Sueños (76): Paseando con Estrella

Soñando que paseo con Estrella, soñando que paseo tranquilamente por callejuelas de un apacible pueblo lejos del mundanal ruido
Salimos de la terapia y Estrella me pregunta que cómo llevo lo del tabaco. Le digo que sí, que me mantengo, que sigo fumando cada hora, a pesar de esto y lo otro, y le pongo ejemplos, me mantengo. Esto le alegra mucho a Estrella. Y, contra todo pronóstico y para mi sorpresa, nos ponemos a pasear juntos mientras seguimos charlando, como si siguiéramos la terapia. Caminamos por calles estrechas y agradables, sin las estridencias del tráfico.

Nos detendremos en un puesto, enmarcado en una plazoleta, de bocatas y demás viandas (un poco como una tienda de ultramarinos abierta a la calle, como un kiosko). Estrella se hace con un bocadillo. Yo me fijo en un apetitoso bocadillo con queso, bacon, pimiento verde mezclado con demás cosas. Pero el dependiente me aconseja que no compre el bocata, que está malísimo. Me fijo en que el citado bocadillo también tiene tomate, con lo mal que me sienta. Así que desisto y me pongo a buscar otro alimento, quizá un bollo... Pero también, por hache o por be, termino por no adquirir nada para papear. Seguimos paseando. Ya al poco nos despediremos y separaremos, en un cruce de calles. Estrella tirará hacia abajo, camino de Móstoles, yo emprendo mi rumbo hacia arriba. La verdad que me sorprende ir andando con absoluta calma y tranquilidad, disfrutando, sin agobios ni ansiedades.

Ahora voy paseando con la misma placidez por las inmediaciones y espacios de un apacible pueblo. Y pienso que este lugar es idóneo para un escritor. Escribir cosas modernas en la quietud atemporal de un pueblo de ensueño. Escribir, aquí, y ya me veo viviendo aquí, lejos del mundanal ruido, en paz, aquí.
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Sueños (75): Prisionero en el Templo de la Noche Eterna

fotograma de la película Blade: El Templo de la Noche Eterna, donde se realiza el ritual vampírico final
Estoy encerrado en una prisión de alta seguridad, junto con otros siete u ocho reclusos. Escapar parece imposible de los imposibles. La vida en esta prisión está absolutamente militarizada, obligándonos a formar y demás parafernalias de una estricta vida militar. Nuestro carcelero, a modo de feroz y temible sargento, nos alecciona, manda, castiga, etcétera. Habrá un episodio relacionado con el cuarto de baño o letrinas, en que me veo en la misma cabina con uno o dos de los prisioneros. Y habrá otro acontecimiento que desencadenará toda la parte terrible y patibularia que continuará en el sueño.

Resulta que muy de mañana nos han instado a formar en el patio. Con las prisas, no sé cómo, pero salgo sin la vestimenta militar de rigor, que se me ha olvidado ponerme, llevando el pijama obligatorio, gris o azul desteñido. Antes de formar pues intento volver sobre mis pasos para ponerme el traje militar, pero están bajando, a modo de portón metálico de garage, la entrada que hay desde el patio, mientras un vigilante me asegura que no importa el hecho de que forme en pijama. Así que ya no hay remedio, tendré que alinearme con los demás poniendo de manifiesto mi despiste en la indumentaria, a ver qué consecuencias me trae el desliz...

Una vez en la formación, nos pasa revista el terrorífico carcelero. Al verme tiene una reacción absolutamente inesperada: se muestra amabilísimo conmigo, como si alabara mi originalidad. Tan cortés y encantador se muestra que todo viene a indicar que, en vez de darme un ejemplar castigo, me va a dejar en libertad. Me conducirá a una enorme sala, de muchos metros de altura, que debe cumplir las funciones de homenaje antes de permitirme salir de la cárcel, pero... por mucho que intenten engañarme en seguida descubro sus verdaderas intenciones, aunque me hago el inocente, claro está.

Porque donde acaban de traerme no es ni más ni menos que el santuario vampírico, llamado el Templo de la Noche Eterna, que aparece en el final de la película "Blade". Efectivamente, por mucho que me halaguen y enmascaren la verdad, está claro que piensan beberse mi sangre. A partir de aquí (en realidad algo antes), dejo de vivir el sueño en primera persona, siendo testigo desde fuera, como viendo una película. Así que "yo" pasará a ser el protagonista de la trama y sólo en breves momentos aislados volveré a la primera persona de la acción. Es más, incluso "he cambiado" físicamente, siendo ahora un tipo fortachón, alto y algo gordo.

Manteniendo las formas, disimulando, dejándose llevar, el protagonista ya sólo pensará en escapar, buscar esa casi imposible salida para no terminar desangrado en una práctica ritual atroz y abominable. A todo esto también han apresado y encerrado en una mazmorra a la familia del prota: su mujer, dos hijas y otra hija más, quizá de un matrimonio anterior, que sacarán de su escondite en una especie de gruta de ultratumba; la niña lleva colgando de se cuello un caro y precioso collar metálico con vistosas alhajas. Todas ellas van ataviadas de una manera similar a los pajes de la Edad Media.

Hace su irrupción en la estancia (que no es ni más ni menos que una celda enmascarada) donde han introducido al protagonista, un arzobispo con sus lujosos ropajes. Con la misma zalamería hipócrita del carcelero habla indirectamente de una valiosa donación (se refiere al collar de la hija) para tramitar la liberación. Nuestro protagonista sigue disimulando, afrontando todo con un resuelto optimismo e inspirada ingenuidad. El arzobispo desaparece. Desde un hueco labrado en la piedra se puede ver cómo ha empezado ya la criminal ceremonia: vemos al carcelero, al arzobispo y a una suntuosa mujer, sentados en paralelos tronos en la elevada piedra que sirve de altar dentro del Templo de la Noche Eterna, cómo de perfil y con la lengua extendida van recibiendo hilos de sangre humana que caen desde las alturas. Se presume que la siguiente víctima será nuestro protagonista. La imperiosa huida está difícil.

Pero otro personaje ayudará a que el protagonista logre escabullirse. Vemos al personaje nuevo introducirse por pasillos, atravesar puertas del castillo, esperar agazapado para no ser descubierto. Liberará un resorte o algo similar que permitirá que nuestro héroe pueda salir de su mazmorra por debajo, a través de unas trampillas enrejadas que hay en el suelo de la celda y que conducen a una serie de grutas que le pueden dar la libertad. Antes de aventurarse en su escapatoria meditará sobre el destino de su familia. ¿Qué hacer? Ellas están en otro alejado y húmedo calabozo bastante inaccesible. El protagonista tomará la resolución, sin mucha vacilación, de salvarse él, ahora que tiene la oportunidad, y dejar a su familia en las garras de su pavoroso y sangriento destino.
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Sueños (74): En casa de Ángel Caballero

fragmento de planta de las Torres Blancas en Madrid del arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza
Estoy en un garage con mi chica Eva y nuestro hijo Amador. La mayoría de detalles de esta parte del sueño se han esfumado. Hay algo relacionado con un coche familiar en el que entramos o salimos. Amador, revoltoso y alegre, hace de las suyas. Quizá nos dé algún sustito. De pronto nos encontraremos con Ángel Caballero, quizá en la caja de escaleras. Nos llevará a Eva y a mí (Amador desaparece del sueño) a su casa. Pero Ángel tiene dos casas. Nos lleva a su primera casa, cerca del garage. Y en seguida nos lleva a su casa principal, en el centro de Madrid, donde vive casi siempre.

Esta segunda vivienda es mucho más espaciosa y hasta cierto punto lujosa. Se trata de un edificio famoso moderno del que yo, hace tiempo, en una revista de arquitectura o algo similar, vi las plantas y secciones (de alguna manera asociadas a las Torres Blancas de Oiza). Toda la casa está organizada según hexágonos y el suelo tiene ligeras ondulaciones geométricas, algo lunares, reforzando efectos de amplitud y geometría. Ángel nos va mostrando las distintas estancias, conectadas, como digo, de manera "hexagonal". Unas estupendas vistas desde la terraza cerrada. Estaremos en el piso 12, o 15, a bastante altura.

Ángel nos explica algún fallo que tiene esta vivienda. Por ejemplo, cuando llueve, el techo del salón se hunde muchísimo, bajando el techo casi un par de metros (la altura de la vivienda puede llegar a los tres metros y medio), como una bolsa llena de agua. Mientras nos cuenta esto Ángel, el techo se queda hundido, a modo de ilustración de lo que dice. Por lo visto, el que el techo se hunda con la lluvia le provoca a Ángel pulmonías (esto no lo supo hasta que se lo diagnosticó el médico), lo que le obliga a trasladarse a su otra morada cuando la lluvia arrecia.

Desde luego no conocíamos este aspecto acaudalado de Ángel que vemos en multitud de detalles de su hogar, proviniendo claramente de una familia de dinero. Después de la "guía turística" por su casa y estancias, comienza a venir gente, dos o tres amigos suyos, curiosos y estrafalarios, que entran por turnos y sin llamar, como si la puerta estuviese abierta siempre. También descubro gratamente en nuestro anfitrión aspectos atrayentes de su personalidad que no conocía: don de gentes, despejado y seguro carisma, gran conversador, una señorial elasticidad dinámica en sus movimientos, cierto desparpajo mundano y una elegante despreocupación. Él también me conoce a partir de aquí algo más en profundidad, aunque según dice él nos separa el hecho de que "tú no entiendes". Y casi nos estamos despidiendo ya. Parece que Ángel tiene que salir (aunque esto no supone que tengamos que irnos nosotros también de su piso, nos podemos quedar aquí tranquilamente...).
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Sueños (73): Variedades universitarias con Eva, Amador y algunos amigos

sueño que se me acaba el tabaco de liar Golden Virginia, además de otras variedades en el entorno de la Universidad con un pinche de cocina y su espectáculo, con Eva, con mi hijo y algunos amigos
Estoy en un enorme hall de un edificio de la Universidad con un tipo feo, muy moreno, algo basto y sobre todo, muy gracioso. Acabamos de salir de la cocina en donde trabaja, casi adjunta al hall, tras terminar su jornada como pinche de cocina. El tipo cachondo en cuestión no para de hablarme y soltar gracias y chistes, de un humor raro y exagerado, con tintes de vodevil, pero realmente muy divertido y jocoso. Inmediatamente, ya vestido estrafalariamente, se instala al fondo del hall y comienza su hilarante y carnavalesca actuación gesticulante ante un público que irá en aumento.

Me daré un par de vueltas por el edificio universitario y cuando vuelvo al hall, la actuación está en plena ebullición, con muchísimos espectadores. Solo que ahora, aparte del cocinero, hay otro actuando a la vez en el mismo estilo de monólogo hiperbólico y carabaretero. Y en breve terminan la representación, de un éxito apabullante. Aparece a mi lado mi amiga Maika acompañada de otros dos o tres de sus amigos y amigas. Está entusiasmada y corre a saludar al cocinero, que por lo visto es amigo suyo desde hace mucho.

Mientras el hall se va despejando tras el espectáculo, estoy ante una mesa blanca larga y grande donde reposa mi tabaco de liar Golden Virginia. Me fijo en que me queda poco tabaco y puede que no me aguante toda la noche. Por suerte, casi al lado hay otro paquete, prácticamente entero, de otro tabaco de liar, igualmente con envoltorio verde pero de distinta marca. El paquete es de David Pastor. Le busco para preguntarle si, en caso necesario, podría usar su tabaco. Creo recordar que David estaba por aquí con más amigos nuestros, pero ahora no termino de hallarle.

Salgo fuera, a la luz del día, por una puerta lateral y me encuentro en una calle estrecha con doble hilera de coches aparcados y en el medio una vía de única dirección para que circule el tráfico, apenas existente. Sí, por aquí se acaban de ir David Pastor y amigos hace un rato, así que les he perdido la pista, mas supongo que volverán en breve.

Acto seguido estoy en esta calle estrecha con mi hijo Amador, que está muy juguetón y travieso. No sé por dónde anda Eva (¿se fue con David y compañía?). Repentinamente Amador se me escapa y echa a correr de pronto calle arriba, por la acera, gritando y excitado. Pero de pronto gira y corre por la carretera descontrolado, en una larga diagonal, justo cuando se acerca un coche. No puedo detener a mi hijo y ha faltado un pelo para que me lo atropellen. Vaya un susto de muerte. Yo mismo me he puesto casi delante del coche para evitar que le dieran a mi hijo. Sale el conductor, una amable mujer, interesándose por nuestro estado y los posibles desperfectos en su coche. Todo bien, se marcha. Amador se ríe, nervioso, con esas carcajadas culpables medio histéricas de los niños después de haberse pasado de la raya.

Ya con Amador en brazos, le hablo en un tono bastante fuerte y desesperado con el que nunca antes me había dirigido a él, indicándole que no vuelva a hacer una cosa así. Por unos instantes me siento abrumado por la responsabilidad de Amador, es tardísimo, ya entrando la noche y no hay ni rastro de su madre, Eva. La busco por el hall, con Amador en brazos, y nada, desaparecida. Me imagino que se habrá ido a casa. Amador, en mis brazos, apoya su cabecita sobre mi hombro, signo claro de que tiene sueño y se está durmiendo. Cuando ya estoy planteándome que regresemos a casa sin Eva, aparece, al fin.

Estaba claro, que a pesar de las apariencias, con lo madraza que es, era más que improbable que se hubiese ido. Sencillamente me dejó con Amador un rato. Sin embargo la noto rara, como que esconde algo. Por varios indicios sospecho que me ha estado engañando con alguien e intento sonsacarle. Con no mucha claridad, me hace ver que algo hay, que ha estado con alguien, pero sin mayores consecuencias, alguien que sencillamente le agradaba, aunque realmente no ha pasado nada, más flirteo que otra cosa. No termino de creerla. Vamos hablando sobre esto caminando por un paseo, entre árboles, es de día.
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Sueños (72): En taxi con Pedro Halffter

coincido con Pedro Halffter en un taxi y nos topamos con un gran atasco en un tramo del Paseo de la Castellana, en Madrid
Es de día, a media mañana, cuando paro un taxi en las inmediaciones de la Gran Vía madrileña. Justo cuando voy a subir aparece a mi lado Pedro Halffter. Hace mucho tiempo que no nos veíamos, desde luego. En el sueño no han pasado los años por Pedro, tiene exactamente el mismo aspecto juvenil que la última vez que nos vimos en el instituto, hace más de veinte años. A pesar de tanto tiempo sin vernos, en la lógica del sueño, es como si apenas hubieran pasado unos días. De hecho casi ni nos saludamos, como si fuera lo más normal del mundo coincidir en la calle y en un taxi. Nos subiremos los dos. Le propongo a Pedro que, como yo voy más cerca, me lleve el taxi a mí primero, que voy cerquita, y que luego le lleve a él a su destino más alejado, aunque esto le suponga un pequeño rodeo. Pedro accede.

Durante el trayecto ni hablamos, nada en plan "y cómo te ha ido últimamente" o algo similar. Sencillamente, en el sueño, lo normal y natural es que no hablemos, con esa tranquilidad familiar en que no es necesario decir cosas para no sentirse intimidado o incómodo. Entramos en un tramo de la Castellana (en realidad, Paseo de la Castellana), cerca de Cibeles, camino de Atocha, topándonos con un buen atasco. El taxista se enfada, se le había olvidado que justo este tramo estaba atascadísimo desde ayer (mientras que el resto de Madrid, en su totalidad, está despejado, con tráfico fluido). Por suerte miramos hacia atrás y aún no se ha sumado ningún coche detrás de nosotros y el taxista puede conducir marcha atrás un montón de metros, con lo que logramos salir del embotellamiento.
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Sueños (71): Vuelta a las andadas con Irene

fragmento de la obra Crisálida de hombre durmiente III, de la pintora Eva Román, retrato del autor - haz click sobre la imagen para ver el cuadro
Poco he podido retener del sueño o de los múltiples sueños encadenados que quizá se hayan ido sucediendo, salvo el momento nítido en que me encuentro con Irene en una gran cama de matrimonio, en una habitación medianamente grande. De alguna manera es como haber vuelto al pasado, de forma pacífica y natural. Ella se ha propuesto hacerme unas cuantas virguerías sexuales a modo de recital, muy segura de lograr satisfacerme plenamente. Así, empieza a chupármela con leves y jugosas succiones. Pero está la incómoda cautela de que no despertemos a su familia, al resto de habitantes de la casa (de dos o tres pisos), lo que nos llevaría a interrumpir sin remedio nuestra reencontrada intimidad.
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Sueños (70): Un curioso maratón

el sueño de la carrera por un camino entre pinares que luego se transformará en un paisaje artificial de pista cubierta
Nuestra profesora o entrenadora personal o algo similar poco identificable, nos insta a hacer una carrera de 100 kilómetros, quizá 10 kilómetros (distancias simbólicas en el sueño). Se trata, en realidad, de dar cien vueltas en torno a un campo delimitado, siguiendo un recorrido prefijado aunque flexible, con altos y bajos, caminos y montículos. Este campo, en su circuito tiene forma cuadrangular, empezará siendo al aire libre, por caminos de arena dura y entre pinares, pero en seguida se transformará en un espacio cubierto, situado dentro de un pequeño pabellón, con caminos y obstáculos artificiales, simulando la naturaleza. La carrera tendrá la particularidad de que no salimos de la meta a la vez, sino por turnos, esperando cada uno un tiempo para salir en pos del que nos precedió. La primera en salir será Eva. Algo después saldré yo. Además, uno podrá detenerse en la carrera, dejarlo cuando quiera, parando el cronómetro, por así decir, y continuando más tarde o mañana. Yo me he propuesto dos cosas: una, dar las cien vueltas de un tirón, seguidamente, sin parar; la otra, ser el que lo haga en menos tiempo.

Durante la carrera iré viendo cada vez más maneras de acortar y de ahorrar esfuerzos. Por ejemplo, a medio camino hay que alejarse algo para salvar un murete demasiado alto en la parte que disminuría las distancias. Acabo encontrando la manera de poder cruzar por la parte más alta, que es la parte más cercana a la línea de salida y así completar la vuelta antes, evitando el molesto rodeo. La forma será, aprovechando el impulso de la carrera, saltar y darse impulso con el tablón vertical del respaldo de un banco de madera. A veces, por haber alguien delante, no se puede coger el debido impulso y no se podrá salvar el murete, lo que produce un maldito retardo, que a veces me obligará a doblar a alguien para quitármelo de delante.

En definitiva, cada vez doy las vueltas más y más rápido. Y con el tiempo seré el único que sigue corriendo. Todos los demás (seríamos unos seis o siete) se han detenido ya. Eva ha parado. Valentín igual, ahora está charlando con alguien en uno de los extremos del recorrido. Sólo sigo yo, empecinado y con tesón. Las últimas vueltas las estoy dando prácticamente en segundos, con grandes y estratégicas zancadas, hasta que... Cuando voy por la vuelta 77 o 78, resulta que se han sentado dos tipos en el banco y eso me obliga a pararme de golpe. Buscando la manera de escalar el murete, ahora más alto, me encuentro, quizá por la falta de fuerzas, con la imposibilidad de lograrlo tras múltiples intentos. Con lo que todo parece indicar que ya no puedo seguir y esto me da mucha rabia. Veo que como me detenga por más tiempo se instalará la pereza y el cansancio y ya no podré retomar...

Pero sucede algo curioso: a partir de aquí seguiré corriendo, pero mentalmente. Así, narrado desde fuera, como si me viera desde fuera, sigo dando vueltas en torno al circuito, esta vez ya rapidísimas, cada vuelta cumplimentada con apenas siete pasos.

En el sueño habrá otra curiosidad. Durante toda la carrera, salvo al final, me estaré desdoblando, todo siempre vivido en primera persona: a ratos seré yo mismo, a ratos seré Cecilia Sarli.
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Sueños (69): Beso a Rachels

el sueño del beso apasionado con Rachels y la imposibilidad de nuestro romance
Estamos en la Universidad, en aulas enormes, presentando trabajos, realizando actividades. Hay un acercamiento progresivo a Rachels, un juego en el que se van acortando las distancias. Al final quedan pocos alumnos ya, cada vez menos, hasta el momento en que ya estamos solos los dos, sin testigos, y yo estoy tumbado sobre una mesa del aula y Rachels tiene su rostro volcado hacia mí. Nuestras bocas próximas, mientras hablamos a corta distancia, su cabello cayendo sobre mí, el aroma y la rotundidad de sus senos sobre mí, su apetecible carnalidad. Se produce ese instante magnético previo al beso. Acerco mis labios a los suyos. Ella, según preveía yo, no se acerca a mi boca, pero tampoco se aleja. Con algo de sorpresa recibe mi beso en sus labios, apenas un pellizco, suave y levemente intenso. Ella, que ha recibido mi beso como queriéndolo pero no queriéndolo, como esperándolo pero no conscientemente, ahora, sin separarse, sin poner distancia entre nuestros alientos, me dice que esto no puede repetirse de ningún modo. Sin embargo, acto seguido, volvemos a besarnos otra vez un instante. Y a partir de ahi ponemos freno a nuestra cercanía. Empiezan las consideraciones de por qué no debemos seguir adelante con esto. Rachels desaparece y sigo yo solo meditando acerca de este percance. Definitivamente no podemos continuar este romance, este escarceo amoroso. Ella tiene novio, le conozco, buena gente, siendo además cliente mío; y yo tengo también mis propios compromisos. Quizá remuerde un poco la conciencia. Creo recordar subidas y bajadas por las escaleras que enlazan los pisos de la Universidad.
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Sueños (68): Traslado a una vivienda de lujo y Amador anfibio

el sueño del traslado a una vivienda unifamiliar de lujo en una zona de chalets al norte de la Plaza Castilla en Madrid
Estoy buscando un sitio al que trasladarnos en una zona de chalets de lujo situada algo más allá de la Plaza Castilla. Localizaré dos posibles viviendas de mucho diseño y modernas que están contiguas. En una de ellas habría que vivir con los dueños. La otra, donde se desarrollará la mayor parte del sueño, es una auténtica maravilla tecnológica de diseño limpio y espacioso, luminoso. Entraré y alucinaré con esta vivienda. Un salón enorme de triple altura, con todo el exterior formado por un duro y grueso, a la vez que nítido, cristal especial, similar al metacrilato. Se podrán colocar cuadros semi transparentes tal cual, sólo hay que adosarlos al lugar donde se desee y se adhieren firmemente con sólo colocarlos, dando unos hermosos y sugerentes juegos de luces, tanto mirando desde el interior hacia fuera como a la inversa, mirando desde fuera.

Desde el espacio principal central, que es ideal y magnífico, arrancarán dos tramos de escaleras hacia las dependencias de arriba. Llevaré a Eva para que vea este sueño de alojamiento. Juntos, o con ella, voy sopesando los pros y contras de venirnos a vivir aquí. Para empezar se sale un poco de nuestro presupuesto. Si ya pagamos alrededor de los 850 euros, este capricho nos costaría unos 1200 euros mensuales de alquiler. Podríamos llegar, pero iríamos muy justos, y eso sin tener en cuenta que puedo tener unos dos o tres de meses malos, profesionalmente hablando, con lo que nos meteríamos ya en una situación ruinosa. Otro inconveniente es el emplazamiento: demasiado alejado del centro. Voy a tener clientes que ya no se desplacen hasta aquí, la otra punta de Madrid. Las ventajas son muchas, principalmente lo felices que seríamos aquí, en un ambiente de paz, tranquilidad, unas hermosas vistas placenteras, alejados del ruido, de las mundanales molestias... Y lo que disfrutaría en esta vivienda de ensueño llena de pureza nuestro hijo Amador. Jodé qué lástima no ir sobrados de dinero para agenciarnos esta casa como segunda vivienda, para los fines de semana.

Pero hay otro inconveniente. Tendríamos que vivir con el dueño, que muchas veces estaría fuera de viaje. Él ocuparía lo mínimo de la vivienda, quedándose la mayoría de los espacios para nosotros (justo al revés de lo que sucedía en la vivienda contigua). Pero perderíamos la intimidad, está claro. De hecho, el dueño acaba de llegar. Según lo veíamos desde fuera es alguien fuerte y ancho, de color, de piel mulata, aunque luego será blanco. Nos da más indicaciones sobre el lugar. Él mismo nos aclara que desde luego viviría él solo aquí, pero que siendo tan caras las letras, necesita alquilar buena parte de la casa. Con lo que parece decidido, que con las cuestiones en contra que tenemos, al final no viviremos en este idílico hogar...

Antes o después de esto, incluso puede que ya hacia el final del sueño, valoraré la idea de trasladarnos a unos pisos que hay por aquí, quizá estaría bien. Además dan prácticamente a la Castellana, y seguro que esta zona está revaloradísima dentro de 30 años, sobre todo en este emplazamiento, donde enfrente se ve la Plaza de toros de Las Ventas.

Ahora tenemos reunión en la majestuosa vivienda. Estoy con el dueño y el fotógrafo Rafael Photoimage. Mientras el dueño y yo charlamos, evaluamos aspectos y/o vemos una película, Rafael está pintando un cuadro de abigarradas pinceladas que cuelga directamente de la pared. El cuadro representa la lluvia nocturna sobre una calzada con adoquines y cosas así (afuera también es de noche en estos momentos). El cuadro de cuando en cuando se irá desarrollando solo, como por arte de magia habrá evolucionado, siendo pintado por Rafael pero sin que le veamos pintarlo. Al final el cuadro tiene movimiento, muy logrado y se ve cómo cae la lluvia, entrellándose con la calzada y cómo se van formando regueros con el agua sobre el suelo, repetidamente, como en una secuencia de continuos loops. Un cuadro que es como una película, vamos, pero siempre con las materias propias y lujuriosas de la pintura.

Después estaremos los tres en el salón con otra chica, charlando de esto o aquello, divirtiéndonos calmadamente, apacibles. Esa chica será a ratos Tirma A., a ratos mi madre, a ratos una mujer madura. Sentados ante una mesa acorde con el diseño liviano y tecnológico del resto de los espacios. Se ve una enorme y preciosa puesta de sol, emotiva, a través del inmenso cristal. Yo ya estoy pensando en irme, que no se me haga muy tarde, que no nos vayamos ya caída la noche, que no tengamos follones de tráfico... Creo que son cerca de las seis de la tarde, según mi reloj, pero todos tenemos horas distintas, aunque aproximadas, en cada reloj. Pregunto a mis contertulios que si nos vamos. Pues... sí. Va siendo hora ya. Una chica muy rubia que se había agregado al grupo, amiga de Tirma, se va injustificadamente, algo temblorosa y extraña, y Tirma en un aparte nos hace saber que se tratan de los efectos del opio.

Bien, levantamos el campamento, hora de irse. En principio el dueño nos llevará a casa en su coche negro tipo Land Rover. Pero se demora contándonos algo y se le pasa la hora, y viendo que ya no nos va a poder llevar, faltando a su compromiso, decide irse sin más, sale de repente de su casa hacia el jardín y desaparece. Qué horror, me tocará regresar por otros medios... Lo que supone el incómodo agobio de un largo viaje en metro de muchas estaciones desde la estación de la Plaza Castilla. ¿No me podrían acercar en coche a una estación más cercana, a medio camino? La saturada boca del metro, agobiante inico de un túnel. Quizá tenga algún encuentro con un par de revisores, según recuerdo vagamente. Y una larguísima cola, ya desde las escaleras mecánicas, de viajeros esperando a lo largo de todo el andén... Un tren que pasa sin detenerse... En fin, situación asquerosa ahíta de humanidad.

Hay otra parte del sueño curiosísima que no sé muy bien donde situar. También transcurre en la maravillosa vivienda de lujo, pero no sé si fue antes de los momentos del cuadro de Rafael, en los principios del sueño o si fue bastante después. En esa parte yo estaba viviendo en la misma formidable casa, era de noche y me encontraba en la planta de arriba, solo con Amador, mi hijo de dos años y medio. Amador reposaba en la cama y estaba embarazado de un feto y esa noche daría a luz. Debería haber una enfermera que ayudara al parto, pero no está hoy. Llamaré por teléfono, nervioso y descondertado, a Eva o a mi hermana para que me indiquen qué es lo que tengo que hacer en semejante trance. Amador está algo quejoso, en su tripa se mueve el fetito y se ven sus extremidades moviéndose ligeramente tras la tripita de Amador. En cuanto nazca la criatura habrá que meterla en un frasco grande con un líquido más o menos amniótico para preservar su vida, según me hacen saber. Pero, ¿y Amador? No podría meterle en ese líquido porque ya no es un "anfibio" y se ahogaría. Esto me desconcierta muchísimo, no sé qué puedo hacer con mi hijo tras el alumbramiento. Miro una vez más a Amador, ahora duerme, en otra postura, extendido en la cama de manera contraria o transversal. Puede que se atrase el misterioso asunto. Esto me tranquiliza.
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Sueños (67): La batalla de los morriones

Sueño de batalla contra soldados de principios del siglo XVI con armadura, lanzas, llevando el casco morrión
Estoy en el rodaje de una película, no sé muy bien desempeñando que función dentro del equipo de una veintena de personas, probablemente, a ratos, realizando la función actoral. Estamos rodando en un descampado o un campo más bien desértico, sin mucha vegetación. En realidad esta parte y la que sigue en el sueño no sé si la vivo una vez o dos veces, en el sentido de que luego me hacen una entrevista o reportaje tipo documental y voy narrando, y con ello reviviendo, todos los hechos. Es posible pues que todo acontezca sólo una vez, mientras me entrevistan y relato, aunque sí tengo la sensación de haberlo soñado dos veces. Seguimos: en el rodaje parece que hay una discusión o faltas de entendimiento y quizá fallos de organización. El director le echará la bronca a un cámara o a otro miembro del equipo.

De repente somos asaltados por un grupo de soldados extranjeros que aparecen detrás de un montículo, gritan y corren hacia nosotros, van armados con lanzas, armaduras metálicas, yelmos, son soldados con vestimentas y armaduras de principios del siglo XVI, con el típico casco denominado "morrión". Matarán de una manera rápida, fulminante, a la mayoría de los nuestros, que quedamos esparcidos por el suelo, heridos de muerte, moribundos, muertos. Yo también yazgo en la primera línea, por suerte me han dado por muerto y han seguido atacando al resto. Pero el capitán de nuestra expedición, de manera heroica, en el entorno de nuestra ciudadela, consigue revolverse rápidamente, reorganizarnos a los pocos que quedamos vivos y presentar batalla a nuestros enemigos extranjeros, consiguiendo una aplastante victoria.
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Un americano en Madrid: 2ª entrega: Zoofilia ecuestre, pero a la inversa

1ª entrega de la novela Un americano en Madrid: Tim y el sueño de la zoofilia con un caballo y una yegua, a modo de condón humano, atravesado por un pene equino
Antes de seguir con la peripecias de nuestro intrépido amigo extranjero, deberíamos describir un sueño caluroso que tuvo nuestro protagonista poco antes de venirse a la capital hispana, Madrid, y que quizá de alguna indescifrable manera fuese un evidente sueño premonitorio de lo que habría de acontecerle en las primeras jornadas de su alucinado aterrizaje en las marismas madrileñas.

El sueño fue bastante largo, con mucho trasfondo contemplativo y bucólico. Se encontraba en vastas llanuras donde imperaban frescas y verdes praderas llenas de animalejos domésticos varios. Gallinas con los ojos pintados como meretrices, cabras con caras azules y asilvestradas, algunos ñus cagando unas largas boñigas con forma de zigurat, sapos que croaban con alegría de plegarias al dios de los sapos, cigarras grandilocuentes que se fumaban a sí mismas, varios conejos practicando entre ellos esgrima con sus enhiestas orejas, vacas despatarradas mirando idiotizadas el vuelo de moscas capadas de un ala... Y demás bichos que suelen infestar los campos con su algarabía de meadas, deposiciones, ruidos y olores.

En el centro praderil, de manera dominante y majestuosa, un inmenso caballo negro de largas y tozudas crines, trotaba con fuerza y elegancia equina. El jaco se acercó con parsimonia regia a Tim, que se hallaba de pie contemplando un lago más bruñido que el espejo de la madrastra de Blancanieves. Tim dirigió fascinado y soñador una mirada amistosa al negro caballo, admirando su musculatura y sus portes aristocráticos. El animal acercó el hocico al trasero de nuestro Tim y aspiró una buena porción de moléculas aromáticas. En seguida el animal soltó una cabriola y aceleró su respiración.

Nuestro azorado Tim pudo obervar como una gigantesca manguera, que emergía de la entrepierna del fabuloso caballo, iba creciendo como si la hinchasen con un fuelle invisible. El descomunal aparato serpenteó en el aire como una sierpe, agitándose convulsamente. Tim contemplaba la escena como si la cosa no fuera con él, como un testigo fortuito de la ventana indiscreta de Hitchcock, y se sonrió imaginando ser un James Stewart granjero y bonachón. No le dio tiempo a fantasear más. De pronto el caballo, con furia y decisión desbocada le dio un empujón con las patas delanteras y antes de caer al suelo, Tim fue ensartado por el culo con la tremenda verga del poderoso animal. Exactamente igual que un pincho moruno, Tim se vio oscilando en el aire con violentas sacudidas, enganchado al miembro fálico del jamelgo como un corcho a la boca de una botella.

Con las furiosas embestidas, nuestro querido amigo se golpeaba la cabeza con el vientre y la panza del formidable animal descendiente de Pegaso. Sentía cómo el aparato caballuno le llegaba casi hasta la garganta y los ojos se le ponían del revés, a punto de saltar hacia fuera igual que canicas y chocar con sonido unísono sobre la afelpada hierba del suelo. Oía relinchos salvajes estremecedores, atronadores, ensordecedores. La tranca del caballo, atravesando las entrañas de Tim, bombeaba y aumentaba su grosor y dureza. Tim tenía la oscura y turgente sensación de ir a reventar de un momento a otro. Con la vista casi nublada del todo llegó a entrever, como a través de brumas nórdicas, cómo ahora el cuadrúpedo trotaba ciego y entusiasmado tras la vulva ojival de una yegua risueña y juguetona.

El caballo, con Tim ensartado y paralizado, se lanzó sobre el lomo de la yegua y en un santiamén, introdujo, de una sola atacada, toda su envergadura masculina hasta la base, con Tim incluido, en las angosturas viscosas y pegajosas de la vagina de la preciosa yegua. Así Tim se convirtió en una especie de condón humano para caballos, ahogándose entre flujos y reflujos. Una adosada piel pulposa y palpitante se cernía sobre él con precisión de guante de látex. Tim, más que respirar, tragaba líquidos abundantes que espesaban su laringe como un denso petróleo.

Dentro de la oscuridad sísmica Tim llegó a estar seguro de que se estaba desmembrando, aunque apenas podía ser consciente del dolor que provocaría semejante desgarro. Y llegó una embestida feroz, la peor de todas, un terremoto de seis o siete descargas rapidísimas, y entonces nuestro anfitrión se partió literalmente por la mitad, una parte derecha y una parte izquierda. Al instante pudo ver luz a través de la raja de la yegua: el caballo había retirado su omnipotente falo. Poco a poco, escurriéndose como un zumo pegajoso, acompañado de otras líquidas y grumosas sustancias, Tim fue goteando desde la hendidura sexual equina hasta el manto verde de hierba fresca.

Ahora su cuerpo estaba repuesto, soldado, aunque con las partes mal ensambladas, como esos muñecos de trapo descosidos y estirados por el paso inquebrantable de las décadas. Sin saber por qué, Tim, entre viscosidades varias, comenzó a llorar con tensión de recién nacido. Y no en vano, simbólicamente, acababa de nacer después de haber sido indignamente descuartizado. La rotunda yegua había desaparecido, dejando un desvalido huérfano humano.

Pero el caballo, más negro que los cojones de un grillo, seguía paseando su prodigiosa presencia, tranquilo, ufano, tierno, desmemoriado. Como acto reflejo el bueno de Tim identificó el porte animal con la sombra enhiesta del padre, de su padre y de la paternidad en general. Pero... de nuevo el caballo, que sin duda padecía de priapismo, volvía a bombear con obcecada insistencia su instrumento genital. Tim, ciego de pavor quiso huir lo más lejos que le permitiese la vaguedad del sueño. Y haciendo un esfuerzo sobrehumano de concentración logró despertar, emergiendo a la vigilia como un náufrago desde profundas simas etéreas.

Podemos imaginar el rotundo asombro de Tim con la vivencia de semejante sueño. Incluso el sueño parecía haber traspasado la frontera del juego de sombras chinescas mentales para irrumpir en la más estricta y pura realidad: efectivamente, le dolía el ano, algo maltrecho y quisquilloso. Pero no lo suficiente molesto como para que la sensación durase eso mismo, lo que dura una sensación. Tim, caviloso, intentó extraer el significado de lo que acababa de soñar. Ser violado por un gran caballo negro tendría que tener un decisivo mensaje. Como no pudo encontrar ninguna decente explicación en los retruécanos rocambolescos de su cerebro, ni aún una mínima interpretación freudiana, acabó por decidir que, con toda seguridad, un sueño de tal calibre sólo podía indicar la certeza de tener una gran suerte en la vida. "Desde luego, eso es", se animó Tim.

Y tranquilizada su conciencia y aplacadas sus punzadas anales, se durmió nuevamente con la beatitud de los benditos y la ingenuidad excesiva de los nacidos limpios de corazón.

[Continuará]
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► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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