Sueños (13): Avatares en la calle de la Princesa de Alcorcón

calle de la Princesa en Alcorcón, Madrid
Un sueño con mezclas de gente, sitios, situaciones. Lo primero que recuerdo creo que es que estamos mi madre y yo con Antonio Malonda (que parece ser también una especie de trasunto de Juan Antonio Alda), parece que en su segunda escuela de interpretación -o sea, después del traslado- (aunque el espacio es más íntimo, recordando también al estudio de Juan Antonio Alda, iluminado con fléxores y enormes zonas en penumbra). Nos cuenta batallitas Malonda (creo que está liado con mi madre), toda una aventura creo que relacionada con el doblaje de una película o algo así. Y resulta que al final, por hache o por be, sólo dijo una frase de doblaje en toda la película.

Luego estoy con Emi Caínzos, que ahora es profesora de Bululú, junto con otra amiga nuestra que también estudió interpretación con nosotros (de la que ahora no me acuerdo). Hacía tiempo que no nos veíamos y hablamos y hablamos. Estando ahora como en una habitación, relativamente íntimos. En un flash me resulta incitante, pero lo descarto.

Y luego voy al bar, como según el sueño voy haciendo todas las mañanas, a desayunar, mi café o descafeinado y un bollo o algo similar, para después dedicarme a escribir, en una mesa, ese parece ser el rito matinal. La idea es ir después a Bululú, a no sé qué, a ver a Emi y tal. Todo, tanto Bululú, como el bar, como el portal de mi casa donde vivo con Eva en el sueño, todos los lugares están ubicados a pocos pasos unos de otros, en la misma calle de la Princesa de Alcorcón (donde mi padre tuvo su primer taller).

Ahora aparecen seguidas como dos secuencias en el bar, quizá más, relativas a mis desayunos. La primera comparto mesa con alguien desconocido. La segunda, el bar vacío, ideal para mí, me siento en la misma mesa, que acaba de ser abandonada por un viejo. La mesa está pringosa y asquerosa, viene el dueño del bar, que es a su vez el único que trabaja en el bar. El tipo es bastante servicial, sonriente, baboso, todo un lacayo y además todo un avaro, sacándole guita a su negocio, parece ser esa su única obsesión. Zalamero, quitando importancia, limpia mi mesa (la limpia por encima, con poca eficacia). Voy a ponerme a escribir tras el desayuno. Ahora, como si fuera otra mañana, estoy desayunando junto a un viejo, en la misma mesa, nos equivocamos de trozos de pan y le quito uno suyo y él igual, me quita otro trozo a mí. Hasta que sólo queda el último pedazo de pan, que es mío, pero el cree suyo y lo coje, se da cuenta que es mío, lo vuelve a dejar y le digo que no, que no, que se lo coma él. Se resiste pero finalmente acepta y se zampa el último mendrugo.

Y ahora entra Eva en el bar. Está sentada en una mesa más cercana a la puerta y la ventana de cristal (yo estoy en la mesa del fondo). Eva empieza a liarla con el dueño del bar, echándole en cara lo ruin que es y el pésimo servicio que da, prácticamente denunciable. Por ejemplo, Eva acaba de pedir unos pinchos morunos, y los pinchos han llegado al instante, ¿cómo es posible hacerlos tan rápido?, ¿es que ya estaban hechos antes de pedirlos?, ¿y desde cuándo estaban hechos?, ¿qué clase de estafa es esta?. Eva recrimina en alta voz, pero serena, sin levantarse de la silla, rodeada por dos o tres ancianas también sentadas. Yo de pie (como a través de un cristal) contemplo la escena. El camarero está tranquilo, da someras explicaciones, aparece con un pollo recién hecho en la mano, como dando explicaciones de la velocidad de su servicio. Pone el pollo encima de la barra. Mientras Eva increpa, yo pienso, como si le dijera a Eva: sí, ya sabemos como se las gasta el hombre este del bar, pero al fin y al cabo, si no te gusta este bar grasiento y mugroso, te puedes ir a otro bar, que por aquí hay bastantes...

Y de aquí, de la bronca de Eva al avaro barman pasamos a un espacio que parece ser una sala de un convento, al final de la calle de la Princesa (más o menos a la altura de la primera casa que tuvimos, la de mi primera infancia), donde alguien, parece ser una monja, nos explica a Eva, a mí y a otras 10 o 12 personas más (todas como formando parte de un mismo grupo) la historia del dueño del bar. Cómo antes este hombre trabajaba en la beneficiencia. Y tal y cual. Ahora Eva toma la voz cantante organizando no sé qué. De pronto somos como figuritas pequeñas y una parte del grupo emprende la huida como por debajo de una puerta de garaje metálica, escalando hacia arriba, hacia un enorme y muy elevado agujero o ventana. Yo aparezco desdoblado: estoy con los que se marchan precipitadamente, ante la inminencia de un posible peligro, pero también estoy con los que se han quedado al lado de Eva. Y el sueño empieza a sumirse en una confusión de acciones, idas y venidas, somos figuritas ajetreadas que escapan de no se sabe qué...
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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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