Sueños (125): Grietas y túneles de metro

Grietas, túneles de metro y un accidente
Llego a un andén de metro sin apenas iluminación, muy oscuro, algo derruido, con toda la apariencia de encontrarse medio abandonado desde hace mucho tiempo. Las escasas figuras que pueblan el andén, aquí y allá, son maleantes o al menos, gente de mala catadura. Busco dónde situarme, apartándome todo lo que puedo de estos sospechosos personajes. Al girar antes por un arco me topé con otro siniestro malhechor, con aspecto de yonki, quizá el más temible de todos los presentes.

Algo más tarde, también entre los entresijos de este tétrico metro, quizá en el mismo andén anterior, me encuentro junto a dos tipos que serán desconocidos o irreconocibles, aunque debemos formar parte de un grupo determinado. Se aproxima un tren a toda velocidad justo cuando uno de los nuestros está entre las vías. Y no podrá escapar ni el conductor pisar el freno a tiempo. Con lo que la locomotora le alcanzará de lleno produciéndose un tremendo impacto, y, cosa curiosa, al chocar, en vez de salir propulsado hacia delante, el accidentado describirá una gran parábola proyectándose hacia atrás, por encima de los vagones, cayendo muchos metros más allá, justo al otro lado del largo andén. Varias personas irán corriendo hacia el lugar en que se halla el siniestrado, que inexplicablemente seguirá vivo y además sin daños, ileso, sólo un poco aturdido. Se pondrá en pie tras unos instantes de conmoción.

No sé si viendo algunas grietas en los techos de los túneles o si ya hablamos de otra secuencia distinta que vendrá a continuación (creo que la primera opción ya que la asociación mental encaja de alguna manera), el caso es que hay unas largas grietas estampadas en el techo de mi habitación. Temo que el techo se hunda antes o después. Mi amigo Javier Fernández Aracama se sube hasta el techo y comienza a tirar con fuerza del saliente de una hoquedad para comprobar la resistencia de la techumbre. A la cuarta sacudida una parte del techo se derrumba sobre la cama, dejando un bonito hueco por donde se ve el piso del vecino de arriba, concretamente una sala llena de cajas de embalaje. Yo me enfado bastante con la improvisada iniciativa de mi amigo. A ver cómo arreglamos este desaguisado ahora... Y me quedo sin intimidad, hasta para hacerme una paja (eso pienso en el sueño) corro el riesgo de ser avistado por el vecino... Aparece ahora Eva en escena, viendo el percal. Por un momento abriré los ojos y comprobaré aliviado que el techo cuadrado de mi habitación permanece intacto (en la realidad, claro).
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Sueños (124): Imanol Arias y mi tío Tomás

El actor Imanol Arias (en su personaje de Antonio Alcántara en la serie Cuéntame como pasó) protagonizando un sueño
Es por la noche. La acción transcurre en un parque, donde se ve a un vecino que teníamos en los Hábitats (un personaje pintoresco que pasaba la cuarentena y siempre iba por la urbanización en calzones haciendo footing, era delgado, huesudo, con una calva reluciente y con aspecto de viejo; por estos rasgos, junto con la característica de que en vez de correr parecía que estaba escalando un muro invisible, Val y yo lo habíamos bautizado con el sobrenombre de "El araña"). Al parecer el vecino se ha vuelto loco desde hace tiempo y abandonó a su familia, viviendo actualmente -y durante un instante vemos una escena familiar en su nuevo hogar, en la cocina- con otra mujer que será, además de su pareja, como una amorosa enfermera para con él. Su locura puede ser congénita, de hecho fue primero su hijo Carlos el que se volvió majara y esto le afectó tanto que desencadenó su latente enajenación.

Este hombre paulatinamente cambia físicamente hasta que acaba por identificarse plenamente con mi tío Tomás, que a ratos vive en casa con nosotros. Aparece mi padre en escena, aunque más bien el que aparece es el actor Imanol Arias en su papel de "Cuéntame cómo pasó", que durante todo el sueño se identificará asimismo con mi padre. Hay una escena en que mi padre (con la apariencia exacta de Imanol la mayor parte del tiempo) y mi madre están con el tío Tomás, sentados en el parque en una mesa como de picnic, hablando con él, haciéndole compañía. Sigue siendo de noche. Mi padre intenta remover en la locura de mi tío para ayudarle, para conocerle mejor, para encontrar pistas que puedan retornarle a la razón y que abandone el sufrimiento interno que arrastra desde hace mucho. Le dirá algunas cosas hirientes como mencionar el rasgo de su cabeza apepinada por el uso de los fórceps cuando nació. Sin embargo mi tío no se altera, tolera perfectamente las indiscreciones de mi padre / Imanol, que se expresará con cercanía, seguridad y don de gentes. En verdad que es prácticamente mi padre el único que se ocupa de mi pobre tío, el que más le quiere, acepta y comprende.

Tendré un momento aparte yo sólo con mi tío, pero no recuerdo más. Algo después estaremos en casa con mi padre tanto mi hermana como yo, ambos somos niños ahora y tendremos alrededor de los diez años de edad. Estamos eligiendo un par de tartas para llevárselas a nuestro tío. Escogeremos dos grandes tartas, una de chocolate y la otra es blanca, de entre cinco o seis tartas, todas ellas bastante artísticas, con molduras y adornos. Saldremos con las tartas por la puerta de la calle. Y las compartiremos con mi tío en un parque u otro espacio similar, a plena luz del día. Él se muestra muy satisfecho y agradecido.

Sucederán más cosas que se han borrado de mi memoria. Al final, de nuevo de noche, contemplo cómo habla Imanol Arias (Antonio Alcántara) con mi tío Tomás. Se expresa de manera contundente, rica, variada, ejemplar, con multitud de gestos que definen una época, una idiosincrasia, una manera de ser. Y yo viéndole desde cierta lejanía pienso: "¡qué arte!, ¡qué gran actor!".
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Sueños (123): Terapia de grupo numerosa y mi padre pintando

La terapia de grupo numerosa y los conflictos entre los pacientes de la psicóloga + Mi padre intentando descifrar el misterio de la pintura
Estamos una veintena de personas, tanto hombres como mujeres, sentados en una terapia de grupo psicológica en una sala alargada y estrecha, más similar a un largo pasillo, con lo que media mucha distancia entre los extremos, mientras las personas que están unas enfrente de otras casi se están tocando las rodillas. Un poco antes hemos estado la mayoría de nosotros reunidos aparte y hablando calurosamente de cosas ajenas a la terapia, lo que nos ha hecho llegar tarde y perjudicar al resto acortando el tiempo que tenemos dedicado a la reunión colectiva, con la consecuencia de toparnos con la embarazosa molestia y el hostil silencio de los que no estuvieron presentes en nuestra discusión y la reprimenda profesional de la psicóloga, breve y concisa. Tras lo cual retoma inmediatamente nuestra psicóloga (¿quizá se trate de Estrella?) el desarrollo normal del tratamiento para aprovechar el poco tiempo que nos queda. Le preguntará a una de las chicas sobre la indignación que siente hacia el grupo que hemos truncado la sesión. Esta rápida toma de las riendas por parte de nuestro médico me ha sorprendido muy positivamente.

Cuando se nos agota el tiempo y quedan las últimas palabras concluyentes de resumen y recopilación con que suele concluir la sesión nuestra asesora psicológica, uno de los nuestros situado en uno de los extremos, uno con perilla y algo redondo, interrumpe bruscamente en plan charlatán de feria, abortándonos a todos el esperado final con las sabias apreciaciones de la especialista. Como si se tratase del director o presentador de un programa de televisión el tipo mueve mucho las manos gritando y levantándose indicando a los cuatro vientos (realmente se comporta como si hubiese una cámara oculta) que la sesión ha terminado, que muchas gracias a todos y que ya nos podemos ir, que se acabó, que nos vayamos ya, de inmediato, etcétera. Su desconsiderada actitud y su tono inflexible e irrespetuoso me hacen saltar como un resorte y pronunciarle una severa reprimenda delante de todos los presentes. Con voz seca, cortante y contundente, levantado y airado, le increpo con fiereza en una suerte de discurso en que resalto mi absoluta intolerancia contra la falta de respeto y que se me trate (a mí y a los presentes) como si fuera ganado, escoria, gente mediocre o estúpida, como si fuéramos piltrafas o trozos insensibles de carne con los que no es necesaria la molestia de la más mínima consideración... No, no y no. Mi profuso alegato, muy inspirado, por cierto, en el que todos callan y escuchan en vilo, causa una gran sensación. Digo mi punto final y acto seguido se produce un ruidoso y enfático aplauso general.

Algo después soñaré otra situación que, al menos en apariencia, no tiene absolutamente ninguna relación con lo descrito anteriormente. Creo que son dos sueños aparte. En este segundo episodio me hallo con mi madre en su amplio estudio de pintura o quizá sea más bien una escuela de pintura con diversas dependencias. Cuadros por todas partes (no necesariamente todos de mi madre), caballetes, múltiples iluminaciones, etc. En seguida aparece Antonio, el novio pintor de mi madre, en escena. Y en breve surge mi padre. Me imagino que quizá por celos mi padre acabe liando un buen conflicto o discusión e intento estar atento para atemperar la tormenta. Pero no. Mi padre y Antonio hablan civilizadamente, respetándose, sin evidentes tensiones, aunque eso sí, cada uno en su sitio.

Al rato estamos mi padre y yo en un aparte, hablando entre nosotros, al margen de los demás (si es que hay alguien más). Él está pintando un cuadro de proporciones medianas. Un lienzo lleno de texturas abstractas que reposa sobre su caballete. Más que pintar por afición (descubro que ya ha pintado varias telas), pinta para descubrir qué se siente pintando y de esa manera alcanzar a entender a mi madre o incluso a Antonio. Mas por más que "mancha" cuadros no llega a verle nada misterioso, interesante o especial. Esto le desespera un poco y a su manera está consultándome su desconcierto. Yo le alabo lo que está pintando. Él cree que lo digo por consolarle y lo cierto es que así es la primera vez, pero cuanto más voy mirando el cuadro, más convencido estoy de que se trata un gran cuadro, una obra muy sorprendente y expresiva, una abstracción con mucha fuerza, con predominación de un intenso amarillo (que cubre la textura rugosa del fondo) sobre el que se espolvorean otros colores vivos -sobre todo rojos- en una excelente composición cromática y estructural. Así mis alabanzas y entusiasmo con la pintura van aumentando cada vez más y así se lo manifiesto, sin embargo él está más convencido cada vez de que le tomo el pelo. Está claro que no tiene ni idea de lo que está pintando. No puede discernir lo que tiene calidad de lo que no. Y sigue sin encontrarle el gusanillo o el valor a esto de manejarse con pinceles...

De pronto pienso alarmado si mi padre no estará pintando premeditadamente y como secreta venganza sobre cuadros ya concluidos de mi madre o Antonio. Y le comunico mis sospechas. Me demuestra que sí está pintando sobre cuadros pintados previamente (así aprovecha las texturas de fondo), pero son manchas y no obras terminadas sobre las que se puede pintar encima sin problemas. Observo algunas de esas telas, en concreto una con una mancha como de cielo azul, y es verdad, le han dejado lienzos que se pueden usar perfectamente.

En la última secuencia mi padre y yo nos hemos trasladado al pasillo de entrada y a una sala contigua a dicho pasillo. Él intenta persuadirme de una vez por todas, por todos los medios y con una pasión desaforada, para que deje de fumar. Yo le digo tímidamente (hasta yo me doy cuenta de que es una débil excusa) que es difícil dejar el tabaco mientras tenga tanto lío de trabajo. Él insiste casi chillando, dándome poderosos argumentos y recalcándome la importancia de apoyarme en alguien (servirme de alguien) para superar los trances complicados de la vida. Esto último me parece un gran y sabio consejo. Su voz e ímpetu son tan agresivos que una señora sentada frente a la pared en la habitación donde nos hallamos sale de su contemplativo mutismo y gira con brusquedad la cabeza, dejando de darnos la espalda, y mirando a mi viejo con espanto y reproche.
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Sueños (121): Discutiendo con Sir Charles

soñando con Carlos (Sir Charles) de Absolute Fiestas
A horas matinales muy tempranas conseguimos Eva y yo, tras bastante follón y dificultades, que nos coja un taxi decente para llevarnos a casa. Al poco tiempo, sin transición aparente, me encuentro con Carlos (Sir Charles) en la calle, que me invita amigablemente a que charlemos. En un bar tenemos unas palabras. Carlos quiere indagar dónde estuve en la noche del sábado, ya que me estuvieron esperando para hacer una animación de camarero infiltrado en un restaurante donde se celebraba una despedida de soltero y no aparecí en ningún momento. Aunque faltó confirmarlo con una última llamada telefónica (todo esto está basado en hechos reales) yo creía que había quedado suficientemente claro que esta vez no me era posible asistir al evento y que debían buscar un sustituto, concretamente Pablo. Pero debieron malinterpretarme porque no buscaron una alternativa pensando que al final haría yo acto de presencia. Con lo cual no fue nadie a cubrir la cena y se montó un buen pollo y como empresa organizadora quedaron fatal. El tono de Carlos mientras intenta sonsacarme y pedirme explicaciones es cordial, pero desconfía de mí, sospecha que les perjudiqué deliberadamente y que además esa noche trabajé para la competencia. Me duelen estas soterradas acusaciones de Carlos, porque yo estoy diciendo la verdad en todo momento y de ningún modo le mentiría a él, que es mi amigo.

Cuando no aguanto más (ya me estoy indignando) tanto subterfugio y tanta desconfianza, agarro el teléfono móvil con decisión y llamo directamente al jefe de Absolute, o sea a Eduardo, para dejar clarito de una vez por todas que en absoluto mis intenciones y mis actos eran perjudiciales para ellos. Le soltaré a Eduardo (veo su cara escuchándome por teléfono un par de veces) una abundante verborrea en la que dejo patente mi inocencia y mis eternas buenas intenciones para con la empresa. ¿O es que creen acaso que después de más de 120 animaciones con ellos ¡¡sin fallar ni una sola vez pasase lo que pasase!! iba a ser esta vez distinto? Nunca. Ni de coña. Impensable. Si no fui es porque me era del todo imposible, que de no ser así por supuesto que no hubiera faltado a mi cita, como nunca falto. No sé qué es lo que piensa Eduardo de todo lo que le arengo, pero sí que veo la reacción en Carlos, que escucha muy atento a mi lado lo que estoy diciendo. Está orgulloso de mí, satisfecho conmigo, como si se hubiese quitado un peso de encima, el intolerable peso de tener que desconfiar de un amigo. Le han quedado manifiestamente palmarias mis explicaciones que me exculpan completamente de haber obrado con premeditación y malas intenciones. Y yo también me alegro mucho de ver recuperado al Carlos de siempre, al Carlos colega, al Carlos que confía plenamente en mí.
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Sueños (120): Huyendo con el botín

El sueño de las cuatro figuras de plástico que huyen con el botín
Los protagonistas de la acción son cuatro figuritas, probablemente de plástico, cada una de un color (azul, rojo, verde y naranja o violeta), que se hacen con un botín en una enorme nave industrial y a partir de ahí tienen el cometido de huir por separado sin ser atrapados por sus perseguidores. El dicho botín es un poco impreciso, no es exactamente una suma de dinero. Todo sucede como en un guión preestablecido y que siempre se repite de la misma manera. Es más: estoy seguro (o al menos tengo esa fuerte sensación) de -si no completamente todo- haber soñado con anterioridad la mayor parte del desarrollo de la acción de manera idéntica, incluso en detalles muy precisos. Mi relación con estos personajes que intentan escapar es bastante singular: a veces soy un espectador próximo de cómo pasan por debajo de tablas, escalan tapias, se adentran por rendijas, atraviesan pasadizos y estrecheces entre escombros; mientras que otras veces me identifico con ellos, siendo yo el que trata de escabullirse de los perseguidores y adoptando unas proporciones más humanas; y en otras casiones incluso aparezco desdoblado en los cuatro personajes o en dos de ellos.

Hay una primera escapada en que las cuatro miniaturas emprenden, desde un punto fijo, la carrera en direcciones opuestas. Antes de que lleguen a salir de la gran nave, casi al unísino, serán atrapados. Como si no hubiese sido válida esta primera evasión, vuelven al punto de origen para reintentar la fuga. En el segundo intento dos de los protaginistas son rápidamente aprehendidos, mas los otros dos, el de color azul y el de color verde, logran escabullirse por pelos y consiguen salir del edificio. Pero aún tienen (tengo) que recorrer un buen trecho hasta encontrarse completamente fuera de peligro. Ambos seguirán trayectoria paralelas.

Ahora, tras un largo, agitado, tenebroso y angustioso trecho surcando muchos espacios y recovecos, son acosados por varios perros muy agresivos y peligrosos, difíciles de sotear. Atravesando la puerta de la verja de una vivienda unifamiliar se zafarán de los canes. Pero surgirá un galgo veloz que igualmente les hostiga. Al parecer sólo una de las figuras se escabulle, la de color verde. En el último tramo de este agobiante sueño ya estoy plenamente identificado con el último prófugo. Me internaré por construcciones oscuras. Subo por las escaleras de caracol de un edificio de piedra (con cierto aire de torre de castillo medieval) y ahí me tropiezo con tres tipos y ya creo que estoy perdido. Habrá un intercambio o una muestra de objetos, quizá monedas, quizá les enseño parte del botín. Uno de ellos me saluda con mucho afecto. ¡Es Jota! ¡Qué bueno! El amigo Jota me dirá que ya todo ha terminado, que he logrado la libertad. Atravesaré una puerta sombría y llegaré a un recinto cubierto por un fresco césped verde, ya fuera de todo atosigamiento, libre, con la misión cumplida.
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Sueños (119): Jugando en la final de el Barça contra el Real Madrid

sueño con la final entre el Real Madrid y el Barça en un campo de fútbol de barrio
Estoy con el actor Javier Jiménez (aunque se trata de él, físicamente es bastante distinto a como es en la realidad). Suceden bastantes cosas que se han sumido en el remoto olvido. Con lo que podría decirse que el sueño (recordado) comienza cuando llegamos a la cancha donde se está jugando un trascendental partido de fútbol, ni más no menos que el Barça y el Real Madrid enfrentándose en una final. Si no recuerdo mal va ganando el Barcelona por una diferencia de dos goles. El campo de fútbol no es muy grande, sus dimensiones son algo mayores que las propias del fútbol sala, y el recinto está delimitado por unas altas vallas metálicas. Las gradas, llenas de espectadores, tampoco son muy numerosas. Con lo que el ambiente general del partido es más similar a un enfrentamiento deportivo juvenil de barrio.

Nos fijamos en que cada poco tiempo se van añadiendo espontáneos al terreno de juego, que ni siquiera llevan las vestimentas reglamentarias. Saltan desde los asientos y se incorporan a uno de los dos equipos. Proporcionalmente van despareciendo los jugadores oficiales, siendo cada vez mayor el número de aficionados que se van incorporando al juego. Esto nos anima a formar parte de un grupo u otro. Javier Jiménez ya está jugando, creo que en las filas de los que sería el equipo merengue. Yo tardo algo más en decidirme. Hasta que también tomo parte en la contienda futbolística, decantándome por la parte que representaría al equipo azulgrana. En el momento en que entro en acción las gradas están casi vacías y quedan pocos jugadores ya. Aunque lo mío es la defensa, tendré un par de jugadas como delantero. Pero mis piernas no responden bien a la velocidad, como si pesasen más de la cuenta. Además me fatigo con mucha facilidad. Pienso que está claro que ya no soy un chaval, que estoy mayor, que los años pesan...

Fugazmente recuerdo que algo después nos encontramos Javier Jiménez y yo sentados en una terraza de chiringuito, acompañados de un tercero. Hablamos pausadamente, quizá de negocios.
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Sueños (118): En una tienda de ropa del barrio de Salamanca

Avatares en una tienda de ropa del barrio de Salamanca
Entro en una tienda de ropa (situada seguramente en el madrileño barrio de Salamanca) con el encargo de preparar el terreno para un evento o una exposición de fotografías de cierto autor. La dependienta encargada se muestra muy amable conmigo y a priori me da el sí para realizar la exposición, aunque habrá que confirmarlo con el jefe. Me hará una serie de preguntas personales con cierto interés. Alucina cuando le informo de que tengo 41 años ya que ella no me echaba más de 26. Mi edad influye para que me tome más en serio. Se sorprendrá más cuando le menciono que ya tengo un hijo de 3 añitos.

Hay idas y venidas por la tienda, de dos o tres pisos, gente por aquí y por allí, por momentos el espacio se transforma en una especie de discoteca tranquila. Permanezco a la espera, deambulando por aquí. En breve llega un director de cine (momentáneamente pienso en Juan Francisco Viruega) con intenciones similares a las mías: utilizar este negocio para una reunión o un rodaje o una muestra.

Finalmente el jefe ha llegado y va a atendernos, no sabemos a cuál de los dos primero. Será a los dos a la vez. Para hablar con él hay que realizar una suerte de rito establecido. En vez de recibirnos abajo, en el entorno público de la tienda, tenemos que subir por una escalerita estrecha de madera, elegante y fina que nos lleva a una caseta tipo buhardilla donde se encuentra el despacho. Es casi como una casita de muñecas o piso japonés de techo bajo donde hay que permanecer agachado. Curiosamente la entrada a este receptáculo está en el lado opuesto del ascenso de la escalera. Sin saberlo he cometido un pequeño sacrilegio en nuestra audiencia: no he entrado descalzo... Así que tendremos que salir y volver a entrar sin zapatos.

Ya dentro, las proporciones de la sala se agrandan, adquiriendo unas dimensiones más comunes, conservando el techo inclinado propio de una buhardilla. Estamos sentados en sillones más o menos lujosos, hablando con el dueño del negocio, que es pues un tipo alto, dinámico y sonriente. Junto a nosotros aparecerá de improviso Eduard Alejandre, que por lo visto trabaja en este establecimiento. Su estado es bastante lamentable: está borrachísimo. Se tambalea, no para de parlotear, suelta gracias, se apoya en mí varias veces para no desplomarse, se le dobla el cuello repetidas veces, en fin todo un poema. Me preocupa que la melopea que lleva encima termine por llevarle al despido inmediato.
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Sueños (117): Otra posible vivienda

Casas en las afueras de Madrid, zona de chalets. Imagen aproximada para ilustrar un sueño
Eva ha tenido una iniciativa bastante curiosa. Por su cuenta y riesgo y sin consultarme, con toda la intención de darme una gran sorpresa, ha adquirido un enorme chalet, situado algo más allá de la Plaza Castilla, en una zona de grandes casas y mansiones, para que nos mudemos a vivir allí. Precisamente se encuentra adyacente al chalet de la actriz Lola Marceli (más tarde nuestra morada se identificará con la de Lola; también se identifica aproximadamente con la de otro sueño que tuve). El ambiente es mucho más saludable para los tres, sobre todo para nuestro hijo Amador. La construcción es fabulosa, amplia, con un inmenso patio, con varios pisos, luminosa, ideal. Pero hay inconvenientes...

Caminando y reconociendo como un explorador, observo y rastreo la zona, que quizá sea algo "hostil" para mí, con espacios demasiado abiertos o poco urbanos, entre desamparada y aislada, aunque creo que podría llegar a acostumbrarme fácil y agradablemente. La pega de que la comunicación con este emplazamiento esté algo complicada, ya que no tenemos coche, el metro te deja bastante lejos y sólo un autobús se aproxima relativamente (aunque une dos puntos importantes), se convierte en un punto desfavorable a tener en consideración.

Pero hay un poderoso argumento en contra de mudarnos aquí: mi trabajo. Por las características de mi ocupación es de vital importancia habitar cerca del centro de Madrid, para que los numerosos clientes que vienen tengan acceso rápido y no tengan que desplazarse excesivamente. Tener que moverlos hasta las afueras podría suponer pérdidas importantes de trabajo. Y la cosa no está como para ponerse dificultades. Como solución pienso, y lo comento con Eva con diplomacia, en que mantengamos las dos viviendas, tanto el chalet como el piso céntrico. La idea sería venirnos a descansar aquí los fines de semana, o, si nos quedásemos a vivir aquí, tendría yo la opción de atender a mis clientes en el centro... El problema es que la idea de mantener los dos hogares no es viable económicamente, al menos de momento, ya que la mensualidad del chalet no es nada baja (ni si quiera sé cómo nos llega lo suficiente para mantenerla)...
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Sueños (116): De compras en San José Valderas

De compras por la noche en el barrio de San José Valderas de Alcorcón, al otro lado de la Avenida Lisboa donde se sitúan el Hipercor y la Renfe
Seguramente de noche, y eso es lo curioso, entro en alguna tienda del barrio de San José Valderas de Alcorcón, al otro lado de la Avenida de Lisboa donde se ubican el Hipercor y la estación de la Renfe. Más tarde aparece mi madre en el sueño y soy yo el que la acompaña en sus compras. En una tienda no muy grande llena de cachivaches ella comprará una lavadora o algo similar. Y estará a punto de gastar en una suerte de artefacto que sirve como seguro para evitar que el agua se salga de la lavadora. Intento convencerla de que no malgaste el dinero (algo más de 100 euros) en semejante artilugio, ya que apenas va a utilizarlo, desde luego nunca en verano. O al menos que no lo adquiera compulsivamente, que lo medite un par de días, igual que he hecho yo con otra compra y que ha evitado que me gaste los cuartos al tuntún.
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Sueños (115): Huyendo hacia el mismo sitio

Obra de Jackson Pollock a modo de ilustración del sueño Huyendo hacia el mismo sitio
Sueño un tanto raro y difuso. En el que aparece Beatriz Olivares en el papel de una siniestra asesina, concretamente una despellejadora que se sirve de un enorme cuchillo. A mí me tocará el papel de ser su víctima, pero de una manera atípica: soy una víctima que protege a su verdugo. Aunque he sido su coballa no presento ningún daño. Nos alojamos ambos, junto con una amiga de Beatriz en la casa de una población costera, todos de incógnito. Hay investigaciones, perscución policial, mas no hemos dejado huellas, sería difícil que nos localizasen, aunque no imposible, claro. En la acera de enfrente de nuestra casa hay un bar que tiene el chiringuito instalado en la calle, con unas cuantas mesas y sillas donde han venido a sentarse multitud de familiares nuestros. Nosotros tres disimulamos como si no pasara nada, pero una posible huella, una posible mancha de sangre en el suelo del salón de nuestro piso, hace saltar la alarma y Beatriz y su amiga desaparecen despavoridas del lugar. Lo que inmediatamente levantaría sospechas hacia mí, así que decido huir yo también por mi cuenta, con carácter urgente.

Atravieso calles en la noche, me meto en el mar, nado vestido un trecho en paralelo a acantilados y edificios, veo que después de la zambullida curiosamente no se me ha estropeado ni el reloj ni el teléfono móvil, vuelvo a callejear otro tanto para despistar y con la intención de irme lejísimos, incluso a otro país (y casi empezar una nueva vida). Sin embargo he debido calcular mal porque reaparezco muy cerca de la casa que había abandonado. Y seguramente me vuelvo a encontrar con Beatriz y su amiga. Como si nada hubiera pasado. En mi huida me sentía solo, echaba de menos por ejemplo a mi madre, también presente en este sueño. Quizá por eso mis pasos inconscientes y apresurados me trajeron al punto de partida.

Poco más podría precisar. Al final hay un paseo por la playa, muy cinematográfico, creo que junto a Héctor Tomás, que hace el papel de mi hermano y con serenidad me aconseja y tranquiliza. (¿Esta última parte puede tener relación con el cortometraje "Postales desde la luna", cuya página web acabo de terminar hace un par de días?).
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Sueños (114): El trabajo y la fiesta

sueño: amplio ventanal en la vivienda y lugar de trabajo con vistas a Madrid
Vivimos en un piso enorme, al menos la parte de la vivienda en que se desarrolla el sueño, o sea el salón, con un espacio de muchos metros cuadrados y muy longitudinal, que llega hasta la entrada. Quizá tenga en su extensión algunas separaciones escalonadas, tramos de cuatro o cinco peldaños. Yo estoy algo nervioso con la cantidad de trabajo que tengo acumulado. Eva me comenta que está pensando en hacer una fiesta. Yo apenas la escucho, embebido como estoy en sacar los encargos laborales adelante. Sin comerlo ni beberlo ahora la casa empieza a llenarse de gente. Efectivamente hay fiesta. Con lo que además del trabajo ahora tengo que encargarme de hacer de anfitrión. Y no me sentiré nada cómodo al tener que interrumpir mis quehaceres.

En un grupito de los invitados están mis compañeras de instituto. Veo a Yoana, voy a saludarla, pero se muestra evasiva, diciéndome que no me comporte como si estuviese borracho, vamos que no la aborde que hoy tiene acompañante masculino. He obviado saludar a Ota, que se encuentra justo al lado. Se muestra confundida y enfadada conmigo. Rectifico y le doy dos besos. Entre la gente que invade el salón estoy buscando a Pato, hace muchísimo que no nos vemos y tengo ganas de que me cuente sus últimas peripecias. Me indican que va a venir. Parece que la encuentro, pero no, al girarse veo que se trata de su hermana. Y lo mismo me pasa con otra hermana suya. Y lo mismo con... ¡su madre!, también presente. Finalmente la localizo. Nos sentaremos en un sofá y le cuento lo que me ha sucedido últimamente, mas en breve me dejará con la palabra en la boca: tiene que marcharse. Vaya decepción y vaya una mierda de fiesta. Una pérdida de tiempo horrible que me retrasa mucho en el trabajo.

De pronto la fiesta terminó, ya no queda nadie. Yo discutiré con Eva por no haberme consultado y haber realizado el guateque por su cuenta. Como están por aquí mi madre y nuestro chiquitín Amador, bajo el tono de la discordia, así que más que armar una buena bronca, apenas esbozo una tímida queja...

Ahora, al fin, puedo retomar la tarea laboral. He decidido cambiar de lugar de trabajo e instalo mis ordenadores en el centro del salón, sobre una mesa alargada que hay frente a una apaisado y grandioso ventanal con unas vistas espléndidas de la ciudad y el cielo.
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Sueños (113): El taxista chalado o despistado

dando vueltas en un taxi por el centro de Madrid
Eva y yo cogemos un taxi cerca de la Gran Vía madrileña, por la mañana. Los dos iremos en el asiento de atrás. Le damos nuestro destino: la calle Ferrocarril. Le indico por dónde ir: bajar por la Cibeles y todo más o menos recto. El taxista, un tipo de algo más de treinta años que lleva perilla y tiene un aire juvenil y simpático, me dice que quizá sería mejor ir más por el centro, más por Tirso de Molina, ya que el camino es más recto. Yo pienso que sí, que quizás sea más corto y directo el camino, pero hay demasiada callejuela que atravesar. Le reitero mi preferencia de ir por dónde le he indicado, pero aún así, posiblemente de una manera difusa, le dejo la opción de escoger la ruta que él crea más conveniente. Él adopta pues una actitud ambigua: por un lado enfila por donde yo le he dicho, pero por otro lado toma atajos y otras calles adyacentes que él va considerando oportunas. Con el resultado de que nos está retrasando, comienza a dar demasiados rodeos. Y se lo hago saber, varias veces. Él, que es bastante parlanchín, siempre reconoce que se ha despistado y se ha equivocado de calle, que no pasa nada, que en seguida lo remedia. Y se interna por nuevas rutas y calles, con lo que cada vez nos aleja más y más de nuestra meta. Y yo ya no sé si hay buena o mala fe en su conducción, porque estoy empezando a sospechar que tanto "despiste" no es normal, si tenemos además en cuenta que durante todo el tiempo en ningún momento ha detenido el taxímetro, que es lo que normalmente hacen sus compañeros del sector cuando cometen fallos. ¿O lo del taxímetro es otro "despiste"? O es un redomado mentiroso manipulador o un completo desastre, difícil cuestión a dirimir. El caso es que el conductor parece buena gente, es muy charlatán (no para de contar batallitas), amigable y también un poco atolondrado. O se despista mucho (demasiado) o nos está "despistando" hábilmente a nosotros...

Ahora estamos circulando por la carretera de un puente que si no recuerdo mal es una de las entradas al centro de Madrid desde el sur... ¡Con lo que está circunvalando nuestro destino! Esto ya es exagerado. No sé cómo, pero tras varias calles, volveremos a pasar por el mismo puente. Cada vez lo tengo más claro: éste tío nos está mareando y estafando. El taxímetro ya marca 40 euros, precio que desde luego no estoy dispuesto a pagar de ninguna de las maneras por un trayecto que no debería de llegar ni a 10 euros... Estoy perdiendo la paciencia, llevamos más que demasiado tiempo metidos aquí dando vueltas injustificables y sin saber cuando llegará esta pantomima a su fin. Ya casi estoy determinado a decirle al taxista que se detenga en una comisaría...
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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
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Sueños (112): De nuevo en los Hábitats

viendo pisos en venta en Alcorcón, los Hábitats, zona San José Valderas
Voy con Eva a ver un piso en Alcorcón. Nos acompañará otra pareja. Cuando estamos en las inmediaciones del inmueble, descubro que el edificio se encuentra próximo a los Hábitats, que fue durante años la vivienda de mi familia, el hogar de mi infancia y juventud, sito en un extremo de Alcorcón, al final del barrio de San José Valderas. Me hace ilusión "recuperar" este entorno. Que, por cierto, ha cambiado bastante al cabo de los años. Más construcciones, más poblado, más nuevo, más urbano, aunque sigue conservando su agradable espíritu apartado y tranquilo.

El edificio que hemos venido a ver se transformará en una especie de andamiaje donde se van insertando como módulos apilados las distintas viviendas, de tal forma que los huecos sin rellenar corresponden a los pisos que aún no se han vendido, y que una vez adquiridos serán incorporados a la estructura. Nos adentraremos en una de estas casas, que ahora son copias de mi antiguo alojamiento familiar, pero con otra distribución. Vamos recorriendo las habitaciones. La primera es la que se identifica con la que era la habitación de mi hermana, amplia y luminosa, con cortinas y luces tenues y cálidas. Luego la de mi madre, igualmente espaciosa, acogedora, cuadrada, con iluminación similar. Después la que fue mi habitación, más estrecha y oscura. Curiosamente todas estas dependencias (a modo de réplicas aproximadas de nuestro pasado) están completamente amuebladas hasta en sus últimos detalles.

Me asomo a una de las terrazas, ahí la vista es horrenda, da a partes traseras de edificios contiguos, demasiado cercanos. En el extremo hay otra terraza donde el panorama visual mejora mucho: amplitud de miras, sin arquitecturas que tapen el cielo y la lejanía. Hacia el lado izquierdo compruebo que donde antes había un islote de encinas y pinos en mitad de un descampado ahora se destaca la figura circular de un gran estadio. Sí que ha cambiado realmente la fisonomía es este lugar de mi pasado.

Todo lo que vemos nos entusiasma a Eva y a mí, y nos anima mucho a mudarnos aquí e instalarnos en uno de estos pisos. Para mí, además, supondría, de alguna manera, un retorno a épocas más serenas y despreocupadas. Sopesamos los pros y los contras de trasladarnos. Hay un inconveniente que termina por inclinar claramente la balanza hacia no venirnos a Alcorcón: lo distante que está del centro de Madrid. Aunque me encuentre mejor de mis ansiedades en estos momentos en el espacio abierto, antes o después me vería en la obligación de coger un taxi (por ejemplo para ir a recoger a nuestro hijo Amador), y claro, desde aquí sería inviable.
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Sueños (111): Mi padre regresa de entre los muertos

silueta de puerta a contraluz: regresar a la vida de entre los muertos
Me encuentro en un espacio un tanto singular. Se trata de una sala de alto techo y gran amplitud donde se realizan unas gestiones obligatorias un tanto indescifrables. En la larga pared del fondo hay unas enormes ventanillas con celosías metálicas (como cajas de ascensor transparentes) donde se solicita a unos funcionarios el acceso a unas duchas que hay en los pisos de arriba. En ese marco me encuentro con mi padre, vivo y coleando, lo que es un contrasentido porque mi padre murió hace unos meses. Mi padre tranquilamente me explica cómo regresó de entre los muertos. Resulta que al morir se encontraba en un lugar oscuro e incómodo, muy solitario. Él no quería estar allí bajo ningún concepto. A fuerza de negarse a estar ahí, a fuerza de negar en rotundo el hecho de haber muerto, a fuerza de desear con una fé ciega el salir de allí, volvió a la vida, sin más. Reapareció en cualquier páramo del lado de la vida, de noche, y desde ahí, durante algunas horas estuvo caminando hacia su casa. La sorpresa de Gloria, su mujer, después de seguir llorando aún su defunción al cabo de los meses, al oír el timbre y abrir la puerta de la calle a altas horas de la madrugada y verle redivivo, fue mayúscula, como cabe esperar.

Mi sorpresa al encontrármelo ahora también es grande, aunque no sé por qué no me extraña tanto su resurrección, ya que de alguna manera siempre me negué a aceptar su muerte. Ahora me alegro sobremanera de tenerle aquí y secretamente me decido a aprovechar esta segunda oportunidad para tenerle más presente en mi vida. Le pido que me acompañe el miércoles al médico (en el sueño la consulta se identificará con este espacio en el que estamos). El que tenga él que ir al taller entre otros quehaceres no es obstáculo para que, efectivamente, me de el sí y se disponga a acompañarme. Descubro que a su lado, de algún modo, me siento mucho más seguro.

Volviendo al espacio en que nos hallamos, hay una ventanilla, atendida por un operario vestido de gris, donde echan su solicitud los que van a morir. Hay que tener cuidado para no equivocarse. De hecho cuando te acercas a la hilera de estas ventanillas, el empleado de gris siempre va en tu busca a preguntarte si necesitas algo. Mi padre mismo tuvo que pasar por este trance, según me indica.

Ha llegado mi turno y en breve me darán un número de habitación o ducha. Que será en la segunda planta. La continuación del sueño la recuerdo de forma bastante confusa. Me ducharé en una habitación y quizá eso pertenezca a un críptico ritual. Algo después caminaré con mi padre por la calle, a lo mejor camino del médico. Me llevan allí una serie de molestias indefinidas que padezco de largo. Y poco más puedo rescatar de este mágico y ultramundano sueño.
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