéndonos en el ascensor, Alfonso me cuenta que Alberto (otro amiguete juvenil) está fatal, muy mal físicamente. Resulta que se ha metido en un tipo de clases de un deporte extraño y a partir de ahí se le han ido manifestando malestares de todo tipo, sin diagnóstico definido, agravándose mucho su estado con el tiempo. En seguida me alarmo, sin duda se trata de una secta peligrosísima o algo así. Le voy diciendo atropelladamente a Alfonso lo que hay que hacer sin dilación. A todo esto van a entrar en el ascensor con nosotros otros cuatro tipos más. Yo digo que no hay más sitio. Pero sí, cabemos todos. Alfonso y yo nos apretujamos hacia dentro y entran los cuatro nuevos.

Llegamos al cuarto piso. Aunque Alfonso vive realmente en el sexto piso, su casa ahora está contigua a la mía. Nos separamos, cada mochuelo a su olivo. En cuanto entro en casa veo a mi hermana y me recibe mi madre, muy preocupada por lo tarde que he llegado y por si he bebido demasiado alcohol. Hago recuento y resulta que en toda la noche sólo me he bebido dos copas: una en la celebración de lujo del premio musical y otra bastante después cuando andaba deambulando por ahí con Toni Santiago Linde y el Buitre, y puede que también estuviese Ángel Borrego. Así se lo digo a mi madre. Además le doy la noticia de que por fin he decidido cambiar y ahora todo será distinto.
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Sueños (65): Cambio de piso en la corrala y hundimientos en varias zonas de Madrid

cambio de piso y hundimientos y desprendimientos en varias zonas de Madrid
Vivo en la corrala con patio interior cuadrado de la calle de Peña de Francia con Eva en un piso pequeño en el que nos falta espacio, lo que me lleva a trasladarme a otro piso de la misma corrala a vivir con Maribel Jara en plan compañeros de piso. Eva, que obviamente sigue siendo mi pareja, se quedará viviendo sola (con más espacio para ella) en nuestro pisito. Me voy tan contento pensando en la aventura de volver a disponer mis cosas en otro sitio, mejor organizadas y con más espacio. Muy ilusionado con el traslado. Aunque el nuevo piso que compartiré con Maribel está en el mismo patio (misma corrala) que el piso anterior, concretamente enfrente y dos pisos más arriba, para llegar me desplazaré con Maribel a través de la calle de Curtidores. Por el camino Maribel se ha encontrado con dos amigas que se apuntan a venirse con nosotros.

Ya en el piso nuevo, para el que yo he hecho unos planos de la distribución, nos encontramos con la casera (curiosamente, en el sueño, no se trata de la casera que tuve cuando viví en la corrala, sino de la casera actual del piso de la calle Ferrocarril). La casera está en contra de que realicemos la obra que tenía yo proyectada, a saber: yo había dispuesto, para despejar el espacio, que nuestras camas estuviesen suspendidas en plan enormes literas, si no es prácticamente imposible que nos quepa nada, ya que el piso son apenas 3 metros de ancho por 3 metros de largo, con la altura eso sí de 3 metros, con lo que se podría establecer una casi doble altura. La casera me pregunta cómo pienso apoyar las enormes literas. Le explico cómo (el sistema es parecido al que empleé en mi habitación de Alcorcón). La casera para demostrar que esto no es viable ha traído a un perito, que mediante pruebas, nos have ver que al mover la litera para cerrarla, se desgajaría medio techo, desvencijándose una serie de herrajes. El caso es que la prueba la ha hecho dando un tirón fuerte, que si no, con movimientos prudentes no se provoca ningún daño. En fin, que desde luego no vamos a poder realizar la obra que tenía en mente. Así que ya no tiene sentido que me traslade. Decido volverme a mi anterior piso con Eva, ante lo cual Maribel y sus dos amigas se ponen contentísimas, porque ya se habían hecho a la idea de vivir allí las tres juntas.

Regreso con Eva. No deja de ser curioso que para volver, estando ambos pisos en la misma corrala, con lo que sólo tendría que bajar dos pisos, me desplace de nuevo por la calle y entre a la misma corrala por otro portal. Entro pues y según voy subiendo hasta mi destino, el segundo piso, veo que está todo lleno de cuadros abstractos preciosos pintados por mi madre, en caballetes y colgando de las barandillas, tanto en el patio en su planta baja como en todas las galerías que llevan a las distintas puertas de los distintos pisos. Esto me sorprende muchísimo y muy gratamente. Iré subiendo no por las escaleras del inmueble, sino que a modo de equilibrista o alpinista iré encaramándome entre los muros de las barandillas. Aparte de los cuadros de mi madre también hay innumerables fotografías tamaño folio con retratos de niños, muchachos, adultos, personas mayores, colgados y alternándose con las pinturas, lo que me induce a pensar que Carlos de Absolute está realizando un casting. De hecho hasta veo una foto de Carlos y espero encontrármelo en cualquier momento. Pero parece que no está por aquí, qué raro...

Llego al fin junto a Eva. Me sorprende que no esté Germán (como si viviese ahora con Eva) y pregunto por él. Eva, con parsimonia y serena, me dará una noticia terrible. Resulta que ha habido desprendimientos y hundimientos en partes de edificios en todo Madrid. Era algo que se veía venir, dado el pésimo estado de las infraestructuras, ya se habían manifestado indicios, antes o después se presumía que iba a pasar y ha ocurrido. Nuestra misma corrala, incluyendo nuestro piso, se ha desmoronado estrepitosamente en el lateral donde vivíamos, con lo que nos hemos quedado sin medio hogar. Así que debajo de los escombros, sepultado, está Germán, muerto y también le ha pasado lo mismo a... mi madre. Así como han fallecido muchos en Madrid. Me quedo estupefacto: ¿qué mi madre ha muerto? No puede ser, no puede ser. La tragedia va invadiendo mi estado de ánimo sin que termine de dar crédito a la catástrofe, mientras miro las ruinas del edificio. Me siento sobre el tejado derruido, estoy espantado, asolado, desgarrado, mi madre muerta. Lloro, clamo que me he quedado solo, sigo hundiéndome en el dolor, mientras sigo sin dar crédito, no, no, no es posible, no lo es, no es posible, no puede ser...

Y por suerte me despierto bruscamente, sintiendo una infinita tranquilidad al comprobar que sólo se trataba de un sueño, nada más que un sueño. Menos mal...
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Sueños (64): Charlando con los miembros de Front 242

soñando que charlo con los miembros de Front 242 en un bar de copas tras un concierto
Estoy en un bareto de copas por la noche, tomando algo, hablando con el barman. Hay muy poca gente presente, apenas cuatro gatos. De pronto están al lado los miembros (hay tres o cuatro) del grupo Front 242, que deben haber venido aquí después de dar un concierto. En seguida me pondré a hablar con ellos. Les hablaré en español, en alemán e inglés, haciendo un singular batiburrillo entre los tres idiomas, entremezclándolos. Ellos me entenderán perfectamente, y curiosamente me responderán en español. Les diré que soy acérrimo fan suyo desde el 83-85. Aunque en realidad empecé a escucharles a finales de los ochenta, les he dicho que empecé a escucharles antes de lo que fue en realidad para hacer más hincapié en lo fan incondicional que soy de su música, una de mis favoritas. Se sienten muy halagados. De entre todos los miembros de Front 242 me responderá uno siempre, el más próximo, es pues con él con quien hablo principalmente.

Les preguntaré por Blixa Bargeld, ya que no le veo con ellos. Esto es un anacronismo propio del sueño, ya que el cantante Blixa Bargeld no perteneció nunca a Front 242, sino a la formación alemana Einstürzende Neubauten, mientras que los Front 242 son belgas y tienen otro estilo musical, aunque coinciden en puntos industriales. Mas en la lógica del sueño Blixa Bargeld pertenece a los 242, de hecho me responde mi interlocutor que Blixa ya no está con ellos, me explica que lamentablemente perdió un diente y con ello perdió todo su encanto. Y yo pienso que es una pena haber perdido el componente poético del grupo. Me sigue indicando el músico que ahora tienen de cantante a una chica y me la señala, está un poco más allá, es menuda pero atractiva, rubia casi platino y lleva vestido ajustado, quizá con partes de látex. Ajajá, asiento.

Sigo mirándoles, no me atrevo a preguntar, pero estoy intrigado en saber si alguno de los presentes es Bresanutti. Mi interlocutor, alto y delgado, y siempre atento, decide darme una entrada doble (o sea, una entrada que vale para dos personas) para asistir a su próximo concierto. La acepto al instante. Aunque no voy a poder ir al concierto, quiero quedarme la entrada como recuerdo para algún día enseñársela a mi hijo como prueba de haber estado charlando con los Front 242. Le dará primero esa doble entrada al barman no sé para qué, quizá para que selle su validez, para que acto seguido el barman me la dé a mí. Pero justo en ese momento, antes de recibir mi doble entrada de manos del barman, se despierta Amador, mi hijito, que de pronto se encontraba durmiendo colgado de una hamaca en la pared contigua (así el bareto repentinamente es medio casa también).

Voy corriendo a atender a mi chiquitín. Justo debajo de la hamaca de Amador, hay otra hamaca, igualmente sujeta a la pared en sus extremos, donde duerme Matías, el bebé de mi vecino y amigo Javiertito. Matías seguirá durmiendo. Con Amador la cosa se complica, se medio duerme pero se vuelve a espabilar repetidas veces y tras varios intentos en que le cambio la posición en la hamaca o cambio la posición de la hamaca, poniéndola del revés por ejemplo, o sino lo cojo en brazos y lo acurruco. Pero parece una misión imposible el que se duerma, siempre se espabila y se lía a hablar todo animado. Y estoy algo nervioso, a ver si se van a ir los miembros de Front 242 y me quedo sin la entrada...


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Sueños (63): Viviendo como ricos

soñando con que vivimos como ricos en una fabulosa mansión de varios pisos con innumerables estancias muy lujosas
Parece que tengo un puesto político destacado en la administración o la gobernación. Lo cual nos ha enriquecido mucho y ahora vivimos en una casa gigantesca de dimensiones colasales y palaciegas. Hay salas, habitaciones, salones, por todas partes, varias plantas, escaleras, galerías, incluso algunos patios interiores. Además cada estancia, grande o pequeña o inmensa, tiene un estilo diferente. Salas lujosas con telas rojas o granates plagadas de sofás pegados a las paredes. Salas más modernas con diseño minimalista. Salas imitando estilos rurales... Con distintas iluminaciones de todo tipo. Una casa-palacio de ricos, vamos. Y siempre estará llena de gente, por todos los lados, en todas las estancias. Eva y yo haciendo de exquisitos anfitriones, de aquí para allá, muy atareados, con unos y con otros. Eva aparecerá vestida de cuando en cuando con un nuevo modelo: telas suntuosas, disfraces variopintos de todo tipo, trajes y vestimentas de alta costura. Recuerdo una aparición de Eva espectacular, con un ajustado vestido de cuerpo entero, elegantísimo, de color granate intenso; estará absolutamente regia y preciosa, muy distinguida, causando una hipnótica impresión. Eva, pues, encantada con su papel de reina acaudalada, pero esto la hace algo distante, incluso muchas veces se olvida de nuestro hijito, Amador.

Le comentaré a alguien que me encantaría, en memoria de mi padre, que viniese Imanol Arias en el papel de Antonio Alcántara de la serie Cuéntame como pasó. No sé como lo han hecho, supongo que les habrá costado un riñon, pero aparece Antonio Alcántara, con frases suyas típicas de la serie. Pero me fijo un poco mejor y no es Imanol Arias, sino otro actor, que aunque no se parece físicamente, está muy bien disfrazado y maquillado. El actor será Carlos Hipólito. Eva se alegrará mucho de verle. Así pues, durante el sueño, entablaré alguna que otra vez, trato con el personaje de Antonio Alcántara, imitándole yo mismo.

Dentro de todo este jolgorio de recepciones y múltiples huéspedes e innumerables salas, habrá un leit motiv: encontrar a Eva. Constantemente la perderé de vista. Y buscarla será una odisea. No funcionan los móviles, con lo que es muy difícil encontrarla entre la vastedad de tantas estancias repartidas en distintos pisos y alturas. Y siempre está el temor de que me esté engañando con alguien, incluso con el mismo Hipólito, ya que está un tanto promiscua. Un par de veces debe ser que llego justo antes de tiempo, antes de que incurra en infidelidad. Una de esas veces con otra mujer.

Y habrá otra tónica general durante el sueño. Que perdemos a nuestro hijo y no lo encontramos y es igualmente difícil dar con él es este laberinto palaciego. En una ocasión salimos Eva y yo de nuestra fabulosa vivienda a la calle, en busca de Amador. Caminaremos al lado de la boca de un puente enterrado por donde pasan los coches, al lado de algunas fachadas tapadas por andamios. Y ahí, dado lo difícil de encontrarse en la actual mansión, nos trasladamos rápido a un piso normal, de proporciones grandes, pero no desmesuradas, o sea, controlables. Sin embargo, esta segunda vivienda, en seguida, se vuelve a convertir en una magnífica morada con infinitas salas con infinitos ambientes, osea, prácticamente una copia de la anterior. Con lo que se repiten las mismas problemáticas de primero encontrar a Eva, temiendo sus posibles escarceros, y segundo, buscar y encontrar juntos a nuestro niño. Un sueño recurrente.

Ahora, tipo documental, como desde fuera, se narra unos hechos que nos han pasado y es que Amador estaba bajando por una rampa mecánica (parecida a las que suele haber en los centros comerciales), entre otra gente y quizá otros niños. Desde la rampa paralela ascedente iré a cogerle. El documental describe un accidente, cómo yo tropiezo y caigo hacia abajo y según el documental me salvo sin daños como pasó en el año de mi nacimiento, 1971. Pero Amador, que cae detrás de mí... Y aquí mantengo el corazón en vilo, atenazado en un puño, rogando por favor no, por favor no, viendo como un maletín pesado cae detrás de Amador. Me imagino lo peor, que el maletín al terminar la caída por la rampa golpea a mi hijo en la cabeza y lo deja paralítico o algo así... es lo que tiene toda la guisa de ir a informarnos la noticia-documental... Pero no, hay suerte, aparece una imagen fija donde estamos, al final de la caída por la rampa (en la base de la rampa) primero yo (el que está más abajo), luego Eva y Amador y encima dos tíos míos, por otro lado completamete desconocidos, que son los que han sufrido la tragedia del impacto del maletín, con lo que están inmóviles, tiesos, seguramente muertos, pero ¡¡¡con su providencial presencia han salvado la vida de mi hijo!!!
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Sueños (62): De médicos y la extraña reencarnación

sueño: La consulta de los médicos medio yupis, medio hippys y la extraña reencarnación de mi padre y su transmutación en un amigo
Voy al médico. Me hacen entrar. La consulta consiste en una sala cuadrada con una mesa en su centro, alrededor de la mesa hay unos ocho médicos reunidos, hablando entre ellos, son jóvenes, con barba, algo modernos y algo hippys. Más que una consulta médica parece una reunión de negocios de gente medio vip. Encabeza la mesa el médico principal, que es el que me atiende. Los demás medio escuchan, permaneciendo más en un segundo plano. Nada más entrar el médico me ha detectado ansiedad. Le explico un poco mi historial clínico. Discutimos la posibilidad de tomar tranquilizantes, pero me niego en principio, me lo pienso un poco, con ciertas dudas, y me vuelvo a negar. Algo le diré, algo sobre la agorafobia que le deja helado y pasmado. Salgo de la consulta. En un espejo del ascensor me miro bien, ¿tanto se me nota mi estado? Eso parece.

Salgo a la calle. He tomado una determinación. Afrontar mis miedos. Ir a casa andando, aunque esté lejos, ya veremos a medio camino qué decido. Una resolución para quitarme todo de golpe. Casi al instante de salir del portal de la consulta médica, situado en un chaflán de la calle (similitudes con el barrio de Salamanca madrileño) oigo, clara e indistintamente, la voz de mi padre. En frente de mí una singular figura me está hablando. Sí, es mi padre, aunque no es exactamente él: se ha reencarnado. Y creo recordar que ya me dio algunos indicios de esto secretamente, de que volvería a nuestro mundo.

El caso es que ha vuelto medio recompuesto, como si le hubiesen hecho una cirugía frankensteiniana, tiene el rostro medio vendado (vamos, que me cuesta algo reconocerle) y partes del cuerpo mal ensambladas. Además, al poco de avanzar el sueño, mi padre se transmuta. Si antes estaba de pie, ahora reposa en la silla de la terraza exterior de un bar, con menos movilidad; si antes, salvo la venda, estaba entero, ahora tiene algunos trozos fofos mal injertados que me va enseñando; si antes, y este es el cambio más radical, era físicamente mi padre aunque de manera vaporosa, ahora se ha ido transformando poco a poco en mi amigo Toni Márquez. Así, el resultado final es un Toni Márquez bastante gordo y con serios problemas de movilidad, casi inválido. Total, que ahora me toca llevarle cargar con él, llevarle a cuestas.

A ratos, al principio, cargaré con Toni, luego irá andando a mi lado y en otros momentos estaré yo solo. Habrá que atravesar una zona urbana algo peligrosa, por donde campean maleantes y atracadores; termino decidiendo bordear esta zona para no correr riesgos (esto de atravesar la zona "conflictiva" en el regreso a casa se repite de cuando en cuando en mis sueños). Ahora miro hacia arriba, viendo el cielo recortado por la silueta de los edifidios. En otro momento, con Toni a mi lado, que estará muy hablador y metafísico, nos internamos por una pequeña nave industrial en ruinas. Allí veremos a un raro ser digno de lástima que embebido está dejando su firma haciendo pequeñas y singlares esculturitas de barro, bastante idénticas entre sí, aquí y allá. Este personaje está medio ido, algo enloquecido, es medio ex-toxicómano, frágil, empequeñecido, delgadito, moreno; camina semi agachado, disminuido y enajenado. Toni le ayudará con una de las esculturas, recolocando mínimamente un trozo. Al verlo, el pobre diablo se desencaja, bastante desequilibrado, murmura incoherencias, irritado porque han mancillado su obra y su pequeño mundo.
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Sueños (61): Mi padre se salva y mi hermana le increpa

sueño con que mi padre se salva milagrosamente y mi hermana le increpa
Resulta que mi padre, estando en el hospital, casi moribundo, y cuando ni ya los médicos creían en absoluto que se fuera a salvar, lentamente, pero rápido, empezó una milagrosa recuperación y ahora se encuentra, apareciendo de pronto, como una definida exhalación, en mi habitación del piso de Alcorcón. Mi madre aparecerá por la puerta del cuarto, quedándose muy sorprendido mi padre al ver que tenía ella llaves de la casa. Luego aparece en escena mi hermana (y mi madre hace mutis). Mi padre ha cambiado de posición, encontrándose ahora al lado de la puerta, mi hermana enfrente de él. Lo curioso es que en el sueño mi padre no dice nada, no habla, sencillamente estará de pie, como una telúrica aparición, pero a la vez con definida presencia.

Mi hermana se muestra muy hosca e hiriente con mi padre, diciéndole algunas barbaridades. Como que no se puede hacer lo que él ha hecho. También le espeta, con rencor, que se parece a Antonio y a Juan Antonio; más tarde intentaré hacerle ver a mi hermana que no se le pueden achacar cosas a mi padre de gente que no conoce. Pero durante las increpaciones de mi hermana a mi padre, yo permaneceré callado, completamente alucinado, porque mi hermana jamás ha utilizado semejante tono con mi padre. El colmo llega cuando mi hermana, casi gritando, le recrimina a mi padre que deje de tocar los cojones. Esto ya es desfasado y fuera de lugar. Mi padre luchando entre la vida y la muerte y cuando todos deseamos que se salve y parece conseguirlo, mi hermana le suelta que deje de tocar los cojones. Pues imagínate las ganas que va a tener de seguir viviendo si le reprochamos haber revivido... ¡Vaya un recibimiento! Luego, a solas con ella, discutiré con mi hermana su acre actitud tan poco filial, que por otro lado comprendo dado el nerviosismo y la angustia en que vivíamos pendientes del hilo de la vida de mi padre, pero ella se justifica taxativamente, creyendo estar asistida por la razón, con lo que es muy difícil que sea razonable y sensata.
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Sueños (60): Atrapados en las montañas rocosas de Alcorcón

Sueño: Atrapados en las Montañas Rocosas de Alcorcón y otras peripecias como el encuentro con Juan Echanove
Voy caminando y charlando por las calles de Madrid con el actor Juan Echanove. Le hablo de su gran interpretación y el personaje que hace en Cuéntame como pasó, y se siente muy halagado. También le recuerdo dos o tres películas en las que intervenía. El me describe un rodaje de los primeros que tuvo, sino el primero, con todo tipo de aventuras emocionantes, rodando por la noche, y que le hizo decidirse firmemente a dedicarse al cine y decirse "yo quiero ser actor". Nos metemos en algún bar. Juan procura no ser reconocido para que no nos molesten, pero es inevitable que las miradas se claven en nosotros, especialmente en él. En un bar, ante la barra, un biombo desplegable nos protegerá de las miradas curiosas.

Y hay un salto. Ahora, de noche, estoy volviendo en coche a Alcorcón, por la carretera de Extremadura. Me lleva, en su coche, Javiertito. Vamos charlando animadamente, yo especialmente estoy muy dicharachero. Javiertito me comenta que él me lleva encantado siempre y cuando yo le dé conversación, como hoy, ya que otras veces he ido sumamente silencioso y así no le compensa llevarme. Parece que al rato hay dos o tres personas más en el coche.

Ahora (ya es de día) estamos atravesando el montículo del primer puente que cruza la carretera de Extremadura para entrar en Alcorcón, pero de repente el coche se queda atascado, las ruedas no avanzan, como si estuvieran presas entre tenazas de potente barro. Debe ser que nos han tendido una trampa o algo similar. Hay como tablas claveteadas en las ruedas. A partir de aquí el sueño se convierte en una singular historia de supervivencia, en la que Javiertito ha desaparecido casi al instante. Resulta que estamos atrapados en el montículo, que ahora es una gran montaña pedregosa de la que no podemos salir. Yo me he transformado en un rudo francés con barba de náufrago y con extraños atavíos de explorador. Y tengo unos tres o cuatro hermanos, en muchos momentos gemelos, que también me acompañan en nuestro montañesco cautiverio. Tenemos toda la pinta de Robinsons Crusoe. Nos distinguen colores: uno es el azul, otro el verde, otro el rojo y así.

Hay más como nosotros atrapados en la montaña. Vivimos entre las grutas. Dejamos nuestros equipajes aquí y allá. Y así deambulamos: manchados de barro, las vestimentas hechas jirones, luengas barbas sin arreglar... En plan subsistencia, hasta que alguien nos saque o logremos salir de estas inexpugnables rocas.

En un momento dado estoy buscando algo entre las grutas. Me asalta la necesidad perentoria de defecar (yo y mis hermanos estamos con diarrea). Voy buscando entre las cavidades rocosas un cuarto de baño libre. Observo que sale fuego de detrás de unas de las puertas de los aseos. Daré la alarma. El fuego se propagará bastante en este baño, pero se logrará sofocar. El caso es que el fortuito fuego que ha surgido nos ha desvelado que una de las nuestras había preparado una serie de trampas para que no pudiésemos salir de aquí.

Ahora surge la posibilidad de que dos o tres de nosotros podamos escapar de las rocas. Para ello hemos conseguido dos o tres cajones, estrechos y hondos, de madera, que podremos utilizar como botes salvavidas para cruzar un enorme pantano que hay delante, ocupando la entrada de Alcorcón. Yo seré uno de los elegidos que podrá volver a la civilización. Nos ataviamos de lo necesario, enseres y demás que teníamos aquí y allá entre las grutas. Apenas quepo en el cajón, que está repleto de cosas; es realmente increíble que esto pueda flotar y que no se vuelque en una u otra dirección... La clave parece estar en repartir bien los pesos dentro del bote...

Los tres elegidos nos lanzamos a la aventura de atravesar el pantano. Al llegar, de repente, está todo el pantano lleno de gente bañándose. Todos están de pie, o sea que no cubre mucho, y nos miran con ojos atónitos por nuestras estrambóticas pintas de casi mendigos. Hablamos con ellos en francés o inglés, pero no pueden entendernos, aunque sí parece que en inglés algún extranjero nos capta, con lo que tendremos que tener cuidado con lo que digamos. La cuestión es que nos fastidia renunciar al bote (que es ridículo utilizar) y tener que mojarnos. Al final nos desplazaremos a pie, corriendo y metiéndonos por debajo de un túnel, ya que el agua ahora apenas nos cubre el pie.
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Sueños (59): La maldición de los taxis

sueño de terror humorístico: La maldición de los taxis en Madrid: borrachos, camorristas, paranoicos, secuestradores y enfermos sexuales
Estoy con mi amigo Javier Fernández Aracama de aquí para allá, recorriendo calles y sitios de ocio de Madrid, como bares y cosas por el estilo. Yo voy bien guapo y elegante, con una chaqueta algo chic de entre tiempo que me sienta de maravilla, atrayendo bastantes miradas de chicas de vez en cuando. Nos desplazamos andando por las calles, y también en unos singulares coches, cada uno el suyo (unos coches que tienen algo de juguete, quizá parecidos a los coches de choque de las ferias, aunque no del todo definidos). En un bar, por ejemplo, al salir subiendo por unas escaleras, le hago un chiste a una chica, algo como "quien fuera tabla", refiriéndome a rellenar un vacío para que pudiese avanzar, la chica se quedará encandilada. A todo esto Javier y yo llevaremos cada uno un libro bajo el brazo. Uno de esos libros, seguramente el de Javier, es de Julio Cortázar.

En fin, en muy buena compaña con mi amigo, de aquí para allá, hablando mucho, hasta que... me ha entrado un retortijón o algo peor (esas ventosidades que se te escapan y tienes serias dudas de que no se te haya escapado también algo de mierda adjunta). Con lo que ante el panorama de una posible diarrea y de imaginarme alguna mancha en los calzoncillos, la fiesta se ha terminado, momento de irme a casa. Así que me despediré de Javier, yendo cada uno en direcciones opuestas. Pero no sé por qué mi medio de locomoción, mi singular coche ha desaparecido y por hache o por be, Javier no me podía llevar, aunque quizá lo intentase.

Pero estoy cerca de casa. Hay que bajar por la cuesta de San Vicente, pero el paso estará bloqueado desde el puente por una enorme muchedumbre, que está expentante ante un concierto de música a sus pies. Todos son portugueses. (Es posible que vuelva a ver aquí a la chica a la que antes le hice el chiste de la tabla). Intento avanzar, pero resultará imposible pasar por aquí. Recularé algunos metros, a la búsqueda de un taxi.

Lo de los taxis está complicado, no pasan muchos y siempre suele haber gente aguardando la aparición de un taxi. Un chico y una chica me comentarán que llevan cuarenta minutos esperando. No sé si les aconsejo que lo mejor es moverse si no pasan taxis por un sitio, desde luego lo pienso. Por las calles hay tráfico y muchos grupos de personas, lo habitual en una noche de fiesta.

Metiéndome por una callejuela consigo dar con un taxi y cogerlo. El tipo que lo conduce, una suerte de guiri gigante y rubicundo, va algo achispado. Al poco se detendrá en un bar: una parada en el camino. Es un perfecto borracho. Le insto a que nos vayamos, pero él tiene que beberse su cerveza. Muy jocoso le preguntará al camarero, mal pronunciando al ser extranjero, que cuánta cerveza tiene que beber para no beberse su propio pis -por la sed- hasta llegar a París. Y da detalles de cómo no es la primera vez que se tiene que tragar su propio pis para calmar la sed. Por más que insisto no hay manera de mover al borrachuzo de la barra del bar para que me lleve a casa. Desisto y me largaré en busca de otro taxi.

Patearé algunas calles buscando las lucecitas verdes que anuncian la proximidad de un taxi libre. Algunos pasarán de largo, obviando mis señas, otros me los "quitarán" en mis narices otros peatones. Finalmente me alojará en su interior un coche que no tiene nada de taxi, por mucho que los jóvenes que van en él me aseguran que sí es un taxi. Dentro van unos cinco chicos y chicas. El coche se dirige por la calle Princesa hacia Moncloa. Pero, al poquito de haberme instalado dentro, detecto unas leves sonrisillas de complicidad secreta en los ocupantes del vehículo. La cosa no me gusta nada, aquí hay gato encerrado. En seguida, sin avisar, me apearé del coche, dejándoles estupefactos y frustrados sus planes, fueran cuales fueran.

Haré señas a otro taxi, que se detendrá. Me monto. El taxista, terriblemente desconfiado, me pregunta que si nos conocemos. No le entiendo, no sé a qué se refiere. Repite que si nos conocemos. Porque si no es así, y no parece que me conozca, entonces, me pregunta, que por qué para parar el taxi le he hecho señas como de saludo. Joder, lo que faltaba. Casi ni avanzamos, el conductor me analiza mucho y me hace todo tipo de preguntas, con una desconfianza rayana en la paranoia. Estoy por apelar a que tiene obligación de llevarme. Pero acabo por decidirme a abandonar este taxi y eso hago. Esto se está conviertiendo en una auténtica misión imposible...

De nuevo localizo otro nuevo taxi libre, en las inmediaciones de la Plaza de España. Según me acerco al taxi, veo que hay una muchacha en el asiento trasero que parece dormida, quizá esté inconsciente, lo cual me extraña, porque se supone que el taxi estaba libre. A todo esto se acerca a nosotros un gordo vagabundo seboso y nauseabundo. Tanto el gordo como yo nos quedamos completamente perplejos: el taxista, un joven largo y de aspecto descuidado y mal afeitado, se baja la bragueta a un palmo de la cara de la chica. Extrae una polla diminuta, enana, que tiene todo el glande de color azul. Una cosa realmente asquerosa. Acerca su miembro a la boca de la chica, y mientras ésta se está despertando, eyacula grumos de semen alrededor de su boca. La chavala, que parece medio drogada, ni se inmuta, se medio limpia, y nos cuenta que ya está acostumbrada a estas cosas y a estas horas (un poco más y llegaremos al amanecer). Y se irá como si nada.

Entro en el taxi, que está sucísimo, los asientos hechos jirones, viéndose la goma espuma del asiento, mal tapada con una polvorienta y vieja manta, pero me da igual, ya me da igual todo, aunque fuera el coche más cochambroso del mundo (y éste se le acerca mucho) yo iría en él, para llegar al fin y de una vez por todas a mi casa.

El podrido taxista arranca tan campante, pero hace algo raro, baja el coche por una rampa, hasta un sótano medio en ruinas, casi un estercolero. Intuyo el peligro y le diré al taxista rancio, como diciéndomelo a mí mismo en voz alta: "¡¡pero a ti te dan igual los chicos que las chicas!!", recordando lo que acaba de hacer con la extraviada muchacha. Y el tío asiente, efectivamente. Así, este último tramo del sueño consistirá en una huida cuesta arriba (por la rampa que lleva al sórdido sótano) y avanzando también a través de peldaños de escalera intentando zafarme del maldito taxista que me sigue pegado a mis talones. Agarro un palo largo que me encuentro por el ascendente camino y le voy atizando para sacarme al tipo de las espaldas, sin mucho éxito. Y para colmo, el gordo vagabundo destartalado de antes, debe ser su compinche, porque apareciendo de la nada, también me sigue para darme caza.
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Sueños (58): Una misión, sexo placentero y el casting

el sueño de la misión futurista, sexo con asiáticas sexys en lencería y la llamada telefónica del casting
El sueño se divide en tres etapas o sueños. En el primero tengo que realizar una importante misión. Lo malo es que la mayor parte del sueño de la misión se me ha olvidado al despertarme, una pena porque estaba lleno de detalles y situaciones curiosas y algo surrealistas. Los ambientes eran muy futuristas, quizá industriales, con pasillos o líneas discontínuas que acababan siendo un solo pasillo o línea. Tenía que cumplir un recorrido que acababa con una ascensión como de protones, pero que luego acababa subiendo a través de una larguísima rampa. Una voz femenina en off me iba indicando mis siguientes pasos y mis avances. Al parecer resolvía la difícil misión (con tintes de película de ciencia ficción) con éxito. Lo cual conllevaba un premio por haber realizado satisfactoriamente mi hazaña. El premio consistirá en un premio sexual, y así entramos en la segunda parte del sueño.

Tengo ante mí, en una sala enorme y probablemente lujosa, una inmensa cama donde yacen unas quince asiáticas en lencería muy sugerente y excitante. Curiosamente están como repetidas, es decir que varias tienen la misma cara, con lo cual son las mismas varias veces. Tendré que elegir a una. Iré tanteándolas, tocándolas, magreándolas ligeramente, probando. Están todas muy buenas. Terminaré eligiendo a una de cabello negro que está cerca del centro de esta especie de "cama redonda". Es de las menos guapas (aunque son muy parecidas), pero quizá me decanto por su vestido de minifalda -como un camisón- de aspecto tenue, como de seda, y de color azul intenso, ni claro, ni oscuro del todo, y también ayudan en mi elección unas preciosas y equilibradas piernas embutidas en unas exquisitas medias negras. Una vez tengo la chica elegida y comienzo a tantearla, como por arte de magia desaparecen todas las demás, la cama adquiere unas proporciones más normales, y casi inmediatamente la chica asiática se convierte en Eva.

Tendremos un prolongado y placentero juego de caricias y sexo masturbatorio. Pero querré más, y ahora se la meteré desde atrás, ella bocabajo. Cuando ya no puedo aguantar más, la saco y tengo una enorme eyaculación que se vierte sobre su ropa y principalmente, con grandes borbotones de semen, sobre su cara. Ella se ríe ante semejante aluvión. Y de pronto hay unos cuantos espectadores a nuestras espaldas, alrededor de la puerta de la habitación, presenciando la corrida. Y yo que sigo erecto, muy erecto.

Y pasamos a la tercera parte del sueño, que se desarrolla después y de manera independiente, según parece. Estoy en casa, atendiendo a mis asuntos laborales de diseño. La casa es bien grande, con salas muy espaciosas, muchos metros cuadrados (teniendo una semejanza con la casa de mis tíos de Canarias). Recibo una llamada telefónica. Se trata de una agente o representante, que frisa la cincuentena y que por asociación llamaremos Enia. Resulta que me han cogido de un casting que hice hace tiempo. Enia me dice que les gustó mucho la gorra que me puse. Recuerdo que el casting sólo consistió en entregar una foto y traigo a la memoria la foto que dejé: con ropa curiosa y llamativa y una gorra singular sobre la cabeza. Sólo con la foto ha bastado para que me elijan directamente, no hay que hacer un siguiente casting, según confirmo preguntándole a Enia.

La verdad que me apetece mucho retomar mi trabajo de actor. En una hoja o libreta voy apuntando los datos que Enia me facilita: día, hora, dirección (genial, el sitio de rodaje está relativamente cerca según creo y no es un "entorno hostil"). Le voy preguntando más detalles a Enia, pero resulta que empiezo a no oírla prácticamente. A mi alrededor ha ido creciendo el ruido considerablemente. Sin ir más lejos, Eva, muy sonriente, está batiendo unos huevos para hacer una tortilla justo a mi lado, en la habitación. Con señas le digo que no oigo, que se marche. Pero los ruidos siguen en aumento, apenas puedo enterarme de lo que me dice Enia. Voy cambiando de salas y habitaciones, a ver si así logro escuchar con nitidez, pero nada, vaya donde vaya persiste el ruido, un ruido como si estuviéramos en la calle. Y Enia que cada vez parece hablar más bajito por mucho que le indique que no la oigo, que hable más alto.
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Sueños (57): Discusiones con Eva

sueño que discuto con Eva con el tono elevado y esto amenaza con una ruptura definitiva
Sueño que tengo fuertes discusiones con Eva, bastante subidas de tono y que irán en aumento. Al final todos los intentos de entendernos (de que se me entienda) están cada vez más lejos. La misma dinámica de la discusión que aumenta en espiral a cada momento hace cada vez más difícil el entendimiento. Intento conciliar de alguna manera, pero cada vez es más imposible. Hasta el punto, que me llena de espanto, de producirse una ruptura: Eva se va y se lleva con ella a Amador, mi chiquitín. Eva ha desaparecido. Cabe la opción de que Eva recapacite, pero, a juzgar por su profunda irritación, lo más propable es que se trate de una ruptura definitiva. Y en este sentido cuanto más tiempo pase peor. Así que en una segunda fase del sueño me encontraré buscándola por un enorme edificio con múltiples galerías y que abajo, en el sótano, tiene una discoteca en plena efervescencia de gente y con la música bien alta. Por la discoteca está Plácido y creo que otros compañeros del Colegio Alemán. Aunque me distraiga o intenten distraerme en este tentador ambiente, no puedo dejar de pensar en Eva y arreglar las cosas cuanto antes, así que me iré moviendo de aquí para allá, quizá también por otros espacios, siempre nervioso y angustiado.
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