Sueños (34): Sus en látex y aberrantes penetraciones en la vía pública

sueño: poses en látex ajustado rojo y negro y obscenas penetraciones entre personas y animales en una plaza pública
Estoy con Sus Mart y su novio en su casa, que más que casa, por las dimensiones, es casi una nave industrial. Me hacen un encargo o algo así, pero no sé de qué. Ya he estado aquí otra vez. Nos despedimos, me voy. Voy por la caja de escaleras, hacia arriba y ahora me encuentro con Sus Mart completamente vestida de látex muy ajustado (rojo y negro) en medio de las escaleras, haciendo poses como en una sesión fotográfica, aunque no se ve al fotógrafo por ningún lado. Está irresistible (y eso que recuerdo que antes me fijé y estaba algo culona, pero ajustada en la super-mini-falda de látex está brutal) y por decoro paso a su lado sin mirar apenas. Casi al final del tramo de escaleras aparece de nuevo su novio. Le da dinero y le dice algo semejante a: "¿ves como papá cuida de ti?".

Ya estoy en la planta de arriba, hacia la salida, pero me tienta esconderme y grabar a Sus con la cámara de fotos, escondido, sin que me vean. Pero se acercan pasos por el enorme hall situado en la planta de arriba, así que me dispongo a salir, pero antes, como para recomponerme, me meto en un armario, estirándome (esto ya lo he hecho otra vez en sueños, y al parecer se hace siempre antes de salir de aquí). Salgo y cojo el ascensor de al lado que me llevará abajo y a la calle. Me da la sensación de que me han llegado a ver, quizá de refilón, ay qué vergüenza, seguro que piensan que soy un bicho raro...

Viene como un flashback (quizá lo soñé con anterioridad) en que Sus le explicaba a una amiga en el enorme salón que está estudiando no sé qué para asegurarse el porvenir, y en el presente resulta que les había ido muy bien económicamente y así seguían.

Yo voy pensando en cogerme unas vacaciones de verano, como todos los años, algún viajecito (y recuerdo vagamente algún que otro sueño en que estaba de vacaciones), pero hago, mirando una hoja con estadísticas, un somero repaso de los ingresos del año. Definitivamente no puedo permitirme unas vacaciones este año. Pienso en la posibilidad barata de irme a la casa de la sierra con Jeivier unos días. Pero no sé si realmente me apetece el plan.

Voy en un transporte público (indefinible), atravesando una gran plaza con mercado y por la ventanilla, veo a Maika de pasada, entre los tenderetes. Se me informa que está organizando un evento. Me bajo del transporte para saludarla. Y ante mis ojos aparece una escena obscena y chocante, que no doy crédito a lo que mis ojos registran... En plena calle, entre la gente dispersa y unos árboles, un tipo de mediana edad, de clase baja, tiene la polla empalmada al aire, intentando metérsela a su mujer, que le espera ofreciéndole el trasero. Por fin lo consigue y se la mete ¡¡delante de todo el mundo!! Imagino que esto, el hacerlo tan descaradamente delante de todo quisqui, les pondrá mucho más. La mujer se retuerce monjilmente de gusto. Pero hay más: ante el ejemplo, inmediatamente detrás de la pareja fornicando, un perro se la mete a una perra. Y el singular cuadro se complementa: se incorpora, a la cabeza del "tren" otra mujer, delante de la mujer penetrada. El follador maduro tiene los dedos metidos en la boca de la recién incorporada. El marido de la nueva agregada, que acaba de aparecer, hace algo que provoca que el follador empiece a mear por el culo y avisa que si deja de fornicar le dejará en paz. Así que se disuelve el extraño grupo de personas y animales e inmediatamente el follador echa una enorme cantidad de líquido por el culo, de golpe, como la meada de un caballo por el recto.
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Sueños (33): Recorriendo las calles. María Big y María C.

recorriendo las calles, encuentros con María Big y María C.
Todo el sueño yendo de aquí para allá, primero a un sitio, luego a otro y así sucesivamente, recorriendo calles y calles, principalmente de día. Las calles son siempre más o menos estrechas, nunca grandes avenidas, más calles de pueblo (sin tratarse de un pueblo) que calles de gran ciudad. No sé cómo aparece en el sueño María Big, probablemente le pregunté cómo iba lo de su nueva web. El caso es que ahora viene conmigo en mis idas y venidas. Recorremos incluso locales de copas. Previamente también la puerta de algún teatro. Ella parece muy enamorada de mí. Yo intento darle esquinazo... (Parece que antes estuve en un local, viendo una actuación de un mago o un humorista, que finalmente acabó actuando en plena calle, con bastante éxito entre los pocos espectadores. Me explica cómo funciona su negocio). Ahora con María Big en una habitación, poniéndome el calzado (las botas militares) para salir a la calle. Me sigue como perrito fiel. Al final desaparece, un alivio. Persisto en ir a un sitio, luego a otro.


Ahora estoy en un portal, los botones del telefonillo tienen sus rótulos en signos chinos... Unas señoras viejas diciéndome que me he equivocado de portal. Doy la vuelta a la esquina del mismo edificio: también están los dígitos en símbolos chinos. Después entraré en una tienducha o algo similar, una pseudo-oficina. Dentro está María C. Que estaba esperándome. La acompañan otro par de empleadas algo roñosas. María C. siempre esperando que llegase para, a su manera, más o menos obvia, declararse. Nos acabamos besando. Su beso sabe a tabaco y no me gusta. Me pregunto si al besar yo también a otras tendré ese sabor fuerte y ligeramente reconcentrado a tabaco. Hay un mínimo affair con María C., pero yo no estoy interesado, pienso en escaparme... Le enseño una foto de mi hijo de dos años. Ella se enternece. Yo me acuerdo de Eva. Definitivamente no quiero estar aquí, junto a María C. en una habitación cochambrosa. Y según parece emprendo de nuevo mis inciertos rumbos (sin meta específica) de aquí para allá, recorriendo las calles, como si se tratase de ir haciendo numerosos e indescifrables recados.
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Sueños (32): Batiburrillo de situaciones y de casas

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Hay un primer sueño en que Eva y yo llevamos a nuestro hijo de dos añitos al médico. Más que un ambulatorio estamos en un hospital. Eva y Amador están dentro con el doctor. Entro en la consulta. El médico le echa un poco la bronca a Eva: hay que traer a los niños antes, me explica. No pasa nada grave, pero hay que traerlos antes. Se trata de un examen rutinario, veo una hoja con cifras que es el expediente de los análisis de Amador (que está tumbado en una camilla). Lo único señalable es que al parecer tiene caries.

Y un segundo sueño: Mi hermana, una amiga suya y yo estamos en la casa de mi madre. También aparece Antonio, que aunque mi madre lo ha dejado con él, se muestra muy sereno y sin montar trifulcas (y yo pienso: lo normal, cuando se pierde a una mujer no va a empezar uno con síntomas posesivos y machistas tardíamente). También mi madre cacharrea por aquí. Quizá estamos un rato sentados a la mesa. Es de noche, hora de acostarse, cada uno en su habitación. Pasan más cosas imprecisas, que no recuerdo.

Ahora me acuerdo de mi última novia (la que se supone que es la actual): hace un par de semanas que no la llamo, debe de estar mosqueada, se me olvidó por completo su existencia. Aunque pienso que también es raro que no haya llamado ella. Mas ¿cómo va a llamar?, según recuerdo no tenía mi número de teléfono. Procuro encontrar hueco en la casa para que no haya testigos de mi llamada y poder hablar sin molestias o interrupciones. El teléfono que uso es bien curioso, es enorme, como una especie de máquina de escribir antigua. Marco su número y me pego semejante cacharro a la oreja. No logro dar con ella, no coge el teléfono. No importa. Estoy libre, soy libre. Me he ido a realizar la llamada a la habitación que era antes el estudio de pintura de mi madre, pero me he tenido que salir, porque se iba a acostar la amiga de mi hermana (que ahora, al menos de momento, es su dormitorio, con dos camas casi contrapeadas).

Siendo el mismo espacio (la casa de mi madre) el sueño cambia de habitantes, y ahora estoy en la casa de Lázaro (como si estuviéramos en el Villagodio, mas en plan casero, pero, como digo, con la distribución idéntica del hogar de mi madre). Yo estoy recogiendo un montón de vasos y copas y botellas de zumo, voy cargadísimo y apenas me puedo desplazar sin riesgo de volcar la vajilla y armar un desconsiderado estropicio. Entre tanto vaso, también va mi vaso de zumo de naranja que a ver, con las manos tan ocupadas, cómo consigo rellenar. A todo esto la casa está llena de gente por todas partes, como si se celebrara una fiesta. De hecho el salón está repleto de amigos de Lázaro, unos cuantos carrozas. Por mucha confianza que tenga con Lázaro siento que sobro entre tanto carrozón, como si no debiera intervenir en las conversaciones de los mayores. En la siguiente habitación (la primera a mano derecha desde el pasillo) hay más gente, en esta reunión ya son de mi quinta. No veo a nadie conocido y tampoco me inspiran muchas ganas de entablar relación.
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Sueños (31): El viaje en Ave a Sevilla

soñando con que no llego a coger el Ave con destino a Sevilla
El caso es que he vuelto con Ana, mi ex. Volvemos a salir juntos, pero según le explico a Ángel García Jermann, la cosa no me hace mucha ilusión, digamos que he pasado del renacer del enamoramiento a la realidad. Es decir, por mucho que volvamos, los problemas siguen siendo los mismos que cuando salíamos, lo que con toda probabilidad nos llevará a volver a romper, le explico a Ángel. Además, está el inconveniente de que ella vive lejísimos... Acto seguido estoy peinando por detrás a Ángel, que tiene algo parecido a polvo blanco, como caspa, pero cuanto más intento quitarle ese polvo, más sale. Él, que no me ve, que estoy a sus espaldas, se inquieta con el hecho de que tarde tanto. Dejo por imposible el tema de su supuesta caspa.

Y cambiamos de escenario, ahora estoy con mi padre en una especie de tienda. Resulta que tengo que coger el Ave rumbo a Sevilla, pero antes tengo que hacer un par de encargos. En la tienda, estamos pegando un enorme trozo de periódico en un cartón o algo así, como si fuera un póster. Mi padre dice: uy, esto se podría romper por aquí, y para ejemplificarlo tira muy flojo, pero el papel se rasga y se jode. Me cabreo muchísimo. Tenía que llevarme 3 carteles de estos a Sevilla como encargo (encargo para alguien indefinido, una chica o mujer, pero indefinida), y ya sólo, gracias a mi padre, voy a poder llevar dos... Le echo la bronca, le culpo. Hay además otro encargo, otra cosa que llevar, que tampoco va a poder ser, porque también la ha estropeado mi padre. Y para colmo me está haciendo perder muchísimo tiempo, ¡con lo que voy a perder el tren de las 20.30! No paro de abroncar a mi viejo, y el pobre intenta arreglar las cosas. Me dice que tampoco pasa nada si no hago los encargos, o si al menos los hago a medias. Y le digo que no, que de ninguna manera, que si acepto a realizar unos encargos, ¡tengo que hacerlos!

Con lo que mi padre volverá a llevarme a la misma tienda, a ver si la cosa tiene arreglo. Sigue la majísima dependienta. Por casualidad sí, tienen otro periódico de los que necesito. Repetimos operación. Hay que firmar no sé dónde, ahora estamos con el jefe de la tienda. La hora se nos echa encima. Parece que puedo resolver lo de los encargos, pero el tiempo apremia, y ya son las 20.25. Imposible llegar a la estación a tiempo... Vuelvo a echarle las culpas desabridamente a mi padre. Por tu culpa, por tu culpa, por tu culpa. Yo estoy estresado perdido, pero mi padre, aunque algo culpable, parece estar tan tranquilo, como si aún pudiese suceder el iluso milagro de llegar a tiempo... Salgo corriendo una vez firmado lo que había que firmar, corriendo, mochilita a la espalda, pero me he dejado el boli en el pequeño mostrador de pared... más pérdida de tiempo, otro nuevo contratiempo...

Ya estoy llegando a la estación. Me acompaña, ambos con prisas, Ángel Caballero. Cosa curiosas: mi padre parece haberse transmutado en Ángel Caballero, sólo que a partir de ahora le trato como amigo, no como padre. Por el camino vamos discutiendo. La verdad es que van muchos trenes a Sevilla, o sea que si pierdo uno, habrá otro después, se supone. Y según me decía alguien en el sueño (puede que el jefe de la tienda o puede que un vecino): que creía que había uno a las 22 horas. Mientras caminamos deprisa, Ángel me dice que sino puedo viajar en otros trenes, aunque no sean tan rápidos como el Ave. Y le respondo que me niego en absoluto a estar un montón de horas metido en un tren, no voy a pasar toda la noche viajando... Ángel me insiste que lo importante es viajar por mucho que se tarde. No te jode, ¿y qué quieres, que vaya en burro? -le suelto-. O andando -añade, no sé si ya en tono de cinismo o en tono conciliatorio-.

LLegamos a la estación, hay que buscar donde se sacan los billetes. Me disculpo con Ángel por haber discutido tanto con él y por mi mal humor. Me indica que si se discute es porque hay interés (afecto), que si a él le diese lo mismo, ni se molestaría en escucharme. Ok. Tomo nota. El tema de adquirir billete es un auténtico caos, una enorme sala con montones de pequeñas oficinas en el medio, aquí y allá. Me dan un número, 300 y pico, y tengo que buscar la ventanilla apropiada, pero esta labor es imposible, esto está desorganizadísimo. Todas estas oficinas donde expanden los billetes tienen números comprendidos entre tal y tal cantidad. Cuando mi número encaja en esos márgenes, resulta que he topado con una ventanilla de viajes a otro destino, no a Sevilla... No hay manera, el tren se me va a escapar (quedarán cinco minutos) sin que obtenga el billete entre tanto remolino de gente y de ventanillas. La salvación: me acuerdo de un truco de Eva, que me contó hace tiempo. Sencillamente, lo que hay que hacer en estos casos es meterse en el tren sin más y pagar el billete por el camino, ya en pleno viaje. Pero a lo mejor me arriesgo y resulta que no hay plazas en el Ave en que me meta y me obligan a bajar en Puertollano... En fin, da igual, es la única alternativa.

Y surge un nuevo contratiempo contrarreloj: ahora no sabemos dónde están los andenes de los Aves a Sevilla. Joder. (La estación, por su funcionalidad es la de Atocha, pero en el sueño es otra estación, en nada parecida a Atocha). Uno que pasa por allí nos señala el camino. Nos vamos cruzando con pasajeros que se han apeado, hay esperanza aún de no perder el tren. Al fin llegamos Ángel y yo donde están los trenes de alta velocidad. Ahí vemos los morros de dos Aves. Entramos en una especie de expositor, en la cola del tren, donde se muestra el Ave del futuro; se trata apenas de una pequeña cámara con un par de sillones. Atravesamos la puerta del fondo y ¡por fin estamos dentro del Ave! Que estará a punto de partir. ¡Menos mal! El vagón en el que estamos, a la cola del tren, parece más un vagón de metro que un vagón del Ave. Hay gente de pie, gente sentada. Lo primero que ha hecho Ángel, a modo de descanso, es sentarse en el primer asiento con el que se ha topado. A mí me gustaría avanzar más, estar más a la mitad de los vagones, ya que aquí, si me pillan, se nota demasiado que me he colado y que no tengo billete... Pero hay algo más terrible: De pronto caigo en la cuenta de que aquí en el tren, durante todo el viaje, no podré fumar... ¡No había pensado en esto!
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