Sueños (59): La maldición de los taxis

sueño de terror humorístico: La maldición de los taxis en Madrid: borrachos, camorristas, paranoicos, secuestradores y enfermos sexuales
Estoy con mi amigo Javier Fernández Aracama de aquí para allá, recorriendo calles y sitios de ocio de Madrid, como bares y cosas por el estilo. Yo voy bien guapo y elegante, con una chaqueta algo chic de entre tiempo que me sienta de maravilla, atrayendo bastantes miradas de chicas de vez en cuando. Nos desplazamos andando por las calles, y también en unos singulares coches, cada uno el suyo (unos coches que tienen algo de juguete, quizá parecidos a los coches de choque de las ferias, aunque no del todo definidos). En un bar, por ejemplo, al salir subiendo por unas escaleras, le hago un chiste a una chica, algo como "quien fuera tabla", refiriéndome a rellenar un vacío para que pudiese avanzar, la chica se quedará encandilada. A todo esto Javier y yo llevaremos cada uno un libro bajo el brazo. Uno de esos libros, seguramente el de Javier, es de Julio Cortázar.

En fin, en muy buena compaña con mi amigo, de aquí para allá, hablando mucho, hasta que... me ha entrado un retortijón o algo peor (esas ventosidades que se te escapan y tienes serias dudas de que no se te haya escapado también algo de mierda adjunta). Con lo que ante el panorama de una posible diarrea y de imaginarme alguna mancha en los calzoncillos, la fiesta se ha terminado, momento de irme a casa. Así que me despediré de Javier, yendo cada uno en direcciones opuestas. Pero no sé por qué mi medio de locomoción, mi singular coche ha desaparecido y por hache o por be, Javier no me podía llevar, aunque quizá lo intentase.

Pero estoy cerca de casa. Hay que bajar por la cuesta de San Vicente, pero el paso estará bloqueado desde el puente por una enorme muchedumbre, que está expentante ante un concierto de música a sus pies. Todos son portugueses. (Es posible que vuelva a ver aquí a la chica a la que antes le hice el chiste de la tabla). Intento avanzar, pero resultará imposible pasar por aquí. Recularé algunos metros, a la búsqueda de un taxi.

Lo de los taxis está complicado, no pasan muchos y siempre suele haber gente aguardando la aparición de un taxi. Un chico y una chica me comentarán que llevan cuarenta minutos esperando. No sé si les aconsejo que lo mejor es moverse si no pasan taxis por un sitio, desde luego lo pienso. Por las calles hay tráfico y muchos grupos de personas, lo habitual en una noche de fiesta.

Metiéndome por una callejuela consigo dar con un taxi y cogerlo. El tipo que lo conduce, una suerte de guiri gigante y rubicundo, va algo achispado. Al poco se detendrá en un bar: una parada en el camino. Es un perfecto borracho. Le insto a que nos vayamos, pero él tiene que beberse su cerveza. Muy jocoso le preguntará al camarero, mal pronunciando al ser extranjero, que cuánta cerveza tiene que beber para no beberse su propio pis -por la sed- hasta llegar a París. Y da detalles de cómo no es la primera vez que se tiene que tragar su propio pis para calmar la sed. Por más que insisto no hay manera de mover al borrachuzo de la barra del bar para que me lleve a casa. Desisto y me largaré en busca de otro taxi.

Patearé algunas calles buscando las lucecitas verdes que anuncian la proximidad de un taxi libre. Algunos pasarán de largo, obviando mis señas, otros me los "quitarán" en mis narices otros peatones. Finalmente me alojará en su interior un coche que no tiene nada de taxi, por mucho que los jóvenes que van en él me aseguran que sí es un taxi. Dentro van unos cinco chicos y chicas. El coche se dirige por la calle Princesa hacia Moncloa. Pero, al poquito de haberme instalado dentro, detecto unas leves sonrisillas de complicidad secreta en los ocupantes del vehículo. La cosa no me gusta nada, aquí hay gato encerrado. En seguida, sin avisar, me apearé del coche, dejándoles estupefactos y frustrados sus planes, fueran cuales fueran.

Haré señas a otro taxi, que se detendrá. Me monto. El taxista, terriblemente desconfiado, me pregunta que si nos conocemos. No le entiendo, no sé a qué se refiere. Repite que si nos conocemos. Porque si no es así, y no parece que me conozca, entonces, me pregunta, que por qué para parar el taxi le he hecho señas como de saludo. Joder, lo que faltaba. Casi ni avanzamos, el conductor me analiza mucho y me hace todo tipo de preguntas, con una desconfianza rayana en la paranoia. Estoy por apelar a que tiene obligación de llevarme. Pero acabo por decidirme a abandonar este taxi y eso hago. Esto se está conviertiendo en una auténtica misión imposible...

De nuevo localizo otro nuevo taxi libre, en las inmediaciones de la Plaza de España. Según me acerco al taxi, veo que hay una muchacha en el asiento trasero que parece dormida, quizá esté inconsciente, lo cual me extraña, porque se supone que el taxi estaba libre. A todo esto se acerca a nosotros un gordo vagabundo seboso y nauseabundo. Tanto el gordo como yo nos quedamos completamente perplejos: el taxista, un joven largo y de aspecto descuidado y mal afeitado, se baja la bragueta a un palmo de la cara de la chica. Extrae una polla diminuta, enana, que tiene todo el glande de color azul. Una cosa realmente asquerosa. Acerca su miembro a la boca de la chica, y mientras ésta se está despertando, eyacula grumos de semen alrededor de su boca. La chavala, que parece medio drogada, ni se inmuta, se medio limpia, y nos cuenta que ya está acostumbrada a estas cosas y a estas horas (un poco más y llegaremos al amanecer). Y se irá como si nada.

Entro en el taxi, que está sucísimo, los asientos hechos jirones, viéndose la goma espuma del asiento, mal tapada con una polvorienta y vieja manta, pero me da igual, ya me da igual todo, aunque fuera el coche más cochambroso del mundo (y éste se le acerca mucho) yo iría en él, para llegar al fin y de una vez por todas a mi casa.

El podrido taxista arranca tan campante, pero hace algo raro, baja el coche por una rampa, hasta un sótano medio en ruinas, casi un estercolero. Intuyo el peligro y le diré al taxista rancio, como diciéndomelo a mí mismo en voz alta: "¡¡pero a ti te dan igual los chicos que las chicas!!", recordando lo que acaba de hacer con la extraviada muchacha. Y el tío asiente, efectivamente. Así, este último tramo del sueño consistirá en una huida cuesta arriba (por la rampa que lleva al sórdido sótano) y avanzando también a través de peldaños de escalera intentando zafarme del maldito taxista que me sigue pegado a mis talones. Agarro un palo largo que me encuentro por el ascendente camino y le voy atizando para sacarme al tipo de las espaldas, sin mucho éxito. Y para colmo, el gordo vagabundo destartalado de antes, debe ser su compinche, porque apareciendo de la nada, también me sigue para darme caza.
....

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► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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