Sueños (66): La velada musical de lujo y dispares situaciones surreales a mogollón

El sueño de la lujosa velada del galardón internacional al mejor intérprete de música clásica del momento y otras situaciones variadas bastante surrealistas
Sueño un poco a trompicones, saltando de una cosa a otra. Desde que recuerdo, la cosa empieza hablando con Martha con Hache por teléfono. Hablamos de los últimos preparativos de una actuación que tengo que hacer mañana, ni más ni menos que al otro lado del charco, en América. Donde tengo que ir será a ratos Norteamérica, a ratos Sudamérica. Pienso en el viaje: toda una odisea y para un solo día, tengo que hacer escala no sé dónde, seguramente tendré que coger un avión (en el sueño Europa y América, aunque muy distantes, estarán casi pegadas, como si no las separasen las aguas del mar Atlántico). Me calmo en cuanto tengo claro que no voy a ir, que luego llamaré a Martha y le presentaré una buena excusa que me exima de ir.

A continuación estoy con Martha en una cena de lujo con muchísimas mesas y muchísimos comensales, todos muy elegantemente vestidos, abundando los trajes de etiqueta, los fracs, etcétera. En cada mesa hay sentados grupos de entre cuatro y ocho personas. Se oye música clásica, tipo concierto. De mi mesa se lavanta un saxofonista y hace un solo al saxo. Después hace lo mismo un músico amigo o conocido mío (pero no identificado). Se trata de un concurso y un premio tipo Óscars de Hollywood, pero con la créme de la créme de la música clásica mundial y consiste en reconocer mundialmente al músico más importante del momento en el entorno de la música culta. Se levantará otro en la mesa y hará su solo quizá con una trompeta. Una voz de presentador con micrófono va indicando los nombres de los solistas. Al final ganará el prestigioso galardón el saxofonista que estaba sentado a mi mesa, qué pena porque yo quería que ganase mi amigo/conocido. El ganador se llama no sé qué, con el primer apellido Crejo. Eso me resulta familiar, con lo que le pregunto si es hermano de Javier Crejo, y efectivamente, según me imaginaba, es hermano de mi compañero del Colegio Alemán Javier Arroyo Crejo (aunque en el sueño no se llama exactamente así).

Luego (o antes) del premio internacional musical, Martha está tumbada encima de mí, que también estoy tumbado en un lujoso sofá en la cena del premio. Ahora en la calle, por la noche, seguimos con el músico ganador. Desde abajo le vemos (un amigo y yo) a través de la ventana de su casa del segundo o tercer piso. Recibe una llamada de teléfono y oímos la conversación (puede que haya llamado mi amigo). Ahora se oye un programa de radio o algo similar donde habla el músico premiado: es una eminencia, un gran intelectual, pienso que me gustaría tener amigos así.

La siguiente parte del sueño debe de venir a continuación, pero no estoy seguro. Nos encontramos en la casa del ganador del concurso anterior, haciendo radio de cachondeo, tipo Gomaespuma, emitiendo desde una habitación con una cama de matrimonio. Estaremos vestidos con pijamas de colores. Pasaré alternativamente de ser un mero testigo a ser protagonista de la acción y viceversa. Habrá momentos en que todos seremos muñecos de trapo muy animados, del tipo de los Teleñecos.

Ahora se trata de volver a casa (a Alcorcón) después de una noche movidita de juerga. Estoy con mi amigo Toni Santiago Linde. Hemos dejado atrás al Buitre. Durante un momento estaré dormido sobre un banco en pleno centro madrileño. Me separo de Toni, ya que yo iré más rápido, que es tardísimo. Aún es noche cerrada. Decido ir andando primero, después corriendo, entre el tráfico para no perder el autobús. Pero el autobús rojo de la EMT no me verá viniendo desde atrás y pasará de largo en su parada. En la siguiente parada (a la que llegamos casi al instante) le doy alcance y me planto a esperar en la parada antes de que llegue el bus. Pero tampoco parará. Seguiré corriendo entre el tráfico, tan rápido como los coches. Quizá esté utilizando un vehículo invisible. Y ya llegamos a la estación de Príncipe Pío donde salen los autobuses hacia Alcorcón. Alcanzo de nuevo al autobús, que ahora es un coche y le insulto acremente por no haberse detenido.

Voy a la parada de los autobuses que van a Alcorcón y Móstoles. Ya son las ocho de la mañana. Aparece una blasa, ¡qué bien! Es justo la que lleva a Los Habitáts de San José de Valderas. Cojonudo porque así llego a casa directamente y no tengo que cogerme cualquier autobús (como tenía pensado hacer) y luego regresar andando desde puntos lejanos de Alcorcón. Bien. Entro en la blasa y me siento hacia el final. Quizá ojeo una revista o algo similar. Sin que me de apenas cuenta ya hemos llegado. Me bajo en la penúltima parada, que casi se me pasa. Ya camino por los soportales de Los Hábitats, camino de mi portal. Me encuentro con Alfonso, mi vecino amiguete del sexto. Hacía muchísimo tiempo que no nos veíamos. Ahora que me doy cuenta estoy completamente desnudo de cuerpo entero, sin unos miserables calzoncillos que me tapen. Alfonso no parece darse cuenta, mientras yo me medio tapo como puedo con un par de libros que llevo debajo del brazo, bastante incómodo ante mi propia desnudez en plena calle y a plena luz del día. (Es curioso esto de volver totalmente desnudo a casa después de una "noche de juerga", ya lo he soñado repetidas veces, y normalmente nadie se percata de que ando en cueros, tal y como vine al mundo).

Según entramos en el portal, metiéndonos en el ascensor, Alfonso me cuenta que Alberto (otro amiguete juvenil) está fatal, muy mal físicamente. Resulta que se ha metido en un tipo de clases de un deporte extraño y a partir de ahí se le han ido manifestando malestares de todo tipo, sin diagnóstico definido, agravándose mucho su estado con el tiempo. En seguida me alarmo, sin duda se trata de una secta peligrosísima o algo así. Le voy diciendo atropelladamente a Alfonso lo que hay que hacer sin dilación. A todo esto van a entrar en el ascensor con nosotros otros cuatro tipos más. Yo digo que no hay más sitio. Pero sí, cabemos todos. Alfonso y yo nos apretujamos hacia dentro y entran los cuatro nuevos.

Llegamos al cuarto piso. Aunque Alfonso vive realmente en el sexto piso, su casa ahora está contigua a la mía. Nos separamos, cada mochuelo a su olivo. En cuanto entro en casa veo a mi hermana y me recibe mi madre, muy preocupada por lo tarde que he llegado y por si he bebido demasiado alcohol. Hago recuento y resulta que en toda la noche sólo me he bebido dos copas: una en la celebración de lujo del premio musical y otra bastante después cuando andaba deambulando por ahí con Toni Santiago Linde y el Buitre, y puede que también estuviese Ángel Borrego. Así se lo digo a mi madre. Además le doy la noticia de que por fin he decidido cambiar y ahora todo será distinto.
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Sueños (65): Cambio de piso en la corrala y hundimientos en varias zonas de Madrid

cambio de piso y hundimientos y desprendimientos en varias zonas de Madrid
Vivo en la corrala con patio interior cuadrado de la calle de Peña de Francia con Eva en un piso pequeño en el que nos falta espacio, lo que me lleva a trasladarme a otro piso de la misma corrala a vivir con Maribel Jara en plan compañeros de piso. Eva, que obviamente sigue siendo mi pareja, se quedará viviendo sola (con más espacio para ella) en nuestro pisito. Me voy tan contento pensando en la aventura de volver a disponer mis cosas en otro sitio, mejor organizadas y con más espacio. Muy ilusionado con el traslado. Aunque el nuevo piso que compartiré con Maribel está en el mismo patio (misma corrala) que el piso anterior, concretamente enfrente y dos pisos más arriba, para llegar me desplazaré con Maribel a través de la calle de Curtidores. Por el camino Maribel se ha encontrado con dos amigas que se apuntan a venirse con nosotros.

Ya en el piso nuevo, para el que yo he hecho unos planos de la distribución, nos encontramos con la casera (curiosamente, en el sueño, no se trata de la casera que tuve cuando viví en la corrala, sino de la casera actual del piso de la calle Ferrocarril). La casera está en contra de que realicemos la obra que tenía yo proyectada, a saber: yo había dispuesto, para despejar el espacio, que nuestras camas estuviesen suspendidas en plan enormes literas, si no es prácticamente imposible que nos quepa nada, ya que el piso son apenas 3 metros de ancho por 3 metros de largo, con la altura eso sí de 3 metros, con lo que se podría establecer una casi doble altura. La casera me pregunta cómo pienso apoyar las enormes literas. Le explico cómo (el sistema es parecido al que empleé en mi habitación de Alcorcón). La casera para demostrar que esto no es viable ha traído a un perito, que mediante pruebas, nos have ver que al mover la litera para cerrarla, se desgajaría medio techo, desvencijándose una serie de herrajes. El caso es que la prueba la ha hecho dando un tirón fuerte, que si no, con movimientos prudentes no se provoca ningún daño. En fin, que desde luego no vamos a poder realizar la obra que tenía en mente. Así que ya no tiene sentido que me traslade. Decido volverme a mi anterior piso con Eva, ante lo cual Maribel y sus dos amigas se ponen contentísimas, porque ya se habían hecho a la idea de vivir allí las tres juntas.

Regreso con Eva. No deja de ser curioso que para volver, estando ambos pisos en la misma corrala, con lo que sólo tendría que bajar dos pisos, me desplace de nuevo por la calle y entre a la misma corrala por otro portal. Entro pues y según voy subiendo hasta mi destino, el segundo piso, veo que está todo lleno de cuadros abstractos preciosos pintados por mi madre, en caballetes y colgando de las barandillas, tanto en el patio en su planta baja como en todas las galerías que llevan a las distintas puertas de los distintos pisos. Esto me sorprende muchísimo y muy gratamente. Iré subiendo no por las escaleras del inmueble, sino que a modo de equilibrista o alpinista iré encaramándome entre los muros de las barandillas. Aparte de los cuadros de mi madre también hay innumerables fotografías tamaño folio con retratos de niños, muchachos, adultos, personas mayores, colgados y alternándose con las pinturas, lo que me induce a pensar que Carlos de Absolute está realizando un casting. De hecho hasta veo una foto de Carlos y espero encontrármelo en cualquier momento. Pero parece que no está por aquí, qué raro...

Llego al fin junto a Eva. Me sorprende que no esté Germán (como si viviese ahora con Eva) y pregunto por él. Eva, con parsimonia y serena, me dará una noticia terrible. Resulta que ha habido desprendimientos y hundimientos en partes de edificios en todo Madrid. Era algo que se veía venir, dado el pésimo estado de las infraestructuras, ya se habían manifestado indicios, antes o después se presumía que iba a pasar y ha ocurrido. Nuestra misma corrala, incluyendo nuestro piso, se ha desmoronado estrepitosamente en el lateral donde vivíamos, con lo que nos hemos quedado sin medio hogar. Así que debajo de los escombros, sepultado, está Germán, muerto y también le ha pasado lo mismo a... mi madre. Así como han fallecido muchos en Madrid. Me quedo estupefacto: ¿qué mi madre ha muerto? No puede ser, no puede ser. La tragedia va invadiendo mi estado de ánimo sin que termine de dar crédito a la catástrofe, mientras miro las ruinas del edificio. Me siento sobre el tejado derruido, estoy espantado, asolado, desgarrado, mi madre muerta. Lloro, clamo que me he quedado solo, sigo hundiéndome en el dolor, mientras sigo sin dar crédito, no, no, no es posible, no lo es, no es posible, no puede ser...

Y por suerte me despierto bruscamente, sintiendo una infinita tranquilidad al comprobar que sólo se trataba de un sueño, nada más que un sueño. Menos mal...
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Sueños (64): Charlando con los miembros de Front 242

soñando que charlo con los miembros de Front 242 en un bar de copas tras un concierto
Estoy en un bareto de copas por la noche, tomando algo, hablando con el barman. Hay muy poca gente presente, apenas cuatro gatos. De pronto están al lado los miembros (hay tres o cuatro) del grupo Front 242, que deben haber venido aquí después de dar un concierto. En seguida me pondré a hablar con ellos. Les hablaré en español, en alemán e inglés, haciendo un singular batiburrillo entre los tres idiomas, entremezclándolos. Ellos me entenderán perfectamente, y curiosamente me responderán en español. Les diré que soy acérrimo fan suyo desde el 83-85. Aunque en realidad empecé a escucharles a finales de los ochenta, les he dicho que empecé a escucharles antes de lo que fue en realidad para hacer más hincapié en lo fan incondicional que soy de su música, una de mis favoritas. Se sienten muy halagados. De entre todos los miembros de Front 242 me responderá uno siempre, el más próximo, es pues con él con quien hablo principalmente.

Les preguntaré por Blixa Bargeld, ya que no le veo con ellos. Esto es un anacronismo propio del sueño, ya que el cantante Blixa Bargeld no perteneció nunca a Front 242, sino a la formación alemana Einstürzende Neubauten, mientras que los Front 242 son belgas y tienen otro estilo musical, aunque coinciden en puntos industriales. Mas en la lógica del sueño Blixa Bargeld pertenece a los 242, de hecho me responde mi interlocutor que Blixa ya no está con ellos, me explica que lamentablemente perdió un diente y con ello perdió todo su encanto. Y yo pienso que es una pena haber perdido el componente poético del grupo. Me sigue indicando el músico que ahora tienen de cantante a una chica y me la señala, está un poco más allá, es menuda pero atractiva, rubia casi platino y lleva vestido ajustado, quizá con partes de látex. Ajajá, asiento.

Sigo mirándoles, no me atrevo a preguntar, pero estoy intrigado en saber si alguno de los presentes es Bresanutti. Mi interlocutor, alto y delgado, y siempre atento, decide darme una entrada doble (o sea, una entrada que vale para dos personas) para asistir a su próximo concierto. La acepto al instante. Aunque no voy a poder ir al concierto, quiero quedarme la entrada como recuerdo para algún día enseñársela a mi hijo como prueba de haber estado charlando con los Front 242. Le dará primero esa doble entrada al barman no sé para qué, quizá para que selle su validez, para que acto seguido el barman me la dé a mí. Pero justo en ese momento, antes de recibir mi doble entrada de manos del barman, se despierta Amador, mi hijito, que de pronto se encontraba durmiendo colgado de una hamaca en la pared contigua (así el bareto repentinamente es medio casa también).

Voy corriendo a atender a mi chiquitín. Justo debajo de la hamaca de Amador, hay otra hamaca, igualmente sujeta a la pared en sus extremos, donde duerme Matías, el bebé de mi vecino y amigo Javiertito. Matías seguirá durmiendo. Con Amador la cosa se complica, se medio duerme pero se vuelve a espabilar repetidas veces y tras varios intentos en que le cambio la posición en la hamaca o cambio la posición de la hamaca, poniéndola del revés por ejemplo, o sino lo cojo en brazos y lo acurruco. Pero parece una misión imposible el que se duerma, siempre se espabila y se lía a hablar todo animado. Y estoy algo nervioso, a ver si se van a ir los miembros de Front 242 y me quedo sin la entrada...


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Sueños (63): Viviendo como ricos

soñando con que vivimos como ricos en una fabulosa mansión de varios pisos con innumerables estancias muy lujosas
Parece que tengo un puesto político destacado en la administración o la gobernación. Lo cual nos ha enriquecido mucho y ahora vivimos en una casa gigantesca de dimensiones colasales y palaciegas. Hay salas, habitaciones, salones, por todas partes, varias plantas, escaleras, galerías, incluso algunos patios interiores. Además cada estancia, grande o pequeña o inmensa, tiene un estilo diferente. Salas lujosas con telas rojas o granates plagadas de sofás pegados a las paredes. Salas más modernas con diseño minimalista. Salas imitando estilos rurales... Con distintas iluminaciones de todo tipo. Una casa-palacio de ricos, vamos. Y siempre estará llena de gente, por todos los lados, en todas las estancias. Eva y yo haciendo de exquisitos anfitriones, de aquí para allá, muy atareados, con unos y con otros. Eva aparecerá vestida de cuando en cuando con un nuevo modelo: telas suntuosas, disfraces variopintos de todo tipo, trajes y vestimentas de alta costura. Recuerdo una aparición de Eva espectacular, con un ajustado vestido de cuerpo entero, elegantísimo, de color granate intenso; estará absolutamente regia y preciosa, muy distinguida, causando una hipnótica impresión. Eva, pues, encantada con su papel de reina acaudalada, pero esto la hace algo distante, incluso muchas veces se olvida de nuestro hijito, Amador.

Le comentaré a alguien que me encantaría, en memoria de mi padre, que viniese Imanol Arias en el papel de Antonio Alcántara de la serie Cuéntame como pasó. No sé como lo han hecho, supongo que les habrá costado un riñon, pero aparece Antonio Alcántara, con frases suyas típicas de la serie. Pero me fijo un poco mejor y no es Imanol Arias, sino otro actor, que aunque no se parece físicamente, está muy bien disfrazado y maquillado. El actor será Carlos Hipólito. Eva se alegrará mucho de verle. Así pues, durante el sueño, entablaré alguna que otra vez, trato con el personaje de Antonio Alcántara, imitándole yo mismo.

Dentro de todo este jolgorio de recepciones y múltiples huéspedes e innumerables salas, habrá un leit motiv: encontrar a Eva. Constantemente la perderé de vista. Y buscarla será una odisea. No funcionan los móviles, con lo que es muy difícil encontrarla entre la vastedad de tantas estancias repartidas en distintos pisos y alturas. Y siempre está el temor de que me esté engañando con alguien, incluso con el mismo Hipólito, ya que está un tanto promiscua. Un par de veces debe ser que llego justo antes de tiempo, antes de que incurra en infidelidad. Una de esas veces con otra mujer.

Y habrá otra tónica general durante el sueño. Que perdemos a nuestro hijo y no lo encontramos y es igualmente difícil dar con él es este laberinto palaciego. En una ocasión salimos Eva y yo de nuestra fabulosa vivienda a la calle, en busca de Amador. Caminaremos al lado de la boca de un puente enterrado por donde pasan los coches, al lado de algunas fachadas tapadas por andamios. Y ahí, dado lo difícil de encontrarse en la actual mansión, nos trasladamos rápido a un piso normal, de proporciones grandes, pero no desmesuradas, o sea, controlables. Sin embargo, esta segunda vivienda, en seguida, se vuelve a convertir en una magnífica morada con infinitas salas con infinitos ambientes, osea, prácticamente una copia de la anterior. Con lo que se repiten las mismas problemáticas de primero encontrar a Eva, temiendo sus posibles escarceros, y segundo, buscar y encontrar juntos a nuestro niño. Un sueño recurrente.

Ahora, tipo documental, como desde fuera, se narra unos hechos que nos han pasado y es que Amador estaba bajando por una rampa mecánica (parecida a las que suele haber en los centros comerciales), entre otra gente y quizá otros niños. Desde la rampa paralela ascedente iré a cogerle. El documental describe un accidente, cómo yo tropiezo y caigo hacia abajo y según el documental me salvo sin daños como pasó en el año de mi nacimiento, 1971. Pero Amador, que cae detrás de mí... Y aquí mantengo el corazón en vilo, atenazado en un puño, rogando por favor no, por favor no, viendo como un maletín pesado cae detrás de Amador. Me imagino lo peor, que el maletín al terminar la caída por la rampa golpea a mi hijo en la cabeza y lo deja paralítico o algo así... es lo que tiene toda la guisa de ir a informarnos la noticia-documental... Pero no, hay suerte, aparece una imagen fija donde estamos, al final de la caída por la rampa (en la base de la rampa) primero yo (el que está más abajo), luego Eva y Amador y encima dos tíos míos, por otro lado completamete desconocidos, que son los que han sufrido la tragedia del impacto del maletín, con lo que están inmóviles, tiesos, seguramente muertos, pero ¡¡¡con su providencial presencia han salvado la vida de mi hijo!!!
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Sueños (62): De médicos y la extraña reencarnación

sueño: La consulta de los médicos medio yupis, medio hippys y la extraña reencarnación de mi padre y su transmutación en un amigo
Voy al médico. Me hacen entrar. La consulta consiste en una sala cuadrada con una mesa en su centro, alrededor de la mesa hay unos ocho médicos reunidos, hablando entre ellos, son jóvenes, con barba, algo modernos y algo hippys. Más que una consulta médica parece una reunión de negocios de gente medio vip. Encabeza la mesa el médico principal, que es el que me atiende. Los demás medio escuchan, permaneciendo más en un segundo plano. Nada más entrar el médico me ha detectado ansiedad. Le explico un poco mi historial clínico. Discutimos la posibilidad de tomar tranquilizantes, pero me niego en principio, me lo pienso un poco, con ciertas dudas, y me vuelvo a negar. Algo le diré, algo sobre la agorafobia que le deja helado y pasmado. Salgo de la consulta. En un espejo del ascensor me miro bien, ¿tanto se me nota mi estado? Eso parece.

Salgo a la calle. He tomado una determinación. Afrontar mis miedos. Ir a casa andando, aunque esté lejos, ya veremos a medio camino qué decido. Una resolución para quitarme todo de golpe. Casi al instante de salir del portal de la consulta médica, situado en un chaflán de la calle (similitudes con el barrio de Salamanca madrileño) oigo, clara e indistintamente, la voz de mi padre. En frente de mí una singular figura me está hablando. Sí, es mi padre, aunque no es exactamente él: se ha reencarnado. Y creo recordar que ya me dio algunos indicios de esto secretamente, de que volvería a nuestro mundo.

El caso es que ha vuelto medio recompuesto, como si le hubiesen hecho una cirugía frankensteiniana, tiene el rostro medio vendado (vamos, que me cuesta algo reconocerle) y partes del cuerpo mal ensambladas. Además, al poco de avanzar el sueño, mi padre se transmuta. Si antes estaba de pie, ahora reposa en la silla de la terraza exterior de un bar, con menos movilidad; si antes, salvo la venda, estaba entero, ahora tiene algunos trozos fofos mal injertados que me va enseñando; si antes, y este es el cambio más radical, era físicamente mi padre aunque de manera vaporosa, ahora se ha ido transformando poco a poco en mi amigo Toni Márquez. Así, el resultado final es un Toni Márquez bastante gordo y con serios problemas de movilidad, casi inválido. Total, que ahora me toca llevarle cargar con él, llevarle a cuestas.

A ratos, al principio, cargaré con Toni, luego irá andando a mi lado y en otros momentos estaré yo solo. Habrá que atravesar una zona urbana algo peligrosa, por donde campean maleantes y atracadores; termino decidiendo bordear esta zona para no correr riesgos (esto de atravesar la zona "conflictiva" en el regreso a casa se repite de cuando en cuando en mis sueños). Ahora miro hacia arriba, viendo el cielo recortado por la silueta de los edifidios. En otro momento, con Toni a mi lado, que estará muy hablador y metafísico, nos internamos por una pequeña nave industrial en ruinas. Allí veremos a un raro ser digno de lástima que embebido está dejando su firma haciendo pequeñas y singlares esculturitas de barro, bastante idénticas entre sí, aquí y allá. Este personaje está medio ido, algo enloquecido, es medio ex-toxicómano, frágil, empequeñecido, delgadito, moreno; camina semi agachado, disminuido y enajenado. Toni le ayudará con una de las esculturas, recolocando mínimamente un trozo. Al verlo, el pobre diablo se desencaja, bastante desequilibrado, murmura incoherencias, irritado porque han mancillado su obra y su pequeño mundo.
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Sueños (61): Mi padre se salva y mi hermana le increpa

sueño con que mi padre se salva milagrosamente y mi hermana le increpa
Resulta que mi padre, estando en el hospital, casi moribundo, y cuando ni ya los médicos creían en absoluto que se fuera a salvar, lentamente, pero rápido, empezó una milagrosa recuperación y ahora se encuentra, apareciendo de pronto, como una definida exhalación, en mi habitación del piso de Alcorcón. Mi madre aparecerá por la puerta del cuarto, quedándose muy sorprendido mi padre al ver que tenía ella llaves de la casa. Luego aparece en escena mi hermana (y mi madre hace mutis). Mi padre ha cambiado de posición, encontrándose ahora al lado de la puerta, mi hermana enfrente de él. Lo curioso es que en el sueño mi padre no dice nada, no habla, sencillamente estará de pie, como una telúrica aparición, pero a la vez con definida presencia.

Mi hermana se muestra muy hosca e hiriente con mi padre, diciéndole algunas barbaridades. Como que no se puede hacer lo que él ha hecho. También le espeta, con rencor, que se parece a Antonio y a Juan Antonio; más tarde intentaré hacerle ver a mi hermana que no se le pueden achacar cosas a mi padre de gente que no conoce. Pero durante las increpaciones de mi hermana a mi padre, yo permaneceré callado, completamente alucinado, porque mi hermana jamás ha utilizado semejante tono con mi padre. El colmo llega cuando mi hermana, casi gritando, le recrimina a mi padre que deje de tocar los cojones. Esto ya es desfasado y fuera de lugar. Mi padre luchando entre la vida y la muerte y cuando todos deseamos que se salve y parece conseguirlo, mi hermana le suelta que deje de tocar los cojones. Pues imagínate las ganas que va a tener de seguir viviendo si le reprochamos haber revivido... ¡Vaya un recibimiento! Luego, a solas con ella, discutiré con mi hermana su acre actitud tan poco filial, que por otro lado comprendo dado el nerviosismo y la angustia en que vivíamos pendientes del hilo de la vida de mi padre, pero ella se justifica taxativamente, creyendo estar asistida por la razón, con lo que es muy difícil que sea razonable y sensata.
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Sueños (60): Atrapados en las montañas rocosas de Alcorcón

Sueño: Atrapados en las Montañas Rocosas de Alcorcón y otras peripecias como el encuentro con Juan Echanove
Voy caminando y charlando por las calles de Madrid con el actor Juan Echanove. Le hablo de su gran interpretación y el personaje que hace en Cuéntame como pasó, y se siente muy halagado. También le recuerdo dos o tres películas en las que intervenía. El me describe un rodaje de los primeros que tuvo, sino el primero, con todo tipo de aventuras emocionantes, rodando por la noche, y que le hizo decidirse firmemente a dedicarse al cine y decirse "yo quiero ser actor". Nos metemos en algún bar. Juan procura no ser reconocido para que no nos molesten, pero es inevitable que las miradas se claven en nosotros, especialmente en él. En un bar, ante la barra, un biombo desplegable nos protegerá de las miradas curiosas.

Y hay un salto. Ahora, de noche, estoy volviendo en coche a Alcorcón, por la carretera de Extremadura. Me lleva, en su coche, Javiertito. Vamos charlando animadamente, yo especialmente estoy muy dicharachero. Javiertito me comenta que él me lleva encantado siempre y cuando yo le dé conversación, como hoy, ya que otras veces he ido sumamente silencioso y así no le compensa llevarme. Parece que al rato hay dos o tres personas más en el coche.

Ahora (ya es de día) estamos atravesando el montículo del primer puente que cruza la carretera de Extremadura para entrar en Alcorcón, pero de repente el coche se queda atascado, las ruedas no avanzan, como si estuvieran presas entre tenazas de potente barro. Debe ser que nos han tendido una trampa o algo similar. Hay como tablas claveteadas en las ruedas. A partir de aquí el sueño se convierte en una singular historia de supervivencia, en la que Javiertito ha desaparecido casi al instante. Resulta que estamos atrapados en el montículo, que ahora es una gran montaña pedregosa de la que no podemos salir. Yo me he transformado en un rudo francés con barba de náufrago y con extraños atavíos de explorador. Y tengo unos tres o cuatro hermanos, en muchos momentos gemelos, que también me acompañan en nuestro montañesco cautiverio. Tenemos toda la pinta de Robinsons Crusoe. Nos distinguen colores: uno es el azul, otro el verde, otro el rojo y así.

Hay más como nosotros atrapados en la montaña. Vivimos entre las grutas. Dejamos nuestros equipajes aquí y allá. Y así deambulamos: manchados de barro, las vestimentas hechas jirones, luengas barbas sin arreglar... En plan subsistencia, hasta que alguien nos saque o logremos salir de estas inexpugnables rocas.

En un momento dado estoy buscando algo entre las grutas. Me asalta la necesidad perentoria de defecar (yo y mis hermanos estamos con diarrea). Voy buscando entre las cavidades rocosas un cuarto de baño libre. Observo que sale fuego de detrás de unas de las puertas de los aseos. Daré la alarma. El fuego se propagará bastante en este baño, pero se logrará sofocar. El caso es que el fortuito fuego que ha surgido nos ha desvelado que una de las nuestras había preparado una serie de trampas para que no pudiésemos salir de aquí.

Ahora surge la posibilidad de que dos o tres de nosotros podamos escapar de las rocas. Para ello hemos conseguido dos o tres cajones, estrechos y hondos, de madera, que podremos utilizar como botes salvavidas para cruzar un enorme pantano que hay delante, ocupando la entrada de Alcorcón. Yo seré uno de los elegidos que podrá volver a la civilización. Nos ataviamos de lo necesario, enseres y demás que teníamos aquí y allá entre las grutas. Apenas quepo en el cajón, que está repleto de cosas; es realmente increíble que esto pueda flotar y que no se vuelque en una u otra dirección... La clave parece estar en repartir bien los pesos dentro del bote...

Los tres elegidos nos lanzamos a la aventura de atravesar el pantano. Al llegar, de repente, está todo el pantano lleno de gente bañándose. Todos están de pie, o sea que no cubre mucho, y nos miran con ojos atónitos por nuestras estrambóticas pintas de casi mendigos. Hablamos con ellos en francés o inglés, pero no pueden entendernos, aunque sí parece que en inglés algún extranjero nos capta, con lo que tendremos que tener cuidado con lo que digamos. La cuestión es que nos fastidia renunciar al bote (que es ridículo utilizar) y tener que mojarnos. Al final nos desplazaremos a pie, corriendo y metiéndonos por debajo de un túnel, ya que el agua ahora apenas nos cubre el pie.
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Sueños (59): La maldición de los taxis

sueño de terror humorístico: La maldición de los taxis en Madrid: borrachos, camorristas, paranoicos, secuestradores y enfermos sexuales
Estoy con mi amigo Javier Fernández Aracama de aquí para allá, recorriendo calles y sitios de ocio de Madrid, como bares y cosas por el estilo. Yo voy bien guapo y elegante, con una chaqueta algo chic de entre tiempo que me sienta de maravilla, atrayendo bastantes miradas de chicas de vez en cuando. Nos desplazamos andando por las calles, y también en unos singulares coches, cada uno el suyo (unos coches que tienen algo de juguete, quizá parecidos a los coches de choque de las ferias, aunque no del todo definidos). En un bar, por ejemplo, al salir subiendo por unas escaleras, le hago un chiste a una chica, algo como "quien fuera tabla", refiriéndome a rellenar un vacío para que pudiese avanzar, la chica se quedará encandilada. A todo esto Javier y yo llevaremos cada uno un libro bajo el brazo. Uno de esos libros, seguramente el de Javier, es de Julio Cortázar.

En fin, en muy buena compaña con mi amigo, de aquí para allá, hablando mucho, hasta que... me ha entrado un retortijón o algo peor (esas ventosidades que se te escapan y tienes serias dudas de que no se te haya escapado también algo de mierda adjunta). Con lo que ante el panorama de una posible diarrea y de imaginarme alguna mancha en los calzoncillos, la fiesta se ha terminado, momento de irme a casa. Así que me despediré de Javier, yendo cada uno en direcciones opuestas. Pero no sé por qué mi medio de locomoción, mi singular coche ha desaparecido y por hache o por be, Javier no me podía llevar, aunque quizá lo intentase.

Pero estoy cerca de casa. Hay que bajar por la cuesta de San Vicente, pero el paso estará bloqueado desde el puente por una enorme muchedumbre, que está expentante ante un concierto de música a sus pies. Todos son portugueses. (Es posible que vuelva a ver aquí a la chica a la que antes le hice el chiste de la tabla). Intento avanzar, pero resultará imposible pasar por aquí. Recularé algunos metros, a la búsqueda de un taxi.

Lo de los taxis está complicado, no pasan muchos y siempre suele haber gente aguardando la aparición de un taxi. Un chico y una chica me comentarán que llevan cuarenta minutos esperando. No sé si les aconsejo que lo mejor es moverse si no pasan taxis por un sitio, desde luego lo pienso. Por las calles hay tráfico y muchos grupos de personas, lo habitual en una noche de fiesta.

Metiéndome por una callejuela consigo dar con un taxi y cogerlo. El tipo que lo conduce, una suerte de guiri gigante y rubicundo, va algo achispado. Al poco se detendrá en un bar: una parada en el camino. Es un perfecto borracho. Le insto a que nos vayamos, pero él tiene que beberse su cerveza. Muy jocoso le preguntará al camarero, mal pronunciando al ser extranjero, que cuánta cerveza tiene que beber para no beberse su propio pis -por la sed- hasta llegar a París. Y da detalles de cómo no es la primera vez que se tiene que tragar su propio pis para calmar la sed. Por más que insisto no hay manera de mover al borrachuzo de la barra del bar para que me lleve a casa. Desisto y me largaré en busca de otro taxi.

Patearé algunas calles buscando las lucecitas verdes que anuncian la proximidad de un taxi libre. Algunos pasarán de largo, obviando mis señas, otros me los "quitarán" en mis narices otros peatones. Finalmente me alojará en su interior un coche que no tiene nada de taxi, por mucho que los jóvenes que van en él me aseguran que sí es un taxi. Dentro van unos cinco chicos y chicas. El coche se dirige por la calle Princesa hacia Moncloa. Pero, al poquito de haberme instalado dentro, detecto unas leves sonrisillas de complicidad secreta en los ocupantes del vehículo. La cosa no me gusta nada, aquí hay gato encerrado. En seguida, sin avisar, me apearé del coche, dejándoles estupefactos y frustrados sus planes, fueran cuales fueran.

Haré señas a otro taxi, que se detendrá. Me monto. El taxista, terriblemente desconfiado, me pregunta que si nos conocemos. No le entiendo, no sé a qué se refiere. Repite que si nos conocemos. Porque si no es así, y no parece que me conozca, entonces, me pregunta, que por qué para parar el taxi le he hecho señas como de saludo. Joder, lo que faltaba. Casi ni avanzamos, el conductor me analiza mucho y me hace todo tipo de preguntas, con una desconfianza rayana en la paranoia. Estoy por apelar a que tiene obligación de llevarme. Pero acabo por decidirme a abandonar este taxi y eso hago. Esto se está conviertiendo en una auténtica misión imposible...

De nuevo localizo otro nuevo taxi libre, en las inmediaciones de la Plaza de España. Según me acerco al taxi, veo que hay una muchacha en el asiento trasero que parece dormida, quizá esté inconsciente, lo cual me extraña, porque se supone que el taxi estaba libre. A todo esto se acerca a nosotros un gordo vagabundo seboso y nauseabundo. Tanto el gordo como yo nos quedamos completamente perplejos: el taxista, un joven largo y de aspecto descuidado y mal afeitado, se baja la bragueta a un palmo de la cara de la chica. Extrae una polla diminuta, enana, que tiene todo el glande de color azul. Una cosa realmente asquerosa. Acerca su miembro a la boca de la chica, y mientras ésta se está despertando, eyacula grumos de semen alrededor de su boca. La chavala, que parece medio drogada, ni se inmuta, se medio limpia, y nos cuenta que ya está acostumbrada a estas cosas y a estas horas (un poco más y llegaremos al amanecer). Y se irá como si nada.

Entro en el taxi, que está sucísimo, los asientos hechos jirones, viéndose la goma espuma del asiento, mal tapada con una polvorienta y vieja manta, pero me da igual, ya me da igual todo, aunque fuera el coche más cochambroso del mundo (y éste se le acerca mucho) yo iría en él, para llegar al fin y de una vez por todas a mi casa.

El podrido taxista arranca tan campante, pero hace algo raro, baja el coche por una rampa, hasta un sótano medio en ruinas, casi un estercolero. Intuyo el peligro y le diré al taxista rancio, como diciéndomelo a mí mismo en voz alta: "¡¡pero a ti te dan igual los chicos que las chicas!!", recordando lo que acaba de hacer con la extraviada muchacha. Y el tío asiente, efectivamente. Así, este último tramo del sueño consistirá en una huida cuesta arriba (por la rampa que lleva al sórdido sótano) y avanzando también a través de peldaños de escalera intentando zafarme del maldito taxista que me sigue pegado a mis talones. Agarro un palo largo que me encuentro por el ascendente camino y le voy atizando para sacarme al tipo de las espaldas, sin mucho éxito. Y para colmo, el gordo vagabundo destartalado de antes, debe ser su compinche, porque apareciendo de la nada, también me sigue para darme caza.
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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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