Sueños (189): Haciendo deporte

Boca de Metro de Madrid Centro, haciendo deporte en el Metro de Madrid
Deportivo sueño el que tuve ayer. Previamente me hallo con la pandilla (amigos indefinidos) en las lindes de un parquecillo. Pero su conversación, pueril y juvenil, me aburre. Su presencia me resulta repetitiva, cansina. Así que me las piro, sin dar explicaciones. He decidido, para ponerme bien fuerte, tonificado y atractivo, hacer todos los días algo de deporte. Y ya me veo corriendo por las calles de Madrid y por los túneles del Metro. No se trata exactamente de hacer footing, sino de correr con buena velocidad. Me lanzaré a una peculiar ruta: voy siguiendo todas las estaciones de Metro de una línea concreta de la siguiente manera: me adentro por una boca de Metro, atravieso algún pasillo y algún andén, salgo por la siguiente boca de Metro hacia el exterior, recorro, siempre sin dejar de correr, el trayecto hasta la próxima apertura del suburbano cruzando plazas y calles, para de nuevo adentrarme por los túneles, alguna que otra escalera mecánica y después volver a emerger a la superficie urbana. Y así sucesivamente. Me alegro de haber escogido está línea de Metro, que es de las menos profundas de la capital, evitando el tener que precipitarme por largas escaleras mecánicas e interminables pasadizos, como sucede con la línea 9.

Lo más sorprendente es que nunca, en ningún momento, me cansaré. Podré marchar a la carrera ininterrumpidamente, sin que la fatiga física me obligue a parar o aminorar el ritmo. Entre medias, en paralelo, mientras sigo mi acelerada galopada, me interno en una piscina privada que se ubica tras el murete blanco de uno de los pasajes enterrados del Metro. No sólo yo, sino otro chaval que surge repentinamente, escalaremos a la vez dicho muro. En el recinto de este espacio reservado se forma un altercado con los socios y dueños de este exclusivo club, que intentan echarnos con cajas destempladas. Como decía, este capítulo aparte tiene lugar según sigo mi deportiva marcha, como si me hubiese desdoblado en dos simultáneas acciones.

Al término de mi deportivo e imparable itinerario, tras una hora o quizá dos de veloz trasiego, me encuentro ante mi hermana y mi padre. Les participo con alegría y manifiesto orgullo mi ejemplar hazaña gimnástica.


Hoy he soñado con la joven actriz Graciela de Santos. Circunstancias menesterosas en las que se veía envuelta, nos condujeron a apadrinarla como hija. Graciela entraba a formar parte de nuestra familia y a convertirse en la hermana de nuestro vástago Amador, que en el sueño tenía mucha más edad que los tres añitos y medio que tiene en la realidad.
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Sueños (188): Mi difunto padre se muere

Figura yace en un espejo, una obra de Francis Bacon
En la cocina de nuestra casa, una vivienda distinta en esta ocasión, nos afanamos en los preparativos de la cena. Mi padre ha venido a pasar sus últimos momentos con nosotros. Le queda poco tiempo de vida. Suelta sus postreros comentarios venenosos contra mi hermana, que si no vale para esto, que si no vale para lo otro y algunas otras ponzoñas semejantes. Toleramos sus desmanes, aunque mi hermana los sufre visiblemente, por el extremo estado de su salud, que indica, con bastante evidencia, que no verá la luz del día de mañana. Efectivamente, todos presumimos que esta noche habrá de finalizar su existencia.

De a poco, por instantes, mi padre va poniéndose cada vez peor. Su piel, en distintas zonas, va adquiriendo extrañas coloraciones tumefactas. Empiezan a salpicarle temblores y calambres por todo el cuerpo. Realmente va asumiendo cada vez peor aspecto. Quizá se está aproximando ya su final. Renqueante, lacerado, doliente, emprende un dificultoso camino hacia el dormitorio que hay al término de un oscuro pasillo. La noche se filtra a través de las ventanas. Yo le acompaño a la puerta cerrada de la habitación. Su intención es aislarse a sufrir su agonía en solitario, pero me niego a dejarle solo, así que entro con él en el cuarto. Mi viejo siempre ha tenido mucho pudor de exhibirse a los demás cuando ha estado muy enfermo, mas ahora ni siquiera tiene fuerzas para rechazar mi presencia. Y para mí supone una segunda oportunidad: no estuve con él cuando se murió en la realidad, así que ahorita no pienso abandonarle en el último trance.

Sobre la cama grande de matrimonio se agudizan sus convulsiones y las tumoraciones. En el cuarto sólo estamos los dos, pese a que hay más familiares en esta ajena morada nuestra. Le ayudo, le calmo, con cierta frialdad, sin estar anegado por las terribles emociones de ver morir a un padre. En un arranque del mal, él se caerá al suelo. Me tumbo sobre él, como para darle aliento. Le doy ánimos y consuelo, hablándole quedo y sin cesar. Le fascina mi capacidad de dulzura, ignota para él, y así me lo transmite en un leve momento en que le dan tregua los sufrimientos.

Y sigue, imparable, el curso de sus estragos. Se está descomponiendo como una pasa. Los achaques alcanzan grados críticos. Sin embargo, contra pronóstico, sucede un aparente milagro. Vertiginosamente mi progenitor presenta una espectacular mejoría. Sorprendente, muy sorprendente. Le digo que haga un esfuerzo, que no se deje ir aún, que todavía puede llegar a Navidad, que ya quedan apenas unos pocos días. De esta forma volvería a cumplirse el amuleto verbal que durante tantos años, a modo de chiste, ha utilizado mi padre, funcionándole hasta la fecha, que no es otro que el de decir de vez en cuando "Este año no llego a Navidad".

Han cesado los calambres, las mutaciones cromáticas de su piel. Parece que estamos ante un gran receso de la letal afección. Maravilloso. Qué tranquilidad. En la habitación, desde cuya estrecha ventana, situada en un piso 12 ó 15, se ven las luces nocturnas de la ciudad. A nuestro lado, sentado en una butaca, algo grueso, ha surgido mi tío Antonio. Otra sorpresa para mí, porque, ¿mi tío no había muerto también? Desde luego en el aquí y ahora está bien vivo. Y de alguna manera esta suntuosa alcoba no deja de tener similitudes con la correspondiente del piso de mi tío. También, de pie, a nuestra vera, se halla el larguirucho hijo de mi tío Antonio. Sin embargo no se trata de mi primo Chenchu, sino de otro hijo único. Yo le haré un cínico comentario a mi padre sobre la dudosa procedencia de ese hijo, sin que me oigan los demás. Papá pilla la indirecta y se ríe malévolo. Mi tío, amoscado, indaga sobre lo que nos hemos dicho. Nada, nada, respondemos, quitándole hierro al asunto.
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Sueños (187): Elogios de Plácido

El escritor Plácido Díez Gansert
Plácido y yo coincidimos a la hora del desayuno en la cocina de la fonda donde nos alojamos. Parece que es nuestra residencia permanente o al menos lo ha venido siendo durante largo tiempo. Sentados a una mesa cuadrada blanca, uno frente al otro, Plácido de espaldas a la pequeña ventana del fondo, los dos trabajamos sobre unas cuartillas, repasando algunos de nuestros recientes escritos. Cada uno absorto en sus textos, concentrados. Últimando con prisa los últimos apuntes antes de salir cada cual a sus quehaceres. Casi todo este tiempo ni nos hemos dirigido la palabra, de tan enfrascados como estábamos en nuestra particular tarea literaria. Ahora, recogiendo, ya de pie, realizando los postreros preparativos antes de partir hacia nuestras respectivas labores, Plácido alabará uno de mis libros -no recuerdo cuál-. Yo también celebraré su obra, según creo recordar. Más cosillas de este tenor sucederán en este breve espacio, mas la memoria las ha borrado. Finalmente, Plácido se vuelca sobre mis folios garabateados. Relee ávido y entusiasta. A los márgenes, escribe con presteza algunas anotaciones sobre mis escritos. No se trata de correcciones, sino de importantes notas que le sirven a él. Sorprendido, sincero, emocionado, elogiará mi capacidad literaria.
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Sueños (186): Médicos estrambóticos

Médicos estrambóticos de ambulatorio
Me despierta Eva con besitos suaves y preciosos que me está prodigando por todo el cuerpo. Y me está poniendo bien cachondo. Pero tengo el pito perjudicado, aún no se ha recuperado el pobrecito de la infección. Cerca del capullo hay ahora una pequeña rojez. Durante unos instantes, sorprendentemente nuestra cama de matrimonio se hallará en la vía pública, a los ojos de unos cuantos viandantes, como si nuestra habitación fuese un coche. Sopesando el tema, no queda otro remedio que ir al médico hoy mismo, sin falta. Así Eva se afana en llamar por teléfono para conseguirme una consulta para esta tarde. Oímos un contestador automático que nos indica que las últimas personas que han llamado están siendo citados para las 12 del mediodía. Tendríamos que llamar más adelante ya que se asigna número según el orden de llamadas. Pero no, le digo a Eva, aunque estén dando consultas para esa hora, bien podemos alegar que no nos interesa ese horario y que nos den citación para la tarde. Eso haremos. Con el resultado de conseguir para esta tarde no una sola visita a la consulta del médico, sino dos. Dos consultas, con dos médicos distintos, uno para el tema del rabo, el otro para Dios sabe qué. Más hay un ligero inconveniente: entre ambas consultas apenas media un cuarto de hora. Como se atrase la primera, que tendrá lugar a las 4 y media, no llegaré a tiempo a la segunda, con lo que tocará aguardar hasta que termine la jornada para que me atiendan... Y como no me dé prisa ni siquiera voy a llegar a la primera...

Me hago un lío tremendo con los preparativos. Me falta esto y lo otro. No encuentro la cartera o las llaves o mis pantalones y otras cosas semejantes. No entiendo el por qué no hallo las cosas, no es propio de mí. ¿Qué me está pasando? Nervioso busco y rebusco. De continuar así fijo que no llego. A todo esto ha irrumpido en la vivienda Tania de Francisco. No sé con qué objeto, pero me descuadra más aún. Circula por aquí como Pedro por su casa, organizando, colocando, disponiendo. Me meterá tres personas en casa. Dos chicas y un chico. Vaya, ¿Y con estos intrusos cómo abandono yo tan tranquilamente el hogar? Con Tania no hay problema, es de confianza. Sin embargo no me fío de estos tres desconocidos trasteando por aquí... Y Eva no está, ha hecho mutis hace un buen rato.

Finalmente, por suerte, los tres visitantes se largarán. Su presencia no requería mucho tiempo. Me despido del chico en la caja de escaleras. Él sube, yo bajo. Es plausible que Tania sí que haya permanecido en nuestros aposentos. En un periquete me planto puntual en el despachito del primer médico. Que será un colegiado de lo más variopinto y estrafalario. Frisa la treintena, lleva unos cabellos alborotados y abultados, viste con desorden y falta de armonía. Tiene carácter, es apuesto, muy despistado, extrovertido y fuera de lo común. Está pendiente de mil cosas a la vez en lugar de centrarse en mis explicaciones. Repetidamente entra gente interrumpiéndonos, que si una enfermera, que si otro colega de profesión, que si una secretaria. Él habla con todos, anteponiéndoles a mí. Para más complicación la consulta muta alternadamente: ora es un espacio cerrado con su obvia puerta de entrada, ora es un cuadrilátero abierto al público similiar a la cabina de recepción típica que hay en el hall de las clínicas y hospitales.

Sólo consigo que me escuche frases entrecortadas. Que si hace meses que acarreo este mal. Que si no vine antes porque tampoco me resultaba grave el asunto al haberse producido una sustancial mejoría. Que si lo raro es que a pesar de la gran mejoría, no terminase la sanación de cuajar del todo. Etcétera. Le pregunto que si quiere que se la enseñe. La minga, claro. Le sañalo que hace meses la médico que me trató no consideró necesario verme el pene. Aquí el médico se hace de cruces, le parece que la anterior médico incurrió en una desfachatez profesional al no haberse dignado a echarme una ojeada a mi sexo. Éstas cosas hay que verlas. Me dispongo pues a bajarme los pantalones y los calzoncillos, dudando antes si este tío será homosexual o no. Lo cierto es que a todas luces no lo es. Como era previsible se producirá otra interrupción. El doctor tiene que salir un rato por un imponderable. Me dice que vuelve en seguida, que le espere aquí. Y veo cómo se aleja montado en un caballo negro. Sí, tal y como suena, ¡montado a caballo con la mayor naturalidad! Entre los pacientes y los asientos que inundan las salas de espera.

Si lo medito, no estoy nada convencido de que vaya a regresar este individuo. Y tampoco está poniendo demasiado interés en resolver mi tinglado. Ni tampoco me ha recetado algo nuevo. Si está claro que no tenía que haber venido... Siempre me sucede lo mismo con los médicos: no hay forma de que me ofrezcan soluciones ni remotamente eficaces. No obstante, ya que estoy aquí, aprovecho el lapsus para reunirme con el segundo facultativo.

Será un tipo afable y sesentón. Es bastante evidente que este sí que tiene ramalazo y pertenece a la otra acera, y esto me desconcierta un poquitín. Él, junto con algunas enfermeras y otros camaradas, se sientan en semicírculo para escucharme. Yo me ubico en una cabina -similiar a la cabina de recepción típica que hay en el hall de las clínicas y hospitales-, como si fuese yo el que me ocupase de ellos. Lentamente empiezo mis aclaraciones y puntualizaciones sobre el estado de mi aparato reproductor. Y... no recuerdo más.


He soñado otra cosa aparte. Antes o después de lo relatado. Hojeando mi libro "Sueños" (el primer tomo), descubro con fascinación un jugoso sueño que no recordaba ni haber escrito ni haber leído.
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Sueños (185): Plácido adquiere el libro electrónico de Penetraciones

novela Penetraciones
Tras varios inciertos aconteceres y algunos desdibujados recorridos, arribaré a una fiesta, una reunión de diversa gente. Tal vez un acto social relacionado con la presentación de algo. Al final del conciliábulo, que se desarrolla principalmente en una alargada nave, aunque también, de a ratos, en un inmenso parque urbano -similar al Retiro de Madrid-, cuando casi todos los asistentes han desaparecido, me encuentro paseando y charlando con el escritor Plácido Díez Gansert. Con el mismo aspecto, delgado y rejuvenecido, que tenía hace años en el tiempo en que éramos compañeros, más o menos distantes, del instituto. Ante mi sorpresa me comentará que compró el libro electrónico de mi novela "Penetraciones". Actualmente la está leyendo y ya me hablará al respecto. Me halaga su iniciativa secreta y su interés. Le respondo que hace tiempo que estoy pensando en adquirir su primera novela, "El profesor", y que cómo prefiere que me haga con ella, si a través de Bubok o si a través de su reciente editorial o si de otra manera.

Emprendo el camino de regreso. Un largo paseo longitudinal entre edificios, zonas ajardinadas, muchos viandantes, sin tráfico. Como si fuera un día apacible de domingo. Ahora, en medio del camino, impidiendo su tránsito, hay una mediana piscina municipal (o perteneciente a una urbanización), con su alto vallado separador. Para sortearla me veo en la obligación, tal y como recuerdo que tuve que hacer en la ida, y tal y como hacen otros caminantes, de escalar un muro retranqueado y situado en paralelo a la vía central, para luego descender del otro lado de la piscina y retomar la vereda. Escalar pues al igual que los gamberros que se cuelan de extranjis en los recintos vedados. Esta vez me costará más superar la altura de unos tres metros. Para ello me apoyaré en una reja metálica.
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Sueños (184): Obras en casa

Hueco en la pared y obras en casa
Hay una avería en una de las paredes del cuarto de estar de nuestro antiguo piso de Alcorcón. Un obrero se afana en arreglar una oquedad rectangular que deja entrever los entresijos del muro que linda con la cocina. Aunque conozco al trabajador y parece ser amiguete mío, no logro identificarle. Hablaremos mucho, constantemente, de unos temas y otros. También, a posteriori, un pintor bastante guasón, se encargará de pintar de nuevo todas las paredes de la salita. Así llega el segundo día en que las obras han terminado y hay que pagar a los operarios. Horror. Yo no tengo dinero en casa, no sé cómo voy a poder apoquinarles. También estoy asustado con el precio, ya que no tengo ni idea de lo que piensan cobrarme. Cabe la posibilidad de que no haya que aflojar guita si estos gastos corren a cargo del seguro de la comunidad, que sería lo lógico pues no somos los culpables de este desaguisado. Entra en lo posible, además, que al ser colegas no me cobren nada... Se acerca el momento de la verdad que me hará salir de dudas. El primero en valorar su labor será el pintor. Hace sus cálculos mentales y espeta sus honorarios: unos 97 ó 98 euros. No es una cantidad abusiva. Normalmente la pintura de una habitación de estas características viene a salir por 90 euros. Mi madre hace acto de presencia y con la mayor de las desenvolturas abona los servicios del pintor. Ahora el obrero dará su diagnóstico: alrededor de 200 euros. Lo mismo, mi madre, sonriente y despreocupada pagará a tocateja. Y aclara que esto "no lo pagamos nosotros".
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Sueños (183): De paseo con Juan y la naturaleza de las mujeres

De paseo con Juan y la naturaleza de las mujeres
Harto de los problemas y los contratiempos inenarrables e innumerables y desesperantes que el ordenador no cesa de ocasionarme y que me atrasan e impiden trabajar con normalidad, decido desentenderme por un rato y bajar al portal a echarme un cigarrito y calmar los nervios (esto está basado en la realidad del repugnante día de ayer, con la diferencia de que aunque lo pensé, al final no bajé a la calle). En el portal, antes de salir, me encuentro con Juan, el portero del inmueble. Tiene algo que contarme. Anoche se lió una tremenda con los tipos de una despedida de solteros de Villalba, a cuya celebración, para hacer mi personaje infiltrado, no me presenté. Yo creo que había quedado claro que no iba a asistir. Pues ellos aparecieron a las tantas de la madrugada, armando escándalo y aporreando la puerta de la vivenda de Juan -que en el sueño se sitúa, tras atravesar un mínimo patio, en el piso bajo de nuestro bloque-, para que les informara de cuál es mi piso. Me quedo sorprendidísimo de que estos camorristas cabreados supiesen la calle y el portal donde vivo... Quizá lo encontrasen buscando en la guía telefónica...

Juan tiene que comentarme que es lo que pasó. Por lo visto se armó una bien gorda. Pero es el caso que tiene que salir a dar una vuelta. Me pide que le acompañe para continuar con su relato. Mi intención era quedarme sólo un rato al pie del portal. No contemplaba el darme un paseo, mucho menos con el estrés que tengo, ya que se podrían desatar mis paranoias. Mas me interesa mucho lo que ha de narrarme él, así que me dejo llevar y comenzamos a recorrer calles estrechas, que son distintas a las reales. Nuestros pasos se lanzan en línea recta, de manera perpendicular al portal. Me sorprende mi tranquilidad, sin amenazas. Al cabo, Juan me insta a seguirle al interior de la enorme cocina de un restaurante a la que se llega desde la acera de enfrente. Se trata de picar algo. La cocina, inmensa y algo oscura, está prácticamente vacía, con un solo trabajador que nos ignora. Para que no nos tomen por intrusos, Juan le hará una seña a un jefe que estaba a punto de marcharse, y éste le devolverá el saludo al instante. Comemos cualquier cosa. Mientras yo alucino de cómo mi acompañante se salta a la torera las obligaciones y los horarios de su trabajo.

Ahora viene una parte algo difusa. Una laguna en que no sé cuáles son las transiciones. Sigo andando y alejándome del hogar, contra todo pronóstico. Si bien al principio seguía la caminata con Juan, en breve mi compañía es distinta. Esta vez charlo y pateo la ciudad junto a Patricia H. Z. (Puede que entre medias anduviese un trecho con mi madre, pero no podría asegurarlo).

Hablamos mucho Patricia y yo. A gusto. Nos detenemos en una plaza. Nos sentamos. Un grupo de creciditos adolescentes por allá. De cuando en cuando, durante todo el camino y más en estos momentos, aquí sentados, al pie de unos escalones, ella se me insinuará. Al principio levemente, empero cada vez con más evidencia. ¡No doy crédito! ¿Qué pasa con su pareja Héctor? Intento, desde luego, ignorar sus señales de acercamiento. Aunque cada vez me tientan más, que uno no es de piedra... Es justo cuando reaparece Juan y nos salva de la tentación. Se acerca a nosotros para que sigamos el trayecto. Patricia rehúsa, prefiere recogerse. Se irá en la dirección opuesta, hacia la zona de Alonso Martínez. Nosotros regresamos.

Se nos ha hecho de noche. Avanzamos con más prisa. Yo sigo sin tener sobresaltos. Esperanzado ya ante el último tramo. Juan decide que nos internemos por el recoveco de un edificio curvado de ladrillo. Yo lo prefiero, es más seguro para mí. A través de ese pasadizo llegamos al interior de una construcción en obras, un bloque de viviendas casi terminado que se alza junto a nuestras viviendas. Desde ahí, desde la planta baja, entre escombros y andamios, podemos acceder, con una cierta pericia gimnástica, al interior de nuestro portal. Juan lo logra sin problemas, mas yo me atasco, equivocando la ruta de tablas y huecos, quedándome atrapado en el semisótano lleno de arena y sacos y otros utensilios. En un tris salgo del apuro, emergiendo por una extensa zona del semisótano que no tiene techo.

Después, ya en casa, le comentaré a Eva la actitud seductora de Patricia H. Z. Ante mi asombro, Eva la defiende, alegando que si su novio, por motivos laborales, la tiene abandonada... Y me confiesa que a ella misma le está empezando a gustar un chico, joven para más señas. Hay que ver cómo sois las mujeres -diré- que sois incapaces de esperar. En seguida, en cuanto no se os dedican las atenciones semanales cuasi obligatorias de cariño y atención amorosa, ya os estáis buscando por otro lado el alimento de vuestra vanidad. Y sabes que yo ahora no puedo, hasta que no se me cure lo del pito. Y aún así... En fin. Está en vuestra naturaleza...
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Sueños (182): Descalzo de un pie y otras sorpresas

Andando por la calle descalzo de un pie
Sólo he podido rescatar tres momentos inconexos del olvido. En el primero de ellos, a través de la madre de Eva, mi suegra, que yace tumbada en una cama estrecha, quizá hablando tranquilamente con su otra hija Maria José, en una habitación que de alguna manera se asemeja a la que tuve en el piso de Alcorcón, me entero que le han detectado, desde hace tiempo, un tumor a Eva en las partes vaginales. Noticia que ignoraba y al oírla (sin estar presente en la misma habitación) y serme así revelada, me produce estupor y miedo. Y no es lógico. Porque se supone que Eva iba a llegar a la senectud y que de tener alguna enfermedad, sería otra muy distinta. Pero me tranquilizo porque seguramente todavía estemos a tiempo, es factible que todavía tenga remedio. No obstante, esta situación se vive sin dramatismos, sin que tenga en absoluto las terribles dimensiones que tendría algo semejante en la realidad. Es algo vago, sin contundencia, sin relieve. Incluso la misma Eva permanece impasible.

Después saldré del portal de un edificio tras realizar una transacción imprecisa. Y regreso por la calle a mis cuarteles, muy cercanos. A los pocos pasos descubro que estoy completamente descalzo de un pie. Ni calcetín ni la bota militar que suelo llevar. Un pie calzado y otro, el derecho, desnudo. Me resulta bien gracioso dar la nota de este estrambótico modo en la vía pública. Correteo, salto, me hago el excéntrico. Me divierte mucho que otros viandantes reparen en mi alocada falta de prejucios. Un espíritu libre que no se sujeta a normas establecidas. Y que hace lo que le da la real gana.

Tercer instante: En una nave similar a un hangar hay dispuestas muchas hileras de alargadas mesas preparadas para el almuerzo. Un almuerzo cotidiano y nada festivo, más asociado a un parón entre dos turnos laborales. Podemos ser fácilmente un centenar de comensales. En nuestra mesa, situada en uno de los extremos, también llamaremos la atención, seremos la nota discordante, con clara vocación exhibicionista. Pondremos la mesa en sentido transversal al resto de mesas y con mucho jaleo y algazara damos bombo y platillo a una celebración que vamos a dar. Nuestro grupito de unos quince amigos en pie, bebiendo, brindando, armando escándalo. Muy entusiastas, destacan Gus y Albero como organizadores y pregoneros del fiestón.
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Sueños (181): Mundo Gay

sueño (181): Mundo Gay
Parece ser que se trata del apartamento de Joël, o al menos lo será durante un rato. He venido a pasar, impensadamente, la noche aquí. Y a todas luces me he emparentado de alguna manera con Joël (quizá sólo por esta noche), que estará encantador, como siempre, y se comportará como un perfecto anfitrión y maestro de ceremonias. A ratos estaremos en las primeras horas del día, a ratos bien entrada la noche. Por el piso, con un espaciado, atiborrado y bastante desordenado salón, que cumple de alguna manera las funciones de picadero, circulan unas dos o tres parejas gays. Una de esas parejas está formada por dos rudos y vulgares machos, bajitos y fortachones, de recia barba, vestidos con la clásica cazadora de borreguito de Levi's, y aunque son homosexuales declarados, se comportan como auténticos machotes heteros. Por ejemplo, pasan los dos un instante, uno tras otro, y emiten, cada uno, un sonoro, feo y nada femenino eructo. Sólo nos acompañarán un rato. Vistos y no vistos.

Hay también un par de sarasas entraditos en años. Viejas cucas. Nos sentamos a la mesa camilla redonda plantada en el centro de la sala. Charlamos. Algo después reposo en el sofá junto a Jorge Riquelme. Estamos tumbados y vestidos, como los demás, con ropa de invierno. Por descuido toco su pierna huesuda y dura. La verdad que no entiendo cómo se puede sentir atracción por un cuerpo que no tiene las blanduras y suavidades femeninas. No termino yo de verle la gracia al cuerpo masculino, mucho menos para amarlo.

Es el caso que Jorge se enfada muchísimo conmigo porque cuando procedo a describirle cómo es él, cómo le veo yo, diré, entre otras cosas, que es muy "amoroso". Yo, refiriéndome a su carácter bondadoso, realmente le estoy haciendo un cumplido, mas él se lo toma como un gravísimo insulto. Él no es "amoroso", me replica dolido, consternado. Intento calmarle, aclarando el equívoco. Le explico lo que quería decir, sigo enumerando otras cualidades suyas, bastante valiosas. Este pequeño disgusto de Jorge me lleva a pensar que quizá no le conozca bien del todo, quizá me haya hecho una idea apresurada de él partiendo tan sólo unas meras observaciones. Tal y como le comento, los escritores solemos tener ideas prejuzgadas de las personas. Recapacito y es posible que detrás del Jorge afable, sonriente, bonachón y sin dobleces que conocemos todos, haya otro Jorge muy distinto, más oscuro, más enrevesado, más complejo. Habrá que tenerlo en cuenta.

A continuación o a modo de flashback, durante o después, o puede que como situación primigenia del sueño -según vagamente rememoro-, Jorge y yo pasamos de la quietud del sofá a una bulliciosa fiesta nocturna en el jardín de un chalet. Entre el numeroso gentío quizá se encuentren Valentín y Yolanda Barrasa. Pero sólo quizá, ya que esta parte permanece muy desdibujada. En dicha fiesta debe ser que intento un romance con una chica, pero se me escapa. Qué distinto es el mundo gay en esto, donde las relaciones se entablan con muchísima más facilidad, sin los farragosos y típicos desajustes de los sexos contrarios. Ante un grupito que me hace eco, me jacto de mis recientes conexiones con el universo de los invertidos. Según la lógica del sueño, mis líos con ellos (en que curiosamente la sexualidad ni existe ni me resulta remotamente imaginable) se derivan de una política mía de ascenso social que me está reportando mejores satisfacciones.

Y de nuevo volvemos al habitáculo previo de Joël. Entro en el servicio que se halla accediendo desde una puerta del salón: me estoy meando. El cuarto de baño es un desastre, está destartalado y desordenado, con abundantes regueros de orín anegando el suelo. Yo dirijo mi meada en parte dentro del váter, en parte en el mismo suelo.

Son las tres de la madrugada cuando irrumpe en el hogar una mujer mayor. Es la madre de nuestro anfitrión y la dueña del piso. Inmediatamente, los cuatro que estamos presentes, sentados a la mesa camilla, nos ponemos a disimular como chiquillos traviesos, enterrando las inclinaciones homosexuales en el armario. Aquí ya nadie tiene pluma.
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Sueños (180): Un par de encargos y Javiertito bailón

fachada del Museo Reina Sofía
Tengo que realizar dos imprecisos trabajos para el grupo Ordaz, unos clientes míos, arquitectos e ingenieros, que tienen su residencia en Andalucía. No termino de aclararme con los encargos. Uno de ellos está relacionado con colocar algo indeterminado en las fachadas del Museo Reina Sofía (que en el sueño tiene otra fisonomía y se ubica en la ronda de Atocha, muy próximo a la glorieta de Embajadores). Y yo me pregunto: ¿realmente tienen permiso total, sin la necesaria revisión o aprobación, para efectuar una instalación de tanta resonancia que estará a la vista de todo el mundo? De ser así, mi acción podría otorgarme bastante reconocimiento de un plumazo... Y esto me entusiasma. Por lo pronto, a modo provisional, he clavado un desapercibido bastón (o paraguas, o señal de tráfico) sobre el dintel de la entrada de un pasillo discreto del recinto.

Como es complicado desempeñar mi función sin saber exactamente mi cometido, decido desplazarme a Andalucía, al entorno laboral de mis clientes. Me planto en sus despachos de sopetón, sin transiciones. Al parecer he viajado en mi coche, pero según la lógica del sueño basta con concentrarse firmemente en el lugar de destino para que el trayecto no se perciba y dure lo que dura un suspiro -aunque hayan sido cuatro horas de recorrido-.

La reunión con ellos es bien desordenada y confusa. En la estancia constantemente cambia el personal y por lo tanto mis interlocutores. Primero hablo con el hermano menor, que transmitiéndome una serie de breves vaguedades da por explicado el asunto de mi tarea. Evidentemente, yo necesito saber más. Después cruzan el espacio dos de sus hermanos. Se abre una puerta lateral y emergen un abogado y una abogada, que aunque ajenos a los Ordaz, comparten con ellos el mismo piso. En la salita de recepción donde nos hallamos, todos los ocupantes se apelmazan al lado de una pared, como si posaran para que les tomaran una foto. Todos van vestidos exactamente igual, con los mismos trajes oscuros y elegantes. De entre todos los presentes yo soy el único que da la nota discordante, ataviado de manera muy diferente a los demás. Al poco la sala se llena de críos con algunas de sus madres. Los chiquillos me requieren, me preguntan, quieren jugar conmigo. Y estoy dispuesto a satisfacerles.

Se produce un salto. Ya he regresado a Madrid. Estoy en casa. Mi amigo Javiertito, como si de un espectro se tratase, hace repetidas apariciones, bien a través de una ventana, bien a través de otra, bien a través de una oquedad, y siempre surge bailando, con singulares y muy originales movimientos sincronizados y espasmódicos. Su comparecencia me extraña mucho, ya que actualmente vive en México. ¿Por qué viene una y otra vez a España? En los escasos instantes que consigo cruzar palabras con él, colijo que forma parte de un grupo de bailarines adscritos a una especie de secta pseudo-religiosa auspiciada por un maestro bailarín. También le veo danzando con algunos de sus compañeros, en complejas coreografías en las que siempre es él el protagonista. Realizan frecuentes giras por nuestras latitudes. Nunca había visto a mi amigo tan emocionado con una actividad concreta, después de haber hecho miles de cursos de lo uno y de lo otro. Está exultante, imparablemente bailón, feliz, desvinculado, eludiendo con despreocupación sus responsabilidades familiares. Intento enterarme de cuánto dinero gana con sus espectáculos. Siempre se mantiene evasivo con respecto a este tema, hasta que al final, vagamente menciona que no gana mucha guita con esto. Prevalece la ilusión sobre el pragmatismo. Hasta tiene ahora un nombre artístico -que he olvidado-. Ahora reaparece y procura introducirse por un hueco de ventilación que hay en mi techo, por el que apenas cabe, pero no sé cómo logra atravesar.

En la calle, bajo árboles frondosos, en el entorno de lo que podría ser un rodaje cinematográfico, me encuentro con Toni Márquez. No sé la relación que existe con Javiertito, puede que uno se haya transmutado en el otro. Me sorprende que Toni, a modo de renacimiento actoral, haya cambiado también, para siempre, su nombre artístico -que tampoco recuerdo-. Ha dejado de ser el actor llamado "Toni Márquez", a pesar de que mucha gente ya le conocía por ese nombre.
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Sueños (179): La última borrachera

Un mensaje en el buzón de voz de mi teléfono móvil
Hace unos días soñé con que escuchaba un mensaje del buzón de voz de mi teléfono móvil. Se trataba de Eva Morales, que en una larga perorata, con animada y cantarina voz, me invitaba a una reunión de amigas que se celebraría el siguiente fin de semana. Mostraba sumo interés en que fuese a la cita. Por esto y otras razones, con estupor inferí que Eva quería tener un romance conmigo. Y no sólo eso, sino que desde hacía mucho tiempo, de manera secreta, albergaba hacia mí una intensa pasión. Además, ¿qué sucede con su pareja?, ¿acaso lo han dejado?, ¿o piensa engañarle? Demasiados interrogantes. Sopesando la cuestión, no tengo muchas ganas de ir. Aún recuerdo, con amarga repulsa, la última nefasta vez que salí de copas. Estuve con David Pastor en un par de baretos, y en menos de hora y media, con tan sólo tres cubatas que ingerí con endemoniada prisa, me puse borrachísimo y por añadidura malísimo. No me tenía en pie y apenas podía articular una frase coherente, así que no me quedó más remedio que retirarme al hogar, a recuperarme de mi maltrecho cuerpo.
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Sueños (178): Clases de entrenamiento, amigos emigrantes y soldados del siglo XIX

Retomo de nuevo, como en sueños anteriores recientes, las clases de teatro e interpretación, a modo de entrenamiento. En una pequeña sala bastante oscura ensayamos escenas un grupito de unos siete actores. Sobre un banco adosado a la pared un actor y una actriz desarrollan una secuencia romántica. No sé qué hago aquí. Me resulta ajeno volver a realizar este tipo de ejercicios. No me apetece la tesitura de plantear situaciones íntimas con una actriz, a dos palmos de ella, besarnos si ha menester... Es algo que me pone bastante nervioso, máxime cuando hace tanto tiempo que no me encuentro en tales coyunturas interpretativas.

Al día siguiente -me refiero al próximo día del curso- llego con puntualidad, a una hora matinal temprana. Mas aún no ha llegado casi nadie... Y pasarán horas hasta que empecemos la clase, que será cuando ya estemos todos, a primera hora de la tarde. Algunos se quejarán por el retraso. A mí me sorprende que no se haya ausentado nadie: ¿es que no tienen nada que hacer los compañeros durante todo el día como para poder esperar durante tanto tiempo?

Esta vez se trata clara e indistintamente de la escuela donde me formé como actor, osea, la escuela de actores Bululú 2120. Al igual que antaño, nuestro profesor y guía será Antonio Malonda. En una sala de semisótano, también oscura y con forma de ele, más de una veintena de alumnos hacemos gimnasia de calentamiento. Me siento algo desubicado aquí. Al parecer me he acoplado tarde a un grupo ya formado. Para más inri mis músculos están algo entumecidos, faltos de ejercicio, y me cuesta bastante abrirme de piernas o seguir el ritmo. Voy fijándome e imitando las posturas de los colegas que me rodean. Entre ellos vislumbro a Toni Márquez, situado en el lado opuesto, cerca de la puerta de entrada. Yo me he colocado al lado de Carlos Ponce, que siempre que puede, en cualquier situación, busca el extremo más alejado de los lugares para tenerlo todo presente en su alcance visual. Ponce me anima mucho, me ayuda, me da buenas indicaciones y consigue que no me sienta tan perdido. Entre mis amigos también destaca David Pastor.

Posiblemente, en un descanso de nuestra actividad, en que la mayoría de los nuestros se adentra en cafeterías próximas, David y yo paseamos por las calles adyacentes (que serán siempre, durante todo el sueño, unas calles estrechas y acogedoras, poco transitadas, con aire antiguo y señorial, muy similares en dimensiones, estilo y disposición a las callejas del madrileño barrio de los Austrias). Mi amigo me dará una noticia que no me gusta nada de nada. Por dificultades económicas que está atravesando debido a la nefasta crisis, se ve en la obligación de marcharse a Francia a buscar empleo (de arquitecto). Su partida es inminente y prácticamente inevitable. Esto me atormenta. Me están dejando solo mis camaradas más cercanos. La mayoría ya ha emigrado fuera de España: Albero, Gus... Y ahora David... Sin remedio discuto con él su decisión. Pienso en lo unidos y conectados que estábamos ambos en pretéritas etapas juveniles y estudiantiles...

Y llegamos al tercer día en que asisto al curso. Los primeros en plantarnos delante de la puerta de acceso somos Antonio Malonda y yo. Pese a que nos hemos atrasado más de una hora, aún no hay ni rastro del resto de los asiduos. Aún no ha hecho su aparición Teresita, que es la que tiene la llave del local, y es presumible que demore bastante. Así que, tranquilamente, nos regalamos con un paseo por estas calles recoletas, hasta que nos adentramos en un cafetín. Malonda me preguntará sobre mis andanzas en estos últimos años. Charlaremos quedo y a gusto de esto y lo otro.

Regresamos, sin prisas. Ahora la escuela Bululú se separa en dos bloques. Por un lado tenemos el semisótano ya mencionado. En el edificio de enfrente una puerta estrecha da a las salas principales del conjunto didáctico. Malonda abrirá un momento esa puerta, para no sé qué gestión, y a través del hueco entreabierto veremos una intensa actividad de quehaceres y de multitud de personas -entre las que creo reconocer a Emi-. Tanta ocupación contrasta con la parsimonia de nuestro reducto, donde acabamos de iniciar las prácticas actorales de la jornada con una concurrencia muy reducida (si no recuerdo mal Jorge Riquelme se halla entre los exiguos asistentes).

De repente vemos a través de una ventanita cómo se anega la calle de soldados ataviados con trajes militares propios de los ejércitos rusos o franceses del siglo XIX durante las guerras napoleónicas, portando las clásicas bayonetas. En tropel se introducen en la edificación de enfrente (que es precisamente la construcción donde en su planta baja se alojan las estancias principales de Bululú), ascendiendo hacia los pisos superiores, a la caza de una congregación de rebeldes o disidentes (quizá se trate de okupas o de intelectuales políticos; en cualquier caso son gentes pacíficas y desarmadas). Al no ver a Malonda, tememos que le haya sorprendido y apresado la soldadesca. Se oyen disparos. Gritos de personas acosadas o apioladas. Nuestro pequeño cónclave se mantiene sin aliento, agachados e inmóviles, guardando sepulcral silencio para que los invasores no se percaten de nuestra presencia... Según presentimos el peligro aumenta, pues en las vías aledañas numerosos e imparables efectivos militares del mismo ejército van sitiando todos los espacios.
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Sueños (177): Proliferación de hijos y tensiones maritales

ilustración de mujer planchando y realizando tareas domésticas
Un sueño agitado, convulso, rocambolesco. Una amalgama en la que es difícil discernir qué va antes, qué después, qué ha sido olvidado, qué conecta con qué, qué parte pertenece a los distintos e inconexos capítulos... Además, lo recordado son detalles aislados y rescatados de entre brumosas sensaciones.

Empezaremos mismamente por unas situaciones relacionadas con un músico famoso. Al parecer se trata de Enrique Bunbury. Que se prepara para dar un concierto. Le vemos con varios de sus músicos en una pequeña cámara, medianamente a oscuras, que se proyecta hacia una puerta, tras la cual se halla el escenario y más allá el público. Todos están sentados en sillas plegables, cada uno porta su instrumento. Yo me acoplo entre los concertistas, llevo conmigo un instrumento de viento, una ocarina o algo semejante, un objeto corto y compacto. No tengo ni idea de hacer sonar dicho instrumento. En un principio me aceptan dentro del grupo sin poner reparos. Hasta que descubren, cuando quizá ya haya comenzado a sonar una melodía, mi ignorancia musical. Enrique se enfadará muchísimo. Puede que me suelte una buena arenga recriminatoria. Se interrumpe el sonido (en el caso de que realmente hayan empezado a tocar). Le recuerdo a Bunbury que ya estuve un par de veces anteriores dentro de su agrupación, también como espontáneo. En una de esas ocasiones hice un solvente solo de trompeta, en la otra apliqué mi voz en una canción. (Cabe la posibilidad de que Eva y demás familiares formasen parte del público, o por asociación surgieron después en otro contexto...).

Deambulo por la noche, de vuelta a casa. En una calle me topo con mi amigo Javier Fernández Aracama, que está a punto de coger el coche para conducir a un acompañante a su destino. Con amabilidad e insistencia me invita a subir al automóvil para acercarme a casa. Accedo. Su intención es aparcar cerca de donde vivo con Eva y subir conmigo para charlar de nuestros temas predilectos. Le haré desistir de su deseo de velada nocturna, ya que es muy tarde y Eva estará durmiendo y seguramente la despertaríamos. Me despido de Javier y subo a mi morada, que ahora y en todos los momentos en que se retome el concepto de nuestro hogar marital, se identificará plenamente con el pisito estrecho y enano de la corrala de la calle Peña de Francia en el que viví hace años.

Es tardísimo. Son las diez de la mañana. A mi chica no le va a gustar nada que llegue a estas horas... En realidad salgo con demasiada frecuencia por la noche y nuestra relación no va bien. Como en el típico ejemplo de documental o programa con el formato del reality show, encarno, de alguna manera, en algunos retazos del sueño, al marido curda y crápula, vividor, que siempre anda fuera de casa. Y esto provoca fisuras cada vez mayores en el querer de Eva, que encarna, a su vez, el papel de la esposa abnegada y condenada a las opacas labores domésticas. Y me siento culpable por mis correrías noctámbulas. Más adelante se desarrollará otro capítulo en que existe una posible redención o expiación a este alargado clima de tensiones e inminente ruptura de pareja, cuando decida salvar la situación para no perder a Eva -la mujer de mi vida- irremisiblemente. Pero antes (según lo presumible) todavía suceden muchas otras cosas. (Si bien es cierto, que posiblemente en todo este conglomerado onírico subyazca casi siempre la idea de las responsabilidades familiares).

Hay episodios cíclicos relacionados con los hijos. Tanto amigos nuestros como nosotros mismos tenemos los hijos a pares. Es decir, cada nuevo alumbramiento salen dos gemelos. Los tiempos han cambiado, sin duda. En comparación con mi abuela paterna Amalia, que tuvo cuatro hijos varones, padeciendo cada embarazo, uno a uno, estando casi siempre en estado y pariendo, ahora, sin mucho esfuerzo, se conciben los hijos de dos en dos. Así nosotros tuvimos primero dos hijas y luego dos hijos. Estamos Eva y yo con ellos en un entorno indefinible, cuando de pronto me acuerdo de nuestro otro vástago: Amador. Pregunto por él a Eva. No, no se nos ha perdido. Está en casa, castigado por haberse portado mal. ¡Pero eso no puede ser! Dejarle solito en casa... Y regresamos al hogar (otra vez el piso de la corrala) a recuperar a Amador, que es, aunque suene mal decirlo, el favorito de mis descendientes. Al hacer recuento y comprobar que lo que tenemos son cinco hijos y no cuatro, me pondré contentísimo, porque eso quiere decir que se nos puede aplicar el término de "familia numerosa", lo que nos permitirá tener ayudas económicas del Estado.

Hay algunas escenas entrañables en que juego con mis hijos. En la cama, bajo las sábanas, en el salón. Juegos movidos, incluso gamberros, como si yo fuese un niño grande más. Es curioso que nuestras dos gemelas tengan diferentes edades, una de cuatro años, la otra de ocho.

Como padre de familia hago un largo recorrido para congraciarme con mi pareja y encauzar nuestra vida en común (tal y como indicaba unas líneas más arriba). Bien vestido, con ropa negra, atravieso un restaurante o la vía pública. La gente me mira raro, como si fuese un impostor o un criminal. Agentes abstractos me han señalado, para prosperar en mis negocios, que visite un centro comercial que aloja negocios emparentados con la venta de joyas. Todos estos espacios que transito están comprendidos entre la Plaza de España y Moncloa. Seguiré también las directrices de un plano, en el que una mano invisible va trazando rutas con un rotulador rojo. Se hará de noche durante mis pesquisas y luego de día. Por lo tanto, una vez más, aunque en esta circunstancia por motivos nobles, llegaré tardísimo a nuestro domicilio angosto -apenas una habitación- en la calle Peña de Francia. Tropezándome con la abierta hostilidad insostenible de Eva, que plancha con fastidio, ofuscada como siempre en las interminables y poco gratificantes tareas domésticas. A su lado, alguien que debe de ser su madre, también me mira con acritud y enojo. Y yo me enfado, porque si aparezco a estas horas no es por mis acostumbradas expediciones ociosas, sino porque me he encargado a conciencia de buscar el sustento familiar. Y con doliente agresividad, como prueba irrefutable de mis buenas intenciones y de no merecer tanto encono, arrojo una pila de billetes de 50 euros sobre una cama adosada a la pared.
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Sueños (176): Imposturas de Val y el trasero divino

Beber y tapear en una sidrería de Madrid
Val y yo acabamos de bajarnos de un transporte indefinido y nos encaminamos hacia otro transporte. Por delante aún tenemos un largo recorrido, así que le pregunto a mi amigo que si no prefiere que hagamos un alto para tomarnos algo, quizá comer algo. Él se lo piensa, no lo tiene claro. Los pros y los contras. Se termina decantando por el sí. Pero habrá de ser en el bar-restaurante de una sidrería próxima, tal y como fuimos la última vez que atravesamos estos lares (local que le mostré yo el último día que pasamos por aquí, en un sueño anterior; sin embargo no sé si ese sueño previo fue real -de hoy mismo quizá- o si el desarrollo onírico "creó" unos reuerdos precisos que se "repiten" ahora -como el flashback en que los dos deambulamos siguiendo mi levemente desorientada guía hasta encontrar la tasca-).

En el momento en que caminamos campo a través entre verdes y no muy altas vegetaciones, por un camino arenoso, hacia un grupo de amontonados edificios, sucede algo impensable. A Val comienza a darle un extraño ataque. Anda tambaléandose en zigzag, con la inestabilidad direccional de un borracho, sus manos tapan su rostro como si estuviese recibiendo golpes invisibles y emite inarticulados gruñidos de angustia. Viéndolo desde fuera la cosa parece más cómica que dramática. Pienso en lo extraordinario del hecho de que le sucedan cosas semejantes a Val, pues yo soy el propenso a este tipo de rarezas. Cuando estamos arribando al grueso de los edificios ocurre una suerte de milagro. Mi amigo pronuncia repetidas maldiciones contra el sol, que brilla intenso sobre los cielos, en una letanía entre mística, ritual e invocadora. Y repentinamente, en cuestión de segundos, todo se oscurece y se hace de noche. Con la atmósfera nocturna, Val recupera su normalidad, y en pocos pasos, mientras él me va explicando que tenemos el poder de transformar todos nuestros anhelos en realidad, llegamos a la taberna. Todos los parroquianos se han asomado al ventanal del bar, muy asombrados de que de pronto se haya hecho de noche. Una vez hemos entrado Val y yo, con la misma celeridad y el mismo efecto -como si se tratase de un gigantesco fundido cinematográfico- la noche vuelve a transmutarse en la plena luz del día.

Ante la barra tomamos sidras y picoteamos algo. Hablamos mucho con el dueño del bar y sus familiares. Mi amigo no cesa de narrar historias, la mayoría de ellas completamente inventadas, pero transmitidas con mucha credibilidad. Al rato, como si acabásemos de entrar otro día -siendo el mismo día-, Val cuenta unas anécdotas a nuestra concurrencia sobre mi vida completamente falsas. Se supone que soy árabe y que oculto un terrible pasado según el cual me vi en la obligación de cometer un espantoso crimen, un asesinato. Él defiende toda mi inocencia y bondad para que no me vean como a un monstruo, consiguiendo que todo el mundo se ponga compasivamente de mi parte. Para seguirle la corriente y que no nos tomen por unos estafadores, a partir de aquí yo empiezo a balbucear el español, con entonaciones árabes, como si realmente fuese moro. Posiblemente, además, mi fisonomía haya cambiado un ápice. Desde luego que alucino con estos disparates infundados de Valentín y su manía de tomar el pelo a la gente, allá donde vayamos. El día menos pensado vamos a encontrarnos con serios problemas... Y más me sorprende aún que nuestros interlocutores no se den cuenta -o quizá lo simulan muy bien- de la patraña, ya que apenas hace unos minutos éramos otros, sin dejar de ser los mismos, y yo era perfectamente español...

Así como una mentira ha de alimentarse de mentiras aún más grandes, seguimos hinchando la narración de mis supuestas arábigas aventuras. Especialmente la esposa del dueño de la sidrería está cada vez más interesada en mi persona, con un cierto deje maternal. En breve todo el escenario cambia. El bar se transforma en un autobús medio lleno de viajeros y el dueño del bar en el conductor de ese autobús. Avanzamos por la carretera rumbo a nuestro siguiente destino -identificado con la zona de Aluche, según me confirma vagamente mi colega tras preguntarle- donde habremos de apearnos los dos para encaminarnos hacia la parada del último transporte de nuestra alargada ruta.

El autobús en que nos trasladamos es bien curioso. Mucho más amplio (sin dejar de tener las dimensiones ortodoxas). Con mesas distribuidas entre los asientos de cuando en cuando, de tal forma que los asientos que rodean las mesas están enfrentados. Es en una de estas mesas donde juego un rato con la esposa del dueño a las cartas. Ella me explica en qué consiste determinado juego de naipes. Yo, por supuesto, sigo haciéndome el morisco, chapurreando el idioma castellano. Mientras, con audacia, aventuro una serie de manoseos en el cuerpo de esta mujer, que está bien macizorra. Le palpo los senos, los muslos, etcétera. Ella no rechaza las caricias, al contrario, con pasivo deseo se deja hacer. Unos instantes después retozamos sobre un colchón que hay en medio del suelo del autobús. A nuestro lado Val se revuelca con la mujer del socio. Nadie de los circundantes reacciona por el momento, como si no nos viesen.

Ya le he quitado la mitad de la ropa a esta tía buenorra, que palpita excitada. Le he levantado el jersey o la camiseta hasta el cuello, y a la vista, semi apresados por el descolocado sujetador, asoman dos rotundos pechos deliciosos. Le he bajado la minifalda de cuero negro, emergiendo un trasero fabuloso y compacto. Es cuando se descubren nuestros magreos y se produce el escándalo. Ahora somos, mi amigo y yo, desterrados de este autobús. El dueño se muestra bastante enojado con su mujer, aunque no lo manifiesta mucho. En la calle, el vehículo varado, entre que nos execran, procedemos a las despedidas. Todos continuarán la travesía excepto Val y yo. Aprovecho el desconcierto o despiste general para llevarme a un aparte a la cónyuge del propietario. Doblamos la esquina de la calle y ahí, a resguardo de la mirada de los demás, le bajo de nuevo la minifalda de cuero y extasiado, arrodillado, comienzo a toquetear y mordisquear el señor culo colosal de esta mujer, un poco ajado por la madurez, pero perfecto en su volumen y en su tacto. Emocionado, alabando sus formas con frases pasionales de adoración que ella recibe con mucho gusto. Es nuestro último adiós.

De nuevo recorremos las calles mi camarada y mi menda. A la busca de la parada del último transbordo que nos resta (de alguna manera nuestra meta vuelve a ser la población de Alcorcón). De improviso nos adentramos en un edificio y subimos varios tramos de escalera, uno tras otro. Atravesamos varios pisos atestados de gente en espacios muy afines a grandes cafeterías, con camareros, bandejas, mesas, comensales. En la tercera o cuarta planta nos detenemos, y tras una fila de dos o tres tíos veo una pequeña hornacina horadada en un pilar de la edificación, con un dibujo o una escultura de un angelote en su parte superior, que hace las funciones de urinario, a la vista de todo el mundo que transita por la sala. Entonces entiendo por qué me ha traído Valentín aquí con cierta prisa. Él meará. Yo no tengo ganas. Emprendemos el descenso. Antes de llegar al hall principal, en las escaleras apretadas de gentío, exclamaré algo calculado y sorprendente -no recuerdo qué-, con la súbita reacción de un par de chicas, que seducidas se giran hacia mí, vivamente atraídas.
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Sueños (175): Más viviendas y las iniciativas de Eva

Durante unos días me he quedado solo en casa. Sobre la cama yacen unas botas y unas medias negras. Prendas arrugadas, en amasijo, con las que me vestí anoche, entregándome a oscuras masturbaciones. Se oye cómo abren la puerta del descansillo. Recojo las ropas y las meto en el armario y me introduzco en el baño, saliendo al cabo. Se trata de Eva, que ha adelantado su vuelta, llegando con nuestro hijo Amador un día antes de lo previsto. En el breve espacio en que yo trajinaba en el aseo, a Eva le ha dado tiempo a hacer un montón de cambios y arreglos. Ha recogido mi habitación, donde imperaba un gran desorden. Ha trasladado, sin consultarme, todo lo que había en mi habitación a otra habitación, con lo que a partir de ahora, cambio mi habitáculo. Además, alegre, organizadora, resuelta, me indica que vamos a alquilar a un amigo suyo una tercera habitación, la que está pegada a la salita de entrada -prácticamente confundiéndose ambas estancias, identificándose con el salón-. (Una vez más nuestro hogar es distinto, con una orientación longitudinal, con un pasillo estrecho que conduce a los pequeños cuartos y dormitorios, dispuestos en hilera y apelotonados). Tanto transmutar las cosas y tan repentinamente, como era de esperar, no me hace mucha gracia. Mis prendas anteriores han desaparecido, ignoro si Eva las habrá detectado. Muy parlanchina ella me hace un somero inventario de todas las nuevas alteraciones. Y ahora me hago oír, quejándome abiertamente de cómo no se me ha tenido en cuenta en absoluto para esto y para lo otro y para lo de más allá. Eva calla unos momentos. Pero en seguida vuelve a su entusiasmo y a su verborrea. Tiene una gran sorpresa para mí, algo muy novedoso que transmitirme... Y salimos a la calle.

Nos dirigimos andando hacia el suroeste, hacia la zona de Marqués de Vadillo. Va a mostrame un piso al que bien podríamos trasladarnos. No pongo peros, me dejo llevar. No es mala zona para mis negocios, en principio, dada su proximidad al centro de Madrid.

De camino, en unos setos que separan las vías de circulación de una avenida, nos encontraremos con el amigo Carlitos, que de alguna manera revoloteará en otras partes del sueño (si no recuerdo mal). Alborozo grande de Eva al verle.

Seguimos nuestra ruta. Arribamos al inmueble. Descendemos por un buen tramo de escaleras bien estrechas y en curva que sirven de entrada al hall principal donde están los ascensores. Esta bajada, angosta, inevitable, supone uno de los mínimos puntos en contra de nuestra nueva posible morada, según me explica mi chica. Tras unos devenires por corredores alcanzamos un descansillo con varias puertas. Una de esas puertas será la nuestra. Antes de entrar, Eva, exultante, me hace una revelación: el piso, éste nuevo piso, ya está pagado. Los dos primeros meses ya han sido abonados... Así que no ha venido a mostrarme lo que podría ser, sino lo que ya es nuestro nuevo alojamiento. Otra iniciativa más de Eva en la que no he tenido ni voz ni voto...

Ella hace uso de las llaves y entramos. Esta vez Eva ha acertado de plano, el piso es magnífico, con altísimos techos, muchos metros cuadrados y curiosas y ricas distribuciones espaciales. Aún así, yo voy esgrimiendo algunas pegas, como que el color anaranjado pálido y desgastado de las paredes del recibidor no es muy afortunado. Poco a poco mi actitud inconformista irá cejando para dar paso a una abierta satisfacción. Continuamos recorriendo las estancias. La mayor parte de las dependencias se van uniendo unas con otras, sin que la existencia de molestos pasillos devoren la amplitud. Se separan, eso sí, mediante grandes cristaleras o ligeros paneles o largas persianas. Todo está ya amueblado, muy amueblado, atestado de objetos variopintos, como dominando todo por un horror vacui. Sigo buscando inconvenientes, pero serán casi siempre mínimos. Quizá el mayor de ellos sea que el apartamento está bastante avejentado, algunas paredes asoman alguna humedad, pinturas descascarilladas... Otra dificultad va a ser el oírnos cuando nos llamemos a viva voz al estar los aposentos tan alejados entre sí. Resulta cómico, pero puede que no nos quede más remedio que localizarnos llamándonos a través del teléfono móvil... Repaso al cuarto de baño. Repaso a la cocina, enorme, blanca y algo antigua. ¿Y mi lugar de trabajo? Sí, Eva ya lo había notado. No hay una ubicación clara para mi zona laboral. Quizá en el salón diafano, frente a los ventanales rebosantes de persianas, y en la entrada se amontonarían los clientes, a unos pasos de las mamparas tras las que reposarían mis ordenadores. Durante nuestra inspección, varias veces cambiarán las dimensiones y las apariencias, como si la casa fuese un organismo vivo. El salón ahora está pintado de azul y pienso que despejándolo podría ser una buena sala para usos cinematográficos. Cada vez estoy más convencido y entusiasta. Me gusta el nuevo domicilio. Aunque voy a echar mucho de menos a Juan, el portero de nuestro antiguo emplazamiento, y a otros vecinos y amiguetes...
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Sueños (174): Otra posible mudanza

Otra posible mudanza a un piso de lujo burgués situado en un barrio sórdido
Me dirijo al nuevo barrio, algo más al norte de Madrid, donde en breve nos trasladaremos. Pero no me agrada mucho este entorno en el que abundan calles estrechas y poco ventiladas. Gente ladina, malencarada, sospechosa, turbia, con un tinte de sordidez. Antes (o después) de visitar lo que será nuestra nueva vivienda, me interno en un bar cercano. Me tomo un par de cervezas en vasitos bastante pequeños. Cuando le digo al camarero que me cobre, me dirá un precio exorbitado por cada caña. Entre 12 y 18 euros. Me quejo, esto no es posible. En una mesa situada en el centro del bareto se sienta el jefe acompañado de otro trabajador. Le pregunto si el precio que me han indicado es normal o si me están tomando el pelo. La respuesta, si la hay, no la recuerdo (al despertar apenas he podido retener unos cuantos detalles entremezclados). Esta tasca, sucia, oscura, relamidamente mísera, supone un argumento más para no venirnos a venir aquí.

El edificio, el portal, los pasillos -alfombrados- que conducen a los hogares, de lo que será nuestro nuevo emplazamiento ya tienen otro aire muy diferente al barrio de alrededor. Tocado todo por un lujo burgués y confortable. Cojo el ascensor, también con aire decorativo de hotel de cuatro estrellas. A nuestro piso se accederá por dos puertas cada una de las cuales está enmarcada en diferentes pasillos de acceso. Introduzco la llave de la puerta de entrada. Nada más entrar, en la salita de recepción a oscuras, me topo con un tío que duerme sobre una especie de hamaca. En el salón, igualmente con las luces apagadas, varias hamacas y camastros con gente durmiendo. Es entonces cuando recuerdo que el apartamento era comunal, dispuesto para ser compartido por numerosos habitantes. Aunque todo participa de un mismo lujo de burguesía bien establecida es evidente que aquí no podemos venirnos a vivir con nuestro hijo, como corrobora Eva, que surge por unos momentos en el pasillo del inmueble, rechazando categórica la idea de trasladarnos aquí. Lleva razón y desestimamos el mudarnos: nos quedaremos en nuestro piso de siempre. Lo malo es que ya le adelanté una buena señal al propietario del domicilio desechado, que lamentablemente vamos a tener que dar por perdida...

Y hay un trasladarse en el coche de mi padre, que nos conduce hacia un destino determinado. Acción que no sé encajar en el resto de los soñado, si al principio, si al final, si entre medias. Creo recordar que nos acompañaba también nuestra amiga Maika. Surgirá la noticia, de manera vaga e irreal, de que mi padre había muerto.
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Sueños (173): Sexo universitario y el placer de la escritura

Trío con dos chicas en un aula de la Universidad
Puzzle de piezas en que no tengo claro qué viene antes y qué después. Empezaremos por un breve viaje en Metro. Atravieso algún pasillo y con paso quedo llego a un andén atestado de gente. Voy elegante y guapo. Causo interés.

Llego a la Universidad. Cruzo el hall. Entro en un aula grande con unos 40 alumnos. Varias chicas me contemplan, atraídas por mi impronta, mi galanería. Entablaré relación con un par de ellas que están sentadas a mi vera. Eva, unos asientos más allá permanece medianamente vigilante. No tardando mucho salimos de la clase. Las dos chicas, una morena y otra rubia, me acompañan. Hacemos sentada en un lateral, algo apartado, del hall principal, y charlamos con un cierto aire de complicidad. Una de las chicas, durante sólo un par de momentos, estaba sentada en una silla de ruedas. Hablamos los tres amigablemente. Sin venir a cuento, de sopetón, una de mis acompañantes hace una mención explícita, sin rodeos, al tema de "follar conmigo". Inmediatamente se ruboriza. Me aclaran que en el país de donde procede ella dicen las cosas así de directamente. Así que será extranjera. Le quito hierro al asunto, interesado ya en tener sexo con ellas, con las dos a la vez. Y ellas también participan de esta apetencia. Me preguntan que qué tal amante soy. Les responderé que la primera vez soy un poco desastre, pero que en los encuentros sucesivos mejoro muchísimo. Esto no debe hacerle gracia a una de las chicas, a juzgar por la cara de leve decepción que muestra, seguramente no contemplaba que habría un segundo encuentro. Acto seguido comienzan a tocarme. Pero las detengo. No, aquí no. Demasiado a la vista de todo el mundo. Estamos en la Universidad y eso quiere decir que hay muchos lugares que estarán despejados, donde no tendremos testigos. Así, emprendemos la búsqueda de un escondrijo donde no seamos vistos.

Nos introducimos por aulas y pasadizos. Encontramos una oquedad en una pared de ladrillo, un agujero por el que cabemos muy justitos, arrastrándonos a través de unos túneles. Llegamos a cavidades más amplias donde podemos asentarnos. Mas detrás de nosotros viene un grupo de estudiantes que se dirige a través de estos túneles hacia alguna clase que quizá tenga que ver con el estudio de la geología o algo similar. Osea que aquí no vamos a tener la intimidad requerida. Regresamos y traspasamos otros túneles a rastras, por los que casi ni cabemos. Una de las chicas se queda atascada momentáneamente en otra cavidad situada en un cruce de corredores, de la que no puede salir. Pero saldrá, tras un pequeño esfuerzo. Hasta que acabamos hallando un aula pequeña, abandonada, recogida, con poca luz. Aquí nos quedamos. Nos sentamos en el suelo. Y empezamos a liarnos. Y aquí termina este bloque narrativo. No sé si la acción cambia repentinamente o si he olvidado al despertar los detalles del trío sexual. Una pena, desde luego...

Cambio de ámbito. Nada que ver con lo anterior. En casa, con la familia (una familia desdibujada, donde no distingo claramente a las personas que me rodean, quizá mi madre, quizá mi hermana, quizá Antonio). Se están realizando preparativos de viaje. Un viaje en el que yo no voy a participar ya que me quedaré aquí solo y disfrutando de una fértil soledad, escribiendo, leyendo, a mi bola, la libertad de tener la casa para ti solito. Por la noche, a la luz de un fléxor, y también de día, disfruto enormemente del inmenso placer solitario de escribir, de hacer y deshacer, de jugar a la magia de las palabras.

Ahora me desplazo en un autobús interurbano, por la mañana. No sé cómo surge, pero creo expectación a mi alrededor entre un grupito de unos cuatro o cinco jóvenes viajeros sentados a mi lado. Todo debe empezar al comentar en voz alta que el libro que tengo en las manos, escrito por mí, tiene muchas similitudes con la obra de un gran escritor (lamentablemente no recuerdo el nombre). Quizá se trate incluso de una reescritura de dicha obra. Este autor es bien conocido y admirado por los chavales. (Hay un flashback, o fue soñado previamente, en que me veo, bajo la luz del fléxor, pasando la vista y repasando las páginas de un gran libro, ensimismado y entusiasmado). Menciono a otros ilustres literatos que tienen relación con mi escrito. Leo fragmentos. Diserto sobre el mundo de las letras. Mi reducido público escucha atento. Opinan lacónica y favorablemente.
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Sueños (172): Declaraciones del futbolista David Villa

Declaraciones de David Villa sobre su lesión y el próximo partido de la Selección Española de fútbol
Está a punto de comenzar un importante partido de la Selección Española de fútbol. Vemos en la televisión un primer plano del Niño Torres, que es hoy el capitán o el portavoz del equipo. Se oye por detrás el rugido expectante de la afición. En seguida, un reportero entrevista brevemente a David Villa, que nos habla del estado de su lesión. Sonriendo, motivado, David Villa ante el micrófono nos aclara que está reposando y recuperándose, haciendo ésto y aquéllo y añade, entre las cosas que hace, lo siguiente: "alguna pajilla...". Y continua hablando un par de frases más. Yo me escandalizo, pero no por el hecho de que Villa se haga alguna paja que otra, sino porque absolutamente nadie se inmuta, como quien oye llover. Se puede decir cualquier barbaridad en la tele y aquí no ha pasado nada. Teniendo en cuenta que esta retransmisión la están viendo miles de niños... Mientras pienso o comento todo ésto, mi amigo Valentín, que se encuentra a mi lado en la misma habitación, a la velocidad del rayo me dice: "escribe un artículo sobre este tema que yo te lo pago". Con objeto de publicarlo luego en internet. E inmediatamente empieza a rebuscar en una especie de bolsa de viaje el dinero para apoquinarme ahora mismito.
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Sueños (171): Invitación a una comilona

Me invitan a una gran comilona en un restaurante de la Avenida de Lisboa de Alcorcón
Le comunico a Eva que voy a salir un momento a la calle. Es cosa de subir y bajar. No sé si voy a fumarme un cigarrillo o a qué, pero algo rapidito y vuelvo. En cuanto salgo por la puerta del piso me encuentro con Roberto Liébana, el vecino y amiguete del mismo piso, el cuarto. O sea, que volvemos a retomar el piso de los Hábitats de Alcorcón, o sea, la prehistoria, y así, mi conocido no ha cambiado apenas en todos estos años. De golpe voy con Roberto en su coche, estamos circulando por la Avenida de Lisboa. Ya estoy viendo que voy a tardar algo más de lo esperado en regresar al hogar... Roberto, con su torpeza de gordito con gafas, conduce muy despacio y con una gran desorientación, lo que nos llevará, de manera no brusca, a estrellarnos contra una farola. Sin consecuencias graves, ya que el automóvil estaba casi frenado del todo. Al cabo estamos tomándonos una caña en una terraza, siempre en la Avenida de Lisboa. Mi idea es estar un ratito más y pirármelas. Mas no sé si llega alguien más y nos introducimos en la parte interior del figón, nos sentamos a una mesa, dispuestos a almorzar.

Roberto o el otro (el nuevo) piden al camarero una gran cantidad de viandas y alguna que otra botella de buen vino. Yo me encuentro en un dilema: debo aceptar la invitación y quedarme y meterme entre pecho y espalda una presumible gran comilona o debo emigrar ipso facto antes de verme irremisiblemente enredado... Ya me estoy retrasando bastante y si permanezco aquí, en el restaurante, me temo que la cosa va a ir para largo. Miré (antes o después) un momento el móvil y ya tenía cuatro llamadas perdidas. Tres de ellas provenían del teléfono de Eva, seguramente bien extrañada de mi tardanza. La otra llamada era de un número desconocido. ¿Qué hago? Mi idea era recogerme pronto para ponerme a trabajar. Desde luego, como me atiborre de comida y beba mis ricos vasos de vino, luego va a ser implanteable dedicarme al trabajo. Perdería un día laboral. La balanza se verá inclinada hacia el lado de mi glotonería. Añadiendo la tendencia general, desde el principio, a dejarme llevar sin oponer mucha resistencia. Que me quedo, me quedo a degustar una mesa casi servida ya y muy incitante, autoengañándome pensando que quizá terminemos pronto, que quizá en breve (sólo un rato...) pueda retomar las cuestiones laborales.
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Sueños (170): De habitáculos siniestros

Cuchitril en un semisótano con luces tenues
Debe ser a instancias de Eva que decido retomar el contacto con Isa Nav., ya que hace un tiempo que la tengo abandonada y conviene recuperar el rollito que tengo con ella para no perder el dinero que nos debe. Así, como si no hubiese pasado el tiempo decido presentarme en su vivienda para retomar, si aún estamos a tiempo, un amorío en el que me he embarcado sólo por interés (ella no me gusta nada, demasiado oronda para mi gusto y algo vasta, aparte de tener mucha más edad que yo). Pese a mis verdaderas intenciones, ella ha creído siempre que mis sentimientos son sinceros y honestos.

A su casa se accede desde la antesala de un portal. Una puerta lleva a su domicilio, que representa, de algún modo, la portería del inmueble. Otra puerta, velada por una cortina de tiras da a un lupanar. Esta asociación es curiosa y la achaco a que de alguna manera Isa tiene todo el aspecto de una gran Madame. Por error primero y por curiosidad después echo una ojeada a través de la cortina de tiras al interior del prostíbulo. Desde el marco de la puerta entreveo someramente luces cenicientas rojas, unos pocos hombres y algunas escasas putas. Y me aparto rápido de la visión, no quiero saber más. La sordidez ha ganado a mi curiosidad, que me incitaba a entrar, a probar.

Entro en el habitáculo de Isa Nav. No hay ventanas. Colores entre mustios e intensos. Una enorme alfombra rojiza cuelga de una pared. Suceden cosas que ya no recuerdo. Una posible alegría de ella al verme. Quizá una mezcla de tedio y ganas de salir de allí.

En breve, sin transición, o por transmutación, o por asociación, visitamos la morada de Yolanda Barrasa. Eva me acompaña, al menos como presencia omnisciente. Nuestra Yolanda vive en un cuartucho cuadrado y enano, apenas ventilado, semienterrado en un semisótano, con una única gran ventana que da a un patio de luz lechosa. A pesar de las condiciones lóbregas del cuchitril, nuestra amiga lo ha adecentado con gusto, ayudándose de largas cortinas que ambientan con luces tenues y cálidas. Gusto femenino y recogido. Pero, nos cuenta en detalle, el piso es una maldición. Ya ha pasado por una inundación y un terrible incendio. Entre otros desastres.
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Sueños (169): Estudiantes en una ciudad francesa

Plano de París, mapa de ciudad francesa
Piso de estudiantes en una ciudad francesa. Serán unos siete u ocho, chicos y chicas. Algarabías juveniles. Uno de ellos, entristecido y amargado, se verá obligado a abandonar a sus compañeros porque ha agotado sus recursos económicos y tiene que encontrar trabajo. Se siente aislado de la feliz despreocupación general. Irá un momento al retrete. Ignorando que está dentro abre la puerta del cuarto de baño la dueña de la casa, una mujer madura. El joven, algo después, prepara sus cosas, su breve equipaje. Llega un amigo suyo, alegre y optimista que le infunde ánimos, y que le acompañará durante unos instantes en su aventura. No hay motivos para preocuparse: está claro que en Francia es fácil y rápido encontrar trabajo, muy al contrario de lo que sucede en España.

Con más ímpetu y una actitud positiva, el chaval se dispone a buscar un empleo en la gran ciudad. Piensa que lo primero que necesita es un mapa de la urbe. Y ya lo tiene consigo. Mirando el plano y comparando con la realidad de las calles y los edificios construidos comprueba que es muy fácil seguir las rutas. Este dibujo se corresponde con esta tercera farola. Este recodo se corresponde con este cruce de vías. Etcétera. Emprende la marcha bajo una ciudad nocturna que ha reducido mucho sus dimensiones, siendo más manejable y controlable.

Tras deambular un rato, el joven se transforma en una chica conflictiva y rebelde. Malhumorada. Que por unos instantes no interpreta el plano con exctitud y se pierde. Pero no, al final no, descubre que se ha internado por la larga y estrecha calle que intentaba localizar. Al poco obtendrá un puesto laboral en un sitio oscuro y algo infecto. Su jefe es un zafio simplón y desaseado, con una siniestra profesión, quizá embalsamador. La chica no se siente nada agusto aquí, en un negocio algo sórdido, rodeada de productos químicos extraños. No tardando mucho encuentra ocupación en otro lugar.

Ahora otro de los jóvenes ha entrado en una tienda (también muy oscura) de zapatillas de deporte. Al lado de una sillita ha dejado sus flamantísimas botas deportivas rojiblancas, espectaculares. Los tonos rojos de la parte de abajo brillan con una intensidad exquisita. Ha elegido un par de botas negras y altas. El tendero no llega a explicarse cómo teniendo ya el chico un calzado tan personal y vistoso quiere adquirir uno nuevo... Sí, puede que sea raro. Aún así se llevará el par nuevo, sin desechar, por supuesto, su par antiguo.

Después aparezco. Acompaño en plan amigo a uno de estos muchachotes a otra tienda, una especie de papelería donde deben hacerse fotocopias. Estamos ante el mostrador. A nuestro lado surge una señora, algo bajita, que acarrea una hoja en la mano. Me fijo en dicha hoja y veo un reducido listado. En él aparecen unos tres nombres. El segundo de ellos es el de mi compañero del colegio Plácido Díez Gansert, que ahora es escritor. Una línea más abajo el nombre de otro autor que conozco. Me entusiasmo. Seguramente esta mujer está aquí para algo relacionado con la publicación de los libros de estos literatos, puede que sea editora. Rápidamente hablo con ella para presentarme e interesarle. Mas no me hará ni el más remoto caso. Antes bien me mira escandalizada y enojada y huye a toda prisa.
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Sueños (168): Estafadores

Los estafadores y la furgoneta a modo de intercambio
Llega a mi negocio una pareja. Él es un tipo espigado y completamente calvo, aunque en algunos momentos será pelirrojo. Ella es una mujer alta y elegante, medianamente guapa. Desde el principio se muestran muy amigables. Él exclamará al entrar y ver mis estantes llenos de productos de papelería y otros enseres: "vaya, cómo has crecido". Ésa será una tónica general, que se comporten como si fuesen viejos conocidos. Y no sé cómo lo hacen, pero rápidamente se ganan mi confianza y mi simpatía, y mis ganas de ayudarles.

Vienen a proponerme una especie de trueque. Según me explica él, se ve en la obligación de desaparecer, que no le encuentren, no se muestra nada claro sobre los motivos. La idea es que yo de alguna manera le suplante. A cambio me ofrece (me ragala o me presta) una furgoneta grande, próxima a las dimensiones de un camión, llena de cachivaches de todo tipo. La furgoneta (que me muestra en una calle del Parque Lisboa de Alcorcón) me resulta muy golosa para mi uso o para mis negocios aunque no tengo carnet de conducir. El problema es que no dispongo de plaza de garage para guardársela. Además del vehículo me dejará otras pertenencias suyas.

Todo resulta muy atractivo y convincente, pero... quiero saber más. Si le suplanto, ¿con qué me puedo encontrar? ¿Necesita desaparecer por problemas con la policía? ¿Problemas con el mundo de la droga? ¿Algo relacionado con presos políticos? Éste es un gran interrogante que hay que solventar, ya que todo esto repercutiría luego en mí y no quiero sorpresas desagradables o nefastas ratoneras. Sin embargo ambos se muestran muy escrupulosos de cara a explicar sus verdaderos motivos. Empiezan a decir, mas se callan sistemáticamente. Imagino que esto se debe a que tenemos poca intimidad, ya que mi madre acaba de llegar a la sala de espera donde nos encontramos, espacio con bancos pegados a la pared. Esta estancia de a ratos se transforma en nuestra vivienda.

Mi madre está algo impertinente. No para de hablar para que le hagamos caso. Termino por perder la paciencia y ser brusco con ella para que se calle. Y ella se siente herida y continuamente está iniciando quejas en voz alta. Yo la sigo instando a que cierre la boca que estamos tratando asuntos importantes, que nos pueden permitir unos buenos beneficios familiares. La mujer acompañante hace muecas de desagrado y despectivas sobre mi madre. Eva procura suavizar un poco el tenso ambiente.

Al fin me encuentro en un aparte con los dos visitantes en un despacho. Aún así siguen mostrándose ambiguos con las razones que les obligan a borrar el rastro "legal" de él. Sigo haciendo conjeturas, intentando adivinar. Pasa el tiempo sin resultados que me inclinen a decidirme y yo tengo que hacer otras cosas. Iré despachándoles. Quedamos en que me pienso todo lo que me han planteado y que les avisaré cuando haya tomado una resolución. Evidentemente hay muchas lagunas oscuras y tendré que buscar información por mi cuenta. Por el pasillo de entrada vemos Eva y yo cómo se aleja la pareja.

Una vez han salido, nos aproximamos a la puerta de la calle y echamos un ojo para espiarles. En la acera de enfrente, que a su vez es una sala donde los dos extraños comparten su intimidad vemos una escena algo delirante. Ambos yacen desnudos y fornicando. Él esta debajo, boca abajo, mientras ella encima le mete por el culo un buen consolador que tiene atado a la cintura. Él goza y gime como una perra. Después ella le porculizará con una manguera o una rama zigzagueante bastante grande, que agita, hinca y remueve con la mano. El calvo chilla de placer, retorciéndose como una anguila. Dejamos de observarles, entre sorprendidos e indiferentes, y volvemos a nuestra rutina.

Algo después (han pasado unas horas, digamos que es por la tarde) la pareja famosa vuelve a irrumpir en mi negocio. Ésta vez se manifiestan con mucha presión y agresividad. Me está empezando a oler muy mal este asunto. Casi me están obligando, de malos modos, con amenzas, a que acepte su siniestra proposición. Saldré a la defensiva con aplomo, con la fuerza y la determinación de un padre de familia que defiende a los suyos. Alzaré bastante el tono de voz. Y les argumentaré que no estoy en aboluto obligado con ellos, ya que "¿acaso os conozco?, ¿Eh, acaso os conozco de algo?". No hay lazos familiares, ni de amistad, ni afectivos, por mucho que ellos se hayan presentado como colegas de toda la vida. Mi combatividad les aplaca y vuelven a irse.

Inmediatamente empiezo a temer represalias por parte de estos dos individuos o que cumplan alguna de sus terribles amenazas. Busco a mi hijito Amador para cerciorarme de que no le han hecho mal alguno. En un aula de colegio (similar también a la nave central de una pequeña iglesia), donde de pie frente a los pupitres hay muchos asistentes, niños y adultos, llamo a voces a mi hijo. Eva está presente unos asientos detrás de mí. Voy por el pasillo central hacia la pared del encerado y entre el bullicio de los presentes, entre las cabezas de padres que tapan la visibilidad, veo a mi chiquitín sano y salvo. Y ya estamos los tres en el pasillo de nuestra casa.

Al cabo recibo una llamada de teléfono. De nuevo, el calvo, con su mujer al lado, vuelven a las andadas, aunque ésta vez muy suaves y modosos. Sin armar escándalos, hablando con tranquilidad y buen entendimiento. Yo les respondo afablemente, disimulando que ésto ya me está resultando muy molesto y más que sospechoso. No cabe duda que tanta insistencia oculta intenciones inequívocas y nada buenas. Pero me hago el tonto para sondearles. Les preguntaré que qué es lo que necesitan. Ellos me aclaran que requieren varias cosas mías, ciertas claves y también tener acceso a mi cuenta de Youtube. ¿Mi cuenta de Youtube? -digo asombrado-. Sí -afirman-, y las claves de otras cuentas, así como las claves bancarias, tarjetas de crédito, etcétera. Ajá -pienso-, ésto es más que evidente que se está relacionado con una estafa en toda regla. De hecho, ahora que recuerdo, la semana pasada vinieron otros dos juntos con propósitos similares, solo que aquéllos eran poco hábiles y se les desenmascaraba en seguida. Traigo a mi mente otros casos de timos similares. Primero se ganan tu confianza y te camelan mediante intercambios sustanciosos, y luego te roban hasta el apellido. A pesar de mis pensamientos y certezas, con mis interlocutores sigo aparentando un aire ingenuo y dispuesto.
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