Sueños (142): Reencuentros varios

Recorriendo calles empedradas, de noche
Haré una visita a la Cripta Mágica por la noche (todo el sueño se desarrollará de noche). Me encuentro con la sorpresa de que la Cripta ha cambiado radicalmente su apariencia y su sentido de negocio. Ya no se trata de un lugar de espectáculos de magia, sino de un negocio más similar a una cafetería enorme de más de dos pisos de altura y organizada entorno a un círculo central. El escenario ha desaparecido. El anterior ambiente de misterio y recogimiento se ha convertido en un espacio más anodino y típico. Ya no se puede fumar aquí, tampoco se puede beber alcohol, sólo zumos.

A estas horas hay ya bastante clientela. Veré a uno de mis amigos, que sigue trabajando aquí. A la entrada del local charlaré con Ramón unas palabras, pero consigo escaparme pretextando cualquier cosa, que si no Ramón me lía y me dan las tantas aquí, cosa que no me apetece. Saldré a la calle con Robin Ventura, muy dicharachero él. Recuerdo que tenemos un tema pendiente con una página web, pero no le digo nada. Después, unos pasos más allá, en una calleja adyacente a la Cripta (todas las calles del sueño tienen aspecto de ciudad antigua, algo estrechas, con el suelo empedrado y flanqueadas por edificios de tres a cuatro pisos), veo a Anibel y la saludo. Anda atareada en un tenderete que tiene montado en medio de la callejuela. Al acercarme veo a sus dos hijos y a otro chaval, distraídos con entretenidos juguetes. Me invitan a que juegue con ellos, sin embargo yo me marcho.

De nuevo caminando por este barrio. Algo después me encontraré, después de mucho tiempo sin verle, con Antonio Malonda. ¡Cómo ha cambiado! Está muy delgado. Me recibe con mucha efusión y me invita a que me deje caer en un rato por su escuela para que nos despachemos a gusto. Le tomo la palabra y al cabo entro en su recinto. También este negocio ha cambiado de aires. La entrada consiste en una tela granate oscura a modo de cortina y unas escaleras que conducen a una puerta de cristal. Delante de esa puerta, haciendo labores permanentes de guardarropía, está instalada Pao Mat, cuya presencia obvio olímpicamente.

Una vez atravesada la puerta de cristal se accede a una salita de paredes blancas donde una docena de operarios, ante singulares artilugios (medio ordenadores, medio células de telefonía), trabajan en servicios de marketing y captación de clientes. Entre ellos veo a la más veterana y experta, mi amiga Emi, que se alegra mucho de verme y rápidamente se levanta a hacerme los honores. A todo esto, Pao Mat, celosa y enfurecida por haberla ignorado abiertamente, entra con brusquedad y coge mi abrigo y otra prenda con rabia, indicándome de forma desabrida que estas ropas se dejan en la entrada.

Malonda me recibe al fin en su oscuro despachito con mucha efusión. Está vivamente interesado en que le cuente acerca de mi vida, cómo me ha ido, qué he hecho y tal. Parece algo nervioso, no sé si tiene prisa o si sencillamente es que se mueve mucho. Le digo que lo mejor será que me vaya preguntando sobre ésto o aquéllo y yo le voy respondiendo. Pero se queda callado y quieto, mirándome fijamente, aguardando expectante a que comience yo a hablar. Ya veo que no me va a preguntar nada. Opto por ir narrando mi vida y sucesos por capítulos, según me vaya surgiendo el discurso. Así empiezo, sentado ante la mesa de despacho de Malonda, un largo soliloquio en el que voy hilvanando mis peripecias de los últimos años.
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Sueños (141): Un digno miembro de la alineación oficial de fútbol

Dorsal número 4 de la alineación oficial de la Selección Española de Fútbol, la Roja en la Era Del Bosque
Recientemente he soñado que formaba parte de la alineación oficial de la Selección Española de Fútbol comandada por Vicente del Bosque. Aparecíamos todos en un campo de fútbol abrazados en hilera (como cuando se posa en las fotografías) y vestidos con la equipación oficial siguiendo las sabias indicaciones de Del Bosque a modo de entrenamiento a puertas cerradas. Mi número del dorsal era el número cuatro y mis funciones las de defensa central. Pero yo me hallaba muy incómodo y agobiado, porque no me consideraba merecedor del honor de estar entre los elegidos. Y mucho menos de ser titular, como en este caso lo era. Tampoco me atrevía a comentar mis aprehensiones con ninguno de los compañeros. Mas pasando el tiempo descubría con alivio que yo ya no era cuarentón, sino mucho más joven, más capaz, bien veloz y un gran y renombrado futbolista (en definitivamente alguien distinto), con lo que todos mis sentimientos culpables típicos del impostor que se ha colado donde no debía, desaparecen maravillosamente, sintiéndome de plano altamente orgulloso y en justicia premiado de pertenecer a la mejor Selección de Fútbol de todos los tiempos.
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Sueños (140): La trompeta abollada

Las clases de trompeta
Voy a clase de trompeta con mi amigo y profesor Manolo Díaz. Voy portando el maletín que contiene mi instrumento musical por las inmediaciones del lugar donde se imparten las clases, pero debo haber equivocado el camino porque no termino de encontrar el sitio. He salido cerca de una boca de metro en un entorno madrileño con el que ya he soñado otras veces (una reinterpretación en el sueño de la realidad de cierta zona de Madrid). He desandado parte del trayecto para recordar que la ubicación de las aulas no estaban más acá, sino más allá, con lo que reemprendo la marcha en sentido opuesto.

Mas sigo sin encontrar mi destino. Vagamente recuerdo la calle a la que tengo que dirigirme que está unas callejas más allá. Pero cuando llego, tampoco. Menudo lío, ya estoy completamente desorientado. Pregunto en una ventanilla a una mujer (donde se supone que debería estar la escuela de música), que me indicará la nueva dirección como a través de un plano en tres dimensiones, con marcas blancas alrededor de las paredes. Es ahora cuando caigo en la cuenta de que el emplazamiento de las clases se trasladó por estas cercanías y que no tenía fácil acceso. Siguiendo, ya anocheciendo, las marcas blancas en las fachadas llegaré, al fin, a mi meta, con bastante retraso debido a todo el follón. Este sector de la ciudad aparece ahora con un aire de casonas de pueblo antiguo, con zaguanes de madera arcaica, salpicando la blanca pintura gastada de las paredes en una noche aún no del todo oscura.

Ya estoy junto a Manolo tras atravesar un pasillo difícil de atravesar, atestado de gente, alumnos sobre todo. Al sacar mi trompeta descubrimos que está completamente abollada por muchos sitios en su boca ancha. Hay un bollo bastante destacado. Debido a la dureza del metal me es imposible enderezar las ahondaduras. Manolo habla de una solución para estos casos, que consiste en doblar la accidentada boca hacia dentro. Y eso hace, con suma facilidad. Pero no sé qué ocurre que toda la parte de la boca ancha doblada hacia dentro de repente comienza a empaparse de agua e igual que si fuesen partes de cartón se calan y se desmigajan y se desprenden de la trompeta. Horror, la mutilación definitiva parece el fin de mi trompeta, ahora soplo y no sale sonido.

Me enfado con Manolo por haberme inutilizado mi instrumento querido. Hubiera sido mejor dejarlo como estaba ya que por lo menos sonaba, y además, ahora que lo compruebo, algo se podían haber enderezado las torceduras. Pero Manolo no sólo no me hace ni caso sino que además muestra su enorme disgusto conmigo. Por la repetida ausencia mía a las clases, por haber desaprendido todo lo que ya llevábamos, por el desperdicio de mi talento, etcétera. Para él lo ocurrido con la trompeta es un claro síntoma de mi dejadez. Me anima algo malhumorado y desabrido a que no siga perdiendo más tiempo con las clases. Dando por hecho que el haberme quedado con la trompeta inservible me hará ya desistir de todo intento.

Pero no me conoce. Efectivamente, una vez he perdido de vista a Manolo me lanzo por las tiendas cercanas a la búsqueda urgente de una nueva trompeta. Hay pocos negocios musicales por aquí y siendo de noche, como lo es, lo fácil es que estén a punto de cerrar, de ahí mis prisas, no quiero dejarlo para mañana, quiero mi nueva trompeta hoy, cuanto antes. (Es obvio que ya no llegaría al enclave de las tiendas musicales de Ópera, donde adquirí mi primera trompeta a muy buen precio).

Me interno en una tienda que en seguida crece y multiplica su tamaño, convirtiéndose en un centro comercial que abarca unos tres pisos, varias tiendas y varias dependencias. En recepción, en el piso de abajo, no saben indicarme dónde se encuentran las botellas de vino. Así como suena: las botellas de vino. Por curiosa asociación he identificado la trompeta con una botella de vino tinto de cierta marca que conozco de muy buena relación calidad-precio. Se trata de un Valdepeñas Reserva de unos cuatro euros.

Con celeridad no paro de subir y bajar por los entresijos de este edificio. Nadie logra señalarme el lugar de los vinos. Pero no todo son prisas, cuando cruzo algún restaurante lo hago despacio, porque muchas chicas jóvenes sentadas y cenando se dan codazos y me miran enamoradas, las unas y las otras. En estos momentos voy vestido de negro, muy elegante y seductor. Haciéndome el despistado o el distraído que busca algo, disfruto enormemente de las interesadas atenciones del sexo opuesto encandilado con mi percha.

Para después seguir corriendo a la caza del apartado de botellas. En un bar de la tercera planta, tras preguntar, me llenan un vaso de vino blanco de dos euros de precio, sin que me dé tiempo a rechistar. El dueño, algo casposo, cano, rudo y desarreglado intenta camelarme para que me lo beba. Saldré por la tangente, le diré que voy un momento al servicio y desaparezco para no volver.

En la entreplanta finalmente me topo con la sección de líquidos. Y horror. No hay ni un solo recipiente de vino. Una amable trabajadora que andaba atareada por allí, me explica que como ya son más de las nueve de la noche está prohibido vender alcohol, así que todo ese tipo de mercancía se ha retirado. ¡No puede ser, el colmo!

No me queda otra opción que buscar en la noche alguna tienda clandestina que hagan la vista gorda. En un oscuro callejón hallo un tienda de ultramarinos llena de cachivaches hasta el techo, regida por una pareja de ancianos que al principio serán de la raza asiática. Tienen de todo. Por supuesto tienen lo que anhelo y sin dudas ni sospechas hacia mí me extienden una garrafa de plástico llena de vino. Un vino malo aunque algo más barato. Quizá sea la única solución. Mejor un producto malo que irme con las manos vacías.

Lo que viene a continuación es algo difuso y extraño. Me veo acompañando a los viejos bajitos por calles desiertas y algo inhóspitas, o bien son ellos los que se han adherido a mí como lapas. La vieja, torpe y enferma, cae al suelo de la calzada con estrépito y aparatosidad. Creemos que la ha palmado. El anciano decrépito se vuelca alarmado sobre ella. Y al instante también cae fulminado. No sé qué hacer. Creo que se ven los faros en la noche de un coche que pasa a nuestro lado. De alguna manera siento que tengo que hacer algo para ayudar, por otro lado quiero hacer mutis con carácter de urgencia. La miseria de los ancianos y de este barrio desconocido me está afectando demasiado.

Algo recuerdo relacionado con una caseta o casona, gente aviesa, oscura y al margen de la ley, y la garrafa de vino. Luego callejeo extraviado: he perdido el rumbo que me devuelva al hogar. Perdido en la noche, en un barrio atemporal y desclasado, entreveo a mis familiares, quizá mi madre, que han dado conmigo para rescatarme y llevarme a casa.

Al día siguiente me presento en las clases de música de Manolo. Con una nueva trompeta, que a pesar de ser de peor calidad, qué le vamos a hacer, sirve perfectamente para continuar con mi enseñanza. La forma de la boca ancha del nuevo instrumento es mucho más cónica de lo normal. La ventaja es que esta trompeta me ha salido más económica que la anterior, me ha costado unos doscientos euros, que es el equivalente a los dos euros y pico que me costó la garrafa de vino. Así se cierra el ciclo y la identificación trompeta-botella de vino.

Manolo aún está terminando una clase con una alumna suya, que delante de un pentagrama interpreta a la trompeta una complicada composición de repeticiones, como si tuviese que tocar su parte y la parte inmediata repetida de un segundo músico que hace el efecto de eco, utilizando el segundo pistón con la función del primero. Me quedo con la copla para ensayarlo yo luego. La chica se va y yo dejo de ser testigo silencioso y atento. Ahora Manolo se dedica a mí y me contempla sorprendidísimo. ¡No sólo he vuelto tan pronto sino que ya me he hecho con un nuevo metal!

Con agrado, Manolo me dejará hacer libremente. Empiezo a soplar y repito con gran perfección el virtuoso ejercicio que acabo de presenciar. Manolo alucina. Emprendo una interpretación libre e improvisada con muchísimos cambios y con giros muy originales. Y Manolo lleno de asombro y regocijo. ¡Hasta yo mismo no doy crédito de lo que con tanta facilidad estoy siendo capaz de crear! Por último la idea es retomar las clases en el punto en que se dejaron, es decir, en la página tal del libro de prácticas tal.

Una vez situado delante de la partitura con el librito abierto descubro que no me apetece nada de nada ponerme a tocar esto. Se lo señalo a mi profesor y amigo, sugiriéndole realizar a cambio unos juegos fónicos con letras, números y objetos. Me da su beneplácito. Dejándome provocar intuitivamente voy transformando palabras, cosas y dígitos en su posible equivalente sonoro. Con grandes aciertos y varios sonidos bien divertidos y sorpresivos que nos mueven a risa. Ahora, simulando una "O" o algo similar intento emitir una nota grave... sin resultados. Por más que soplo el sonido no sale. Desconcertante. Manolo me dice que pare un poco, que la boca se me ha cansado del esfuerzo y tiene que descansar un rato. Pero yo, cabezota, insisto en un soplido que siempre será mudo.
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Sueños (139): Poltergeist del lado de acá y del lado de allá

Poltergeist, vampiros, fenómenos paranormales, simas, diablos, el bien y el mal, conversiones, historia de terror
Voy con mi padre en su coche y nos encontramos con un atasco tremendo en lo que, de manera imprecisa, podría ser la Cuesta de San Vicente. Logramos atravesar la espantosa hilera de vehículos atascados pasando milagrosamente entre medias. Así llegamos a un punto en que ya no se puede avanzar con el coche, y arribamos a una estación de tren subterránea situada en lo que sería Príncipe Pío. En breve se acerca un tren, pero no se detendrá ya que va atestado de viajeros. Comprendemos que va a ser complicado que pare algún tren. No tardando mucho oímos la llegada de otro. Que vendrá prácticamente vacío, mas aún a pesar de su lento movimiento al pasar por la estación tampoco frenará. De tiempo en tiempo varios trenes harán lo mismo que este último. Y no vemos la forma de seguir avanzando.

Entreteniendo la espera paso a un parque adyacente. Mi padre ya no me acompaña. Sí, en cambio, mi amigo Valentín. Aparte de nosotros hay otras personas -no muchas- en nuestra misma situación estancada, dependiendo de ayuda externa para sacarnos de aquí. Jugaremos con una pelota al fútbol. Dándonos pases de uno a otro lado. Ahora un padre me la pasa a mí, yo se la paso a un chaval, etcétera. Damos algunos patadones y el balón sale despedido hacia las alturas.

Imperceptiblemente algo cambia en otra dirección. Al lado de una carretera, por la que no pasa ni un alma, he salvado a un niño, que estaba caído en el suelo, de un peligro invisible. El escenario cambia un poquito. Al otro lado de la carretera -que durante el sueño en ocasiones hará las funciones de una línea divisoria- se extiende un espacio singular, algo semejante a las salas de espera de un aeropuerto, con hileras de sofás en paralelo, todos orientados hacia una longitudinal cristalera con vistas al lejano perfil de la urbe. Es este entorno, a partir de ahora, el ambiente principal. Mis acompañantes también han mudado, serán unos diez o quince compañeros del Colegio Alemán, entre ellos el inolvidable pelirrojo Christian Mandiá.

Seguimos a la espera, sin que nadie asome, transporte o persona, para rescatarnos de este invisible confinamiento. Y es cuando empiezan a suceder cosas muy enigmáticas, incomprensibles, muy de Poltergeist.

De forma cíclica un humo espeso va surgiendo del suelo que media entre los sofás, humo de tonalidades grisáceas y negruzcas que llega a alcanzar tal espesura que por momentos la visibilidad se hace casi imposible. Cada vez que el fenómeno remite, algunos de nuestros compañeros han desaparecido, como absorbidos o abducidos, sin que quede rastro de ellos. Este inexplicable efecto de la oscura emanación al parecer tiene que ver con un extraño ecosistema que se forma aquí. Más allá del cristal se extiende un paseo en paralelo y un gran estanque, con proporciones de mar, que nos separa de la lejana ciudad. Todo el enclave está cubierto por una bóveda gigantesca y semi transparente que nos separa del cielo abierto. Las aguas provocan periódicas condensaciones que provocan los gases en la sala.

Hay más aconteceres paranormales. De debajo de los sofás surgen también brazos o lenguas de alfombras rectangulares y alargadas que nos enganchan por las piernas y nos sumergen en vete a saber qué mundo de dimensiones desconocidas.

En un momento de calma, estoy con dos camaradas del instituto, un amiguete y una chica, al borde del inconmensurable estanque. Divertido e inconsciente me lanzaré al agua a nadar y a chapucear un rato, ante el estupor de los presentes. En seguida todo tipo de fuerzas oscuras se remueven de un modo espeluznante con la intención de someterme o succionarme: huracanes marinos, siniestras medusas, bichos monstruosos, vendaveles subacuáticos, objetos incongruentes que cobran vida... Todo rozándome por todos los lados, agobiante y asquerosamente. No sé cómo logro salir indemne de tamaña sima. Una vez fuera del agua y a salvo me quedo estupefacto de mi descabellada y suicida idea de darme un baño. Bastaba con que me hubiese fijado previamente en el aspecto tan nauseabundo, ahíto de porquerías de todo tipo y de tintes negruzcos y sospechosos que ofrecía la inmensa charca.

Al principio, todos estos incomprensibles sucesos son escasos, duran poco y no nos resultan traumáticos. No les damos más importancia y seguimos con nuestros quehaceres ociosos. Pero cuando se van intensificando y se acelera su repetición, poco a poco vamos siendo presas del terror. Sobre todo cuando comenzamos a descubrir en el suelo partes mutiladas de nuestros colegas desaparecidos, como un brazo, una pierna o incluso una cabeza cercenada y ensangrentada, que reposaba abandonada bajo uno de los sofás. Además cada vez más nítido vamos percibiendo las figuras de monstruos que intentan atraparnos para sumirnos al lado oculto del mal.

Junto al pavor que nos va atenazando sin saber cómo reaccionar, va entrando en nosotros la comprensión de una ineludible realidad: nadie, absolutamente nadie, va a venir a por nosotros para sacarnos de este truculento atolladero infernal. Nadie hará su entrada en este sobrenatural ámbito hasta que todos nosotros hayamos sido asimilados por este indescriptible mal. Al entender esto cabalmente tomamos una resolución: dejarnos llevar, entregarnos sin resistencia a lo desconocido por muy estremecedor e inquietante que nos resulte.

Ya estamos todos en la otra dimensión. Somos vampiros y demonios con ganas de pasarlo bien. En el mismo espacio hacemos nuestras diabluras y juegos, encantados de comprobar todos nuestros poderes. Creo recordar que con una compañera diablesa practico algo de sexo en postura rocambolesca o lo intento, y parece que este acto no está bien visto por el resto.

Aguardamos con cierta impaciencia la llegada de nuevas víctimas. Que finalmente, sin saber lo que les espera, entrarán en escena. Nuestra futura diversión son también alumnos conocidos del Colegio Alemán. Entre ellos reconozco a Edmundo Lindemann. Nos lo pasamos pipa provocando los trucos y trampas sobrecogedoras que antes tanto nos aterraban. Algunos de nosotros hemos adquirido la apariencia humana que teníamos con anterioridad para no revelar nuestra condición y así, de manera menos agresiva, convencer a los recién llegados de que se conviertan a nuestro universo demoniaco. Me meto en el baño de un lateral y comienzo a orinar y uno de los incautos humanos está a punto de desenmascarar mis aviesas intenciones ya que aún no estoy plenamente transformado en humana apariencia, aún con matas de pelo salvaje que me delatan.

A cada paso me veo menos inclinado a convertir a los "normales". Voy teniendo cierto pudor en las tretas violentas y tétricas que utilizamos para nuestros fines proselitistas. Y esto empiezan a notarlo mis otros socios. En el paseo del estanque un diablo de raza negra que antes no había visto y que tiene asomos de ser uno de los mandamases se pone a hablar con una diablesa amiga mía. Cuchichean acerca de mí. Intento que me digan lo que dicen. La conclusión es la siguiente: rara vez sucede a uno de los nuestros, pero soy yo el que está llamado a ser un diablo bueno, o sea del lado opuesto del mal, y por lo tanto habré de convertirme en un proscrito. Habían pensado en exterminarme, pero han decidido desterrarme al otro lado de la carretera, a la soledad de las montañas, donde me encontraré con otro grupo de demonios primitivos de aspecto simiesco hace tiempo desterrados.

Compruebo que estoy desarrollando otros poderes más cercanos a una magia blanca o magia del bien. Por ejemplo la telekinesia. Basta con que mueva con decisión un brazo y cualquier obtejo se desplaza veloz hacia donde yo desee. Desde las montañas comprueno que con gestos manuales puedo perfectamente mover objetos del territorio de mis congéneres contrarios, entre los sofás. Otro gran poder que emano es el de poder volar. Con un ligero impulso ¡zas!, ya estoy volando, cosa que los demás no pueden hacer. Esto me hace volverme travieso y me lío a violar repetidamente las condiciones del ostracismo. Constantemente invado la demarcación contraria del otro lado de la carretera. Cuando rencorosos, hostiles y hambrientos de venganza intentan atraparme basta con que emprenda el vuelo para dejarles con dos palmos de narices.

Pero paulatinamente, sin saber a qué razón obedece, voy perdiendo todos mis poderes. Ya no consigo mover los objetos. Apenas puedo remontar el vuelo. Esto me desconcierta y me desilusiona enormemente, con lo contento que estaba con mis super capacidades... Además que incrementa la posibilidad de ser atrapado por mis enemigos y tener un destino fatal.
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Sueños (138): El desierto inviolable y las piedras de colores

Todo un sueño de aventuras, pero que por las artes del olvido muchos detalles y circunstancias se han evaporado. Lo primero que logro rescatar es que nos hallamos en una ciudad extranjera, más bien exótica, y que nos disponemos a hacer un viaje en coche. Digo "nosotros" aunque en realidad tanto aquí como en el resto de la acción yo seré más testigo que protagonista, produciéndose sólo muy de vez en cuando la identificación con alguno de los personajes. El viaje que hay que hacer es algo clandestino, no sé por qué. Se hará de noche. Estamos al lado de una casa que parece un bungalow. Metemos bolsas y extraños equipajes en todos los huecos libres del automóvil negro, que es un vehículo bastante singular e indescriptible. Mas a uno de los nuestros le ocurre un percance, quizá que se deja una bolsa abierta, pero no lo sé con seguridad. La consecuencia inmediata es que de pronto todo lo que tenemos que llevar se convierte en objetos inservibles, podridos. Tenemos que deshacernos de todo, tirarlo a la basura. Y el coche tampoco podrá llevarnos.

Así que no quedará otra vía que atravesar a pie un desierto. A plena luz del día ese desierto que recorremos es esplendoroso, una paisaje mágico y conmovedor. Un regalo para la vista comprobar su infinita extensión, las dunas de áureas tonalidades, los colores fuertes pero suaves, sin que sorprendentemente haga nada de calor, sino una temperatura idónea.

(Por asociación acabo de recordar que puede que en este sueño, mas seguramente en otro, veíamos Eva y yo -quizá desde una ventana o en el espacio abierto recortado por edificios- el cielo y sus juegos de nubes, donde las nubes cambiaban constantemente de formas, apelmazándose y deshilachándose de pronto, creando multitud de figuras, tapando casi el cielo en muchos instantes, y con asombro descubríamos que había nubes que se deslizaban a mucha mayor velocidad que el resto).

Volviendo al desierto, muchísimos grupos por todas partes, algunos perdiéndose en lontananza, se esparcían por toda la luminosa extensión. Todos caminando y todos en la misma dirección. Yo -esta es una de las escasas partes en que soy protagonista- me entretengo recogiendo piedrecitas maravillosas, de colores hermosamente impactantes, de perfectas redondeces lisas, y voy introduciéndolas en una bolsita que llevo conmigo. Parece que las recolecto a mansalva con la intención de regalárselas a mi hijo. Hay numerosos montoncitos de piedrecitas de éstas. Casi cada dos pasos te tropiezas con uno, con lo que temo que no me van a caber en la bolsita. A la memoria me viene que traía conmigo otra bolsa que me figuro más grande de tamaño y que proviene del capítulo anterior del coche. La extraigo del bolsillo y no, es también una bolsa pequeña. Tendré que ser pues más selectivo con las piedrecitas.

Unos pasos más allá, veo que mi hermana está imitándome, va rastreando el suelo en busca de estos abundantes y fabulosos guijarros. A continuación mi hermana deja de ser mi hermana y yo vuelvo al plano de presencia indefinida dentro de nuestro grupo de 5 ó 6 personas, y sucede algo que rompe el espejismo de esta paradisíaca peregrinación. Uno de los nuestros delata a viva voz a la chica que está recogiendo las piedrecitas. Se trata de su hermano y pertenece a la raza negra según recuerdo. (Ambos, hermano y hermana -que como ya he dicho ya no somos mi hermana y yo-, pertenecen al grupo principal de protagonistas). No lo sabíamos pero es ilícito llevarse estas fabulosas piedritas. La consecución de la denuncia es inmediata: todos los presentes en el inmenso paraje somos conducidos ipso facto a una sala de juicios primitiva donde gobierna la tribu de raza negra dueña de estos contornos de fábula.

Esa gran sala de juicios, atestada de gente y de testigos, es en realidad la sala pública y alargada de un complejo de mazmorras excavado en la roca de una montaña. Los carceleros negros visten de manera absolutamente primitiva, con abalorios arcaicos y todo. En la pared del centro, a media altura, cuelga una estructura de hierros con forma antropomórfica, donde se encierran los cuerpos de los culpables y los ajusticiados. Es el destino de la guapa chica que ha violado la quietud de las piedrecitas de colores. No deja de sorprender pasmosamente a todo el mundo que haya sido su propio hermano el que la haya puesto en esta terrible situación. Y más estupor causa aún el que el hermano no se retracte. Sin embargo obrará, de nuevo ante el asombro general, de generosa manera y se ofrecerá a ser él el que pague por las culpas de su hermosa hermana.

Se le izará y encajará entre los hierros que a modo de prisión se cerrarán ajustadamente en torno a su cuerpo. Después se supone que esos herrajes funcionan como placas abrasadoras que queman la piel dejando unas marcas calcinadas tremendas y muy dolorosas. Y digo se supone porque hay un mecanismo desconcertante. En realidad el supuesto torturado no recibe ningún daño, pero su tortura tiene dos consecuencias. La primera es que su dolor y sus quemaduras las reciben otros, concretamente los presos de las celdas de abajo. Por un momento veremos a esos pobres diablos encadenados y chamuscados en calabozos fríos, húmedos, patibularios, en un ambiente general muy medieval, tétrico y sobrecogedor.

La segunda consecuencia es que la pantomima de la tortura de la sala principal libera mecanismos ocultos que crean la ilusión de que los presidiarios de abajo pueden escapar fácilmente. Ahora vemos cómo tres de los nuestros encerrados en los sótanos descubren que un trozo redondo de pared se ha deslizado y por ahí tienen la posibilidad de escabullirse hacia el resplandeciente exterior. Pero es una trampa y aunque lo saben o lo intuyen claramente la desesperación le ciega a uno de ellos y no logra evitar caer en dicha trampa que le supone una situación más penosa aún.

Sin embargo, ya que todo obedece a trucos y artilugios y sortilegios, se termina por desvelar cuál es la fórmula para salir de este oscuro y terrorífico confinamiento. Se trata de introducirse y soltar una especie de gas de color, creo que azul, que reduce la resistencia de los carceleros, dejándoles noqueados. De esta manera uno del grupo que huyó vuelve a entrar, arriesgándose a no poder volver a salir, y comienza a librar, mediante el gas, a todos los presentes. La sala principal del recinto ha cambiado un poco hacia un aspecto más contemporáneo, ahora las paredes son de cristal y el techo tiene menos altura.

Al final todo el gran número de recluidos ha logrado salir del perímetro de la fortaleza. Nuestro grupo completo de seis personajes, cuatro chicos y dos chicas, todavía aturdidos, reposamos a las puertas de los altos e infranqueables muros. Queda deshacer el último maleficio. Percibimos que cada uno lleva una prenda de un color de la que hay que desprenderse, ya que nos fue impuesta por los miembros tribales de las mazmorras y tiene la facultad de mantenernos como poseídos, con la voluntad anulada. Una vez fuera la tela recuperamos nuestro ser. La última prenda que quitamos es una suerte de túnica negra que lleva una de las chicas.
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Sueños (137): Rodeos y diabluras de mi padre

rodeos y diabluras de mi padre
Hay una tónica general en el sueño y es que cada pequeño episodio de lo soñado me digo: esto hay que recordarlo para apuntarlo. Y procedo a escribirlo ya en un papel ya en el ordenador. Y compruebo que ya está fijado y que ya puedo continuar con más visiones oníricas. Pero inmediatamente descubro que no, que no he escrito nada, que había soñado que lo había hecho. Tras estos momentos de singular vigilia vuelvo a dormirme una y otra vez. Lo que he podido rescatar de la memoria del sueño, una vez despierto realmente, ha sido una secuencia con mi padre.

Estoy en mi habitación trabajando con el ordenador. Mi padre entra con la clara intención de comentarme algo importante, quizá íntimo. Al principio, una vez sentado sobre la cama, dará rodeos como es característico en él. Me preguntará por mi labor. Quiere saber cómo llevo la última página web que estaba haciendo. Oh, le digo, esa web ya está terminada desde hace dos días, sólo queda que me den el visto bueno, colgarla en internet y cobrarla. La he finalizado antes de tiempo. Se la muestro en la pantalla. Intuyo que lo que quería saber de verdad él era si yo disponía de dinero, con lo que me temo que su conversación va a tener que ver con el tema económico. No sería la primera vez. Puede que se trate de una petición rocambolesca o comprometedora. Tampoco sería la primera vez.

Con breves circunloquios, saltando de una cosa a otra, irá sacando lo que le bulle dentro. Que si su situación ya no es la misma y que a partir de ahora sus movimientos van a estar muy vigilados, lo que quiere decir que en el caso de tener que darme dinero tendría que justificarlo. Que si no quiere obligarme a firmar nada, pero... Que si lleva cuarenta años sin salir de viaje. A esto le respondo -y por un instante parece que se molesta- que no me gustaría seguir su ejemplo, que ya llevo 4 años encerrado trabajando en casa y que no me gustaría seguir mucho tiempo así para evitar el tener que decirme a mí mismo (ya irremediablemente) que hace 45 años "yo hice un interrail". Mi viejo seguirá hablando desordenamente y yo no logro captar cuál es el sentido último de su farragosa disertación. Permanezco pues alerta para que no me cace en un renuncio, para poder salir a la defensiva airadamente.

Ahora, sin venir a cuento, sucede algo. Mi padre abandona su discurso y veo cómo tumbado boca abajo sobre la cama empieza a frotarse tal y como lo hace su nieto. Es una imagen muy chocante, desde luego. En seguida aparece mi hijo de tres añitos en la puerta de la habitación, trota desnudito y descalzo y con una enorme sonrisa de pillo angelical. Detrás viene una familiar, una prima desconocida o algo así, y hace algo que me deja boquiabierto y alucinado, la muy guasona, la muy no sé cómo llamarlo. Jugando con mi padre como si fuese un niño de cuatro años, le agarra a la vez, con distinta mano, del pito y del culete, haciéndole una carantoña como de pellizquito juguetón en las partes pudendas, una caricia pícara y algo obscena. La reacción de mi padre es no menos sorprendente: se retuerce de gustito y suelta un gritito y una risita de placer, comportándose igual que un niño pequeño.
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Sueños (136): Le robo el dinero a un sospechoso taxista

taxímetro de un taxi de Madrid marcando el precio de 40 euros
He regresado de un viaje por el extranjero y ahora me desplazo en el asiento trasero de un taxi hacia el hogar. Por la noche estamos circulando por la M-30 en sentido contrario al que conduce a mi vivienda, curiosamente. De manera vaga recuerdo que nos hemos desviado porque estoy buscando la manera de comprar un regalo para una chica. Estoy algo borracho y termino por dormirme un buen rato. Me despierto y no sé por qué ahora el taxista está conduciendo por las inmediaciones de la Plaza Castilla, es decir, el polo opuesto de donde resido. A ciencia cierta que ya no sé si le he indicado este camino o si el conductor ha tomado sus propias iniciativas al estar yo roque.

Cuando nos aproximamos a mi calle, ya de día, el taxímetro ha dejado de correr, detenido en el precio de 40 euros. Me parece una cantidad excesiva para un trayecto que vale menos de la mitad. Pero no sé hasta qué punto he sido yo el culpable de los rodeos o si la astucia y mala intención del taxista son los responsables del alto coste. Ante la disyuntiva me decanto por una solución intermedia: yo he obligado a alargar la distancia, pero el tipo del taxi deliberadamente ha incrementado el viaje y la suma. Lo que hace que por momentos me cabree más y más. Una vez he llegado a mi destino le pido explicaciones a este hombre maduro (unos cincuenta años), con aspecto inflexible, bigotudo y parco en palabras. Armado de la inocencia y naturalidad más descaradas no cede, no da su brazo a torcer: son 40 euros. Lo cierto es que no tengo pruebas de su presunta estafa, son sólo conjeturas, ya que viajaba dormido y algo curda, así que a saber qué indicaciones le pude dar... No me queda otro remedio que aflojarme el bolsillo y le pago lo registrado, aunque muy molesto y casi seguro de su mal hacer.

Antes de apearme me fijo en que al lado de la palanca de cambios, entre los dos asientos delanteros, hay un buen fajo de billetes de 20 euros. Instintivamente agarro un par de billetes justo cuando el taxista hace un giro de cabeza y no descubre mi hurto. Para disimular sigo mostrándole mi enfado y mis sospechas con palabras nada amables, mientras por dentro estoy bien contento de que el desplazamiento me haya salido gratis, aunque también lamento secretamente el no haber aprovechado para coger unos cuantos billetes más.

Finalmente me bajo del vehículo en la calle Ferrocarril, que en el sueño en lugar de estar orientada de este a oeste lo estará de norte a sur. Unos momentos después, entrando desde una bocacalle, de improviso vuelvo a introducirme en el mismo taxi por una de las puertas traseras, cuando el coche ya lleva otro cliente en la parte delantera. Increpo, fastidio, maldigo, muestro mi abierta disconformidad una vez más para esconder mejor mi pequeño robo, para despistar mejor cuando el taxista haga el recuento del día y note la ausencia de los 40 euros. Y casi sin que les dé tiempo a darme cualquier respuesta vuelvo a salirme del taxi, que se alejará despacio.

Ahora camino hacia mi portal y procuro ocultarme y esperar a que el taxi pase de largo para que su dueño no se quede con la copla del número donde vivo, ya que supongo que será capaz de reaparecer de malas formas reclamando sus honorarios.

Voy muy contento, con muchas ganas de contarle a Eva mi proeza y hábil latrocinio. Atravieso una verja que se abre en tres caminos en paralelo que conducen a distintos portales. Tomo el camino más largo, el de el edificio más alejado, pero no, descubro que me he equivocado y que esta vía no lleva a mi portal. Vuelvo sobre mis pasos, me cruzo con otros peatones, retomo otro sendero, subo unas escaleritas entre un par de poyetes de piedra. Mas tampoco es por aquí. Saldré de nuevo a la calle principal de Ferrocarril para darme cuenta de que efectivamente me había confundido de número de portal.
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Sueños (135): La errata y el doble "Iniestazo"

Andrés Iniesta lanzando un penalti en la Eurocopa 2012
Recientemente he tenido un par de sueños de los que apenas recuerdo una mínima expresión. En el primero de ellos me encontraba con mi amigo Javier Fernández Aracama y le mostraba mis últimos libros publicados. Él ojeaba y leía la reseña de la contraportada de uno de mis libros de poesía y de inmediato detectaba una horrible, imperdonable errata: en vez de poner "dedicado" una letra había bailado y se leía algo como "dedocado". Un completo espanto, ¡después de estar el libro editado! Presuroso intento ver la manera de corregir semejante fallo monstruoso.

En el segundo sueño, muy brumoso, se distinguían instantes de fútbol. La Selección Española en uno o dos campeonatos importantes. En ambos casos conseguimos salvar el partido y los muebles, tras inmensas dificultades, con un gol de penalti de Andrés Iniesta. Dos "Iniestazos" que solventaban gloriosamente dos complicadas eliminatorias.
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Sueños (134): Vivienda comunal, mendigos delincuentes y otras sucesiones surrealistas

El sueño de la vivienda comunal y los mendigos delincuentes
Vivimos bastantes en una especie de comuna en un edificio bloque con muchas dependencias. Nuestra vivienda grupal tendrá una sala alargada principal de la que salen todas nuestras habitaciones y demás estancias. Es de noche, una noche cerrada y misteriosamente silenciosa. Nuestro hijo se ha puesto malito. Una extraña enfermedad con síntomas algo cruentos. Ahora está reposando en la bañera del cuarto de baño comunal al lado de Eva, su madre. Aunque el chiquitín en el sueño cuenta dos años de edad, su aspecto físico es de alguien de veintitantos. El pobre está dormido de costado en el fondo de la bañera, envuelto en plásticos transparentes como una momia, sin apenas movilidad, aquí y allá con manchas de sangre seca. Bulto humano al que casi no se le ve la cabeza. Una imagen un tanto pavorosa. Su madre a su vera, descansando con los nervios ya calmados después de un escalofriante punto álgido del indescriptible virus que ha afectado a nuestro hijo. Es raro, mientras Eva permanece a su lado físicamente no deja de estar dormida en una habitación contigua...

Entrará un curioso en el baño que me apresuraré en echar ya que ha empezado morbosamente a revolver entre los plásticos que envuelven a mi hijo para ver más en detalle. Explicándole el caso a este tipo, algo enjuto y ladino, y también recordando por mi cuenta, resulta que nuestro pequeño no está teniendo mucha suerte con la salud desde que nació. No hay mes que no coja una cosa o la otra. En el hospital donde fue alumbrado, donde vivimos también de manera comunal alrededor de un año (creo que también estaba por allí Paula Arjona) cada dos por tres estuvo enfermo de este virus o aquel.

Algo después, en el silencio de la noche, estoy en la sala principal de pie y completamente desnudo, masturbándome delante de una enorme pantalla a modo de televisión perteneciente a la comuna. Sin embargo no hay imágenes ni eróticas ni pornográficas en la pantalla, sino más bien un documental social o incluso, por momentos, la tele estará apagada. Un intruso, que ni se inmuta por mi actividad onanista, merodea por aquí, a mi lado. Abandono mi actividad solitaria y ahora vestido le increpo y amenazo para que se identifique y se largue. Este tipo puede que sea el mismo curioso antes mencionado, o sino se le asemeja mucho. La verdad que aunque me es a priori desconocido su cara me suena. Aparecerá su hermano, que es miembro de nuestra comuna, con lo que queda aclarada la presencia del extraño aquí.

En breve surgen más habitantes. Se trata de realizar una reunión urgente para debatir no sé qué apremiantes aspectos. Pero no podré quedarme porque acabo de recordar que no le pagué los cincuenta euros de la sesión a la psicóloga, sesión que tuvo lugar antes de todo lo narrado. Miro el reloj, son como las tres y media de la tarde, o sea, que ya no llegaría a tiempo. Vuelvo a mirar el reloj y no, me equivoqué, en realidad es algo antes: son la una menos diez, así que si me doy prisa podré llegar antes de que la psicóloga se marche de su consulta. Salgo a toda celeridad.

Voy corriendo por la calle, aún de noche y con una férrea, sólida lluvia cayendo, que durará apenas unos instantes. Me sorprende haber salido sin ansiedades. Progresivamente se hará de día. Recorro una larga calle y luego giro por otra larga calle más estrecha. Creo que voy por el camino correcto, aunque tengo mis dudas, ya que la imprecisión del sueño ha borrado las anteriores huellas. Cuanto más avanzo más me interno en zonas de ciudad deprimidas, donde parece que abunda la delincuencia y gente de mal vivir. Atravieso un descampado, cerca de una construcciones antiguas, y ya veo que o han cambiado este camino -lo más probable- o bien he errado la ruta.

Vuelvo sobre mis pasos para internarme por un corredor que lleva a edificios de piedra, quizá pertenecientes a los muros externos de un arcaico castillo. Por ese pasadizo, en el recodo, me topo con un grupo de mendigos y gente con tinte de maleantes. No sé si avanzar. Decido caminar con cautela, vigilante. Doblo una esquina, hacia unas escaleras apaisadas que conducen a un patio del castillo. Estoy situado entre el grueso de los sospechosos mendigos y otro viejo y deshilachado mendigo con aspecto de ser el jefe del siniestro clan. Con el rabillo del ojo observo que el mendicante vejestorio les hace una seña a los otros que tengo delante. La seña ha sido negar con la cabeza, lo que me lleva a interpretar que no intentarán asaltarme y que puedo ir hacia delante. Ya estoy seguro de que por esta vía no voy a llegar a la consulta de la psicóloga, aún así, con cierta parsimonia, decido ir adelante.

Cuando mi situación es más comprometida descubro que el viejo mendigo hace otra seña. Esta vez parece tratarse de un "¡ahora!" porque inmediatamente empiezan a cercarme todos estos indeseables. Corro hacia la salida de la bocacalle, perseguido por el grueso de estos indomables. Delante de mí hay tres secuaces salidos de la nada. Esquivo a uno. Con mayor dificultad, casi a punto de ser agarrado, esquivo a los otros dos, corpulentos y de muy mala catadura. Ahora me persiguen todos. Al salir de la plazoleta y arribar a una calle empedrada, hace su milagrosa aparición un superhéroe con antifaz y capa roja dispuesto a echarme un salvador cable. Con un palo largo y haciendo virguerías karatekas bastante espectaculares no para de tumbar uno tras otro a estos nauseabundos malencarados. Yo echo de menos un sable o una buena espada para mantenerlos a raya. Es pensar esto e inmediatamente en mis manos tengo una señora espada bien afilada y dura. Creo que con un par de lances corto a un par de malhechores por la mitad como si fuesen muñecos de trapo.
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Sueños (133): Flirteo con la hija de Paco

Flirteando con una chica joven en una piscina de urbanización
Voy teniendo varios encuentros con la hija del representante de actores Paco S. J. Cada vez avanzamos más en nuestras relaciones amorosas. Se trata de un flirteo bastante inocente, lento y juvenil, ya que, en el sueño, la hija de Paco no llega a los veinte años. Hay escenas que se repiten con ella. Nos veremos en el entorno de una piscina de urbanización. Yo me sumergiré hasta el fondo donde me tumbaré bocarriba con los brazos extendidos y juntados detrás de la cabeza, en una postura relajada y algo provocativa, esperando a que aparezca ella para retormar nuestros juegos y encuentros. Curiosamente debajo del agua respiro igual que fuera del agua, con lo que puedo estar así inmerso y sin moverme un tiempo indefinido. Las aguas son muy transparentes y desde el fondo veo el cielo y las partes altas de algunos edificios colindantes. Finalmente ella llegará y nos divertiremos dentro del agua.

Algo después hablaré con Paco en el salón de su casa. Se me filtró el rumor de que el padre era muy celoso con su hija, extremadamente atento y puntilloso. Teme que le rompa el corazón a su vástaga, que le estropee fatalmente su adorada inocencia. Aunque, claro, si mis intenciones son buenas entonces, entraría otro hijo en la familia (osea, yo, y esta idea no parece disgustarle ni mucho menos). Yo le tranquilizo todo lo posible, ya que la cosa aún no va plenamente en serio. Le reitero que lo nuestro va muy despacito, sin arrebatos pasionales que lo aceleren y lo compliquen todo. Así, si hubiera desencuentros o que dar marcha atrás en nuestra relación, se haría no abrupta, sino naturalmente, de manera escalonada. Es decir esto último y en ese momento, frente a una parada de autobús, aparece su hija, que me mira con rubor y el rostro intensamente encendido. Lo que demuestra sus sentimientos hacia mí llenos de pasión y entrega. El padre, al entender esto, de nuevo comienza a preocuparse muy seriamente.
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Sueños (132): Con Aga en un entorno universitario

sueño con la actriz Aga en un entorno universitario
He realizado un trabajo para Aga, creo que concretamente un par de vídeos, y ahora la estoy buscando para darle el resultado y cobrar mis honorarios. Camino por un entorno universitario, más o menos tranquilo, con pequeños setos al borde de las aceras, un día soleado. Rodeado de jovencitos. En un cruce, junto a dos o tres jóvenes, localizo a Aga, que venía andando desde otra dirección. En ese momento llega otra clienta veinteañera y me abona otro trabajo. Veo los billetes doblados y metidos en mi monedero (alrededor de 80 euros). Con lo que me despisto y me quedo sin cobrar lo de Aga. Pero algo después me lo recordará ella.

Después nos internaremos en un edificio. Aga, que se mueve mucho, parece que ha encontrado allí una oportunidad laboral. Mas no será de actriz. Cuando entro en el hall la veo fregando el suelo. Dispuesta a hacer cualquier cosa para prosperar en su profesión y en mantenerse económicamente a flote. Por un momento pensaré que ella no sale nada bien en los vídeos. En persona, a veces estará guapa, a veces estará fea. Desde aquí, en el hall, de los distintos espacios surgen sonidos de jaleo o fiesta que deben provenir de las aulas de los distintos pisos.

Ahora nos encontramos ante unas mesas al lado de unos ventanales en lo que de manera imprecisa podría ser la cafetería. Enfrente de mí se sienta una pareja, la chica sentada sobre las rodillas del chico. Y Aga hará lo mismo, casi instintivamente, se sentará sobre mis piernas. Eva, presente por un momento, no se sentirá molesta en absoluto. Al cabo Aga termina sentándose en un silla paralela. Mejor. Me resultaba bastante incómodo (y comprometedor, embarazoso) que estuviese sentada encima de mí.
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Sueños (131): Primer día de ensayo

Ensayos en un teatro madrileño con Miguel Narros y su ayudante
Me han cogido como actor para el próximo montaje teatral de Miguel Narros. Se tratará de una obra clásica, antigua. Yo desempeñaré un papel secundario en la función. Estoy encantado de la experiencia de trabajar con Narros, además como al parecer no son muchas representaciones podré alternarlo con mi trabajo perfectamente. Lo que no sé es si después habrá gira por otras ciudades de España, todo parece indicar que no, pero si así fuera no iría, por razones obvias, con lo que tendrían que sustituirme, cosa fácil ya que no tengo mucho papel. Quizá debería plantear el hecho de que no iría a la gira antes de que nos metamos de lleno con los ensayos...

Es el primer día de ensayo, yo he llegado puntual a mi cita. Nuestro grupito de secundarios, compuesto de tres actores y tres actrices, que representaremos los papeles de pescadores, labradores y cosas así, será el primero en ponerse a trabajar. Nos hallamos sentados ante una gruesa mesa rectangular situada antes de las filas de butacas de un gran teatro. Algo más allá, lejano, se ve a Miguel Narros, cerca del escenario, dando algunas instrucciones a algunos técnicos y tramoyistas. Empezaremos con lecturas y análisis de textos, es decir con trabajo de mesa, bajo la dirección no de Miguel -sorprendentemente-, sino de una ayudante suya.

Esta mujer nos explicará mediante una tabla un tanto confusa y garabateada en folios el esquema básico de la interpretación actoral sobre un escenario. De alguna manera, en vez de dirigirnos da más la sensación de estar dándonos una clase magistral sobre la actuación. Quizá sólo de forma preliminar. En seguida han desparecido los otros dos actores masculinos. Sólo quedo yo junto a las tres actrices jóvenes, que, desde el principio, se mostrarán cínicas y netamente hostiles, con comentarios ladinos, hipócritas e incluso hirientes para con nuestra directora. Como dando a entender desabridamente que no van a aprender absolutamente nada nuevo con esta mujer. Actitud maleducada y viperina que me deja pasmado y helado. Yo, mientras, pregunto y pregunto, con vivo interés, con la intención de captar bien el sentido de la tabla, seguro de aprender importantes lecciones que me habrán de servir para toda la vida.

Cambiamos de ambiente. Ahora me encuentro acompañando a la directora-profesora que ha dejado de ser mujer para convertirse -sin dejar de ser la misma persona- en un hombre muy afemindado. Me suena que durante un tramo nos hemos desplazado en coche. En plena calle, de día, cercanos a la Gran Vía, intento consolarle por la displicente actitud de las actrices, ya que imagino que se siente muy dolido y con la estima baja después de la nefasta experiencia. Le explico que hay gente dañina y prepotente a la que no hay que hacer caso, que sólo buscan incordiar y malmeter. Sin embargo, mi interlocutor se muestra completamente indiferente a mis palabras. Está algo inquieto, mirando a uno y otro lado, como si buscase a alguien. Nos internaremos en un bar-restaurante algo oscuro, donde, según recuerdo, entrablo conversación con un par de conocidos.
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