Sueños (139): Poltergeist del lado de acá y del lado de allá

Poltergeist, vampiros, fenómenos paranormales, simas, diablos, el bien y el mal, conversiones, historia de terror
Voy con mi padre en su coche y nos encontramos con un atasco tremendo en lo que, de manera imprecisa, podría ser la Cuesta de San Vicente. Logramos atravesar la espantosa hilera de vehículos atascados pasando milagrosamente entre medias. Así llegamos a un punto en que ya no se puede avanzar con el coche, y arribamos a una estación de tren subterránea situada en lo que sería Príncipe Pío. En breve se acerca un tren, pero no se detendrá ya que va atestado de viajeros. Comprendemos que va a ser complicado que pare algún tren. No tardando mucho oímos la llegada de otro. Que vendrá prácticamente vacío, mas aún a pesar de su lento movimiento al pasar por la estación tampoco frenará. De tiempo en tiempo varios trenes harán lo mismo que este último. Y no vemos la forma de seguir avanzando.

Entreteniendo la espera paso a un parque adyacente. Mi padre ya no me acompaña. Sí, en cambio, mi amigo Valentín. Aparte de nosotros hay otras personas -no muchas- en nuestra misma situación estancada, dependiendo de ayuda externa para sacarnos de aquí. Jugaremos con una pelota al fútbol. Dándonos pases de uno a otro lado. Ahora un padre me la pasa a mí, yo se la paso a un chaval, etcétera. Damos algunos patadones y el balón sale despedido hacia las alturas.

Imperceptiblemente algo cambia en otra dirección. Al lado de una carretera, por la que no pasa ni un alma, he salvado a un niño, que estaba caído en el suelo, de un peligro invisible. El escenario cambia un poquito. Al otro lado de la carretera -que durante el sueño en ocasiones hará las funciones de una línea divisoria- se extiende un espacio singular, algo semejante a las salas de espera de un aeropuerto, con hileras de sofás en paralelo, todos orientados hacia una longitudinal cristalera con vistas al lejano perfil de la urbe. Es este entorno, a partir de ahora, el ambiente principal. Mis acompañantes también han mudado, serán unos diez o quince compañeros del Colegio Alemán, entre ellos el inolvidable pelirrojo Christian Mandiá.

Seguimos a la espera, sin que nadie asome, transporte o persona, para rescatarnos de este invisible confinamiento. Y es cuando empiezan a suceder cosas muy enigmáticas, incomprensibles, muy de Poltergeist.

De forma cíclica un humo espeso va surgiendo del suelo que media entre los sofás, humo de tonalidades grisáceas y negruzcas que llega a alcanzar tal espesura que por momentos la visibilidad se hace casi imposible. Cada vez que el fenómeno remite, algunos de nuestros compañeros han desaparecido, como absorbidos o abducidos, sin que quede rastro de ellos. Este inexplicable efecto de la oscura emanación al parecer tiene que ver con un extraño ecosistema que se forma aquí. Más allá del cristal se extiende un paseo en paralelo y un gran estanque, con proporciones de mar, que nos separa de la lejana ciudad. Todo el enclave está cubierto por una bóveda gigantesca y semi transparente que nos separa del cielo abierto. Las aguas provocan periódicas condensaciones que provocan los gases en la sala.

Hay más aconteceres paranormales. De debajo de los sofás surgen también brazos o lenguas de alfombras rectangulares y alargadas que nos enganchan por las piernas y nos sumergen en vete a saber qué mundo de dimensiones desconocidas.

En un momento de calma, estoy con dos camaradas del instituto, un amiguete y una chica, al borde del inconmensurable estanque. Divertido e inconsciente me lanzaré al agua a nadar y a chapucear un rato, ante el estupor de los presentes. En seguida todo tipo de fuerzas oscuras se remueven de un modo espeluznante con la intención de someterme o succionarme: huracanes marinos, siniestras medusas, bichos monstruosos, vendaveles subacuáticos, objetos incongruentes que cobran vida... Todo rozándome por todos los lados, agobiante y asquerosamente. No sé cómo logro salir indemne de tamaña sima. Una vez fuera del agua y a salvo me quedo estupefacto de mi descabellada y suicida idea de darme un baño. Bastaba con que me hubiese fijado previamente en el aspecto tan nauseabundo, ahíto de porquerías de todo tipo y de tintes negruzcos y sospechosos que ofrecía la inmensa charca.

Al principio, todos estos incomprensibles sucesos son escasos, duran poco y no nos resultan traumáticos. No les damos más importancia y seguimos con nuestros quehaceres ociosos. Pero cuando se van intensificando y se acelera su repetición, poco a poco vamos siendo presas del terror. Sobre todo cuando comenzamos a descubrir en el suelo partes mutiladas de nuestros colegas desaparecidos, como un brazo, una pierna o incluso una cabeza cercenada y ensangrentada, que reposaba abandonada bajo uno de los sofás. Además cada vez más nítido vamos percibiendo las figuras de monstruos que intentan atraparnos para sumirnos al lado oculto del mal.

Junto al pavor que nos va atenazando sin saber cómo reaccionar, va entrando en nosotros la comprensión de una ineludible realidad: nadie, absolutamente nadie, va a venir a por nosotros para sacarnos de este truculento atolladero infernal. Nadie hará su entrada en este sobrenatural ámbito hasta que todos nosotros hayamos sido asimilados por este indescriptible mal. Al entender esto cabalmente tomamos una resolución: dejarnos llevar, entregarnos sin resistencia a lo desconocido por muy estremecedor e inquietante que nos resulte.

Ya estamos todos en la otra dimensión. Somos vampiros y demonios con ganas de pasarlo bien. En el mismo espacio hacemos nuestras diabluras y juegos, encantados de comprobar todos nuestros poderes. Creo recordar que con una compañera diablesa practico algo de sexo en postura rocambolesca o lo intento, y parece que este acto no está bien visto por el resto.

Aguardamos con cierta impaciencia la llegada de nuevas víctimas. Que finalmente, sin saber lo que les espera, entrarán en escena. Nuestra futura diversión son también alumnos conocidos del Colegio Alemán. Entre ellos reconozco a Edmundo Lindemann. Nos lo pasamos pipa provocando los trucos y trampas sobrecogedoras que antes tanto nos aterraban. Algunos de nosotros hemos adquirido la apariencia humana que teníamos con anterioridad para no revelar nuestra condición y así, de manera menos agresiva, convencer a los recién llegados de que se conviertan a nuestro universo demoniaco. Me meto en el baño de un lateral y comienzo a orinar y uno de los incautos humanos está a punto de desenmascarar mis aviesas intenciones ya que aún no estoy plenamente transformado en humana apariencia, aún con matas de pelo salvaje que me delatan.

A cada paso me veo menos inclinado a convertir a los "normales". Voy teniendo cierto pudor en las tretas violentas y tétricas que utilizamos para nuestros fines proselitistas. Y esto empiezan a notarlo mis otros socios. En el paseo del estanque un diablo de raza negra que antes no había visto y que tiene asomos de ser uno de los mandamases se pone a hablar con una diablesa amiga mía. Cuchichean acerca de mí. Intento que me digan lo que dicen. La conclusión es la siguiente: rara vez sucede a uno de los nuestros, pero soy yo el que está llamado a ser un diablo bueno, o sea del lado opuesto del mal, y por lo tanto habré de convertirme en un proscrito. Habían pensado en exterminarme, pero han decidido desterrarme al otro lado de la carretera, a la soledad de las montañas, donde me encontraré con otro grupo de demonios primitivos de aspecto simiesco hace tiempo desterrados.

Compruebo que estoy desarrollando otros poderes más cercanos a una magia blanca o magia del bien. Por ejemplo la telekinesia. Basta con que mueva con decisión un brazo y cualquier obtejo se desplaza veloz hacia donde yo desee. Desde las montañas comprueno que con gestos manuales puedo perfectamente mover objetos del territorio de mis congéneres contrarios, entre los sofás. Otro gran poder que emano es el de poder volar. Con un ligero impulso ¡zas!, ya estoy volando, cosa que los demás no pueden hacer. Esto me hace volverme travieso y me lío a violar repetidamente las condiciones del ostracismo. Constantemente invado la demarcación contraria del otro lado de la carretera. Cuando rencorosos, hostiles y hambrientos de venganza intentan atraparme basta con que emprenda el vuelo para dejarles con dos palmos de narices.

Pero paulatinamente, sin saber a qué razón obedece, voy perdiendo todos mis poderes. Ya no consigo mover los objetos. Apenas puedo remontar el vuelo. Esto me desconcierta y me desilusiona enormemente, con lo contento que estaba con mis super capacidades... Además que incrementa la posibilidad de ser atrapado por mis enemigos y tener un destino fatal.
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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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