Sueños (25): Voy de seductor

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Voy vestido como un pincel, elegante, quizá con una fina camiseta de cuello vuelto, una chaqueta un poco dandy. Un amigo me acompaña (no sé quién) como testigo directo de lo fácil que es ligar con porte y yendo muy bien vestido, con personalidad. Estamos a momentos en el instituto, a momentos en la universidad o una mezcla indefinida de ambos. Ahora estamos atravesando una clase enorme con gente trabajando sobre grandes mesas, como si fuera un aula de química. Al pasar, una chica se pone a olisquearme, diciendo que algo huele mal, quizá el perfume, y acerca su cara para oler mejor, pega nariz a la chaqueta, sigue subiendo con el rastro de la nariz. Por un momento pienso que a ver si es que me huele el aliento. Pero en realidad se trata todo de una excusa de acercamiento de la chica en cuestión, que quizá lleve una bata blanca. Ahora tiene su rostro casi pegado al mío, aupándose, y son sus labios roza los míos en una especie de beso lánguido y disimulado. Intento devolverle el beso, pero curiosamente se aparta, recuperando su autonomía. Seguiremos avanzando. En el hall hay un grupo de cuatro chicas, una de ellas es Silvia Zúñiga. Nos dicen que van a presentárnoslas, aunque Silvia y yo ya nos conocemos, ambos disimulamos. Ella me mira con brillo intenso en los ojitos, muy interesada. Y así vamos avanzando, mientras le sigo demostrando a mi acompañante cómo con buenas maneras, vestido como un buen seductor, rondando con suavidad y de forma sutil a las chicas, lo fácil que es ligar (al menos en la realidad del sueño, claro).

Ahora sucede que al terminar las clases e irnos, el llevar la mochila de los estudios al hombro, sería fatal para mi glamour irresistible, así que decido dejar las cosas en una taquilla. En vez de dejarlas en las taquiilas principales del hall, decido dejarlas en una especie de caseta que hay en el patio. Ahí sólo hay tres pequeñas taquillas de tela, cerradas con cremallera, situadas en la parte alta de un mueble-estantería. Hay dos bolsas de estas vacías, que es donde meteré la mochila, la cartera de bolsillo y algunos elementos de aseo. Cabe todo justísimo y cuesta cerrar la cremallera. En la tercera bolsa de tela hay un montón de objetos, entre ellos un par de relojes, la bolsa llena hasta los topes. Estas cosas llevan aquí mucho tiempo, a saber si alguna vez volverán a por ellas. Cierro esta tercera bolsa. Y me planteo lo fácil que sería que me robaran mis cosas, pero me despreocupo rápido: aquí nunca roban nada. Se me presenta otro problema: si siempre guardo las cosas aquí, y nunca me traigo o me llevo nada a casa, qué hago cuando necesite traer otros libros u otros utensilios de estudio. Decido que no siempre me va a apetecer venir vestido como todo un seductor, habrá momentos en que querré pasar desapercibido, y entonces podré llevar la mochila sin que desentone. Al menos ahí dejo aparcado el tema.

En otra parte del sueño, no sé si antes o después, entraré en los aseos. Cada aseo es enorme, como un ascensor grande. En el suelo hay un agujero con rejilla que es donde se apunta para mear. Al entrar, se cuela rápidamente conmigo mi amigo Javier Fernández Aracama, y yo le pregunto que si siempre que meo tiene que estar presente. No sé qué me responde. Viene con muchas ganas de hablar conmigo y contarme no sé qué. En cuanto salimos nos topamos con un vigilante que nos mira con ojos de sospecha.
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► web de escritor: www.josemartinmolina.com
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