Sueños (48): Variedades nocturnas y recorriendo las costas de la Península Ibérica

sueño de Variedades nocturnas y recorriendo las costas y playas de la Península Ibérica: Galicia, Portugal, Murcia, Andalucía...
Llego a una fiesta nocturna en casa de un conocido donde estaremos unos cuantos. El anfitrión recibe una llamada, puede que de sus padres, y después nos informa que no habrá alcohol en la fiesta debido a que ocurrió no se qué en la reunión anterior. Parece que en un momento dado estamos sentados ante mesas cuadradas, jugando por grupos a juegos de mesa. Uno de los participantes es Valentín.

Ahora estamos todos acostados, en camas yuxtapuestas, unos pegados a otros, parecido a las sardinas en lata. Valentín estirado, bocarriba. Yo un par de sitios a su izquierda. Algunos se duermen. Yo estoy escuchando música, con unos cascos, creo que algo de música EBM. Debe ser que también me he dormido. Una chica rellenita que temporalmente es mi novia viene a recostarse a mi lado, dice que es así como duerme. Pienso lo bien que me adapto a los cuerpos femeninos a la hora de dormir juntos. El anfitrión está poco contento con la fiesta, entre otras cosas le disgustó mi queja cuando avisó de que no iba a haber alcohol. Le quito toda la importancia. Acto seguido he ido a beberme mi cubata al Villagodio. Estoy en la barra con otro tipo, charlando. Detrás de la barra está Lázaro. Me dice que tengo media hora larga para beberme mi copa. Tiempo suficiente. Pero no, resulta que llaman a Lázaro por teléfono y se tiene que ir ahora mismo. Vaya. Le pido un vaso de plástico para llevarme mi ron con cocacola, mas desisto porque no parece gustarle mucho la idea a Lázaro. Así que comienzo a beberme la copa a grandes sorbos, lo cual es un poco bestia.

Y cambiamos de escenario. Resulta que me he perdido y no encuentro al grupo de colegas. Con lo que voy recorriendo la playa en su busca. Recorro largas playas a paso de gigante. Para cuando me quiero dar cuenta resulta que he ido en la dirección opuesta. He bordeado el sur de Portugal y ahora estoy cerca de la mitad geográfica portuguesa. En las playas lusas, como en una noticia que escuché, el mar ha anegado las costas, con lo que toda la playa ha sido tragada y hay que caminar por el paseo marítimo, con el agua a punto de desbordarse e inundar las ciudades. Ante el desastre hay muchísima gente parada, con sus cuatro pertenencias, gente pobre, espejo de la miseria desclasada. Todos parados como en una estación de tren. Abundan objetos y cachivaches de todo tipo, como en un mercadillo, algunos de estos tramos estaremos bajo soportales.

Miro el mapa y veo que me acerco al norte de la costa gallega. También en el mapa, "a salto de mata" veo las costas de Holanda, con sus archipiélagos correspondientes. En el extremo norte de Galicia giro hacia la derecha. Un chico bañándose más allá de las rocas me invita a que me zambulla con él. Seguiré mi camino. Al final, casi de golpe, siempre bordeando la costa, estoy llegando a mi punto de arranque, estoy entrando en las playas de Andalucía a través de Murcia.

Por último he hecho una escapada de incógnito a un pueblo turístico del sur. Nadie sabe que estoy aquí. He de camuflarme para que los lugareños no me reconozcan. Estamos (yo con una chica, como novia clandestina, y una mujer, según creo) en el piso en el que suelo veranear en sueños. Estamos con la idea de poner unos rectángulos alargados negros que me he traído a modo de ventanas. Quizá al lado de las ventanas del salón, quizá en el muro ciego del pasillo.
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Sueños (47): Divertidas situaciones en clase y en un trabajo de oficina ideal

Situaciones divertidas, gags, en clase y en el trabajo en una oficina ideal
Hacía tiempo que no tenía un sueño tan divertido y tranquilo, con muchos curiosos gags o situaciones hilarantes o inverosímiles. De lo más surrealista. El sueño se dividirá en dos espacios: una clase (de instituto más o menos) y una oficina.

En clase pasan muchas cosas. Me veo sentado en una hilera de mesas en sentido perpendicular a la pared del encerado. No estoy cómodo en este asiento, me gustaría coger otro, más cerca de las chicas, entre ellas Pato. El aula se divide en dos, una grande y otra paralela, separada por una pared, con una puerta. Aunque esta sala alargada también depende del aula general, no se les ve, y tampoco ven la lección, pero sí se oye. En otro momento estaré en esta clase-apéndice, entre las chicas. En otro momento estoy pensando: "lo mejor es siempre llegar de los últimos", cuando voy por el pasillo para llegar a clase, pero esta vez me he adelantado para conseguir un sitio en el que me encuentre más agusto. Sin embargo al llegar compruebo que ya están casi todos los sitios cogidos. Veo uno, al lado creo que de Gustavo Roales, más en el centro de la sala, aunque un poco atrasado para mi gusto, pero al instante de sentarme resulta que llega el alumno que se sienta siempre ahí (¿Manu?, ¿Lorenzo?), con lo que vuelvo a estar sin sitio.

Y ahora en clase hay retransmisiones de fútbol de la selección española y sus victorias. ¡¡¡Pero los partidos que estamos viendo retransmitidos se juegan dentro de la clase, entre los alumnos!!! Juegan con espacio suficiente, aunque el campo de juego es más cercano al de fútbol sala. Se ven goles gloriosos de la selección. Una especie de voz en off va relatándonos las jugadas. Hay un golazo de un tal Bruno, que ha sido elegido el mejor futbolista del año. Lo del Bruno no me encaja. Veo un calendario en una agenda, y resulta que los partidos son del 2010, o sea que no son actuales, son partidos en diferido. En cuanto descubro esto el fútbol pasa a un segundo plano. Y me fijo en que al lado de una especie de despachito que hay en la entrada del aula, surge como un rayo un tipo en pantalones cortos de deporte haciendo un sprint corriendo, en plan calentamiento. Me fijo y hay algún que otro deportista. Soltaré una carcajada con el tipo deportista, ¿es que no hay otro sitio? Y me provoca hilaridad lo excéntrico de la situación: un aula donde pasan todo tipo de cosas, llena de gente, con espontáneos deportistas, un campo de fútbol dentro y más curiosidades de todo tipo. Más que tratarse de las estrecheces del camarote de los hermanos Marx, aquí cabe todo el mundo con suficiente amplitud. Parece mentira en un aula de dimensiones normales.

Y de pronto estoy en una oficina, trabajando. Bueno, lo de trabajando es un decir. Aquí no hago absolutamente nada. Tengo que estar aquí, en horario de oficina, pero no tengo nada que hacer, nadie me manda nada. Al revés, aquí la gente está todo el día de cháchara. Yo fumo en el trabajo, cigarrillos de liar. Una empleada parece regañarme por lo de fumar. No me había dado ni cuenta de que estaba fumando en el trabajo... pero empiezo a fijarme y aquí ¡¡¡todo el mundo fuma!!! Pero como carreteros. Alucinante: ¡¡se pasan por el forro completamente las leyes antitabaco!! Esto me encanta.

El ambiente laboral es muy distendido, no hay estrés. Los currantes se arremolinan aquí y allá, charlan, cotillean. Ahora estoy con dos gorditas maduras que critican a otra gordita que acaba de pasar y le ha dicho algo malintencionado a una de las que se queja.

Termino descubriendo cual es mi puesto. Resulta que soy el secretario de un jefe (que lleva barba bermeja, según recuerdo) de los que hay por aquí. Y este personaje, el que es mi jefe, es un vago auténtico: no hace absolutamente nada: se pasea, parlotea con unos y con otros, cuenta chistes, hace gracias, gasta bromas, lee el periódico, pero lo que es trabajar: nada de nada, absolutamente nada. Seguramente sea un enchufado, el familiar de algún pez gordo, un cuñado o algo por el estilo.

Imagino que mi jefe, en cualquier momento, me encargará algo, pero nada, nunca me encarga nada, con lo cual me entretengo charlando, rulando por la oficina, etcétera. Tengo una especie de despachito para mí, una pequeña secretaría acristalada, casi como si fuese el portero de la oficina. Pero mi espacio es muy singular, a ratos también hace las funciones de cuarto de baño y al lado de mi mesa hay un váter. Se supone que cuando alguien va a hacer sus necesidades, yo me tengo que salir.

Como veo que puedo hacer lo que me da la gana, voy planteándome escribir un poco sobre la mesa de escritorio o hacer mis cosas, ya tengo comprobado que aquí nadie te echa la bronca por nada. Este trabajo es desde luego un auténtico chollo, una maravilla. Además sólo tengo que estar 5 o 6 horas, salgo a las cinco de la tarde. Aún me quedan dos horitas.

Ahora mi jefe se planta en el centro y comienza a contar a todo el mundo unos chistes muy ingeniosos y divertidos. Este tío es un cachondo mental de tomo y lomo. Yo me animo y también cuento alguno. El jefe va a contar otro chiste que yo ya me sé. Pero son distintas versiones con distintos finales. Lo cuenta él primero, luego yo. Y somos los dos únicos de entre todos los presentes que nos tronchamos de la risa, con lágrimas en los ojos, como si el doble sentido del chiste sólo lo entendiésemos nosotros, mi jefe y yo.

De pronto, un famoso músico actual de jazz, acompañado de otro jazzero, saca una trompeta en medio de la oficina y hace un tararí ante todos los presentes, que hacemos un corro inmenso alrededor del centro, cada uno desde su puesto. (La oficina es mediana de tamaño, pero bastante amplia). Inmediatamente después del trompetista, otro empleado sacará otro instrumento, quizá una guitarra, y responde con un corto sonido. Y se unen vasias respuestas cortas musicales seguidas de otros presentes con otros instrumentos que sacan de una bolsa o espontáneamente. Yo pienso en sacar mi trompeta y hacer lo mismo. Y ahora el guasón del jefe, en un momento de silencio, replica con la voz simulando un instrumento, un tarará o algo así, que resulta divertidísimo e inesperado y todos en la oficina rompemos en una gran carcajada. A continuación otros tres tíos sacan relucientes saxofones camuflados en bolsas de plástico.
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Sueños (46): De reuniones y peluquerías

Sueño de las peluquerías y las reuniones extrañas con fantasmas del pasado
Sueño en el que se entremezclan situaciones y planos de una manera casi cubista, formando parte de la misma compleja trama. Por un lado voy a celebrar una reunión en un local donde está la radio, como si fuese a hacer una sesión en vivo. Se trata de una demostración después de los años pasados. Es de noche y de los primeros en llegar es Tello, bajándose de un coche. Alegría al vernos al cabo de los años. Sonriente, agradable, no ha cambiado. Ya hay mucha más gente, llenando el piso, los pasillos. Un Damián atolondrado, envejecido, que ni me reconoce. Irene y los suyos también han llegado. Nunca volvería con ella, me resulta infantil. La ignoro, aunque la pispo de reojo. Quiero que vean a mi hijo, como trofeo, como prueba de mi éxito. Eva está vigilante, mientras Irene disimula, pareciendo ajena. En un momento estamos a oscuras todos los presentes, que podemos ser como treinta y tantos o más, estamos viendo una proyección de no sé qué. Eva verá algunas de las fotos que hago. Está tranquila, no me hace eliminar ninguna de las fotografías.

Y está el tema de la peluquería. Ir a cortarme el pelo donde voy siempre. Un local de dos pisos. Siempre con la misma peluquera, morena y bajita. Quiero sorprender a Manolo Díaz, que está o va a estar en otra peluquería más estrecha (ambas cerca, una de la otra). ¿A qué hora llega Manolo? Enterándome. Ya no recuerdo si llego a verle, aunque creo que sí, que le veo sentado, como si yo fuese el ojo de una impersonal cámara. Resulta que a la hora que iré yo a cortarme el pelo, estará ocupada la que siempre me pela. Hay una chica nueva y le explico cómo quiero que me lo corte: igual que lo hace la de siempre. La de siempre explica que ella nunca me lo corta igual, sino que cada vez se deja llevar por la inspiración.
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Sueños (45): La consulta de los podólogos en un barrio chungo

Sueño de La consulta de los podólogos en un barrio conflictivo y chungo, con disparos y todo
Creo que voy en autobús desde abajo a una zona por las inmediaciones de Aluche (en realidad se corresponde a otra zona de la Carretera de Extremadura). Estoy caminando por un barrio de edificios de viviendas de no más de tres pisos, todas iguales, plantadas en un descampado de arena. Una zona urbana muy pobre, de clase muy baja. Estoy bucando la consulta de un podólogo, pero me extravío, no la encuentro entre estas casas de barrio bajo. Voy bastante bien vestido y con dinero encima (recuerdo cuando cogía, calculando las necesidades, el dinero antes de salir de casa), con lo cual todo el mundo me mira, especialmente pequeños grupos de chiquillos aquí y allá, que me da la sensación de que me están siguiendo. Lo cierto es que tengo miedo de que me atraquen.

Tres muchachos se dirigen a mí y me preguntan que a dónde voy. Creo que no digo nada, pero saben que voy al podólogo. Uno de los chavales se ofrece a hacer de podólogo por una módica cantidad, evidentemente no me fío ni un pelo. Justo en ese instante se abre una puerta de un piso bajo, a ras de tierra, de la que sale un vejete simpático: es el podólogo y me invita a pasar. Les digo a los chavales que cuando termine les invito a una caña (con la intención de no hacerlo, claro, pero lo que quiero es deshacerme de ellos cuanto antes, y también como amable rechazo a su oferta). Entro en la consulta del podólogo.

Más que una consulta o clínica, se trata de una casa familiar en la planta baja. Un enorme piso lleno de habitaciones y cachivaches curiosos e interesantes por todas partes. Una especie de desorden ordenado... Son dos médicos, uno el simpático y afable vejete que me abrió, otro un tipo moreno alto y educado. Aparte de podología, en el piso también hacen psicología y veo cómo entra una joven en una sala a realizar su terapia. Tendré que esperar algo antes de que me toque. Esta casa es un auténtico laberinto y parecerá que los sitios están cambiando continuamente de ubicación, por ejemplo el cuarto de baño. En la sala de espera, el médico alto me indica que no estoy nada bien de salud, con sólo observarme un poquito.

Ya ha llegado mi turno. Estoy en una sala enorme, con algunas vitrinas de cristal. Me atiende una enfermera vestida de blanco en lugar de los podólogos, que no aparecerán por aquí. En las plantas de los pies apenas tengo unas durezas en el talón y algún que otro sitio. La enfermera me aplica una pomada para que se vayan reblandeciendo las durezas. Y eso parece ser todo. Tendré que venir otro día a seguir con el tratamiento. Se ha hecho muy tarde, más allá de las 10 de la noche. Temo no haberme traído el suficiente dinero, pero nadie me habla de pagar, con lo que supongo que el pago se realizará en posteriores sesiones. Recojo mis cosas, mi abrigo, reviso el dinero.

Me dispongo a salir, estoy en la entrada, pero veo, chavales y jóvenes sospechosos, apostados aquí y allá, enfrente, a los laterales, mirándome, esperándome. Sus intenciones están bastante claras. El podólogo vejete está a mi lado, sintiéndose algo culpable por "haberme traído" hasta aquí. Para asegurarme del peligro vaticino en los rostros que desde la oscuridad aguardan, de pronto grito: "¡¡Policíaaaaaaaa!!". Y Efectivamente, al instante salen los malhechores huyendo disparados en todas las direcciones. Se ve cómo en el barrio se movilizan varias patrullas de policía, que vienen a nuestro encuentro.

Del primer vehículo de la policía que llega se bajan dos polis, y es uno de ellos, alto y fuerte quien se dirige a nosotros de una manera desabrida y maleducada, casi nos amenza preguntándonos si habíamos llamado nosotros y por qué. Tanto el podólogo como yo intentamos explicarnos, de manera muy sencilla, pero el miembro policial no nos deja ni hablar. Mientras, van llegando otros tres o cuatro coches más de la policía. De uno de los edificios colindantes suena un disparo y la bala, a cámara lenta, se dirige a la espalda del policía que nos estaba interpelando, que no se mueve ni un milímetro. Me da tiempo a apartarle de un empujón antes de que le alcance el balazo.

Ahora sí está claro que no habíamos pedido auxilio en balde. Nos ponemos todos a cubierto ante la lluvia de balas que se desata. Todos, excepto el policía borde, que sigue de espaldas a los tiros, en la misma posición, sin inmutarse. Las balas pasan muy cerca de su silueta, salvo dos que vienen a darle en la espalda. Nos quedamos asombrados al ver que no le afectan las balas.

Ahora es palmario que para salir de aquí la policía tendrá que escoltarme. Podrían acercarme al metro, que no está muy lejos, pero desde esa estación tendría que hacer numerosos transbordos, y algunos de ellos con muchos pasillos y larguísimas escaleras mecánicas que incitan al vértigo. Mi intención es que directamente me lleven a casa. Y parece que lo consigo. Tan contento entro en uno de los coches de la policía en el que irán dos guapas polis.
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Sueños (44): La casera y el pervertido en las sombras

El sueño de La casera y el pervertido que me acosa una y otra vez desde las sombras
Llega a casa (una casa mucho más grande y espaciosa que la nuestra) la casera. La recibe mi madre mientras yo me encuentro fumando en la cocina. No me da buenas vibraciones esta visita, me temo lo peor. Mi madre hace pasar a la casera a la cocina tras decirle que estoy fumando ahí. No me hace gracia que me vea fumeteando en su casa. Le comentaré que habrá visto lo bien que le tengo cuidada la casa. Ella dirá algo mínimo a modo de reproche y pasa directamente al asunto que le ha traído aquí, y es lo que me temía: tenemos que dejar el piso, lo necesita para una familiar o algo así, me cuenta con amabilidad. Se deduce que de manera inmediata. Se sorprenderá mucho con el careto de desagrado que pongo. No sé si le responderé algo parecido a que no puede hacer una cosa así. Le insinuaré si se trata de más dinero. Sí y no; parece que por esta vía poco se puede conseguir... Se marcha, me indica que vendrá mañana a indicarnos el plazo que tenemos. La miro irse, pequeña, morena y bien entrada en años, pero atractiva.

Una vez se ha marchado me cabreo muchísimo. ¡Esto es lo que faltaba! Con todo el follón que supone buscar otro piso y mudarse. Con la cantidad de dinero que implica una mudanza y dejar señales, lo cual me dejaría casi pelado el dinero del banco, le cuento a Eva. Y la enorme pérdida de tiempo buscando pisos, reorganizando una nueva casa. Pienso en que debemos tener un amparo en la ley después de llevar alrededor de diez años aquí. Pienso en abogados. Pienso en Mecky, en llamarle. Pero yo ya no estaría cómodo en un sitio del que quieren que me vaya... Según lo hablo con Eva, es posible que en el mismo inmueble haya un piso de alquiler, son casi las dos de la tarde, aún puedo preguntárselo a Juan, el portero. Hay que darse prisa, no sea que por la demora no pille a Juan y luego sea ya demasiado tarde. Para ir más rápido me descolgaré por el hueco de las escaleras.

Me encuentro con el otro portero, el portero de la otra mitad del mismo inmueble (¿?), que me dice que sí, que hay un piso en alquiler. Se dispone a mostrármelo. El piso es de un solo espacio, un único salón y ya está. ¿Cómo es posible que sea más pequeño que el nuestro? Aquí no cabríamos Eva, mi hijo y yo. Definitivamente no. Ahora estoy en el ascensor con este portero, que de manera siniestra me entretiene para no salir del ascensor, yendo continuamente de abajo a arriba y de arriba abajo. Logro escaparme de la sospechosa insistencia de este portero. Y resulta que estoy lejos de casa, el piso que me han mostrado está mucho más al norte de nuestro barrio.

Voy por la calle, quizá por la zona de Bravo Murillo, y practicamente lo que necesito es volar con la prisa que tengo. Me fijo en que la gente dando un salto, se levanta con ligereza unos cuantos metros. Pruebo yo y efectivamente puedo ir dando livianos saltos de gigante y de esta manera desplazarme casi volando. Regreso pues a mi inmueble saltando por los tejados, las cornisas y las terrazas. Hasta que creo haber llegado, entrando desde arriba a mi terraza. Nuevamente a buscar a Juan. Lo encuentro en un inmueble mucho más alejado...

Y llega otra fase del sueño, en que partiendo del follón anterior, con su esencia, digamos, impregnando el aire, me hallo ante el ordenador, de noche, dedicándome al porno (imágenes y/o vídeos). Ya me había parecido presentirlo antes, pero es ahora, cuando estoy a punto, que me giro y veo a mis espaldas, en la oscuridad, observándome canino desde el pasillo, un tipo salido y vicioso que está "enganchado" conmigo. Al ver que le descubro desaparece. Me levanto, le busco. Y vuelve a aparecer con la obsesión de quedarse, excitándose sexualmente mientras me mira. Ahora está fuera, pero puede vérsele a través de los cristales de las dos puertas de la galería, que dan al descansillo. Me aseguro de tener los pestillos bien cerrados. Y ahora el perturbado saca una pistola y me apunta con ella. Retrocedo para salir de su campo de visión a través de los cristales. Mas vuelve a encañonarme desde otra ventana o desde el balcón.

No sé cómo pero vuelve a entrar en mi casa. El pervertido me explica que la pistola es falsa. Me la muestra. Efectivamente, le falta un buen trozo delantero con lo que no puede dispararse con ella. Se la quito de las manos con autoridad y le insto a que se marche. Y desaparece. Pero volverá a las andadas, de nuevo intentando entrar a través de los cristales de las puertas de las galerías. Eva, presente en algunos momentos, se mantiene al margen, la cosa no va con ella.

Otra vez está a punto de lograr entrar el perturbado, obsesionado conmigo, y forcejeamos en el descansillo. Lo pienso dos veces: podría levantarlo en volandas y arrojarlo por el enorme hueco de las escaleras, pero se mataría y habría cometido un crimen, me habría convertido en un asesino. Al final, la desesperación, la certeza de que no habrá manera humana de librarme de él, me decide a lanzarle al vacío. Así que sin mucha dificultad lo elevo y lo arrojo con fuerza por el hueco de las escaleras.

En su caída irá dándose porrazos aquí y allá con escalones, barandillas, esquinas, etcétera, a lo largo de cinco o seis pisos. Ya le doy por muerto. Pero ante mi mayúscula sorpresa me equivoco, el tipo se levanta como si nada y vuelve a subir. Llegamos nuevamente a las manos, vuelvo a izarlo y lo tiro otra vez escaleras abajo. Aunque algo maltrecho, tras la caída, ¡vuelve a levantarse! Y repetidamente se dirige hacia mí. Continuando una espiral repetitiva que da la sensación de no terminar nunca.
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Sueños (43): Introduciendo una buena pila de billetes en el cajero

soñando con el ingreso de un montón de billetes de euro en el cajero automático
No sé cómo, parece que por mi cumpleaños, pero me han regalado bastante dinero, unas buenas pilas de billetes, muy coloridos, que intento ingresar en el banco a través del cajero automático que hay en la antesala.  Pero los tacos son muy altos y claro, no caben por la ranura del cajero, así que tendré que irlos metiendo en pequeños taquitos. Los billetes, aunque hay algunos de 100 y 200 euros, son en su mayoría de cantidades pequeños. La tarea es un poco eterna, dada la gran cantidad de billetes (pueden sumar unos 2000 euros) y los poquitos que puedo ir introduciendo cada vez. Intento contar el dinero durante esta operación, mas empiezo a liarme porque ya no sé cuánta guita he ingresado, además, entre los billetes hay cromos o papeles que no son dinero, lo que complica más todo.

Para más inri, llegan otros usuarios al cajero y mientras estoy organizando y clasificando en una mesa adyacente las pilas de billetes, los recién llegados comienzan a hacer sus transacciones con el cajero y tengo que deternerles para que no se me cuelen y me chafen mis operaciones y tenga que volver a empezar, o se afanen algunos de mis billetes. Y también está el temor de que con tanto dinero a la vista, en la ranura del cajero, en mi mano, en los montones sobre la mesa, alguien se decida a robarme o atracarme.

Termino decidiendo que ante semejante caos, lo mejor es recoger el dinero y desistir de la tarea. Y me hago un nuevo lío, porque ya no sé ni cuánto he ingresado ni lo que separé en grupos, ni lo que llevaba contabilizado, con lo que las cuentas, dificultosas e inciertas, no me salen del todo y me indican, de manera más intuituva que real, que me falta dinero...

Sin cambiar de espacio, mientras tanto, han ido reuniéndose algunos de mis amigos a mi alrededor, unos 5 ó 6. También les hago regalos. Como las deportivas negras que le he obsequiado a David Pastor, dejándoselas en el suelo, al lado de sus zapatos. Se las ha puesto y está francamente contento.
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Sueños (42): Infidelidades y mentiras con Irene y otra chica

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente II, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Sueño en que estoy liado con una chica de Guatemala y a la vez regreso con Irene. Le cuento un bulo impresionante a la chica guatemalteca del por qué la dejé tirada y no pude ir a nuestra cita. Me pasó esto y lo otro y luego esto otro y lo de más allá. Le narro toda una historia llena de aventuras exageradas que quizá tenga que ver con unos atracadores, y aunque es una trola, al relatarla, vivo todo el sueño como si realmente fuese cierto. Y ella parece creérselo. Y con Irene hago otro tanto. Estamos en Algete, en su casa de tres pisos, hemos vuelto hace poquito y ella está muy entregada como si ya nunca fuera a haber rupturas (cosa que ya he soñado otras veces), aunque para mí esto ha llegado demasiado tarde. Irene pensaba que me iba a quedar con ella todo el fin de semana, mas yo tengo otros planes, así que miento como un bellaco. Tengo un planing muy apretado y tengo que hacer malabares para compaginar una doble e infiel relación sin que me pillen, utilizando constantes mentiras y manipulaciones.

Y comienzo a contar todas mis andanzas a unos cuantos tíos con los que coincido en un espacio público, parece que unos urinarios. Poco a poco se van interesando mucho en lo que les voy contando hasta acabar haciéndose un atentísimo y admirativo corro entorno a mí. Hacen comentarios de sorpresa y se descojonan con mis situaciones amorosas. Pero estamos haciendo mucho ruido (ahora estamos ubicados en la cocina del piso de Alcorcón) y el vecino se queja a través de la colindante pared del pasillo de la entrada, con lo que tenemos que desplazarnos al salón. 
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Sueños (41): Celebro una fiesta en mi habitación ampliada

soñando con que amplío mi habitación y doy una fiesta para celebrar el estreno
Con la facilidad de hacer unos sencillos trabajos manuales amplío las dimensiones de mi habitación. Un rectángulo al que le doy mucha más profundidad y un poquito de anchura. Y me siento muy contento y orgulloso del resultado. Creo recordar que el suelo está cubierto por una enorme alfombra de pelos de lana. Enseño mi obra a mis padres un momento desde la puerta. Voy añadiendo accesorios, amueblando mi nuevo y satisfactorio habitáculo. Y ahora viene la fiesta: invito a colegas al estreno de mi nuevo espacio, que irá aumentando sus proporciones según avanza el sueño.

Yo me encargo de hacer de deejay para animar la fiesta, en la que hay bastante gente que no conozco. Voy transportando un enorme equipo tipo radio cassette con cd incorporado, que es donde voy poniendo los variados cds de música. De repente se encarga otro que no conozco de pinchar la música, esta vez el radio cassette se ha transformado en un tocadiscos colocado en la pared de la entrada. Está poniendo discos tipo rockabilly. Le "regaño" diciéndole que vaya alternando músicas de otros estilos para que la gente de la fiesta no se amuerme. Y cojo un disco de vinilo de los míos y lo pongo, llevando la aguja a un surco en la mitad del LP, buscando un tema determinado, pero he puesto el disco al revés y ahí no están los surcos. Corrijo la posición. El improvisado pinchadiscos volverá a las andadas. Le digo que ponga éste disco, uno de Front 242. Que no me hará ni caso, según percibo al instante. Y es ahí cuando me olvido de la música.

Se ha acabado el combustible y es el momento de rellenar las copas. Nos vamos a la cocina. Una inmensa cocina con todas las paredes llenas de electrodomésticos hasta el techo. Pongo los cubitos de hielo dentro de mi vaso de tubo, sacándolos de una nevera de proporciones casi industriales y me sirvo el ron, después de la cocacola. Es el momento de hacer un brindis con mis siete u ocho amigos presentes. Levanto la copa. Veo a David Pastor enfrente de mí con su copa recién servida en la mano, sonriente, picarón, contento. Andá, no me había fijado antes (o me fijé sin ver) pero también está Albero, que ha engordado bastante, está distinto, casi irreconocible. En mitad del brindis, ahí, termina el sueño.
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Sueños (40): Haciendo películas del destape

Soñando que hacemos películas del destape en una piscina
La cosa va de películas en plan destape de los años 70 y 80, donde el protagonista, un tipo que pasa de la cincuentena, seduce con facilidad, mediante arrumacos y gracietas, a la protagonista, que será siempre una actriz o vedette de unos 60 años que fue leyenda del cine español en su tiempo. Ahora el seductor (una especie de Quique Camoiras, que a momentos encarno yo mismo) está correteando por una piscina y haciendo cucamonas a una richachona sesentona. La piscina, con tumbonas, a momentos está en un gran yate o en un jardín. Y también puede que haya alguna escena de noche en un gran chalet. Una vez seducida la acaudalada (y siempre resulta fácil siguiendo unos pasos determinados) la película termina de rodarse y comienza otras que tiene exactamente la misma dinámica, pero con otra actriz.

Una vez terminada una de estas películas, puede que al comienzo de la segunda, el escenario cambia a la estancia alargada, con una sola ventana en uno de los extremos más estrechos a modo de proyector o cámara gigante, donde se están haciendo estas películas, y donde estamos un montón de operarios, productores, etcétera. Incluso quizá hasta esté la actriz Carmen Maura. En la sala estaremos una veinte personas. Yo formo parte del equipo. Igual que Roberto EMM, que se encuentra detrás de una cámara, y que de pronto empieza a arremeter verbalmente contra mí, poniéndome en evidencia delante del resto de trabajadores. Tras varias calumnias, termina por acusarme, lleno de rabia, de ser el culpable de que su hermana esté muy mal anímicamente, cerca de la locura, debido al acoso sistemático del fotógrafo que les recomendé para una sesión de fotos. Ajajá, ahora entiendo el por qué habían ido prescindiendo de mis servicios. ¡Era por eso!

Me defiendo, con razón, de no ser en absoluto culpable de semejante historia, de la que no tenía noticia de ningún tipo. Y contraataco con otras fuertes acusaciones, cositas y lindezas que me tenía calladas, como los clientes que me estaban enviando. La balanza de los presentes se inclina a mi favor, como es lógico, permanciendo mi reputación a salvo. Mientras Roberto pierde la razón chillando como un puerco enloquecido.

A continuación sigue la trifulca entre los dos (aunque parece que Roberto va cediendo a mis perfectos razonamientos) pero esta vez estamos en el descansillo de unas escaleras de un enorme edificio. Roberto, hablando de su hermana, me enseña un montón de caras con los ojos descolocados, dibujos de pequeños monstruos infantiles, algunos un poquito macabros o inquietantes, y me explica que su hermana cuando ve una cara semejante entra en pleno trance de locura. Y es lo que le pasa a Roberto, empieza, delante de las caras dibujadas, a tener un ataque, con fuertes convulsiones, el sentido de la razón perdido completamente. Aparece Susana G. por las escaleras, con urgencia, para ayudar a su compañero. Apenas discutimos, parece, al fin, darme la razón, quizá arrepentida.
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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
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Sueños (39): El asesino en serie y haciendo recados

Soñando con un asesino en serie diabóloco, además de otros avatares
Estoy atravesando pasillos, escaleras, debe ser haciendo un recado, de un edifico que es una mezcla de Colegio Alemán de Madrid y un edificio de la Universidad. Hay cuatro cajas de escaleras en las esquinas del enorme edificio que luego se van ramificando en distintos bloques (ya he soñado varias veces con esta estructura). Recorriendo aulas, pasillos, pasadizos. Me pierdo un poco en el laberinto, porque hay salidas que no encajan con lo que sería lógico... Atravieso un aula de investigación, un médico de barbitas blancas me detiene. Estoy un rato charlando con él, creo que de la vida, el trabajo y cosas así, se ha incorporado también una enfermera.

Sigo mi camino. Ahora fuera del edificio, al lado de una esquina, con un patio o parque colindante, donde hay niños y una terraza para tomar algo (esquina que nuevamente representa al Colegio Alemán, uno de sus portales del cuerpo principal, pero sin los soportales). Tengo que llevar un dinero recaudado y unos documentos a una asociación, de la que formo parte, que está ahí. Resulta que los de la compañía de teatro Tamir están en pleno ensayo y no es buen momento para entrar, me explica, quizá Dani, desde la puerta. Me fastidia algo que no me hagan ni caso. Y aparece Juan Echanove (en el papel de Cúentame como pasó), que se alegra muchísimo de que ya tengamos el dinero. Y me insta a celebrarlo, a que nos tomemos algo en la terraza. Justo estaba pensando en lo mismo, más que nada por fumar, que llevaba ya una hora sin dar una calada. Pero no está claro que aquí se pueda fumar, hay niños alrededor... Optamos por hacernos los suecos y encendemos un cigarrillo.

Y ahora viene la segunda parte del sueño, que aparentemente no tiene nada que ver con lo anterior, al menos no recuerdo claramente la transición. Ahora se trata de un pormenorizado documental, con mucha acción y profusión de fantásticos y fantasiosos detalles, en el que soy siempre un testigo ajeno a los acontecimientos. El documental trata ni más ni menos sobre un asesino en serie, de aspecto medio hippy, medio romántico, medio siniestro. Lleva melena larga tipo Jesucristo, y bigote y perilla tipo Gustavo Adolfo Bécquer.

El asesino en cuestión vive con su mujer y su hija en una casa luminosa y moderna. Su esposa, rubia, empieza a tener más que sospechas de lo que en realidad es y le fuerza a confesar la verdad. El criminal irá esquivando hasta que llega un punto que ante la presión se va transformando en un rostro diabólico lleno de rabia, y con en un gesto demoniaco y desencajado, pega su cara a la de su mujer, con lo que acaba por ponerse en evidencia. Y empieza una persecución para dar caza a su compañera. Pero ella, con habilidad psicológica consigue calmarle, como aceptando tranquilamente lo que es y sin que le importe, y mediante hábiles manejos consigue encerrar al psicópata en el cuarto de baño.

Aunque habrá más momentos en que el perturbado esté a punto de agarrar y matar a su pareja, esta logrará huir y desparecer totalmente. El asesino en serie ha ido transformándose cada vez más, hasta tener unas vestimentas y una cara alucinantes y endemoniadas, un aire gótico terrible. Ahora se ve, como si también fuera un mago con poderes sobrenaturales, cómo se transforma en una grande e ingeniosa máquina para hacer pasteles de chocolate, y así sorprender a un pastelero que aparece por aquí. Y demás curiosidades del mundo de la fantasía.

El documental nos cuenta cómo el protagonista acabó encontrando una víctima que se sometió a ser immolada (en sustitución de la escapada esposa) mediante un extraño rito de misa negra. Se ve un póster con una fotografía de la chica, de cabello muy negro en un rostro pálido y ovalado, vestida con antiguos encajes negros, y en un momento dado se la verá extendida sobre un tálamo o un féretro. El cartel tiene letras e inscripciones, que voy leyendo, pero que olvido al instante.
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Mermodindat (2)

El tiempo pasa, se escurre como multitudes de lombrices que se arrastran ciegas en miles de posibles, aleatorias, direcciones: eso es la casualidad. O el tiempo pasa, se escurre como una enorme y gorda sola lombriz, que se arrastra en una única, insoslayable, inevitable dirección: eso es el destino. Pero prefiero decir / pensar / sentir que el tiempo es un colador por el que se filtran los instantes, los líquidos, los recuerdos, los suspiros, las pasiones y sobre el cedazo sólo quedan las cosas duras, opacas, pesadas: las piedras (del riñón), los sólidos indigeribles, los huesos, las tiesas / muertas / yertas esperanzas, que son las piedras del alma (del riñón).

El tiempo siempre el tiempo, como queriéndolo atrapar, fijar su sexo de mariposa en un corcho crucificado en la pared de la habitación perpetua. Y dejar de pensar o ponerse chaquetas. O tirar la basura o hacer planes que planean sin aterrizar nunca. Una bata, una máscara de gas, unos guantes blancos, un cojín perdiendo la costura. Objetos y más objetos, objetos cecijuntos de la existencia.

Mirando la pila de libros que roza la rugosidad del techo, torre de babel/papel, deshilando el tiempo, reduciendo a espejismo la vista el contorno de los objetos, amasijo de un todo molecular, quieto, pernoctado, habitado por la inminencia del polvo, barbarie temporal que llena de ceniza todo para darse visos de atemporalidad no hollada por la respiración humana. Y cuelgan las telarañas, asombros geométricos de las esquinas, como dianas donde acertar con el dardo de un insecto, semi transparentes encajes de novia lúgubre para servir de tálamo mortal al virginal coleóptero.

Ayer mismo comí y mastiqué tu polvo, hijadeputa. Entre los objetos, los libros apilados, la maloliente lata de sardinas vaciada de sus soldaditos azules. ¿Y te crees que acaso me importa que me vayas enterrando en humus, bajo la caspa del olvido, en la penumbra que gorgotean las persianas mudas? ¡Ja!

Pero desvarío. Quijote criminal. Ensartado en una página cualquiera de las miles que construyen estas irreductibles almenas, ensartado por el clavo de la imaginación del tirano que habita aquí (imagínate que me toco la sien). Y es ahí, entre letras, donde me he convertido en corteza dura, la que se quedó en el cedazo, en el coladero del tiempo, en la sinrazón de un crepúsculo agotado. Y vuelta a empezar y repaso y recubro y encuentro y vuelvo a saber que no, que no he encontrado nada útil que sirva a la salida del laberinto aquí (imagínate que me toco la otra sien).

Un día entré aquí, por una apuesta, hace mucho, muchísimo tiempo (¿realmente fue así?, ¿una apuesta?, ¿imagino, invento, constato, recuerdo?) y no he vuelto a salir. No pude. No encontré el camino de vuelta o seguramente ni quise buscarlo, pero me tragó el ciclón de las páginas impresas enladrilladas en los tomos, pero me caí despacio por un tobogán que se hundía en la zanja de los párrafos, pero fui absorbido o abducido en un renglón, como un espaghetti aspirado boca adentro, pero me obligó el orgullo a meter obstinadamente la cabeza dentro del pozo cuando aún era posible levantar la tapa. Cómo fue, ya no importa. La mejor manera de explorar la locura, es vivirla.

Decía un ruiseñor.
Mientras no sabía que estaba siendo aplastado por el acordeón de jean jacques rousseau.
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Sueños (38): Dificultades en el espacio urbano

Entre el Paseo de Extremadura y la Avenida de Portugal, camino de Alcorcón
Extraño sueño de miedos raros, agobios y agorafobias. Hay que ir hasta Alcorcón andando desde cerca de Príncipe Pío (más bien hacia la bifurcación del Paseo de Extremadura y la Avenida de Portugal), a casa. Me acompaña mi hermana y otra persona. Vamos por el centro de la carretera de Extremadura, pasando los coches a toda pastilla a ambos lados, en ambas direcciones. No es buen sitio para ir. También me resulta arduo e implanteable ir en autobús. Luego tropiezo con atravesar la esquina-chaflán de un edificio, pero no puedo avanzar debido al pánico. Al final, no sé cómo, encontramos una ruta alternativa, alejándonos de la carretera. Un camino largo, pero con más sensación de seguridad, que se plantea como la única posibilidad. Siguen acompañándome mi hermana y un tipo, familiar, pero que no logro clasificar.

Atravesamos inmediaciones de curiosos edificios, algo así como una especie de construcciones tipo Parque Walt Disney pero para adultos. Edificios magestuosos y de fantasía, entre parques y vegetación. Llegamos a una curiosa construcción, con muchísima gente por aquí y por allá, una especie de atracción turística, llena de rampas, compartimentos, quizá almenas en los tejados, un edificio singular y hasta divertido. Los tres nos sumergimos por los entresijos laberínticos de este edificio. Abrimos una puerta pequeña como de saloon del Oeste y vemos unos cuantos cerdos de granja. Y parece que es aquí cuando se pierde la pista del sueño.
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