Sueños (134): Vivienda comunal, mendigos delincuentes y otras sucesiones surrealistas

El sueño de la vivienda comunal y los mendigos delincuentes
Vivimos bastantes en una especie de comuna en un edificio bloque con muchas dependencias. Nuestra vivienda grupal tendrá una sala alargada principal de la que salen todas nuestras habitaciones y demás estancias. Es de noche, una noche cerrada y misteriosamente silenciosa. Nuestro hijo se ha puesto malito. Una extraña enfermedad con síntomas algo cruentos. Ahora está reposando en la bañera del cuarto de baño comunal al lado de Eva, su madre. Aunque el chiquitín en el sueño cuenta dos años de edad, su aspecto físico es de alguien de veintitantos. El pobre está dormido de costado en el fondo de la bañera, envuelto en plásticos transparentes como una momia, sin apenas movilidad, aquí y allá con manchas de sangre seca. Bulto humano al que casi no se le ve la cabeza. Una imagen un tanto pavorosa. Su madre a su vera, descansando con los nervios ya calmados después de un escalofriante punto álgido del indescriptible virus que ha afectado a nuestro hijo. Es raro, mientras Eva permanece a su lado físicamente no deja de estar dormida en una habitación contigua...

Entrará un curioso en el baño que me apresuraré en echar ya que ha empezado morbosamente a revolver entre los plásticos que envuelven a mi hijo para ver más en detalle. Explicándole el caso a este tipo, algo enjuto y ladino, y también recordando por mi cuenta, resulta que nuestro pequeño no está teniendo mucha suerte con la salud desde que nació. No hay mes que no coja una cosa o la otra. En el hospital donde fue alumbrado, donde vivimos también de manera comunal alrededor de un año (creo que también estaba por allí Paula Arjona) cada dos por tres estuvo enfermo de este virus o aquel.

Algo después, en el silencio de la noche, estoy en la sala principal de pie y completamente desnudo, masturbándome delante de una enorme pantalla a modo de televisión perteneciente a la comuna. Sin embargo no hay imágenes ni eróticas ni pornográficas en la pantalla, sino más bien un documental social o incluso, por momentos, la tele estará apagada. Un intruso, que ni se inmuta por mi actividad onanista, merodea por aquí, a mi lado. Abandono mi actividad solitaria y ahora vestido le increpo y amenazo para que se identifique y se largue. Este tipo puede que sea el mismo curioso antes mencionado, o sino se le asemeja mucho. La verdad que aunque me es a priori desconocido su cara me suena. Aparecerá su hermano, que es miembro de nuestra comuna, con lo que queda aclarada la presencia del extraño aquí.

En breve surgen más habitantes. Se trata de realizar una reunión urgente para debatir no sé qué apremiantes aspectos. Pero no podré quedarme porque acabo de recordar que no le pagué los cincuenta euros de la sesión a la psicóloga, sesión que tuvo lugar antes de todo lo narrado. Miro el reloj, son como las tres y media de la tarde, o sea, que ya no llegaría a tiempo. Vuelvo a mirar el reloj y no, me equivoqué, en realidad es algo antes: son la una menos diez, así que si me doy prisa podré llegar antes de que la psicóloga se marche de su consulta. Salgo a toda celeridad.

Voy corriendo por la calle, aún de noche y con una férrea, sólida lluvia cayendo, que durará apenas unos instantes. Me sorprende haber salido sin ansiedades. Progresivamente se hará de día. Recorro una larga calle y luego giro por otra larga calle más estrecha. Creo que voy por el camino correcto, aunque tengo mis dudas, ya que la imprecisión del sueño ha borrado las anteriores huellas. Cuanto más avanzo más me interno en zonas de ciudad deprimidas, donde parece que abunda la delincuencia y gente de mal vivir. Atravieso un descampado, cerca de una construcciones antiguas, y ya veo que o han cambiado este camino -lo más probable- o bien he errado la ruta.

Vuelvo sobre mis pasos para internarme por un corredor que lleva a edificios de piedra, quizá pertenecientes a los muros externos de un arcaico castillo. Por ese pasadizo, en el recodo, me topo con un grupo de mendigos y gente con tinte de maleantes. No sé si avanzar. Decido caminar con cautela, vigilante. Doblo una esquina, hacia unas escaleras apaisadas que conducen a un patio del castillo. Estoy situado entre el grueso de los sospechosos mendigos y otro viejo y deshilachado mendigo con aspecto de ser el jefe del siniestro clan. Con el rabillo del ojo observo que el mendicante vejestorio les hace una seña a los otros que tengo delante. La seña ha sido negar con la cabeza, lo que me lleva a interpretar que no intentarán asaltarme y que puedo ir hacia delante. Ya estoy seguro de que por esta vía no voy a llegar a la consulta de la psicóloga, aún así, con cierta parsimonia, decido ir adelante.

Cuando mi situación es más comprometida descubro que el viejo mendigo hace otra seña. Esta vez parece tratarse de un "¡ahora!" porque inmediatamente empiezan a cercarme todos estos indeseables. Corro hacia la salida de la bocacalle, perseguido por el grueso de estos indomables. Delante de mí hay tres secuaces salidos de la nada. Esquivo a uno. Con mayor dificultad, casi a punto de ser agarrado, esquivo a los otros dos, corpulentos y de muy mala catadura. Ahora me persiguen todos. Al salir de la plazoleta y arribar a una calle empedrada, hace su milagrosa aparición un superhéroe con antifaz y capa roja dispuesto a echarme un salvador cable. Con un palo largo y haciendo virguerías karatekas bastante espectaculares no para de tumbar uno tras otro a estos nauseabundos malencarados. Yo echo de menos un sable o una buena espada para mantenerlos a raya. Es pensar esto e inmediatamente en mis manos tengo una señora espada bien afilada y dura. Creo que con un par de lances corto a un par de malhechores por la mitad como si fuesen muñecos de trapo.
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► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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