Sueños (87): Amor y sexo con una exótica chica venezolana

Exótica y sexy chica de Venezuela en una aventura turística con sexo incluído
Estoy de viaje turístico con más gente recorriendo una gran ciudad, que durante el sueño, a ratos será Madrid, a ratos será una ciudad extranjera. Nos desplazamos en autobús. Haremos una parada en una zona oculta de la ciudad, un garage que lleva a una especie de ciudad secreta, medio subterránea, relacionada con ciertos vicios caros que tienen que ver con los coches de lujo y las carreras. Todo aséptico y aderezado con un sobrio estilo lujoso, entre minimalista y ligeramente futurista. Entre la comitiva hay dos o tres azafatas. Una de ellas me gusta y parece que yo también le hago tilín. Es algo bajita, de pelo largo liso y muy negro, muy sexy y a su vez sencilla, y tiene ciertos rasgos indígenos, aunque muy leves. Poco a poco nos vamos aproximando el uno al otro, aumentando la confianza y las confidencias.

Estamos ahora unos pocos de nosotros en una sala de espera de este conglomerado automovilístico. Se trata de hacerse miembro o socio de esta singular sociedad, donde se ve mucha gente pudiente, adinerada, y mujeres muy pijas, ociosas y distantes, sentadas en una galería acristalada con amplias vistas sobre la ciudad. Para apuntarse a esta críptica sociedad hay que seguir unos pasos: los hombres han de entrar en una sala de reuniones que está vetada a las mujeres, mientras las mujeres han de esperar en otra sala a que sus hombres salgan, asimilados ya dentro de esta especie de secta para ricos. Esto me da mucha curiosidad, el hecho de que sólo puedan entrar hombres, ¿qué sucederá o se ofrecerá dentro?, ¿se ofrecerán mujeres?. Pero hay un inconveniente: yo no sé conducir, ni siquiera tengo carnet de conducir. La chica exótica que me gusta viene a decirme que no hay problema con eso, que siempre podemos disimular y en el caso de tener que manejar un coche, podría hacerlo ella. Bien.

Siguiendo un pequeño pasillo me adentro en la sala de reuniones sólo apta para el sexo masculino. Y ahí me encuentro una serie de butacas puestas en hilera y pegadas a la pared, donde ya hay algunos hombres sentados. La cosa consiste en ver una suerte de documental en una gran pantalla que hay enfrente de los sillones. Me siento. Para oír la proyección hay que colocarse unos cascos, pero hay varias opciones de audio en los cascos, hay que mover una ruedecita que se encuentra bajo el apoyabrazos derecho de la butaca para localizar la sintonía del audio del vídeo proyectado. Tras seguir en la rueda varios iconitos, tras oír canales musicales, al fin doy con el audio del documental en curso.

La proyección transmite las glorias y beneficios del mundo automovilístico y las grandes ventajas de afiliarse a esta sociedad (probablemente ilegal). Es un claro panfleto muy eficaz hecho exclusivamente para la psicología masculina, de ahí que no puedan entrar mujeres, que siendo más críticas (salvo que se trate de una película romántica) verían enseguida las trampas psicológicas de que se vale el vídeo para captar clientes. Los ejemplos que se visionan son completamente estúpidos. Por ejemplo se ve a un tío que intenta acceder a lo alto de un árbol, seguramente en el jardín de su casa, para acceder a algo. Corre serio peligro de caerse y hacerse mucha pupa. Acto seguido este mismo hombre es aupado por otro hombre que a su vez es aupado por otro hombre que a su vez es aupado por un cuarto hombre para que así el primero de ellos tenga más acceso a lo que quiere alcanzar en el árbol. Pero esto también es peligroso. En cambio si este mismo hombre se sube al capó de un coche, el problema de riesgo desaparecería y el hombre podría lograr su objetivo en el árbol sin el más mínimo peligro. Y el documental sigue con semejantes paridas de este tenor exaltando la gran utilidad manifiesta de los automóviles. Eludiendo absolutamente los propios peligros inherentes a la conducción de un coche, como son los terribles accidentes de tráfico.

Una vez finalizada la proyección, de una media hora de duración, salgo en busca de la azafata que me tenía encandilado. Pero, oh, no está, ha desaparecido. Intento volver a internarme por el pasillo de entrada pero han cerrado la puerta. Preguntando y buscándome un camino alternativo logro entrar de nuevo. En la sala donde habrían de esperar las mujeres no hay nadie, salvo una empleada. Sobre una mesa baja o algo semejante hay apiladas un montón de prendas femeninas. Entre esos trapitos encuentro la camiseta blanca y holgada, con unas letras grandes y negras en su parte central, que llevaba la guía turística. ¡Así que no se ha ido! No debe andar muy lejos...

Y efectivamente, ella está muy cerca. A pocos pasos de aquí, tras la pared acristalada que da a una gran azotea, está ella, sonriéndome, esperándome. Salgo fuera, con ella, que apenas está ataviada con una bata o gabardina. De manera muy sugerente y brusca, se retira la escasa tela que la cubre y se me muestra completamente desnuda, primero por delante, e inmediatamente después me enseña sus voluminosas, gozosas y prietas nalgas. Un fantástico trasero que me embruja y excita completamente y me hace ir tras ella lleno de un ciego deseo. Sí que está buena, todo un bombón. Rápidamente, muy solícita, ella se arrodillará ante mí y comenzará a chupármela con gusto y exquisita dedicación, proporcionándome un exquisito placer delirante. Pero estamos en la vía pública... Nos puede ver todo el mundo. Ahora ya no estamos en la azotea donde hay menos posibles miradas públicas, sino en plena calle, delante de todo el mundo. Pero está claro que a ella le gusta mucho hacerlo delante de todo el mundo. Bueno, no pasa nada, si es así, lo acepto, no hay problema... Tras esta consideración volvemos a la azotea en un santiamén, donde, sin solución de continuidad, ella sigue aplicando, con verdadero arte y pasión, su boca a mi sexo. Y yo que me muero de gusto y excitación... Ahora ella se vuelve de espaldas para apoyarse en el muro y ofrecerme su trasero para que la penetre, pero no puedo aguantar más y eyaculo sobre la pared de ladrillo. Ella, muy dulce, aunque se queda a medias, me dice muy sincera que no importa.

Ahora, caminando los dos hacia su barrio, como pareja feliz, vamos hablando y conociéndonos mejor. Me explica que ella no es sudamericana, sino de Venezuela, que es más relativo a Centroamérica. Desde luego, pienso yo, este tipo de chicas, según me han contado además, son muy fieles, cariñosas y permisivas, son mujeres "de un solo hombre", y poco o nada problemáticas, como sucede con mujeres de otras latitudes (esto según el sueño, claro). Todo esto me llena más de contento aún. También pienso en si mi familia aceptará este enlace. Me imagino que sí, y si no, me da igual, la verdad.

Por el camino le voy explicando el camelo en que consistía el vídeo que proyectaron para conseguir socios de esa extraña sociedad del automóvil de lujo (que a su vez ella, posteriormente, le explicará con sus palabras a algún conocido). Estamos llegando a su barrio, que es bullicioso y colorido, con algo de guetto localista, un barrio animado, sonriente, de colores intensos, lleno de vida. Tan contento voy que, jugando, le doy una patada a un cojín que hay en la acera. El cojín ha ido a parar al interior de un autobús interurbano, y desde dentro dos muchachas sonrientes, a la cabeza del vehículo, intentan devolvérmelo, pero el bus pasa rápido, llevándoselas y llevándose el cojín. Mi novia venezolana se ha adelantado unos pasos, ahora lleva una minifalda muy muy corta, tanto que se ve el final de sus sabrosas y jugosas nalgas. Yo sigo el juego de patear otro cojín, enviándoselo a estas alegres gentes.

Ya casi hemos llegado a las inmediaciones donde vive esta chica, al lado de un puente que da a un vasto río. En la calzada hay un montón de pelotitas de muchos colores. Voy propinándoles puntapiés a balón parado, como si estuviese lanzando faltas directas. Juego con un chaval a meterle gol. Tras catorce o quince lanzamientos, pasándomelo pipa, despierto.
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Sueños (86): El entierro de Meki y el enfrentamiento con el terrible nazi

el sueño del entierro de Meki en una tumba en una playa frente al mar y del enfrentamiento contra un nazi terrible y peligroso
No sé con qué objeto ni para qué pero llego a una ciudad costera de Galicia (que se identifica geográfica y simbólicamente con Finisterre). En seguida, en una calle con coches estacionados, me encuentro con Albero, Gus y David Pastor, apoyados en un automóvil. Me hacen mirar hacia abajo, donde, salvando un malecón, está la playa, y justo al término de esa playa, rozando las aguas, se ve la tumba de Meki, que es muy rudimentaria, con una serie de piedras colocadas alrededor de la tumba y en el medio clavada una cruz hecha con un par de ramas. La tumba ha sido construida ahí por decisión de Albero. Siento el dolor, el desconcierto y la rabia, al comprender que Meki ha muerto. Estamos todos solemnes, heridos, consternados. A nuestro lado aparecen de improviso las hermanas Patricia y Vanesa, mis antiguas compañeras de trabajo de la cripta mágica. Muy alegres y sorprendidas de verme, me saludan. Yo me muestro un poco evasivo, deseando que se vayan, ya que no es momento para chanzas. Al instante se marchan. Volvemos a nuestro mutismo contemplando la tumba de Meki.

Yo pienso que no es buen sitio para una tumba. En primer lugar porque puede subir la marea, con lo que acabaría arrastrando la tumba y los pobres restos de nuestro amigo. En este sentido les participo a mis colegas que quizá sería mejor sepultar a Meki en el mar. Además, está el inconveniente de que cualquiera que pasase por aquí podría encontrarse con la tumba y ponerse a revolver o cualquier otra cosa. Es hablar esto o pensarlo y justo en ese momento surge un niño sobre la desértica playa, y empieza a remover la tierra que tapa a Meki. Aparecemos, dando un salto espacial, al lado del chaval, espantándole como a una mosca, para proteger el espacio sagrado de nuestro amigo. Las tierras están revueltas e intentamos volver a taparlas, con cierta dificultad. Salen a flote parte de los restos de Meki en forma de amasijo de cachivaches, que intentamos tapar una vez más. Definitivamente esta sepultura es muy endeble, muy inestable.

Uno de los nuestros ha salido corriendo tras el chaval intruso hasta darle alcance, con la idea de asegurarnos de su silencio. El mocoso, asustado, ha prometido que no revelaría a nadie la ubicación de la tumba. Le dejamos marchar. Pero es evidente que siendo un niño, su promesa no vale gran cosa.

Sin aparente transición, tras regresar de amonestar al chico, en el lugar donde se encontraba la tumba de Meki, ahora hay una especie de extensa caseta de playa, un espacio cubierto por un montón de paja o madera, delimitada sólo por unos pequeños muretes de madera a modo de valla. Aunque el recinto tiene una estructura y apariencia tan mundana, en realidad se trata del santuario de un terrible nazi muy peligroso con poderes diabólicos que deambula por aquí. Un tipo alto, fuerte, de figura imponente, con un pelo corto y duro de color rubio platino, de fiera e intransigente mirada, una poderosa inteligencia y ataviado con vestimenta de cuero negro tipo "Matrix". En seguida me sorprende y para salvar el pellejo, con todos los medios a mi alcance, rápido y astuto, intento hacerle ver que soy aliado suyo y no enemigo. Le convenzo de que tengo una ascendencia alemana, limpia de judaísmo. Incluso le responderé algunas frases en alemán. Para resultar más veraz, digo un par de cosas racistas que estoy seguro que serán de su total agrado y satisfacción, y así será. Con unas estratagemas y otras, no tardando mucho, logro ganarme su entera confianza, convirtiéndome, según cree él, en uno de sus más fieles y afines adeptos.

Pero mis intenciones son muy distintas: acabar con esta suerte de demonio, aniquilarlo si es posible. (Muchas veces cuando me despierto a medias e intento repasar y recordar el sueño para luego escribirlo, sucede que vuelvo a dormirme y el sueño se repite pero con variaciones y quizá distintos desarrollos. En este caso es lo que ocurre con toda esta aventura con el pavoroso nazi, con lo que lo siguiente no sé si algunas partes pertenecen a la primera o a la segunda versión del sueño). Así, el nazi congregará a un montón de gente en una guisa de ritual, con posibles sacrificios, para captar más seguidores. Todos están sentados en pequeños bancos similares a los de una iglesia. El nazi comenzará un discurso, vagando entre los asistentes. Está abierto a propuestas con aparente tolerancia, pero cuando alguien hace alguna observación que se sale de sus credos, ese alguien desaparece como si se lo hubiese tragado la tierra. Es lo que ha ocurrido con un hombre medianamente calvo que se ha levantado y dicho algo reprobatorio. Y lo mismo con otras dos o tres personas. Con lo que el terror va en aumento entre los presentes. Pero también la rebeldía. En esta reunión, el satánico personaje hará además algunos efectos de magia para sembrar el desconcierto y la veneración, como por ejemplo convertir algunos bancos en balsas de agua con apenas unos enérgicos movimientos de manos.

El dictador tiene un fiel seguidor que desde el principio me cogió ojeriza, no fiándose para nada de mí y estando siempre alerta para desenmascararme. En la segunda versión del sueño, aparte de este esbirro, habrá otra chica morena, atractiva, de apariencia muy draculina y que es sumamente perspicaz, que igualmente buscará la oportunidad de poner en evidencia mi espíritu traidor. Los acontecimientos se precipitarán. Los secuaces del nazi acaban por descrubrirme, cuando de noche ya, me espían mientras hablo con uno de mis ayudantes secretos, probablemente David Pastor, acerca de la manera de matar a semejante monstruo. Delante del nazi me delatarán, pero curiosamente el terrorífico nazi en vez de desconfiar de mí, creerá que son sus dos ayudantes los traidores, que organizan un complot, y los eliminará sin más.

El sueño termina con el enfrentamiento directo que tengo con el nazi, en la playa, en las inmediaciones de su caseta, que colérico busca fulminarme al quedar al descubierto mi traición y mis verdaderas intenciones. Es cuando descubrimos que este satánico personaje no es del todo humano: tiene poderes sobrenaturales, como enviar mortíferos rayos desde sus manos extendidas. No es nada fácil terminar con él, no sabemos qué es lo que le mata. En la primera versión del sueño, mediante no sé qué objeto, consigo que sus furibundos rayos reboten y le alcancen de lleno a él, destruyéndole de inmediato. En la segunda versión del sueño, descubro que échandole agua por encima, el nazi se desintegra, así pues comienza un ir y venir de cubos repletos de agua.
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Sueños (85): No sé si ponerme una minifalda

soñando que estoy ante el armario y ante el espejo, viendo qué ponerme, quizá una falda o minifalda, para salir de noche con los amigos
En honor a nuestro amigo Meki, que se encuentra hospitalizado en estado grave, hemos decidido salir por la noche para rememorar viejos tiempos. Yo me encuentro ante el armario, eligiendo ropa que ponerme para salir. He pensado en llevar un toque original, así que me he probado una minifalda, que a su vez lleva encima una redecilla negra a modo de envoltorio de la falda, a modo de una más liviana segunda minifalda. Me miro en el alargado y vertical espejo (muy similar a los que teníamos clavados en las puertas de los armarios de nuestra antigua casa de Alcorcón) y la verdad es que me convence mi indumentaria y no me convence. No paro de mirarme en el espejo, intentando tomar una decisión concreta.

A todo esto llega Gus a casa y con paciencia y resignación, va viendo mis vaivenes con las posibles ropas que ponerme, sin opinar ni mal ni bien en absoluto, debe estar ya acostumbrado a mis rarezas. Descubro que en la parte del pecho llevo puesta una ridícula camiseta con tirantes un tanto infantil y amariconada, vamos que parece el peto de una niña pequeña. Le echo la bronca a Gus por no avisarme de esta porquería de prenda que por descuido me había colocado encima. Llegará Albero, que se impacientará algo más que Gus con mis indecisiones de guardarropía (también creo que aparece en el sueño David Pastor, pero no estoy seguro ni sé en qué momento irrumpe). Y yo sigo erre que erre, que si me pongo esta falda tan reducida encima de los pantalones o si no me la pongo. Me queda bien, eso está claro, pero quiero ir, pese a la falda, ataviado de manera masculina, que no haya dudas ni me tomen los extraños por un travesti. Pero yo ya me sé de otras veces que al llevar prendas femeninas uno da lugar a malas interpretaciones, de ahí mis perennes dudas. Es posible que finalmente salgamos y callejeemos un poco, pero al instante, como haciendo borrón, vuelvo ante el espejo y el armario, a continuar con mis eternas consideraciones de atavío.

Habrá otra segunda parte del sueño, bien distinta, en la que vagamente recuerdo mi trato con unas mujeres, y en la que vuelve a surgir otra situación igualmente cíclica y recurrente, sin solución de continuidad.
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Sueños (84): Partido oficial de la Selección Española de fútbol contra el Atlético de Madrid

Partido oficial de la Selección Española de Fútbol contra el Atlético de Madrid, clasificación para el Mundial de Estados Unidos
Partido oficial de la Selección Española de fútbol. Jugamos contra el Atlético de Madrid. Es un partido eliminatorio para la clasificación del Mundial. Está claro que vencer será muy fácil. Yo también estoy en el terreno de juego, como defensa, que es mi puesto habitual. Es desde luego un misterio que tengamos que enfrentarnos al Atleti, en vez de hacerlo contra otra selección. Estamos jugando en Alemania. Un gran público abarrota las localidades. La furia española, incesante, ataca una y otra vez, hasta conseguir el primer tanto, todo un golazo, quizá del Niño Torres. Al poco se pierde todo el interés por el enfrentamiento. Los jugadores de la Selección permanecen parados, los jugadores del Atleti han desaparecido casi por completo, ya casi no hay público en las gradas. En una gran pantalla están emitiendo noticias relacionadas con el próximo Mundial y todos permanecen atentos, parados en el campo, casi en fila india. Y resulta que no, que al final el resultado de este partido no influye como fase de clasificación. Yo quiero aprovechar la paralizada coyuntura para meter un gol, que hoy lo tengo fácil, pero cuando estoy solo delante de la portería contraria y chuto, el balón golpea con unos hierros planos que hay a ras de suelo y el balón sale fuera.

Después estamos todos en los vestuarios, revisando nuestras camisetas del Mundial. Entre nosotros pasa un momento Vicente del Bosque, que serio, sin hablar con nadie, aunque con alguna mirada de complicidad, se dirige a otra estancia. Alguien se sorprende al ver que mi camiseta, extendida sobre una mesa, con mi nombre en el dorsal, no tiene número. Lo cual demuestra que no estoy convocado para el Mundial. El resto del equipo se muestra afligido y pesaroso, en cambio a mí me alegra la cuestión, porque no tenía la intención de ir a Estados Unidos, que es donde se juega el siguiente Mundial. Les dedicaré a mis compañeros una palabras muy emotivas de despedida, explicándoles mi orgullo de haber jugado con ellos, que son muchísimo mejores que yo, además de estar yo ya mayor para estas lides, frisando como friso la cuarentena. Y que aunque yo ya no juegue en la alineación todos los triunfos que han logrado y que seguirán consiguiendo también los recibo yo...

Finalmente tienen que venir a recogernos, para desplazarnos hasta Alicante (curiosamente Alicante, en el sueño, se sitúa al noroeste de España). Estamos esperando a unos frailes y monjas que son los que se encargarán de atendernos y de nuestro traslado. Yo me quiero ir, pero la cosa está complicada, ya que estamos atrapados y nadie puede salir. A ver cómo logro escabullirme...

Previamente a esta parte final, he soñado también que me internaba con dos compañeros por una galería que conducía al vestuario. Al volver, tres camiones y una serie de armarios taponaban la entrada. Los camiones, de remolque, estaban llenos de cachivaches y cosas aparentemente inservibles. Un guardia se encargaba de vigilar todo. Yo disimulaba, demorándome en dirigirme a los vestuarios, porque quería llevarme, sin que me viera el rudo vigilante, una de esas raras piezas metálicas a modo de souvenir.
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Sueños (83): Las chicas del videobook y Valentín fumando

cigarrillos negros Ducados en su paquete clásico de color azul y blanco
Una chica de pelo negro y liso, jovencita, acompañada de sus amigas de la misma edad (de 18 años a 19 años, o incluso menos), me ha encargado un videobook. Quizá sucedan más cosas en el sueño antes de llegar el momento en que les enseño el resultado de mi trabajo. Para ello nos veremos Eva y yo con las jovencitas, muy monas ellas, bien arregladitas, en la parte de arriba de un bar-restaurante. Serán como las once de la mañana. Colocaré la cámara en el centro de una larga mesa que ocupamos. Ya antes de sentarnos me preguntó una de estas chicas por los videobooks que hago, así que es posible que me salga más trabajo. Los reflejos del sol que entran por las ventanas impiden ver bien el vídeo a algunas de ellas, así que las recolocaremos. El videobook, un poco largo, es del bien parecer general. En el vídeo, con bastantes planos y ambientes, algunos de ellos "caseros", vemos a la joven actriz interprentando, cantando y bailando.

Al terminar el visionado le comento a la muchacha que yo quizá acortaria una parte por resultarme algo larga. Ella dice que no, que se queda así, que le gusta mucho como está. Perfecto. Las chicas se van marchando. Veo que encima de la mesa me han dejado 60 euros (un billete de 50 y otro de 10), o sea que falta dinero. Pero levantando el mantel o algunos platos, en alguna esquina, encuentro más billetes de diez euros, que han dejado un par de sus amigas. O sea que sí, que me han pagado la totalidad.

Sin salir del restaurante ahora estamos Eva y yo tapeando con Valentín y Belinda. Seguimos ubicados en la parte de arriba del bar, ahora rodeados de un ambiente más nocturno. De hecho ya es de noche. Pero aquí no se puede fumar, nos indica un camarero, para eso mejor ir a la planta baja del local. Me fijo y en varias mesas, en la parte de arriba del bar, hay gente fumando, pero igualmente que nosotros tendrán que desplazarse hacia abajo, ya que aquí, en teoría está prohibido fumar...

Como no quiero hacer más viajes, agarro todo de una vez y voy descendiendo a la planta baja del bareto. Voy bajando muy despacio para que no se me caiga nada, con pies de plomo, casi como si fuera un equilibrista, por el primer tramo de escaleras que lleva a la sala principal del sitio, con las manos muy ocupadas. Comienza a derramárseme la cerveza, a salirse por los bordes y casi se me ha ido ya media caña, cuando decido beber un trago para ir menos cargado. Un camarero dice o piensa, entre molesto y jocoso, "que ya podría haber hecho eso antes". Valentín viene a mi lado.

Cuando estamos en el piso que da la calle y ya sólo nos falta bajar un piso, veo algo que me deja completamente sorprendido: Valen se saca un cigarrillo, se lo emboquilla en los labios y lo enciende, comenzando a fumar. Fuma tabaco negro, concretamente Ducados, el típico paquete con su clásico envoltorio azul. No salgo de mi asombro, ya que Valentín no ha fumado jamás en la vida y que empiece a hacerlo a los cuarenta años es algo que no encaja, que no tiene sentido. Le preguntaré que a qué se debe esto. Y una vez instalados abajo, junto a Eva y Belinda, nos cuenta el por qué del haber decidido fumar. Resulta que reflexionando acerca de su pasado se dio cuenta de que quería disfrutar de la vida y ser feliz, y que hasta la fecha se había dedicado a hacer lo que querían los unos y los otros, además de las obligaciones de siempre. Y había descubierto que fumar, entre otra cosas, le proporcionaba un gran placer. Para ilustrarnos debidamente sobre sus conclusiones nos irá relatando aspectos y capítulos de su existencia con una extensa precisión cinematográfica. Y el sueño entra en una fase en que se proyecta la película de la vida de Valentín, contada por él mismo.
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Sueños (82): Intento de asesinato y acorralados por los disparos de la policía

intento de asesinato y acorralados por los disparos de la policía
Estoy en una especie de vivienda gigantesca que se asimila a una nave industrial de techo no excesivamente alto, donde las salas y habitaciones son compartimentos acristalados con bastante separación entre ellos. Este será el decorado general del sueño. En una de esas "cabinas" está instalado, por mediación mía, mi padre, que se encuentra sedado y en una cama de hospital, muy grave, casi en coma, prácticamente muriéndose. La idea de haber traído a mi padre aquí, en lo que pueden ser sus últimas horas (o días) de vida, no ha sido bien acogido por el resto de la familia, aunque sí ha supuesto un alivio para Gloria. Yo cuido de mi viejo, le atiendo, vigilo su estado, que contra todo pronóstico va mejorando claramente. Creo recordar que hasta llega a levantarse, con su pijama azul de hospital, y circula un poco por su alojamiento, quizá hasta vea la televisión, pareciendo alejarse de la muerte con bastante certeza.

A todo esto se ha ido llenando de gente esta especie de mansión-industrial, son amigos, familia y desconocidos, que van circulando por los espacios que hay entre las cabinas. De repente sorprendo a la hermana de una amiga intentando asesinar a mi padre. Mientras él duerme y reposa en su camastro, ella empieza a meterle un periódico enrollado (o algo semejante) por la boca para asfixiarlo. Quizá se trate de un complot y no esté actuando aisladamente. La detengo en su intento homicida y de manera muy dura y salvaje publico y reitero a los cuatro vientos, a unos y a otros, con pelos y señales, la monstruosidad que iba a cometer esta chica con la vida de un pobre enfermo. Mis increpaciones y advertencias surten efecto y la asesina se ve aislada socialmente. Maica procura convencerme para que me mueva la piedad y no sea tan cruel con la chica en cuestión (quizá tenga Maica un parentesco con ella). Me niego, por supuesto, rotundamente: tiene que expiar su intento criminal. En una vitrina a una doble altura está encerrada la chica, sufriendo un colapso psicológico, histérica, profundamente deprimida, todo debido a mi férrea y fiera actitud. Por supuesto sigo sin compadecerme, que se joda, que pague.

Y el sueño entra en otra dinámica. Se convierte en una trama parecida a una película de gángsters. Desde el exterior se produce un tiroteo tremendo, una avalancha de balas que nos acosan y diezman durante varios minutos en nuestra mansión industrial. Nosotros somos los "malos", se supone, los mafiosos, y casi con toda probabilidad nos dispara la policía. Muchos de los nuestros mueren, acribillados a balazos, entre ellos, mi padre. Una vez muerto mi padre no me queda otra que asumir el mando de los míos. Además, por mi carácter decidido y carismático, me convierto al instante en el líder de los que estamos aquí reunidos en mi singular fortaleza, o sea, en el líder de los cabecillas, aquí presentes, de las bandas más influyentes del mundo del hampa. Además de mi padre, han muerto, mayoritariamente, los jefes mayores, con lo cual, ahora los capos somos nosotros, los herederos, la siguiente generación.

Yo planteo un brillante discurso, bajo luces de fléxores muy del cine negro, acerca de la importancia de salvar nuestras diferencias y estar unidos para salir de este berenjenal en el que estamos acorralados por todos los lados. Resulto muy convincente, afirmando mi autoridad. Pero empieza de nuevo un insistente tiroteo con energías renovadas y al instante se produce la desbandada, cada cuál por su lado, haciendo oídos sordos a mis exhortaciones de permanecer unidos.

La cosa está muy complicada. Ahora ya se trata de un sálvese quien pueda. Delante de mí, el único que como yo ha permanecido impasible ante el reincidente tiroteo, está uno de los capos, de mirada fría y retadora, rubio, serio y lacónico, alto y con aspecto nórdico, que a todas luces es mi más peligroso y manifiesto rival, y que ahora mismo accede a salvarme el pellejo, indicándomelo con un sencillo cabeceo tras mirarme intensamente a los ojos y leer en ellos mi urgente incertidumbre. Acto seguido, corro tras él, siguiendo sus pasos. Atravesamos un abierto jardín del patio, hacia el garage.

En un coche negro de tipo diplomático mete rápidamente tres muñecas elegantes que tienen por rostro un óvalo blanco y nos introducimos después nosotros en el automóvil, en los asientos de atrás. Del respaldo trasero del asiento del conductor, salen unos pequeños mandos, un tanto futuristas, para manejar el coche. Seré yo quién conduzca, indicándome y acompañándome, al lado, el gángster nórdico. Los asientos delanteros permanecen vacíos, con lo que da la sensación, desde fuera, que el coche funciona solo. Haremos lo más ilógico: salir por la fachada de la entrada, que es dónde están apostados todos los policías disparando. El coche irrumpe con un salto de varios metros en el espacio público, lanzado como un torpedo. Y atravesaremos las "trincheras" policiales sin que nos detengan o disparen. Evidentemente, mi compañero debe tener oscuros y secretos contactos con la policía que nos eximen del peligro.

Ya salvados, enmarcados en el tráfico, pierdo un poco el control del vehículo, ya que estos mandos son complicados y extraños, y a duras penas me manejo con solvencia, lo que casi nos lleva a darnos un buen golpe con otro coche. Sin embargo, con las indicaciones del nórdico consigo conducir con menos torpeza. Y a esa altura del sueño, más o menos, me despierto con unas tremendas ganas de mear, mezclándose esta necesidad con las veladuras surreales del sueño.
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Sueños (81): Breve visita a Mario y el casting de publicidad

sueño de la breve visita a Mario, el cliente impertinente y el casting de publicidad realizado en un dormitorio
Me desplazo por Madrid y llego a casa de mi amigo Mario San Emeterio, que me recibe en su salón, un salón muy parecido, casi idéntico, al que teníamos en nuestra casa de Alcorcón. No sé cómo es la cosa, si es que he llegado demasiado tarde o que Mario se tiene que ir repentinamente o que me espera alguien y me tengo que ir yendo ya o qué exactamente, que con la de tiempo que llevábamos sin vernos, la visita es obligatoriamente muy corta. De manera muy difusa, no lo tengo claro, pero parece que me ha acompañado mi hermana. En el salón aparecen dos personas más y sucede algo relacionado con una cámara de vídeo. Mario quiere presentarme a un escritor al que le ha hablado de mí para que le haga una página web. El escritor no termina de llegar. Para cuando llega, ahora ya no estoy en el salón de la casa de Mario, sino en mi salón de la antigua casa de Alcorcón. Dada la simulitud de ambas estancias, se cambia de la una a la otra sin apenas transición. Mario ya no está.

Mi cliente, el escritor ha hecho su aparición con su mujer y su hijo, un adolescente algo atolondrado. Es un tipo algo bajo, algo calvete, enérgico y de esas personas que tienen auténtica dificultad para escuchar a los demás. No termino de enterarme qué es lo que quiere exactamente. A todas luces ya tiene una web (o blog), que vemos un instante sobre la larga mesa de cristal del salón. Entonces no sé si quiere cambios o algo nuevo. Pero él está disperso y poco concreto. Inquieto, no para de moverse, incapaz de fijar la atención. Ahora dice que se va, que se tiene que ir un rato y que vuelve al cabo. Y se las pira, llevándose consigo a su familia.

Luego, ciertamente, regresará, y casi la lía parda. Entra en el dormitorio de mi madre como quien no quiere la cosa. Mi madre duerme. Y el tipo, despacio, comienza a meterse, desde un lateral de la cama, entre las sábanas, con mi madre, frente a ella, a su lado. Que casi llega a despertarla, al menos la medio despierta un poco. Rápidamente corro a sacarle de ahí, antes de que le dé un susto de muerte a mi madre. Me dice que sólo quería agradar y dar una sorpresa y saludar. Estoy completamente anonadado, estupefacto con la anormal actitud de este personaje...

A continuación se celebra un casting en la misma habitación de mi madre (ya sin ella), en el piso de Alcorcón. Yo he entrado de los últimos, seguramente el último. El casting es de publicidad y la directora de casting se dedica a hacernos fotos profesionales (no hay cámara de vídeo). Ella nos va dirigiendo, colocando, indicándonos qué pose y actitud adoptar. Pero conmigo entra en dificultades. Me despeinará un poco, me hará poner un brazo, el izquierdo, en jarra sobre la cintura y el otro que cuelgue, mi dará instrucciones de cómo tengo que sonreír, etcétera. Pero... no debo hacerlo bien o no consigo entenderla. Me saca varias fotos y no, no doy, no funciona, no tengo interés. Además, según ella, tengo demasiada barba. Le pregunto si me afeito (tengo el cuarto de baño al lado), pero no, no hace falta. Se esfuerza en indicarme cómo se hace. Sin embargo me da pautas contradictorias: si tengo que acabar sonriendo amablemente, cómo quiere que haga algo de acting mostrándome colérico, por ejemplo. ¿Y si hago otra cosa distinta, en qué momento cambio y me paro para que haga la foto?

En el dormitorio donde seguimos con casting entran amigos, entre ellos mi amigo Jorge Riquelme, y compañeros y otros que han realizado el casting. Se quedarán alrededor, viendo mi casting. A mí esto no me importa, al revés, me siento más arropado, ya que estoy empezando a ponerme nervioso, a bloquearme y a no dar pie con bola. Desesperado llegaré a decir: "Es que yo soy actor, no soy modelo". Y añadiré que como actor soy muy bueno, trabajando siempre a partir de premisas, pero que de modelo, eso de poner caras desde la nada, no me funciona. Es sorprendente el tesón de la directora de casting, parece obsesionada en terminar por sacarme algo "interesante".

A todo esto me echará un cable Juan Bey. Me cogerá en volandas y comenzaremos a bailar ballet. Juan me lanzará por los aires, me moverá hacia acá y hacia allá, y yo, como una auténtica sílfide, ligero y elástico, respondo a la perfección, con notables proezas de precisión y belleza. Pero ni por esas. Ni aún así logra buenas fotos la dire. No es tampoco lo que quiere.

Se está haciendo tarde, los miembros del equipo de la directora de casting se van a empezar a mosquear conmigo como no terminemos pronto. Me lío a buscar unas fotos que me hicieron de actor por si eso sirve de ayuda, por si el interés fotogénico que busca se halla en esas fotografías. Ella espera, apoyada en la larga cómoda marrón que hay enfrente de la cama del dormitorio (increíble que quepamos tanta gente en un espacio tan reducido). Encuentro fotos e imágenes aquí y allá, pero no son las fotos en blanco y negro que estoy intentando localizar. ¿Dónde las habré dejado? Rebusco en el armario de mi habitación. Nada. Sí que es raro. ¿Dónde estarán las dichosas fotografías?.

Finalmente logro hallarlas dentro de una carpeta, quizá de plástico rojo. Las llevo corriendo. La directora de casting está cansada y volcada sobre la cómoda, semi adormilada. Le explico (dado lo tarde que es y la fútil intensidad que ha derrochado de manera empecinada conmigo) que ya no me importa el casting en sí, que lo que me interesa es aprender a cómo hacer este tipo de castings, que lo que quiero es que me diga si en estas fotografías ve algo de lo que busca, aunque, evidentemente, estas imágenes no sirvan. Pero al mostrarle las fotos, veo que tampoco son estas las que le quería enseñar, sino unas más pequeñas y más "caseras". Buf, qué frustrante es todo esto. Y de súbito, me despierto.
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Sueños (80): Vecinos, variedades y un polvo frustrado

Polvo fustrado con la vecina: sueños eróticos
El sueño se desarrolla en diferentes casas de vecinos. En un momento dado estaré en casa de Mirta, la vecina, en su cocina cuadrangular, con otra gente, trasteando, haciendo no sé qué. Luego estoy en otra casa, la vivienda de otra vecina o conocida, que es donde se desarrollará la mayor parte del sueño. Estará lleno de gente, la mayoría conocidos (conocidos en el sueño, pero como la mayor parte de gente que aparece en el sueño, no son conocidos míos en la realidad). Estamos todos desperdigados por sofás, en el suelo, aquí y allá, casi en plan sentada hippy, parece que haciendo algo o esperando a algo, o haciendo que esperamos a que termine algo. Y se nos hará tardísimo. Ya dan las siete de la mañana, la mayoría de los presentes se han ido marchando, ya sólo quedamos cuatro gatos.

Hasta que llega el momento en que nos quedamos solos la dueña de la casa y yo. Estamos tumbados en el suelo del salón, hablando. Ya es hora de irme a casa con Eva. Pero sin pensarlo, repentinamente, la arrincono frente a la pared, ella pone su culo generoso en pompa, a cuatro patas, desnuda, y comienzo a metérsela por el culo. (Parece que esto ya lo hemos hecho antes, al menos una vez). En seguida me hace saber que ella no disfruta con esto. Así que cambiamos de postura y ahora se vuelca sobre mi sexo y empieza a chupármela. Sin embargo esto no me agrada, más bien al contrario: me hace daño, ya que tiene piercings grandes en la lengua y en los labios, entre ellos un gran aro, y me está destrozando el pene. Con lo que volveremos a cambiar de postura. Esta vez ella se sentará a horcajadas sobre mi sexo y acto seguido, se la mete. Pero... en ese instante se abre la puerta de la calle (estamos muy cerca del pasillo de entrada) y aparecen dos vecinas en el marco de la puerta, una de ellas negrita, y nos pillan infraganti haciendo guarrerías. Inmediatamente me espanto: seguro que estas le van a ir con el cuento a Eva...

La vecinas desaparecen, mas yo ya no puedo continuar con esto. Me levanto y dejo de estar desnudo, dispuesto a regresar ya a mi morada. Pienso que tampoco he sido infiel exactamente, ya que sólo ha sido "un poquito" y no hemos terminado nada, en verdad ni siquiera hemos empezado casi. Antes de irme, estaré de nuevo con la vecina con la que se ha frustrado el polvo (que quizá, remotamente, sea alguna ex compañera de pasadas clases de interpretación) en una de sus habitaciones y nos acompañan, nuevamente, las dos vecinas que nos sorprendieron. Monto con la vecina una especie de escena que dé a entender que lo que estábamos haciendo antes cuando nos pillaron, era una broma, sólo eso, una broma. Desde luego un subterfugio por si Eva se entera, que le digan que era una broma. Parece convincente nuestra estragema. Incluso puede que le cuente yo la broma antes a Eva, nada más llegar a casa.

Ahora me despido de la vecina en la puerta de su hogar. Y aunque no tengo ninguna intención de caer con ella en el mismo error lujurioso, me encuentro invitándola en plan cortés, atento y romántico, como un caballero, a quedar de nuevo próximamente. No doy crédito de mi actitud. Esta parte del sueño la estoy viendo desde fuera, con lo que es "otro" el que habla, un "otro" que no dejo de ser yo, y que me está traicionando. Cosas de la psique.

Hay otra parte del sueño, que no logro ubicar, en que me encuentro en la casa de otro vecino, concretamente alguien identificado con el marido de Mirta. Estaremos comiendo en la mesa de su reducido salón como invitados, seremos cuatro comensales, incluyéndole a él. Yo quizá me había presentado allí con el objeto de transmitirle un recado de Mirta. Nos tenemos que marchar, mas yo aún no he terminado mi plato de pescado blanco (merluza o algo así). No pueden esperarme. Yo les digo que aguarden tres minutos, que es lo que me queda. Se detienen un poco y ven que voy a tardar más de lo indicado, así que deciden largarse. A mí me da pudor el que me deje solo en su casa el marido de Mirta, ¿no desconfiará de mí? Yo podría ser un ladrón y robarle tan tranquilamente. Me apuro en terminar para que no les dé tiempo a pensar que podría hacer algo malo si me dejan aquí solo.
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Sueños (79): El bolsillo lleno de dinero y prisas por llegar a casa

sueño: El bolsillo lleno de billetes y prisas por llegar a casa
Estoy en un restaurante haciendo una animación como camarero infiltrado, aunque a momentos también parece que trabajo como camarero real. Atendiendo una mesa. Me pagarán aparte, dándome una jugosa suma, más de quinientos euros repartidos en un montón de billetes, en plan "quédate con la vuelta". Y esto se repite con el grupo de comensales de otra mesa, recibiendo igualmente una cuantiosa suma. Además recibo dinero extra por otras vías. Total, que me junto con un montón de dinero en varios fajos y paquetes. Inmediatamente surge la preocupación de que me atraquen o roben. Es por la noche, quizá sábado, y no puedo salir de juerga con tanta pasta encima, así que haré una llamada a un colega -¿quizá Albero?- indicándole que hoy no salgo.

¿Pero dónde escondo el dinero hasta que llegue a casa? Pienso en meter un par de paquetitos de billetes muy doblados en los calcetines, pero se vería un bulto tras los calcetines y podría resultar bastante sospechoso. Otra opción sería meterlo en un bolsillo delantero de la mochila gris que traigo, pero... ¡es el primer sitio donde mirarían mis posibles ladrones! Termino por no saber qué hacer tras tantear varias alternativas nada satisfactorias, ay, dónde ocultar las pilas de billetes, así que de momento las meto en uno de los bolsillos delanteros del pantalón vaquero.

Durante este tiempo estaré haciendo montones con los euros, prensándolos en pequeños paquetes, contando los billetes a ver si falta algo, intentando siempre que sea con el mayor disimulo posible, que no me vea nadie trasteando con tanta guita. Mas parece que siempre me pilla alguien infraganti con estas tareas. Por ejemplo, recuerdo que me meto en los amplios cuartos de baño del restaurante, pero a través de un hueco que hay en la pared me ven un par de chicas o mujeres que están en el baño contiguo de las féminas, que me miran con aire de molesta sospecha. Así me sucederá en otros rincones.

Finalmente salgo del restaurante, con el dineral en el bolsillo, con prisa por coger un taxi, con prisa por llegar a casa, con prisa en salvar y esconder el pecunio. No tardando mucho localizo un taxi y me subiré con mi amigo Ángel B. C., que justo en ese momento aparece de la nada. En el taxi seguiré revisando mis fajos de billetes, difíciles de contar, sacando solo un filito desde el bolsillo. Como tengo dinero de sobra no hay ningún problema en que vayamos en taxi hasta Alcorcón. También a Ángel le parece bien la idea. Sin embargo, el taxista, que según descubrimos después, es de color, se niega a llevarnos tan lejos, con lo que nuestro trayecto tendrá que finalizar en Príncipe Pío y ahí coger un autobús de la "Blasa". Por suerte ya son como las nueve de la mañana, con lo que habrá autobuses que salgan con regularidad hacia nuestro destino.

El taxista nos dejará algo alejados de la estación de los autobuses, lo cual me supone otro contratiempo más. Al fin llegamos a nuestra parada. Curiosamente, ahora Ángel B. C. se ha transformado de golpe en mi amigo Valentín. Yo ando nervioso, con ansias por llegar a casa y salir de la incierta "intemperie" y más frenético me pone el que aún nos quede un buen trecho. En breve llega nuestro autocar, entraremos detrás de dos señoras por la puerta del medio del vehículo, apretujándonos rápido para coger sitio y sentarnos. Valen y yo nos sentaremos atrás del todo. El autobús se llena a medias en pocos instantes y por fin arrancamos. Al poco de partir, consigo calmarme, relajarme, bajar mis humos ansiosos, y es ahí cuando me despierto.
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Sueños (78): Una historia de Javi J. Palo

el sueño de la novela de Javi J. Palo y su extensa finca con amigos y familiares
Comienzo a leer una novela escrita por mi amigo Javi J. Palo. Mientras tanto, paralelamente, me desplazo, quizá en autobús, a una casa que tiene Javi en el campo. Durante el viaje, mientras llego a la finca de Javi, y ya allí, entre familiares y amigos suyos, todo el tiempo se va escenificando la acción del libro: a veces la leo en primera persona, otras veces es Javi quien la lee, o lo narrado se transforma en película, o una voz en off va relatándola, o se mezcla y e iguala la realidad de lo que sucede en la finca con la realidad de la ficción del libro. Todos estos planos narrativos se van fundiendo simultáneamente. El final de la novela coincide con nuestra estancia en un cobertizo, en la que Eva y yo estamos al lado de Javi y su chica Ana, tumbados plácidamente entre más gente, con algunos rayos de luz penetrando entre las maderas que conforman la construcción. Ana dirá una frase y Javi otra, la última de la novela, una frase parecida a "ya no me importa morir", con lo que el libro concluye de una manera triste y profunda, dando otra dimensión a una trama divertida, aventurera, llena de situaciones curiosas. Felicitaré a Javi por su obra, muy buena, sorprendentemente buena.

El sueño sigue con diversas variedades en la extensa finca de mi amigo. En el chalet principal, en la planta de arriba que vuelca con doble altura sobre el inmenso salón principal, juegan a las cartas y otros entretenimientos, fuman y beben, los mayores y adultos de la casa. En el exterior, con David García Palencia y los peques. Habrá una expedición al pueblo vecino. Iremos todos, escalonadamente, formando grupos, los adultos, los niños, los adolescentes, los abuelos... David y yo iremos en bici (o en monopatín). El caso es que David se enfada conmigo, porque al seguirme, nos hemos quedado descolgados del grupo y ahora no les encontramos. Pero en un recodo de una calle del pueblo daremos con el grueso de la expedición. Por último, con los mayores y adultos en un bar, bebiendo, fumando, jugando a las cartas, haciendo "vida de pueblo".
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Sueños (77): El viaje a Venezuela / El viaje a Marte

soñando con un viaje a Venezuela, después a Marte tras ver en una pantalla constelaciones y nebulosas cósmicas
Salgo de casa, es por la noche. En seguida me encuentro con Francisco Florido, que me lía para ir a un concierto de música, seguramente un grupo de pop-rock, y me mete en su coche. Pasaremos cerca de un bar de copas que conocemos lo dos y él me cuenta que es el sitio donde mejores cosas le han pasado, o algo así. Seguimos nuestro trayecto nocturno. No sé por dónde me está llevando, pero me da la sensación de que no nos dirigimos al concierto. Y así es. Ahora, de día, se detendrá en un barrio, donde nos apeamos y allí nos encontramos con tres alemanes amigos suyos. Intercambiamos unos saludos y frases en alemán y en español y nos introducimos todos en el coche.

Se supone que ahora sí que vamos los cinco al concierto, pero creo que nuestro conductor Francisco se está alejando demasiado del centro de la ciudad. Al cabo sospecho que nos estamos dirigiendo al aeropuerto. Y así es. Estamos en el hall de un aeropuerto a primera hora de la mañana, amaneciendo. Que más bien se asemeja al hall de un gran hotel. La mayoría de la gente que hay, no mucha, están casi parados como en una foto fija. Llegamos a las ventanillas, los planes han cambiado, ahora iremos a Venezuela, en avión, a pasar unos días. Francisco pilla su billete, y luego los tres amigos alemanes, por turno. Cuando me toca a mí, diré que yo no quiero billete, que yo no voy. Esto sorprende mucho a Francisco y se enfada conmigo. Ya en el coche, de nuevo, (yo voy de copiloto y los germanos detrás), discutimos sobre el asunto. Le explico a Francisco que yo no puedo viajar en avión, y menos tantas horas, que me da pánico, agorafobia, ansiedad, vértigo, etcétera. Él no sale de su mosqueo conmigo. Y le recuerdo que esto ya debería saberlo, que esto ya lo estuvimos hablando hace algún tiempo. Ni se acuerda.

Tras aparcar en el mismo barrio donde recogimos a los alemanes o en un barrio parecido, nos hemos internado los cinco en una especie de caseta. De nuevo es de noche. Ahora se hacen planes muy distintos. A través de una pantalla horizontal conectada con los cielos, estamos viendo planetas y nebulosas cósmicas, se trata ahora de viajar a Marte. Hay algo con lo que no nos aclaramos y alguien llamará (quizá por teléfono) a un astrónomo para que nos explique (es posible que digamos "astrólogo" en vez de "astrónomo"). Uno de los alemanes, Hans, alto y muy rubiales, se mantiene taciturno. Se respira conspiración en el ambiente. Ahora vemos en la pantallita cómo Marte está organizada por regiones señaladas y diferenciadas por colores. Una de esas zonas se llama Ática o algo similar. Realmente parece un mapa de la antigüedad, aunque con soporte digital, eso sí. Seguimos estudiando la geografía marciana, intrigados y emocionados, descubriendo cosas. Hans, sale de su mutismo y nos dará no sé qué información que nos hace dejar de ver el universo como un misterio. Con lo que perderemos inmediatamente el interés por el viaje a Marte. Ya no lo haremos.

Habrá otro momento en el sueño, que no sé encajar dónde, en que Francisco me dejó cerca de casa, para luego recogerme algo después o al día siguiente. Paseando por un parque grande, de regreso a casa, de noche, pensé en lo bien que me encontraba de mis neuras, sobre todo en verano, donde al parecer se aplacaban. Algo parecido pensé en las idas y venidas en coche con Franciso y los alemanes, por ejemplo con el tema del posible aparcamiento en las inmediaciones del concierto.

Hay otra parte final del sueño con distinto decorado. Estoy con Esther de Sede en China ante una mesa redonda del tipo mesa-camilla, en un salón hogareño, familiar, acogedor. Hablando de negocios. Habrá que hacer otra web, además de la que tenemos pendiente. Yo tomo apuntes en un bloc de notas. Ella prefiere ir pagándome en cuotas pequeñas de veinte euros o cantidades similares, "así ni se nota", según me indica. Esto es lo que les viene mejor en tiempos de crisis. A mí me parece bien, solo que con lo pronto que tengo yo las cosas terminadas, me temo que se les va acumular y al final me lo van a tener que pagar todo junto. Esther cambiará de aspecto, ora será una sesentona, ora tendrá la treintena larga.
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