Un americano en Madrid: 2ª entrega: Zoofilia ecuestre, pero a la inversa

1ª entrega de la novela Un americano en Madrid: Tim y el sueño de la zoofilia con un caballo y una yegua, a modo de condón humano, atravesado por un pene equino
Antes de seguir con la peripecias de nuestro intrépido amigo extranjero, deberíamos describir un sueño caluroso que tuvo nuestro protagonista poco antes de venirse a la capital hispana, Madrid, y que quizá de alguna indescifrable manera fuese un evidente sueño premonitorio de lo que habría de acontecerle en las primeras jornadas de su alucinado aterrizaje en las marismas madrileñas.

El sueño fue bastante largo, con mucho trasfondo contemplativo y bucólico. Se encontraba en vastas llanuras donde imperaban frescas y verdes praderas llenas de animalejos domésticos varios. Gallinas con los ojos pintados como meretrices, cabras con caras azules y asilvestradas, algunos ñus cagando unas largas boñigas con forma de zigurat, sapos que croaban con alegría de plegarias al dios de los sapos, cigarras grandilocuentes que se fumaban a sí mismas, varios conejos practicando entre ellos esgrima con sus enhiestas orejas, vacas despatarradas mirando idiotizadas el vuelo de moscas capadas de un ala... Y demás bichos que suelen infestar los campos con su algarabía de meadas, deposiciones, ruidos y olores.

En el centro praderil, de manera dominante y majestuosa, un inmenso caballo negro de largas y tozudas crines, trotaba con fuerza y elegancia equina. El jaco se acercó con parsimonia regia a Tim, que se hallaba de pie contemplando un lago más bruñido que el espejo de la madrastra de Blancanieves. Tim dirigió fascinado y soñador una mirada amistosa al negro caballo, admirando su musculatura y sus portes aristocráticos. El animal acercó el hocico al trasero de nuestro Tim y aspiró una buena porción de moléculas aromáticas. En seguida el animal soltó una cabriola y aceleró su respiración.

Nuestro azorado Tim pudo obervar como una gigantesca manguera, que emergía de la entrepierna del fabuloso caballo, iba creciendo como si la hinchasen con un fuelle invisible. El descomunal aparato serpenteó en el aire como una sierpe, agitándose convulsamente. Tim contemplaba la escena como si la cosa no fuera con él, como un testigo fortuito de la ventana indiscreta de Hitchcock, y se sonrió imaginando ser un James Stewart granjero y bonachón. No le dio tiempo a fantasear más. De pronto el caballo, con furia y decisión desbocada le dio un empujón con las patas delanteras y antes de caer al suelo, Tim fue ensartado por el culo con la tremenda verga del poderoso animal. Exactamente igual que un pincho moruno, Tim se vio oscilando en el aire con violentas sacudidas, enganchado al miembro fálico del jamelgo como un corcho a la boca de una botella.

Con las furiosas embestidas, nuestro querido amigo se golpeaba la cabeza con el vientre y la panza del formidable animal descendiente de Pegaso. Sentía cómo el aparato caballuno le llegaba casi hasta la garganta y los ojos se le ponían del revés, a punto de saltar hacia fuera igual que canicas y chocar con sonido unísono sobre la afelpada hierba del suelo. Oía relinchos salvajes estremecedores, atronadores, ensordecedores. La tranca del caballo, atravesando las entrañas de Tim, bombeaba y aumentaba su grosor y dureza. Tim tenía la oscura y turgente sensación de ir a reventar de un momento a otro. Con la vista casi nublada del todo llegó a entrever, como a través de brumas nórdicas, cómo ahora el cuadrúpedo trotaba ciego y entusiasmado tras la vulva ojival de una yegua risueña y juguetona.

El caballo, con Tim ensartado y paralizado, se lanzó sobre el lomo de la yegua y en un santiamén, introdujo, de una sola atacada, toda su envergadura masculina hasta la base, con Tim incluido, en las angosturas viscosas y pegajosas de la vagina de la preciosa yegua. Así Tim se convirtió en una especie de condón humano para caballos, ahogándose entre flujos y reflujos. Una adosada piel pulposa y palpitante se cernía sobre él con precisión de guante de látex. Tim, más que respirar, tragaba líquidos abundantes que espesaban su laringe como un denso petróleo.

Dentro de la oscuridad sísmica Tim llegó a estar seguro de que se estaba desmembrando, aunque apenas podía ser consciente del dolor que provocaría semejante desgarro. Y llegó una embestida feroz, la peor de todas, un terremoto de seis o siete descargas rapidísimas, y entonces nuestro anfitrión se partió literalmente por la mitad, una parte derecha y una parte izquierda. Al instante pudo ver luz a través de la raja de la yegua: el caballo había retirado su omnipotente falo. Poco a poco, escurriéndose como un zumo pegajoso, acompañado de otras líquidas y grumosas sustancias, Tim fue goteando desde la hendidura sexual equina hasta el manto verde de hierba fresca.

Ahora su cuerpo estaba repuesto, soldado, aunque con las partes mal ensambladas, como esos muñecos de trapo descosidos y estirados por el paso inquebrantable de las décadas. Sin saber por qué, Tim, entre viscosidades varias, comenzó a llorar con tensión de recién nacido. Y no en vano, simbólicamente, acababa de nacer después de haber sido indignamente descuartizado. La rotunda yegua había desaparecido, dejando un desvalido huérfano humano.

Pero el caballo, más negro que los cojones de un grillo, seguía paseando su prodigiosa presencia, tranquilo, ufano, tierno, desmemoriado. Como acto reflejo el bueno de Tim identificó el porte animal con la sombra enhiesta del padre, de su padre y de la paternidad en general. Pero... de nuevo el caballo, que sin duda padecía de priapismo, volvía a bombear con obcecada insistencia su instrumento genital. Tim, ciego de pavor quiso huir lo más lejos que le permitiese la vaguedad del sueño. Y haciendo un esfuerzo sobrehumano de concentración logró despertar, emergiendo a la vigilia como un náufrago desde profundas simas etéreas.

Podemos imaginar el rotundo asombro de Tim con la vivencia de semejante sueño. Incluso el sueño parecía haber traspasado la frontera del juego de sombras chinescas mentales para irrumpir en la más estricta y pura realidad: efectivamente, le dolía el ano, algo maltrecho y quisquilloso. Pero no lo suficiente molesto como para que la sensación durase eso mismo, lo que dura una sensación. Tim, caviloso, intentó extraer el significado de lo que acababa de soñar. Ser violado por un gran caballo negro tendría que tener un decisivo mensaje. Como no pudo encontrar ninguna decente explicación en los retruécanos rocambolescos de su cerebro, ni aún una mínima interpretación freudiana, acabó por decidir que, con toda seguridad, un sueño de tal calibre sólo podía indicar la certeza de tener una gran suerte en la vida. "Desde luego, eso es", se animó Tim.

Y tranquilizada su conciencia y aplacadas sus punzadas anales, se durmió nuevamente con la beatitud de los benditos y la ingenuidad excesiva de los nacidos limpios de corazón.

[Continuará]
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► web de escritor: www.josemartinmolina.com
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