Mark Rothko: La re-humanización del arte

publicado previamente en Pepeworks & Kulo de Zebra


Mark Rothko y su obra

Nos encanta, nos arrebata, nos nubla, nos ensancha y apasiona la pintura de Mark Rothko, sobre todo la que desarrolla a partir de los años 50 hasta su muerte, en 1970. Desde aquí lo elevamos al “top ten” de nuestros artistas favoritos del arte contemporáneo del siglo XX, el meta-siglo de la eclosión multidireccional de las artes plásticas.

Adoramos sus inmensos cuadros como inmensas banderas pintadas con los colores puros, vitales, profundos y secretos de las grandes vivencias emocionales de la humanidad. Son retratos del alma humana elevados a su merecida dimensión digna y cósmica.

Rothko redime al hombre, lo perdona y ama, y lo eleva, lo sitúa en una dimensión etérea e idílica, trascendiendo el sufrimiento, el drama, el intenso vacío. El hombre inmortalizado desde su interior, desde el interior de Rothko, desde el interior de todos.

la obra de Mark Rothko

Mediante abstracciones de muy equilibrada y mística composición, a base de imponentes franjas de color, a veces hermosísimamente “sucias”, Rothko juega casi a la contra de la deshumanización del arte propia del siglo XX, que se precipitó, entre otros casos, con el auge del expresionismo abstracto.

Rothko se acaba distanciando de abstraccionistas salvajes, devastadores y desgarrados como Carlos Saura o Jackson Pollock, ambos genios gestuales y orgiásticos, y se aproxima más a una pintura metódica y metafísica, menos terrenal, quizá punto último y supremo de los límites suprematistas del arte, y quizá un primer paso abierto o punto-de-retorno-anclaje hacia pinturas más humanas y cercanas, cuando para el hombre era posible encontrarse hermanado con sus aspiraciones más idílicas y pacíficas. Allá cuando para el hombre era posible coincidir con su utopía.

Así, Malévich es fagocitado y ultimado por Rothko, y Rothko nos acaba devolviendo al origen de las cosas, al equilibrio naïf de Miró, a los colores milagrosos de Van Gogh, a una luz y un cromatismo íntimo que son perfectos reflejos de lo que inconscientemente más le importa al hombre.

la obra de Mark Rothko

Y es quizá, por esa contradicción entre pasión y misticismo, entre dolor y paraíso, junto a la fuerza prístina de la combinación de sus colores, que Rothko gusta mucho, pero mucho. Quizá porque todos sabemos identificar nuestras vivencias interiores al ver sus pinturas a pesar de la ausencia de objetos reconocibles. Vemos un cuadro de Rothko y algo, un rumor inapreciable e ininteligible, nos dice: “éste es mi retrato, éste soy yo”.

Y servidor, particularmente, piensa que sería absolutamente feliz viviendo dentro de un cuadro del gran maestro Rothko. Os invito, entrad, aquí no hay prisas, no hay guerras, no hay Estados. Lo que hay es color, sólo color. No necesitamos más.
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Madonna es de plexiglás

Las metamorfosis camaleónicas eternas de la diva del pop Madonna
Madonna rubia Marylin rubia que ya no sabemos si en sus orígenes fue morena castaña pelirroja pelo-color-paja o pálida cenicienta azabache. Sabemos que ha rebasado la cincuentena, pero nadie lo diría por su eficaz actividad anti-edad. Madonna encarnando el mito de la rubia divino ángel americano, paisaje kitsch de la inocencia; y también el mito de la eterna juventud que canta, baila, va de gira, firma autógrafos, hace películas, crea moda y sigue y sigue abriéndose de piernas (que nadie me malinterprete) en los escenarios.

Cada aparición de Madonna es una especie de neo-glaciación de la rubia metafísica, piel y lujo del deseo, codicia de fans, envidia de otras rubias míticas que se ajaron prematuramente.

¿Esconde algún secreto Madonna? ¿Quizá si rascamos su cutis helado y fresco, y se despelleja la piel, nos encontraremos con la “Diana” de la serie de televisión “V”?

Madonna, rubia marciana, rubia infinita, rubia jet, rubia barbie.

Quizá su secreto sea: no perder la esencia pero re-adaptarse re-inventarse en el marketing de la actualidad. Ser a la vez ninfa infinita del deseo y mito por derecho, mientras con talento, constancia y aerobic se perpetúa en las galerías del futuro.

Madonna superviviente radiante y supraviviente camaleónica de entre los malparados dinosaurios que surgieron en los años 80. Veinte años de música pop destrozan a cualquiera, menos a Madonna, claro.



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Sueños (11): Las entradas para el cine

Las entradas de cine, unas entradas extrañas e ilógicas
Con la intención de animar un poco a Javier Fdez. Aracama, compro entradas para el cine. Pero pasan cosas extrañas con estas entradas. Para empezar compro 4 entradas, para Eva, para mí, para Javier y... ¿para quién es la cuarta? La idea parece que es ir en parejas, pero Javier no tiene pareja. Y luego resultará que tengo sólo 3 entradas, cuando al cine iremos sólo 2: Javier y yo. ¿Qué pasa con la tercera persona? Pero lo más raro es que en sí, por una ilógica del sueño, las entradas no valen para nada. Es decir, las entradas hay que comprarlas antes, por la mañana, ya que vamos a ir al cine por la tarde, a primera hora de la tarde. Pero si la película empieza a las 4 de la tarde, las entradas no son válidas hasta después, o sea, a las 4.30. A no ser que se vaya al cine antes de las 11.30 de la mañana y ya es más tarde, pueden ser las 12 y media, o la una. Con lo cual no sabemos si vamos a poder entrar a ver la película, a pesar de tener las entradas compradas ya. Las entradas se las he comprado a la portera de un inmueble, en la calle, que también aparte de cuidar el portal del edificio, vende entradas legales de cine y es la que me explica todo este cacao que no hay quien entienda. En fin. Lo intentaremos a pesar de todo. Se ve por una pequeña cámara, como de infrarrojos en blanco y negro, como ya hay gente ocupando butacas en el cine.

Llamo a Javier por teléfono, le encanta y le sorprende mucho el detalle de haber pensado en él, el pobre anda tristón, desanimado, sí, se apunta al cine. El cine en cuestión es como si fuera la Filmoteca, pero está situado en otro sitio. Es un cine con el que he soñado muchas veces en mi vida. Su fachada nada ostentosa y estrecha que da a la calle, a una pequeña plaza. Sus escaleras oscuras, estrechas también, llevan a las salas de proyección que están abajo, en los sótanos. Vamos Javier y yo. Él quiere una cerveza, lamenta no ir con alguna chica, estar con alguna chica, le falta compañía femenina. Bajamos las escaleras, entramos, nadie nos detiene, entramos finalmente en la sala donde echan nuestra película elegida. Inmediatamente la sala de proyección, sin dejar de ser lo que es, ahora tiene en la parte frontal una enorme barra con camareros, gente tomando copas, bastante gente. Al lado de nosotros un tío fuerte y estirado le pide con mala leche policial las entradas a unos que tenemos al lado, pegados a la barra. Inmediatamente nos piden nuestras entradas. Muestro 3 tiras de metal blanco, como las de los cierres de algunas bolsas de plástico, por ejemplo los cierres metálicos de las bolsas alargadas del pan de molde. Parece valer. Podemos quedarnos Javier y yo. Ahora, aquí, en la sala del cine, lo que hay ya es un buen fiestorro, gente tomando copas, como un ambiente de inauguración o algo así, un ambiente más nocturno y mucho más de discoteca. Veo a alguien que creo conocer, que va con alguien que seguro que conozco, pero ahora no caigo... ¿Pero no sabes quién soy?, me dice. Me fijo. Sí, lo sé, pero le estoy confundiendo con otro... Al fin caigo, coño, si es Alberto Galino: Sonriente, alegre, con perilla, moreno, está contento. Nos damos un enorme y efusivo abrazo. Aunque eso sí, al estar así abrazados me tiro un erupto en su oreja.
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Sueños (10): Naufragio en la jungla

atrapado en la jungla, soñando con la vida salvaje en cautividad
Estoy narrando a alguien o a un público abstracto, como si fuera una entrevista en la televisión o algo parecido, mis experiencias en una jungla en la que me vi aislado, como si se tratase de un naufragio. Todo lo que se irá viendo en el sueño es como un documental, con mi voz en off, explicando, más o menos cronológicamente, lo que me fue ocurriendo en la selva en la que caí como del cielo. Por lo tanto, en el presente del sueño estoy contando el pasado que viví o fui viviendo. La jungla en la que caí estaba delimitada como por muy altos altos muros (por lo demás invisibles, pero presentes), más altos que los mismísimos árboles (una enorme maraña de árboles gigantescos y con inmensas ramas que prácticamente tapaban el cielo), con lo que era imposible salir de aquel entorno salvaje. Y ese trozo de selva en el que viví, cercado y aislado, parece que durante bastante tiempo, cohabitando con todo tipo de animales salvajes, no era mucho más extensa que un gran salón perfectamente cuadrado de unos 80 metros cuadrados.

Voy narrando y describiendo multitud de detalles pormenorizados de esa vida en cautividad, pero la mayoría, al despertar los he olvidado. Cuento cómo fue fundamental el subirme a los árboles para sobrevivir, y se ve mi primera escalada por el tronco de un árbol, quizá ayudado de lianas, para escapar del ataque de un tigre u otro felino parecido. Cómo al principio apenas me las apañaba para alimentarme y cómo, paso a paso, fui desarrollando la pericia de la caza hasta ser un experto en la materia. Hay algo relacionado con un elefante, que de pronto está tumbado, quizá muerto. Cómo de repente soy una serpiente, seguida por otra serpiente (quizá seguida por otra tercera serpiente), enroscándome en una gran rama, viendo el final de mi cola de ofidio y cómo así descubro no sé qué peculiaridad de la vida de las serpientes. Cómo había qué apañárselas con cada uno de los peligros de la vida salvaje, con ejemplos. Cómo fui acostumbrándome y aclimatándome a un entorno tan hostil. Cómo iba desplazándome de árbol en árbol. Etcétera. Hacia el final, resulta que ya no estoy solo, hay más como yo, formamos una comunidad humana, no muy numerosa, hombres, mujeres, niños, casi todos merodeando por los árboles, integrados totalmente en el entorno, encerrados en esta omnipresente y esplendorosa mini-jungla de la que no podemos salir.
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El misterioso crecer de los granos

Los granos aparecen misteriosamente, instalándose en nuestro cutis sin permiso y sin causa aparente
Normalmente otro tipo de dolencias avisan: un estornudo, la garganta empieza a picar con repiquetear de araña o una cadencia sorda de mocos empieza a gotear, o sino los ojos comienzan a doler como si estuvieran siendo prensados por unos dedos injustos, o también la cabeza dicta una emergencia leve al principio, o todo empieza con una breve pero insistente tiritona. Efectivamente nos hemos resfriado y asistimos a los prolegómenos. O la molestia que va creciendo en el estómago, como el pez de sierra dentro, nos señala futuros malestares mayores, la corrosiva doblez por el espinazo.

Pero los granos no avisan, no dan indicios, de repente, como creados por la artimaña y artimagia de un mago cabrón, están ahí. Visto y no visto. Apenas distinguimos el "me está saliendo un grano", no, ya está ahí, surgido a la velocidad del rayo desde la nada, como un pegote, como un pezón que nos sale fuera de sitio. Un bulto con pretensiones de tomate instalado ahí, cómo jode, hinchándose y acaparando su espacio egoísta, insultante, denigrante.

Su surgimiento es tan celérico, que muchas veces son los otros quienes notan antes su presencia, ese: "tienes un grano ahí", y te señalan con el dedo el lugar exacto, lo mismito que si tuvieses una mosca o un abejorro ahí plantado. Ese dedo acusador: el horror cultural al grano. Y se convierte en el rasgo distintivo de tu jeta. Ya no te miran a los ojos o al movimiento de los labios o al ligero aletear de las fosas nasales, la mirada ajena se clava, hipnótica, burlona, con asomo de asco, en el centro exacto del ovoide del grano, tu grano, tu nueva seña de reconocimiento e identidad.

Y así y ahora mi grano, el que me ha salido sin permiso, un grano en el frontispicio, extendido tal que una isla roja en el lateral superior de la nariz, arrimándose a mi ojo derecho, deformándolo con su estiramiento purulento.

Pero nos queda la venganza. Dejar que aumente un poco más su autonomía y su presunción el maldito grano. Los dedos como pinzas preparados para la eclosión, pinzando el grano para que explote sin pudor. Que se parta en dos, en diez, como un huevo frito de yema infecta, desparramando su podrida esencia, liberándonos del tornillo carnal que nos convierte en otra criatura deforme de Frankenstein, recuperando nuestro rostro, quienes éramos antes de ser el anónimo y desdibujado campo de cultivo del protagonista, orgulloso, lascivo y omnipresente grano.
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Sueños (9): Chez Javier & Mi padre se hace taxista

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Me voy a casa de mi amigo Javier Fernández Aracama, mi hermana se queda en casa. Iré en taxi, es de noche. Por el camino me escribiré dos poemas cojonudos. Más que recordar que los escribo, digamos que los he escrito, como de repente. LLego a casa de Javier. Estamos en su habitación, que resulta ser toda la azotea del edificio, con el cielo nocturno sobre nuestras cabezas. Javier agarra un libro de los que tiene diseminados por los extremos de la azotea, un libro al azar y me lee parte de su contenido, abriendo así mismo una página al azar. Creo que le leo uno de los poemas que acabo de escribir. El caso es que la conversación con Javier no me interesa mucho. En breve empezará el partido de fútbol de la Selección Española. Ahora estamos Javier y yo en la cocina, está la madre de Javier, uno de sus hermanos, parece que hay una vecina con la madre, de pronto me tiro un erupto medio tragado y acto seguido otro erupto, más sonoro. Nadie parece inmutarse, nadie debe haber oído mis regüeldos, pero no es así, el hermano de Javier (no sé si Santi o Mario) me hace una seña discreta de amonestación por mis eruptos. Va a empezar el partido. Estoy ansioso, llevo todo el día deseando ver el partido de la Selección. Pero resulta que Javier me da a entender, en el salón, su familia ante la tele, su padre repatingado en el sofá, que no es de agrado que me quede a ver el partido con ellos. Joder. Mierda, todo el día esperando el momento de que llegue el fútbol y ahora me veo en la calle, de noche, a toda prisa buscando un taxi para verlo en casa. Evidentemente me voy a perder una buena parte del partido y eso me jode.

Paso al lado de un bar donde están televisando el partido, todo arremolinado y apegotonado de gente viendo el partido. Me asomo desde fuera, acaba de haber un gol. De España. Se ve cómo entra la pelota por encima de la cabeza de Casillas. Entonces no, es un gol en propia meta... Pienso en quedarme en el bar a ver el partido, mientras tomo algo. Pero el partido ha empezado ya hace media hora, llevan unos cuantos goles, 3 a 1, o algo así. Parece que ganando España. O sea que me he perdido ya mucho. Pierdo inmediatamente el interés por el partido. Abandono el escaparate callejero del bar y sigo recorriendo la noche.

Como por aquí veo raro que pasen taxis, me dirijo a una calle principal a la caza de un taxi. Es curioso, aunque he desistido ya del partido, sigo teniendo la misma prisa en llegar a casa. Al final, en calle principal, la calle Maldonado, por ejemplo, me coge un taxi. Mira tú, el taxista es justo mi padre. Me sorprende verle de taxista. Me explica que está probando con el taxi, ya que su negocio no le da lo suficiente y se le va a quedar una jubilación muy pobre. Me lleva a casa por un largo camino, noche muy cerrada, ahora atravesamos una especie de puente levadizo larguísimo y estoy asustado porque no se ve nada, prácticamente nada. Mi padre pegado casi al parabrisas intentando ver algo y que no nos peguemos la hostia padre. Me sorprende cómo sin ver nada consigue hacer los giros justos para no tener un accidente. Veo a mi padre mayor, algo torpe. Ya estamos cerca de Atocha, respiro tranquilo, ya no nos la damos. Parece que ya es de día. Pero quizá sea sólo de día por un momento. Entonces el sueño empieza a sumirse en la amnesia, aunque pasan más cosas se van perdiendo como tragados lentamente por una enorme bruma. Sólo recuerdo el tener que hacer o estar haciendo algo relacionado con Martha con Hache, seguramente trabajo.
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Sueños (8): Perseguido por el equipo de las motos rojas

El sueño de la persecución de las motos del equipo rojo por las calles nocturnas de Madrid
Estoy haciendo una animación para un grupo de despedida de solteras. En el salón principal del restaurante hay varios grupos, algunos de tíos, algunos de tías. En uno de los extremos (esquina izquierda), donde aparece al final una rampa que lleva a un piso superior, como de trastienda, ahí está mi grupo de chicas, aunque al principio me equivocaré un par de veces de grupos de solteras. Pero ya lo tengo ubicado. El caso es que faltan algunas chicas por venir al evento, pero el resto ya está cenando. Apenas recuerdo las gracias que hago, aunque me suena que en un momento dado, llego a salir desnudo y ni sé las cochinadas que brevemente acontecen. Subo y bajo por rampas o así, en las partes no-públicas del restaurante.

Hacia el final voy con las chicas hacia un receptáculo que hay arriba (ya no estamos hablando de un restaurante en sí, sino de una especie de grandes almacenes con numerosos apéndices, el restaurante donde estábamos era uno, y ahora, la sala donde estamos las chicas y yo otro). El nuevo departamento es una especie de pista de baile, creo que parte del techo es de cristal y se ve la noche sobre nuestras cabezas, pero lo más curioso es que el suelo está bastante inclinado, quizá casi 45 grados. Las chicas ya apenas me hacen caso, están a su fiesta, la música discotequera que empiece a sonar, van llegando más chicas invitadas a la fiesta. Voy despidiéndome, pido un aplauso por la que se va a casar, voy a decir que soy actor y que esto era una broma, etcétera, pero ya está fuera de lugar, ya no me hacen ni caso, están a lo suyo, a su fiesta y a su música y a las tías que siguen llegando, que procuran ignorarme todo lo que pueden. Yo ya sobro aquí, de hecho muchas de las presentes se están preguntando qué es lo que hace un tío aquí, en su fiesta estrictamente femenina. Me las piro con carácter de urgencia.

Ahora busco a Carlos (Sir Charles) para cobrar mis emolumentos de animador. Buscando por las inmediaciones internas de este edificio que contiene numerosas dependencias y negocios. Pero no hay rastro de Carlos, ni tampoco del restaurante. Creo que son como las 2 de la madrugada. En lo que era el restaurante ahora hay otro restaurante distinto, distintos cocineros y camareros. Sigo buscando. Empiezan a acercárseme un par de matones con cara de pocos amigos. Les explico mi situación, pero no me creen, me consideran un intruso en espacio privado. Aparecen dos o tres gorilas más, con la intención de darme una buena paliza. Me zafo de un par de ellos y corro a la búsqueda de una salida. Que acabo por encontrar rápidamente. Escalo una verja bastante alta (altura de dos hombres y medio) y ya estoy en la calle, en el espacio público, calle de noche, casi ni un alma en la cerrada noche, enfrente veo una estación de metro, que ahora está cerrada.

Se supone que una vez fuera del recinto estoy a salvo de los de seguridad, pero no. Resulta que su intención es seguirme persiguiendo a lo largo de las calles. Puedo zafarme de tres, cuatro, cinco, no entraña mucha dificultad, pero... van viniendo más y más perseguidores y más y más, se podrían contar hasta cientos, vienen corriendo de todas partes desde lejos y vienen acercándose velozmente hacia a mí. Hay que huir a toda leche, si me cogen la paliza entre tanta gente me dejaría medio muerto o muerto del todo, con bastante probabilidad. Empieza la enorme persecución por las calles aisladas y nocturnas de Madrid. Ahora todos mis perseguidores (yo la liebre atosigada) van vestidos de rojo, como un equipo deportivo o algo así. De repente me siguen todos en motos, unas motos extrañas, muy anchas, casi como si fueran un sidecar en una sola pieza, o como motos de agua, quizá con cuatro ruedas, motos-tanqueta. Y todas las motos son rojas, como sus jinetes fortachones. Aunque ahora me acosan en sus motos y yo voy a pie, no terminan de alcanzarme, aunque cada vez se aproximan más peligrosamente. Pero pasa un cosa curiosa, y es que sólo me pueden seguir por detrás (en vez de lo lógico, que me cercaran por todas partes), y esto se debe a no se qué regla. Como si fuera una regla de tráfico que no pueden quebrantar.

En una calle me encuentro con dos motoristas azules, están apostados en la acera, sentados sobre sus motos azules, pero con el motor detenido. Son de los míos y así se lo hago saber. Justo detrás de ellos hay una tercera moto, también azul, sin dueño. No hay problemas, como formo parte de los suyos, del equipo azul, no hay ningún problema en que me agencie la moto. (En realidad no soy de los suyos, pero deducen que pertenezco a su grupo al estar siendo perseguido por los rojos, o sea, su equipo rival). Agarro la moto azul, la moto-tanqueta y persisto en mi huida. Con la moto es difícil que me alcancen ya, siempre están equidistantes, siguiéndome, como el pelotón que sigue al ciclista que se ha desmarcado. Puede que nunca me cojan, pero nunca van a dejar de seguir mi estela, cientos de ellos, cientos de motos rojas, siguiendo la misma regla siempre de no poder darme caza más que viniendo desde atrás. Ya es de día y entiendo que esto no tiene fin. Hay que hacer algo. Veo una salida: si consigo atravesar el puente del río con la moto, salvando todos los obstáculos de mis enemigos allí apostados, estaré libre. En un viraje rápido y decidido la emprendo hacia el puente del río. Tendré que ir luchando con uno, esquivando a otro, atravesando como pequeños estanques de agua que hay sobre el puente, a brazo partido y sobre la moto, bloqueando a otro enemigo, salvando un nuevo escollo, trabajosamente, así hasta que parece que estoy llegando al otro extremo del puente...
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Retrato de Lilí (poema)

Retrato de Lilí


Lilí es muy guapa
lilí me quiere me mató
lilí es una maravilla
aquí me muerde
lilí o mantequilla
por atrás.

Lilí siempre sabe a más allá
lilí de piernas azules
lilí en los tejados
la pana la cremallera
y cerrar los ojos
hermosa lilí.

Lilí es mi amor en
la esponja
en el bisturí
lilí en la posición fecal
ay su calculado sudor.

Lilí antes de los disturbios
antes de los cielos de metal
lilí soñada
poseída
vaciada de placer.

Una flor intestinal para lilí
ésta flor de mal en sus entrañas
un trofeo en el perineo para lilí
ácida
tibia sonámbula lilí.



autor: pepeworks / josé martín molina
poema perteneciente al libro: KULO DE ZEBRA - ver SINOPSIS

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American Maricón (esbozo de novela o cómo hacer un best-seller)

Ayer, ante la ritual (última) cena del día, al filo de la media noche, vencido de agotamiento, haciendo el riguroso zapping televisivo, a la búsqueda de las imágenes que habrían de entretener las funciones mecánicas de los molares masticando los filetes de lomo de cerdo, sentado en el sofá, sentado en lo que hemos dado en llamar "el centro del universo", puesto sagrado en el que hay que sentarse de una manera muy explícita y característica, vestido con el no-vestido de unos caseros calzoncillos como anticipo veraniego, me topé con el canal de Antena 3 emitiendo una película de título significativo: "American Play Boy". No tardamos mucho en ver al protagonista metiéndosela a una chica morena colocada estratégicamente a cuatro patas. Después charlaban o se tocaban los pies. Pero esto no era lo interesante. Demasiado visto. Lo que suscitó nuestro interés inmediato fue una ocurrencia inmediata que tuve. Escribir un libro, quizá un best seller, cuyo título acababa de revelárseme con una claridad meridiana. Sí, efectivamente: "American Maricón".

Un título perfecto, sí señor, American Maricón. Con una fonética poderosa, una rotunda musicalidad, título directo, lapidario, sugerente, casi diría que esponjoso. A-Me-ri-can-Ma-ri-cón. Pegadizo, cada vez nos suena mejor, lo repetimos y lo repetimos, atrapados en su ritmo machacón, en sus siete sílabas más una, un octasílabo redondo, sin pensar en el sentido que despliegan los vocablos, sólo pendientes de su cadencia, sólo atentos a su música abstracta, su regusto de pronunciación en el paladar... A-Me-ri-can-Ma-ri-cón...

Y entonces me pregunta Eva: ¿pero de qué trata la novela?

Y yo me callo, porque no lo sé. Tenemos un gran título, pero no tenemos el contenido. Por decir algo, digo algo que quizá podría ser algo como que el argumento quizá podría ir relacionado con las carreras de caballos... Las apuestas deportivas... O un alud en una escalada de montaña... Gente, mucha gente, saliendo de unos grandes almacenes, todos portando en su mano un brazo roto de maniquí... Qué sé yo... Mira, por ejemplo Boris Vian, que tiene algunos libros escritos cuyo título no tiene nada que ver con la trama que se despliega detrás de la solapa. ¿Por qué ha de titularse una extensa narración de una manera explícita? Da igual de lo que vaya el asunto, lo importante es que tenemos el título, afirmo categórico. Tras dedicarme una escueta sonrisa de conmiseración, Eva se limita a cambiar de canal.

Pero el título sigue bailándome en la cabeza con mucho swing. Me posee con su trotar de caballos de reyes visigodos. Ahora sólo hay que hacer el resto. Escribir la primera línea y después...

¿Hay alguien ahí? ¿Alguna sugerencia para el argumento?
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Sueños (7): De vacaciones en la costa

barca en la playa, vacaciones en el mar, lo he soñado y lo soñamos muchos
Estamos de vacaciones, Eva y yo, en plan matrimonio de vacaciones, playa o zona costera indefinida, pero turística (aunque no se verá el mar nunca durante el sueño), en un enorme bungalow. Nos levantamos, planeamos lo que hacer, muchas cosas que hacer, ir a ver a no sé quién, preparar equipajes para hacer un viaje. Todo lo planteamos con calma, sin estrés. Quizá damos un largo paseo, pero puede que fuera antes o ayer. Y es el caso que sin saber cómo se nos pasa el día y de tan tranquilos como estábamos, justo ahora parece que estoy sentado a una mesa, escribiendo con calma o algo así, ya no llegamos y ahora hay que correr, hemos quedado. Puede que hiciéramos el amor Eva y yo, pero no lo recuerdo, al principio del día. (Es curioso, se trata de Eva, pero aparece desdibujada en el sueño, sin contornos fijos, pero es Eva, su presencia). Ahora me estoy duchando, ¿Eva está quizá con Amador? Llega gente al bungalow, ¿quizá mi padre? Hemos quedado Eva y yo con otras personas.

Ahora en mesa de restaurante, de noche. Llego, está Carina, Eva, el amigo Manu Hernández y otro que conozco pero no recuerdo. Después haremos viaje, o mañana, quizá en barca, con otro matrimonio, y creo que esto incluye a Carina, pero a saber. Aparece a las puertas del chiringuito (un chiringuito cercado por cristales en todo su perímetro) y ya estoy con ella, otra vez: Miva Gold. Hemos, antes, estado viendo siete vídeos suyos, y ahora me sale, con que mañana me tiene que traer otro, y que lo tiene que devolver enseguida. Lo que faltaba. Es que no me dejan ni respirar. Le digo que vale, que me llame mañana para confirmar hora para quedar, que ando muy liado y aún no sé cuándo podría ser exactamente. Pero no, mañana no estaré, que nos vamos de viaje con otro matrimonio, lo sé, pero deliberadamente, le suelto la trola a Miva Gold. Es que es el colmo, lo doy todo normalmente en el trabajo, pero no, ahora no, me niego, estoy de vacaciones. Me cabreo. Cuando vuelvo a la mesa del chiringuito con los míos me quejo, es que es el colmo, joder, ni en vacaciones me dejan tranquilo, pero esta vez les va a salir el tiro por la culata... Y me relajo, a nadie le interesa mi mosqueo, ya ni a mí siquiera, estamos de vacaciones, pasándolo bien, fuera las cuestiones laborales. Y llega de nuevo Manu Hernández, pero resulta que ya está en la mesa sentado a mi lado, o sea que hay dos Manus Hernández exactamente iguales, vestidos igual, misma barba, misma calvicie, idénticos. El Manu Hernández recién llegado, de pie, explica la confusión y el gemelismo: "soy Manu Hernández 2", dice.
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Sueños (6): Póker de culos enfundados en látex

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Cuatro culos femeninos envueltos en látex me persiguen en sueños
Viene Miva Gold a casa por cuestiones de trabajo, a ampliar su book de vídeo. Estamos solos en casa viendo ante la mesa y el ordenador su material de vídeo, que no es estrictamente profesional, pero se trata de poner algo que engañe, como si fuera profesional. Algún viaje o imágenes caseras de vídeo. La idea es poner algo para que parezca un montaje nuevo, truco que de cuando en cuando utiliza Miva para volver a hacer la obligada rueda profesional. Encontramos un vídeo que puede valer. Pero el resto... no termina de encajar. Ahora sentados, semipegados, en cama estrecha de habitación, una habitación transformada, no del todo reconocible, habitación más de joven que vive en casa de sus padres que habitación de adulto independizado, me muestra fotos de su último viaje, por si nos pudiera servir algo para su vídeo. Curiosamente en vez de ir viendo fotografías, vemos a vista de pájaro, como desde avión o helicóptero, con la lentitud del vuelo, a media distancia, mirando hacia abajo, una sucesión de montañas y montañas, rocosas, color marrón, con pedruscos enormes, cubiertos aquí y allá por aisladas capas de nieve. Le digo sorprendido: "¡Has estado en la Antártida!". Y ella me responde que no, que son Las Montañas Rocosas de Madrid lo que estamos viendo. Me quedo alucinado de que haya semejantes montañas y semejante paisaje en la provincia de Madrid, no lo sabía, le digo a Miva Gold. Parecemos ver, cuando el avión o helicóptero se retira de las extensas montañas nevadas una larga carretera de domingueros en un atasco, viniendo en sentido contrario, osea, en dirección a las montañas que nosotros acabamos de dejar.

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro Después estamos sentados en el sofá. Miva, alegre, pizpireta y algo coqueta, me comenta que esta casa no es grande del todo. Le explico que sí, que está muy bien, aunque podría ser más grande, eso sí. Y le cuento cómo era el piso de la corrala donde vivía antes, todo ínfimo, estrecho, un cuarto de baño ridículo, una minúscula cocina-pasillo, donde sólo cabía el fregadero, a un lado, y la lavadora, al otro. Ahora me encuentro en el baño. Miva esperando fuera. Me encuentro mirando mi rabo en el w.c. Resulta que tiene pelos negros pegados en el capullo y una espesa capa pegada como de horchata. Voy tirando con cuidado de los pelos enroscados, pensando que no me había duchado..., menos mal que esto no se ha notado, pienso. Cuando salgo sigue Miva ahí, y acaban de llegar Eva (mi chica) y mi hermana. De repente hay dos tías más. Me hacen un extraño juego. Se ponen Miva, Eva y las otras dos, que no conozco ni he visto nunca (¿amigas de Miva Gold?), de espaldas, las cuatro de pie y de espaldas, van vestidas igual, con pantalones de cuero negro, más bien látex, super-ajustados, marcando bien claramente los culos. Pantalones de cuero-látex, sin bolsillos, traseros perfectamente apetecibles.

El juego consiste en que adivine de quién es cada culo, estando ellas de espaldas y sin que yo vea las caras. Se supone que no sólo se trata de distinguir, sino de elegir culo, lo que conlleva elegir chica. De espaldas los culos son muy parecidos, sólo se distinguen más o menos por las largas melenas que caen exhuberantes y quietas por la espalda. De izquierda a derecha tengo ante mí: cabellera rubia, cabellera morena, cabellera morena, cabellera rubia. Simetría. Y los culos también simétricos y excitantes, las 4 chicas con la misma altura, cuestión de escasos centímetros. Pero no se están quietas, no paran de moverse y Eva hace trampa: para que no me equivoque en la elección y sepa quién de las cuatro es ella, muestra, como despistadamente, el perfil, dirigiéndose a la que está en el extremo derecho, diciéndole no sé qué (cualquier cosa que sirva de excusa para medio girarse y así delatarme su posición). También sé que, desde el principio, Miva Gold está en el extremo izquierdo. Eva, por lo tanto, a continuación, y las otras dos del lado derecho. Las cuatro están abrazadas en cadena por la cintura. Sin duda, los dos culos que me llaman más al deseo, perfectos en sus formas embutidas en el látex, son los de Miva y Eva. El de Eva aún más hermoso. Uhmmmm. Pero se mueven demasiado para poder analizar bien las perfectas formas, Eva aprovecha cualquier excusa, cualquier frase u ocurrencia, para volver a dar(me) medio perfil, ¡para que no me equivoque de culo! Y las otras le regañan, eso no vale, mira al frente como hacemos todas, le dicen (aunque para decirle esto, ellas también giran medio perfil...).

Quiero estudiar mi elección más en detalle, estudiar las mínimas diferencias que terminen por inclinar la balanza de mi elección. Es difícil elegir. O una u otra. Culitos muy, muy sabrosos. Podría derretirme muy fácilmente. Para evitar las artimañas de Eva, se me cierra el plano de lo que veo, así sólo veo un trozo final de las melenas y en el centro del plano los sugerentes culos. El plano se va aproximando más y más, hasta tener prácticamente (yo estoy sentado en el sofá) los dos culos principales a un palmo de mis narices. Y es ahí, justo ahí, cuando me despierto.
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Alternativas (poema)

Alternativas


Se puede encontrar la belleza en una alcantarilla,
basta con tropezarse en el sitio destinado
o,
con un pájaro yerto,
las alas como 2 cejas en sombra,
se pueden imaginar infinitos fuera de catálogo.

Se pueden cruzar los brazos como 2 navajas
y romper 2 gritos contra las piedras del subsuelo.

La curiosidad puede comenzar con 2 ratas
que se buscan el hocico
o,
con 2 palomas que se hacen la guerra del hambre.

En el tintero
siempre se puede encontrar un poco de abulia,
una colilla deshojada,
y hasta 2 secretos que no merezca la gana desvelar.

Se puede pensar que las horas mueren como las personas;
que los ríos se cansan de idealizar la pureza del cloro.

Puede dar la impresión de que las batallas no enseñan
más que los crucigramas;
que las madrigueras no protegen más que los paraguas.

Sin embargo,
parece evidente,
que lo mismo da MORIRSE DE ASCO
..................que PUDRIRSE DE MIEDO.



autor: pepeworks / josé martín molina
poema perteneciente al libro: EL INSICO DE METAL - ver SINOPSIS

poema publicado previamente en Pepeworks & Kulo de Zebra
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Sueños (5): Muerte súbita del gran futbolista Raúl

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro

He soñado que moría Raúl, Raúl González, el gran futbolista, el jugador del Real Madrid, ahora jugador del Schalke. Moría de repente, fulminado de golpe, inexplicablemente, rodeado de misterio y soterrada polémica, moría sin más. Me llegaba su muerte en el sueño como una noticia real, verdadera, pero difícilmente creíble. Extrañas circunstancias rodeando su muerte, quizá tratos con gente oscura, quizá narcotraficantes, o alguna mafia clandestina.
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Blancanieves en pantys

Blancanieves en pantys


Hace un frío mermelada que se unta hasta
en los tuétanos de las pestañas.

Pero como besarte era una tentación de estrechar mimbre
y los domingos son una insípida mortadela
me sofrolizo mutuamente.


Recuerdo que las nubes podían ser de nube
y las girafas tenían cuello de jirafa
un café siempre sabía a café
(es más: llevar bigote suponía ser gravemente bigotudo
y barba livianamente barbudo).

Hay quien pensaba que tener el monte de venus afeitado
podía ser una eficaz medida de higiene o
también una manera de re-montarse a la niñez.

-Siempre disfruté leyendo ali babá y los cuarenta cojones-.

(Yo creo que me duele un ojo de tanto bizquear lolitas).

Los tomates
se ponían rojos como tomates
cada vez que de una huerta pisada por bueyes
salían pelos azules
en las manzanas envenenadas.


Sin embargo
los cuentos infantiles siempre me parecieron escasos
y que ocultaban lo que era realmente importante.

Buscando en las enciclopedias modernas
comprendí que supermán se fecundaba a king-kong
batman se pintaba las uñas con moñigas de mosca
y bambi se lamía las heridas
de una violación tan anal como asnal.

Eran los días felices de whalt disney
cuando soñaba con canguros y cigüeñas
y varios pelotones de hembras todoterreno.

Qué decir de peter pan
si era un pepino volador
con mofletes de membrillo
y cabellos de tocino.


Aún así
a mí me gustan
me enloquecen
me pirran
me nublan
me desnivelan
las cebras
porque siempre van en leotardos
llevan los ojos pintados
y huelen a recién despiertas.



autor: pepeworks / josé martín molina
poema perteneciente al libro: KULO DE ZEBRA - ver SINOPSIS

poema publicado previamente en Pepeworks & Kulo de Zebra
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Sueños (4): El atracador

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Están Eva y Amador, mi mujer y mi hijo en la calle, cerca de un cajero. Calle tranquila y poco frecuentada a estas horas. Van a sacar o ya han sacado dinero del cajero. Hay un atracador rulando por aquí. Aparezco. Parece que yo ya he sacado dinero del cajero. Creo que entre 200 o 300 euros. Hablo con el atracador. Me dice que de que le demos 50 euros no nos libramos. Me imagino que quizá tenga navaja, tiene toda la pinta. De repente el atracador es de color, negrito. Y al poco merodeará por aquí otro atracador, o sea que serán dos. Me detengo a pensar. Así estamos como varias figuras, algún personaje más que aparece, de forma nebulosa, para también sacar dinero, pero quizá ni exista el eventual visitante. Pienso pues en qué hacer. Estamos todos relativamente distantes, Eva y Amador allí, yo aquí, el atracador protagonista un poco más allá, el nuevo atracador algo más separado. Yo me encuentro pues entre los atracadores y mi familia. Y pienso. Podría perfectamente darle 50 euros, sacarlos de la cartera, y nos evitamos problemas, que quizá se pongan violentos, aunque de momento se han mostrado amables, al menos con el que he dialogado. Pero no termina de convencerme esta alternativa, ya que seguro que si le doy con tanta facilidad 50 pavos, pensará que tengo más, y me instará a darle más, cosa que ya no me hace ninguna gracia. Otra opción es intimidarle, decirle que sé kárate y hacer amagos típicos del kárate (evidentemente no tengo ni idea de kárate). Otra opción, fíjate, sería irnos sin más, al fin y al cabo los atracadores casi nos ignoran, educados, pasmosos, respetuosos, a la espera de otra presa. Pero por alguna razón, irse tan tranquilamente, como si no pasara nada, no forma parte de la lógica del sueño.
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Sueños (3): Una de gángsters

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Aunque el sueño empieza antes, con mucha acción, mucho movimiento, distintos escenarios, no recuerdo la parte inicial, una nebulosa devorada por el olvido nada más levantarme. Empiezo por tanto a narrar desde que la memoria inminente ha salvado la película.

Subo solo por el ascensor al cuarto piso (de nuevo el piso de Alcorcón). Todo el edificio está desierto. Cuando llego al cuarto piso, por unos guardias con casco e hiperprotegidos me entero de que hay una fuerte radiación en el inmueble, sin embargo en el cuarto piso, esa radiación aún no es letal (sí a partir del quinto piso). Con lo que las fuerzas del orden público, sorprendentemente me dejan pasar "bajo mi responsabilidad" y así entro en el cuarto B. La puerta entornada, sin cerrojo. Dentro del piso está todo removido, envuelto en cajas. Hay una guardiana, la que se ha encargado de embalar todo y tirar cosas a la basura. La guardiana, de mediana edad, zafia pero eficaz, forma parte de los malos, de una banda del mundo del hampa. Empiezo a abrir cajas y a buscar. De repente somos una gran multitud dentro del piso, abriendo cajas y cajas, cajas en armarios, dentro de muebles, apiladas en la cocina, en el salón, cajas por todas partes, que vamos abriendo, descubriendo el contenido, hojas, papeles, recuerdos, todo mi pasado disperso en miles y miles de documentos, folios. Yo soy el que busca con más encono, con rabia. Al final, entre todo el caos, ya sólo me importa encontrar dos manuscritos (de los que no hay copia y de perderlos, de no encontrarlos, estarían perdidos para siempre, irrecuperables). De las dos obras manuscritas, una es mía, una novela, la otra es de mi amigo Javier Fernández Aracama. La furia, la impotencia, la desesperación tras abrir cajas, cajas, cajas, encontrando todo tipo de recuerdos, algunos juegos infantiles, papelitos, anotaciones, dibujitos, etcétera, me lleva (creo) a hostiar a la guardiana, pero no suelta prenda, no me dice qué ha hecho con los manuscritos.

Mucha gente ayudándome a buscar. Aparece mi padre mostrándome lo que ha encontrado en otra caja. Qué pesadilla de cajas, cuántas, cajas y cajas, apiladas a distintas alturas, hasta el techo algunos de estos apilamientos, y más cajas, en cualquier rincón, en todos los armarios, en todas las oquedades, solo quedan pasillitos para pasar entre las cajas. Empiezo a pensar que esta hija de puta se ha deshecho de los manuscritos, que ya no están aquí, que los habrá quemado o tirado a la basura. Pero no puedo resignarme a no recuperarlos. Es cuando me propone, la muy zorra y muy ladina, un acertijo para encontrar lo que busco, una especie de enigma imposible, a ver cómo. Me dice que tengo que buscar subido a una bicicleta y llevando no sé qué objeto en la mano. Sólo así encontraré los codiciados manuscritos. No suelta ni media prenda más, aunque la torturáramos. Salgo de este escenario, no recuerdo con exactitud, pero creo que me veo recorriendo calles un segundo en bicicleta. Debe haber más persecuciones, más movimiento...

Vuelvo a estar en el mismo piso. Pero esta vez no hay ni rastro de las cajas, ni de la kafkiana guardiana. Varios gángsters me tienen secuestrado, nos tienen secuestrados, a mí y a los que parecen ser mis seguidores (unos cinco o seis o siete u ocho...), la mayoría chicas, que no recuerdo conocer, pero ellas sí me conocen y a juzgar por su cariñoso afecto, deben ser amigas, amantes, cómplices, ¿fans?, que no reconozco. Los gángsters de película, trajeados, algunos con el clásico sombrero, años 20, años 30, luces de fléxores por los espacios y rincones (aunque también parece haber mucha luz ambiental). Curiosamente, aunque secuestrados, sin poder salir, podemos movernos, no estamos atados. Gángsters armados, aunque no se ven la armas. Sin que en ese momento se fijen en mí los secuestradores, descubro, semi arrastrándome, en el último cajón de un escritorio unos cuantos billetes, entre los que hay uno de 100 euros. Agarro un puñado y me lo guardo en la rabadilla, detrás de los calzoncillos largos azules. Luego agarraré el resto y lo guardaré en el mismo sitio. Me meten en un amplio ascensor, dos o tres matones alrededor. Deciden esposarme una mano a una barra horizontal para sujetarse del ascensor. Temo que me vean los billetes que he robado, que asoman por fuera del calzoncillo. Cada dos por tres, mientras sigue la acción, estaré recolocándome el dinero para que no se caiga y no descubran mi hurto. Los calzoncillos largos están flojos de la cintura, de ahí la continua precaución. Esposan a otra chica a mi lado, una de mis seguidoras, que empieza a chillar como una histérica, creo que tiene pánico a bajar en un ascensor o algo así. Uno de los matones, en tono frío, pero terriblemente amenazador le dice: "¿Por qué no te calmas?". La chica se calla al instante. Nos llevan no sé dónde, por aquí, por allá, creo que en algunos momentos nos hemos liberado, pero no. Sí recuerdo el constantemente vigilar los billetes que pujan por asomarse, caer hacia afuera, o escurrirse por dentro del calzoncillo y caer igual y delatarme peligrosamente. Es curioso, pero de cintura para abajo sólo llevo estos calzoncillos.

Y volvemos al mismo piso con los rufianes, que parece que han escapado de una reyerta. Ahora saco los billetes, convertidos ahora en algo parecido a vales. El jefe de la banda, ve los billetes que le muestro y aunque ni pestañea veo cómo está cabreadísimo. Mira a sus esbirros, como inquisidor, no despega los labios pero parece oírse perfectamente: "¿Quién ha sido el inútil que ha permitido que nos roben de una manera tan tonta?". Sin ser señalado por ninguno de los esbirros congregados en un largo sofá, toda la atención recae en el matón principal, la mano derecha del mafioso, que se comprime culpable al ser descubierto en una torpeza que desconocía. Todos saben ahora que sus últimos momentos están contados. Suenan varios disparos. El gángster mano derecha está en el volante de un coche y cae hacia adelante abatido por los disparos. Asunto arreglado, ha pagado la imprudencia de no esconder bien los billetes. Pero no, resulta que ahora estoy a su lado. No le han dado, ha fingido su muerte. Arranca el coche, con su típico sombrero de gángster casi tapándole los ojos y se dirige hacia el edificio donde está la ratonera de la banda criminal. Yendo con el coche despacio, muy despacio, cuando está debajo de las ventanas del piso de la banda, casi sin mirar, sacando la mano por la ventanilla, coche negro típico de película de gángsters, dispara tres veces hacia la ventana donde se supone que su jefe (ex-jefe) está asomado. No se ve si le da. Aunque yo no voy en el coche con el asesino, le pregunto si le ha dado y me responde que cree que sí, pero que va a volver a intentarlo. Efectivamente, como si fuera una noria, va dando vueltas con el coche, despacio, alrededor de la manzana, que apenas es de sólo un edificio, el edificio en cuestión, y en el mismo punto va repitiendo los disparos. Parece que le matan, tras sonar múltiples disparos. Pero no se sabe, sencillamente desaparece de la acción del sueño.

Ahora, abajo, vamos a montar en un flamante coche negro, prefecto reflejo de la época de esplendor del mundo de los gángsters a lo Dashiell Hammett. El jefazo ahora parece ser mi amigo, o al menos pretende manifestar que ya no estoy en régimen de secuestro o vigilancia. Me sonríe, alto, moreno, seguro, peligroso (pero no ya peligroso conmigo). En el coche, junto a dos o tres de sus sicarios, suben también mis chicas, las que me acompañan, dos o tres, contentas y sonriendo. Sigo sin re-conocerlas, pero ellas me quieren, desde hace tiempo, me son fieles, han pasado muchas cosas conmigo desde hace mucho. Como si siempre hubieran estado a mi lado.
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Sueños (2): Regresiones al instituto y a las clases de pintura

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Sueños raros que mezclan gentes, lugares, situaciones, en un encadenado bastante caprichoso aparentemente. Hay una fiesta que se va a dar a cargo de Pato en el instituto, muchos años después del instituto, durante varios días consecutivos, pero si bien ya somos adultos, las fiestas serán plenamente infantiles, empezarán a las 6 de la tarde y no se prolongarán más allá de las 10 de la noche, por supuesto no habrá ni alcohol. En principio, por rebeldía ante tamaño panorama juvenil y con pocos alicientes, tengo la intención de escaquearme y no ir, aunque he afirmado la noche anterior ante la camarilla de Pato que sí, que iré. Pero terminaré yendo los dos primeros días. Multitud extraordinaria de gente, miles, contacto con un grupo neocatólico, allegado al corpúsculo de Pato, tipo catequesis, paseo con buena planta entre adolescentes hipersexuadas, que me devoran con la mirada ante mi manifiesta impasividad (o eso creo), que poco me interesan unas yogurinas, la verdad. Y me las piro. Creo que cojo un taxi nocturno. De repente viaja conmigo Carlos (Sir Charles). Y ya estamos tomándonos algo por ahí, sobre una mesa, en un bar incierto y me confiesa cómo se han viciado en el trabajo. Creo que también me ha invitado a una puta, pero esto es sumamente pasajero. Y paso a estar en una clase de pintura, donde mi amigo Toni Márquez (que no es pintor, pero en el sueño sí) nos enseña su última evolución pictórica, la definitiva. Cuadros llenos de color, con algunos autorretratos del mismo Toni inmerso en naturalezas muy curiosas. Le explico a la profesora de pintura en qué ha consistido este abundante giro en la trayectoria pictórica de Toni, tras ver un cuadro tras otro, todos diseminados entre caballetes y otros cuadros de otros alumnos. Se trata de un "infantilismo" o "animismo" maduro, explico.
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Una resaca densa y banal

La resaca tras la borrachera, estampas de cielos grises
Momentos de resaca. Duermo unas horas. Cuando me levanto me encuentro en ese espantoso estado en que se junta aún la borrachera con el comienzo de la resaca, como dos hermanos siameses y bastardos, pegados por el tronco, monstruo giboso bicéfalo. En el paladar me han introducido un trapo seco, algo alquitranado, secuelas de los muchos cigarrillos. Inconsistente me acerco a mi hijo dormido. Su carita como una preciosa luna redonda.

Vuelvo a acostarme. Sueño que no sueño nada, sueño que los sueños emigraron a un país donde nadie sueña porque las mentes quedaron vacías de posibilidades oníricas. Cuando despierto la casa está vacía, vacía de voces, silencio de cielos grises y estancados, mirar al cielo parece un pecado. Resaca. Deambulo, me arrastro bípedo, ingiero algo que extraigo de la nevera, una sopa, algo de queso, no sé. No pienso en las musarañas, son las musarañas las que piensan en mí, materializándome en un muñeco sin fuelle, una pantomima humana, un cansancio oceánico, con dolor de piernas, un aliento tragado.

Me tumbo, leo El obsceno pájaro de la noche, leo mi propia obscenidad en renglones decadentes, hasta que me duermo de nuevo, otra vez. Domingo de descanso, dominguero del hastío.
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Sueños (1): Mi madre deja a mi padre

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Mi madre deja a mi padre por un tipo mucho mayor. Algo bajito y canoso. Mi hermana y yo nos enteramos porque nos lo cuenta ella directamente, que se va, que se va con otro hombre. En el sueño mi hermana y yo somos jovencitos y vivimos aún en la primera casa, en Alcorcón (la acción comienza pues como hace 20 años). Nos enfadamos con mi madre, no entendemos por qué tiene que desaparecer. No tengo nada en contra de que se líe con otro, pero que tenga que abandonarnos, no me gusta nada de nada, alimenta mi rencor, especulo acerca del por qué de su forzada marcha. Luego pasa una noche larga y movida en que no sé qué pasa y termino viéndome en un coche, descapotable para más señas, creo que negro. Voy en el asiento de atrás, mi madre y el nuevo maromo van adelante. Circulamos por un Madrid atestado de vehículos, ya de día. Quiero volver a casa y no entiendo, estando tan cerca, por qué para llevarme van a dar un inmenso rodeo por las calles de Madrid. Pregunto si estamos en Cea Bermúdez. Pues sí. A momentos me parece que veo cercano el edificio de nuestra casa, a momentos demasiado lejano como para irme andando, y sin embargo no nos movemos del coche, inmersos en un atasco. Finalmente pateo las calles hacia el hogar, y esta vez el hogar, siendo el mismo (cosa muy frecuente en mis sueños) cambia espacialmente y ahora, el hogar dulce hogar está por los alrededores de La Ronda de Toledo (la primera casa de mi independencia). Cuando llego, matinalmente, madrugadoramente, trasnochando, luz incierta matinal, mi hermana me informa de que mi padre está en el hospital y que el tío Paco está con él. Comprendo inmediatamente, que mi padre no saldrá de ésta, después de el disgusto que le ha dado mi madre (y con lo enfermo que ya estaba, de repente, de una larga enfermedad). Además el hospital está lejísimos, en las afueras de Madrid, sé que no habrá manera de ir. Y empiezo a llorar, abundantemente y resignado, llorando porque mi padre se muere y porque no podré ir a verle mientras muere. No puedo dejar de hacer culpable a mi madre.
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A veces se resiste un título

A veces un poema se escribe solo, desenrolla su música y su sentido de un tirón, va surgiendo, sin asperezas, como la serpiente de su huevo, con una limpieza fluida y casi pegajosa. PERO luego se queda huérfano de título. Quiso ser y nació fácil, pero no nos indicó su nominativo, cómo ha de llamarse. Qué encasillamiento de escasas palabras lo define.

Y lo leemos, lo releemos, recorremos sus contornos de agua y nos mojamos en su esencia, mas no, no se llama, no se titula, no nos surge, se evaporó la inmediata inspiración. Y nos estrujamos los sesos por encontrarle su título resplandeciente. Sólo resta añadir el último fundamental detalle, el nombre, el resumen de lo que es o quiere significar(se), para cerrarlo, mostrarlo dentro de su perfecto estuche literario y...

Pero cómo dejarlo innominado?, Cómo resignarse a que sea un poema ausente del clasificador nombre? Condenado a ser criatura lingüística descatalogada de indicativo? No, no, no-no-nononooo. Antes lo casual, el gesto eficaz y arbitrario, el título siempre resultón que nada en concreto dice, porque contiene dispares rumbos y posibilidades y se amolda a muchos guantes. Un color, una inusual conjunción de dos palabras que ni definan ni empañen ni fulminen al poema. ¡Pero que no molesten! Ya sólo se trata de eso, que el título no nos joda el poema. LLevamos demasiado tiempo y no nos ilumina el susurro espontáneo del nombre secreto. In nomine Patris, o sea, el lío padre.

La pregunta es: los poemas necesitan título o somos nosotros los que necesitamos imponérselo. Así Como decimos "mesa", "cáctus", "frío", "hoy es domingo". El letrero, el cartelito, el titulito, el rotulito, el sello, la marca de fuego en el lomo blanco de la hoja de papel.

Y nos está quemando este vacío rompecabezas de las precisas palabras lapidarias que contienen y definen esencialmente los desmembrados versos... Sí, a seguir buscando, a seguir husmeando la pista del huidizo encabezado, te llamaré Viernes, te llamaré La Vía Lactéa, te bautizaré Perséfone, te designaré Blanco o Baco, te llamaré Usura, Clausura, Tersura, te enmarcaré en un trapecio versátil, te incrustaré en tu fabuloso nicho atemporal, pero lo que sea, pero que encaje, que no incordie, que no despiste, que no traicione, que no me desespere. Te pondré tu collar, cabrón. Sigo. Sigo buscando. Se admiten sugerencias. Se siguen admitiendo sugerencias. No, ese título ya se me había ocurrido. Otro. Dime otro. Otro más. Tampoco. También. Tampoco. No, tampoco... ¿Algo más? ¿Alguien más?

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Menú del día (poema)

Menú del día


Ensalada de pimientos y bajarte bonito
y anchoas las bragas ensalada y tumbarte
mixta sobre la mesa y saborear ensalada

el pescado de ahumados de tu vulva pulpo
y arrancarte el bikini a la gallega sepia y
abrirte a la plancha de piernas calamares

y escarbar lengua andaluza en tu recto
boquerones y pellizcarte en vinagre sendos
pezones gambas al ajillo y meterla patatas

en tu boca y besarte los ali-oli ojos empanada
asturiana y golpearte surtido de los muslos
ahumados y darte queso manchego la vuelta

y penetrar croquetas de marisco tu recto lacón
y escupirte con cachelos en la nalga y callos
apretarme a la madrileña contra tu cadera y

oreja hacerte gritar arrancarte a la plancha un
mechón y penetrarte chorizo a la sidra la vulva
lento jamón lento y sacarla ibérico y salpicarte

tabla de los muslos de leche ibéricos y fumarme
un cigarro postre de la casa y otro pagar la cuenta
cigarro no quiero café

buena tortilla límpiame hemos hecho con
la servilleta ya te puedes no olvides el bolso
ir


autor: pepeworks / josé martín molina
poema perteneciente al libro: KULO DE ZEBRA - ver SINOPSIS
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Una introducción cualquiera (después llegarán los senos)

Post primero, que evidentemente eliminaremos después, lo mandaremos a paseo, la cosa es sólo de prueba, como decimos, o decíamos. Pero no, qué va, en un laboratorio no se elimina nada, todo se guarda para hacer honor a la realidad mesiánica del cajón desastre. Y por asociación mental llego al elefante, ese elefante, un elefante rasca con su trompa mi ombligo, paquidermo intruso, muy antiguo, quizá descascarillado, eso sueño, imagino, percibo, menciono, mientras las mentiras crecen como palomitas en una sartén del olvido. Y pienso en muchos posibles suicidios, hacer un blog, saltar con pértiga por la terraza, esnifar la gran vagina desdentada y corromperse en ácido gustoso, embadurnarse de mermelada Hero para ser devorado por un tropel de hormigas cabeza-de-martillo...

Bienvenidos, bienamados, bienaventurados, a veces queosjodan, aquí, hola, estamos, HEMOS LLEGADO.
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