Sueños (130): Una velada literaria

Sueño (130): Una velada literaria memorable con esctritores
En el salón de nuestra vivienda se irá formando y conformando una buena reunión literaria. Al principio seremos pocos y paulatinamente el número de asistentes irá en aumento hasta llegar a la veintena. Todos los presentes pertenecerán al mundo de la literatura, la mayoría de ellos escritores. Hombres y mujeres, todos adultos.

En el inicio mi amigo Javier Fernández Aracama se encuentra cómodamente aplastado en un sofá, rodeado por dos o tres personas. En seguida llega un ferviente admirador de sus poemas, alguien que ya ha escrito acerca de su quehacer poético. Viene a comentarle algo a Javier. No tardando mucho me enteraré de que se trata del gran poeta Jesús Muñiz. Aprovecho, muy ceremonioso, para dedicarle elogios sobre su obra.

Como decía anteriormente el salón se va llenando de literatos. Dos escritoras sacan cada una un libro recién publicado. En ambos casos la editorial es Bubok. Entusiasmado le muestro los ejemplares a Javier, que empieza a animarse mucho a publicar en Bubok, como lo hago yo. Sacaré mi libro "Penetraciones" para enseñarle a Javier cómo en la contraportada también llevo yo estampado el anagrama de Bubok. Pero resulta que no, que en esta tirada no está aún impreso dicho logo, se me había olvidado que saldrá en la siguiente remesa. Una escritora se interesa vivamente por mi novela y termina por comprármela. Y yo tan contento de haber colocado uno de mis escritos en esta memorable tertulia. Otro me comentará lo fórmula de las descargas gratuitas para promover los libros. Le respondo que sí, que conozco esa vía.

Tanto Eva como yo hacemos de atentos y estupendos anfitriones, de aquí para allá, participando en este grupo o aquel de los que se van gestando alternadamente en el amplio espacio del salón, que está iluminado tenuemente, creando perfectos ambientes de tranquila y afable reunión literaria. Nuestro hijito Amador, que hace un rato estaba haciendo sus gracias por aquí, ahora ya duerme, acostadito. Entre los invitados habrá una eminencia del mundo de la letras, quizá norteamericano, bastante anciano y sentado en una silla de ruedas, cuidado permanentemente por una asistenta.

En el apogeo de la velada la mayoría tendrá que irse, salen por la puerta de la calle del piso, cogen el ascensor. Nos quedaremos un grupo selecto: Eva y yo y otras dos parejas. Nos sentamos ante la larga mesa, donde la cena -una segunda cena a altas horas de la madrugada- está servida. Conversaciones interesantes y lúcidas relacionadas con la edición, la escritura, la promoción, etcétera. Algún rezagado se irá sumando a nuestra mesa, plagada de ricas viandas. De tal manera que hacia el final del sueño volvemos a formar de nuevo un nutrido grupito.

En otro momento, supongo que antes de la cena íntima, me desplacé hacia mi habitación situada al fondo de un pasillo, quizá en busca de algo, quizá con la idea de cambiarme de ropa. Por la rendija de la puerta de la habitación de enfrente observé cómo mi chiquitín dormía.
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Sueños (129): Con Rosa, la autora del blog El Escaparate de Rosa

Soñando con Rosa, la autora del blog de ayuda para blogs El Escaparate de Rosa
Llamo por teléfono a Rosa, la difunta bloguera de "El escaparate de Rosa" (blog fundamental de ayuda para blogs), para quedar con ella. Y quedamos. Poco después, a media mañana, nos vemos cerca de la Gran Vía madrileña (aunque en el sueño esta famosa calle tiene otra apariencia). Nada más verla me doy cuenta del equívoco. Ella se piensa que hemos tenido una cita, o sea, que hemos quedado para ligar, con lo que viene completamente emperifollada, con minifalda apretada y todo. Dado que ella tiene cincuenta y largos o incluso sesenta años, está un poco ridícula ataviada como si tuviera veinte. Evidentemente yo no quiero ningún tipo de romance con ella, pero por miedo a que se desilusione mantengo una cierta ambigüedad, manteniéndome galante, pero distante o despistado, como si mi ingenuidad o falta de perspicacia me impidiesen ver las constantes señales de flirteo que me irá enviando a lo largo del sueño, que serán muchas, ya que ella sí parece verse muy estimulada por mis encantos, sobre todo mi juventud, tan de "carne fresca" para ella, para su edad.

A los pocos pasos me pregunta Rosa si nos sentamos en esta terraza a tomarnos un café. Miro el entorno. Son una mesitas blancas de plástico situadas a la entrada de un bar sito en un chaflán que da a una placita tranquila, en una esquina de la Gran Vía soñada. Vale. Accedo. Pero al ir a sentarme las sillas de plástico blanco ¡son enanas! Del tamaño de las sillitas para niños de tres años. No obstante me acomodo sobre una de ellas como buenamente puedo, sentándome casi en el suelo y sobrándome las piernas por todos los lados. En breve, de inmediato, estaremos dentro del bar, ante la barra, sentados sobre taburetes normales y corrientes, con sus debidas proporciones.

Yo tengo muchas ganas de hablar con ella de mi intensa relación con el mundo de los blogs y que además ella me instruya con su valisísima experiencia sobre el tema. Mas ella muestra poco interés por el asunto, eludiendo la conversación con frases cortas. Ella prefiere hablar de "nosotros" y sigue emitiendo sus abiertas señales para iniciar un romance... Yo le pregunto por el modo en que se las arregló para que todo el mundo la crea fallecida, y por qué no desmiente el hecho de su muerte. Ella me explica sin ganas que ya que todo el mundo creyó en su defunción, no se encontró con fuerzas para causarles la fuerte impresión de que esa noticia era errónea. Y añade, con evidente intención de no seguir departiendo sobre el tema, que esa historia ya me la contó. Logro recordar vagamente y sí, es cierto, ya me narró lo sucedido.

Justo a nuestro lado, ahora, se ha instalado un borracho baboso que intenta ligar con Rosa. Yo me interpongo, caballeroso, para alejar al pesado borrachuzo. Y pasan más cosas en el bar. Movimiento de gentes y camareros. Es un bar bien largo y de dimensiones anchas. Entre tanto, con Rosa y conmigo hay dos chicas más. Una de ellas, amiga o prima mía, quizá mulata, es muy atractiva, guapa y bien formada. Prácticamente todos los presentes, que son tíos, se encandilan con esta chica. Cuando al poco desaparece nuestra eventual compañía, me preguntarán varios, especialmente un camarero moreno y larguirucho, que dónde está mi amiga.

Llega el momento de salir del bar y retirarnos y emprender el camino de vuelta a casa. Cada uno a la suya, claro. Decido acompañar un rato a Rosa (mi morada está cerca y se puede ir andando), porque me siento culpable de las ilusiones que ella se ha hecho conmigo. Caminando por las calles, éstas se estrechan y repentinamente estamos inmersos en un laberinto de callejuelas, casas, pasadizos y recovecos que nos despistan y consiguen que nos desorientemos. Y sin saber cómo, nos hemos internado en una enorme sala de almacenaje llena hasta el techo de mercancías de todo tipo. Rosa atravesará unos moldes como de piedra, con la forma de arcadas y ahí la perderé de vista. La busco, me interno entre los bloques. Avanzar es sumamente complicado, apenas hay espacios por dónde se pueda pasar entre este marasmo petrificado. Hasta que logro salir y me encuentro, en el piso de abajo, a una docena de personas entre las que está Rosa, reunidos con un vigilante malhumorado.

Dicho vigilante se queja una y otra vez de que siempre que nos perdemos aparecemos por aquí y ahora él se tiene que encargar de abrirnos las puertas de cristal para que salgamos, molestándole continuamente en su trabajo. El hombre, de aspecto simpático y moreno, se expresa con tales ocurrencias y con tales patadas al diccionario que es imposible contener la risa. Y nos carcajeamos de lo lindo con sus fabulosos disparates. Alguien le hace ver que está haciendo el ridículo, quizá un amigo suyo aquí presente. Así que deja su destartalada cháchara y nos abre las puertas acristaladas hacia el exterior.

De nuevo con Rosa caminando. Mi intención es dejarla en la parada del autobús de la Ronda de Toledo que hay poco antes de llegar a mi casa (hablamos del piso de la corrala en la zona del Rastro). Cuando estamos alcanzando dicha parada pegada a un muro de media altura, justo se detiene un bus rojo de la E.M.T. Hago correr a Rosa para que le demos alcance. No sabemos si es el autobús que necesita Rosa pero más vale prevenir así que bien rapidito conseguimos colarnos por la parte trasera del vehículo. Si nos hemos equivocado siempre podemos bajarnos en la siguiente parada (esta solución arriesgada es mejor que esperar indefinidamente en la parada acompañando a Rosa, ya que empiezo a impacientarme y a tener prisa por llegar a mi hogar cuanto antes). Ha habido suerte, preguntamos al conductor y efectivamente, es nuestro transporte.

Ahora pienso en bajarme en la siguiente parada para retomar el camino a casita, mas de nuevo surge esa "culpabilidad" a la hora de "abandonar" a esta ilusionada mujer (no dejo de padecer el haberla defraudado por no poder cumplir sus expectativas de romance)... Así que me decanto por servirla de acompañamiento dos o tres paradas más, es decir, hasta que ella se baje en su destino.

El autobús interurbano deja atrás la Puerta de Toledo, aproximándose a la parada que hay en un entorno "hostil" para mí (esta localización ya se me ha repetido en algún sueño que otro, relacionada precisamente con viajes en autobús y con la vivienda que tuve en la corrala de la calle Peña de Francia; y aunque su ubicación urbana sería pareja a la del estadio Vicente Calderón, su apariencia es más semejante -sin tener nada que ver- al Puente de Vallecas, sólo que triplicando sus dimensiones; hablamos de una parada de autobús que se encuentra en una plazoleta circular bajo un gran puente sobre el que se asienta una gran carretera, flanqueada a su vez dicha rotonda por autopistas de muchos carriles, identificándose con la M-30; algo así como un minúsculo vacío peatonal inmerso en un océano de intenso, ruidoso y salvaje tráfico). Por lo tanto, dado que no es buen sitio para apearme, prefiero avanzar otra parada más. En este tramo del trayecto nos hemos quedado solos el conductor y yo, todos los demás, incluida Rosa, se bajaron ya.

La siguente detención es bajo el porche de un hotel. Es ahí donde tendré que salir del autobús, para, desplazándome hasta el otro extremo del parque que tenemos delante, coger el autobús que haga el camino de vuelta. Al enterarse el conductor (estoy de pie junto a él) que mi destino es el contrario al de la dirección que él lleva, como favor hacia mí, hace una burrada. Gira de golpe el autobús 180 grados, cometiendo un buen par de infracciones de tráfico, y, saliéndose de su ruta y de sus obligaciones, emprende a toda velocidad el camino de vuelta, hacia mis aposentos.
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Sueños (128): Las andanzas amatorias del Conde

Las andanzas amatorias de Fran Conde (libro de sueños)
Me ha traído Fran Conde por la noche a su gran chalet. A mí y a tres tías que se ha ligado por ahí hará unos tres días. Mientras está con ellas me va explicando y contando cosas. Yo permaneceré algo ausente para las tres chicas y asisto a los juegos eróticos y sexuales del Conde como mero espectador, sin implicarme en absoluto en sus correrías amatorias. La acción transcurre en el salón y sobre todo en su enorme y espacioso dormitorio, con una ingente cama de matrimonio y una decoración más bien clásica, como si estuviese acondicionado según el gusto de sus padres. Es posible, a ratos, que también rule por aquí un colega del Conde.

Una de las chicas es una guiri, yanki, con melenita corta rubia, algo rechoncha y con cara de cerdita. Ahora el Conde, tumbado boca arriba, la agarra sin aviso por el cuello mientras le habla de otra cosa y con un gesto indolente de señorito mandón acerca la boca de la chica a su miembro erecto para que ella se la chupe. Y eso hace la extranjera, sin rechistar y aplicada, se lía a succionarle el rabo al amo de la casa. Fran quizá tiene algún pudor, muy leve eso sí, con esto de tratar a las tías como si fuesen zorras. Algo así me dice. De hecho la foránea con cara de cerdita se muestra algo molesta, digamos que decepcionada, con los imperativos despectivos, la conducta marcial y las exigencias del señor Conde, sintiéndose mal por no ser tratada con delicadeza o consideración.

Otra cosa que no para de repetir Francisco, de cuando en cuando y de distintas maneras, es que hoy, desde que se ha levantado, le están saliendo las cosas torcidas.

A continuación estamos en la calle Fran y yo. Es algo más tarde. Vamos a salir de marcha, a recorrer locales de copas por la ciudad de Almería. Él me avisa de que en el caso de que consiga ligar tendríamos que separarnos, que si tendría entonces yo sitio alternativo donde alojarme. Lo tengo. Precisamente cerca de esta ancha calle hay un piso vacío de mi familia y tengo las llaves conmigo. Sólo tiene que decirme el nombre de esta calle para no perderme posteriormente.

Pensándolo bien, no me apetece gran cosa el copear y nocturnear con él. Porque él va directo a matar, a conocer tías para cepillárselas. Y no estoy por la labor de acompañarle en el ligoteo que, en estos momentos, me resulta tediosa y fuera de lugar.
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Sueños (127): Con Antonio Malonda

Antonio Malonda y la Escuela de actores y directores Bululú 2120
No sé cómo, pero vamos mi madre y yo por la calle, de noche, buscando un refugio ya que traemos con nosotros algo de valor -no sé exactamente qué- y por esta zona hay una cierta inseguridad ciudadana. Adentrándonos por una puerta metálica como de garage encontraremos cobijo en la escuela de actores Bululú 2120, que esta vez se encuentra situada en un sótano. Antonio Malonda está terminando de dar una clase. Se muestra amable, aunque seco, poco hablador. Su aspecto es el mismo que hace unos años, desde la última vez que le vi, absolutamente igual que entonces, como si el tiempo se hubiese olvidado de hacerle envejecer. Los alumnos, que se acercan a la veintena, empiezan a recoger sus cosas. La mayoría son muy jovencitos -aunque alguna mujer mayor hay- y van vestidos con ropa deportiva, chandals, mallas ajustadas, etcétera. Fijándome a grosso modo abundan las chicas. La sala está en penumbra, tiene forma de ele y el techo está bastante bajo. (Está la certeza de haber soñado algo semejante anteriormente).

De manera insospechada resulta que me comprometo a recibir clases, de nuevo, con Antonio Malonda durante el próximo curso, empezando en dos o tres meses, en septiembre u octubre. No sé a qué obedece esto, si realmente no necesito estas clases, pienso. Es como dar un paso atrás, pero ya está establecido, pactado. Una especie de acuerdo al que se llega sin palabras, de una manera casi intuitivamente obvia. Y a pesar de un leve desconcierto, no deja de parecerme atractivo retomar el contacto y recuperar algo de tono muscular.
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Sueños (126): El dinero falso que no era falso

Vendrán dos clientes a casa, uno detrás de otro, una visita más larga y otra más corta. Uno de ellos es Seve Montoro y el otro bien podría ser Fidel Betancourt. Creo que es Fidel el primero que llega y debe ser el que permanece más tiempo. Los dos vienen a recoger su videobook y a pagarme. Fidel me extiende dos billetes, cada uno de ellos es de 100 euros, pero... los billetes son algo inusuales, más monocromos y se ven muchas líneas verticales. Incluso creo que los dos billetes son de distinto color. Si rozo con la uña partes de la superficie, sí que tienen la "rugosidad" legal, aunque en vez de en un solo sitio, se reparte en varios. Ante mi sospecha, Fidel me aclara que son billetes perfectamente válidos. Ah, ok, me despreocupo pues. Seguimos hablando de trabajo, más asuntos pendientes, la próxima página web, etcétera. Él se muestra muy hablador y entusiasta. En un momento dado nos encontramos en un aula grande, Fidel está delante de una larga pizarra.

Después se repite una situación análoga (el sueño las confunde bastante) con el actor Seve Montoro, esta vez mucho más breve. Al pagarme me dará otro par de billetes más raros aún, cada uno simboliza una cantidad distinta, uno de ellos es de 1 con algo, osea un decimal. Dos billetes que parecen una mezcla de dinero de juguete -o cromos- y pagarés antiguos...

Una vez se han ido empiezo a preocuparme. ¿Y si los billetes son falsos y me han engañado deliberadamente ambos? La cosa sería grave porque necesitamos ese dinero como agua de mayo para pagar el alquiler. Consulto mis dudas por aquí, juntando el dinero que me han dado con dinero normal. Creo que es mi madre la que categóricamente me dice que los billetes son falsos. Me enfurezco. La familia me dice que dé los emolumentos por perdidos. ¡Imposible! Pienso llamarles ahora mismo por teléfono, estoy a tiempo de cogerles, ya que se acaban de ir. Por incoherencias del sueño resulta que no puedo llamar desde casa: tendré que desplazarme al bar de abajo. Y eso hago.

El bar está lleno de gente, pero yéndose. Es ese momento en que quedan los últimos vestigios de la noche, en que los presentes se van retirando paulatinamente, ese final que se alarga imperceptiblemente hasta que al fin desaparece toda la clientela. La dueña del local mirará detenidamente los billetes que le enseño. Dos de ellos serán de una moneda de Centroamérica o Sudamérica. No hay problema, todo el dinero que me han dado es legítimo. Menuda tranquilidad. Sin embargo no sé qué pasa, que al cabo, no hallo uno de los billetes (cada uno de ellos ahora representa la cantidad de 50 euros). Quizá se me haya caído y extraviado entre el gentío. Con el fajo en la mano que ahora no es más que un pequeño fardo de cromos busco y rebusco el que me falta. Seguramente se lo haya llevado alguien...
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