Sueños (140): La trompeta abollada

Las clases de trompeta
Voy a clase de trompeta con mi amigo y profesor Manolo Díaz. Voy portando el maletín que contiene mi instrumento musical por las inmediaciones del lugar donde se imparten las clases, pero debo haber equivocado el camino porque no termino de encontrar el sitio. He salido cerca de una boca de metro en un entorno madrileño con el que ya he soñado otras veces (una reinterpretación en el sueño de la realidad de cierta zona de Madrid). He desandado parte del trayecto para recordar que la ubicación de las aulas no estaban más acá, sino más allá, con lo que reemprendo la marcha en sentido opuesto.

Mas sigo sin encontrar mi destino. Vagamente recuerdo la calle a la que tengo que dirigirme que está unas callejas más allá. Pero cuando llego, tampoco. Menudo lío, ya estoy completamente desorientado. Pregunto en una ventanilla a una mujer (donde se supone que debería estar la escuela de música), que me indicará la nueva dirección como a través de un plano en tres dimensiones, con marcas blancas alrededor de las paredes. Es ahora cuando caigo en la cuenta de que el emplazamiento de las clases se trasladó por estas cercanías y que no tenía fácil acceso. Siguiendo, ya anocheciendo, las marcas blancas en las fachadas llegaré, al fin, a mi meta, con bastante retraso debido a todo el follón. Este sector de la ciudad aparece ahora con un aire de casonas de pueblo antiguo, con zaguanes de madera arcaica, salpicando la blanca pintura gastada de las paredes en una noche aún no del todo oscura.

Ya estoy junto a Manolo tras atravesar un pasillo difícil de atravesar, atestado de gente, alumnos sobre todo. Al sacar mi trompeta descubrimos que está completamente abollada por muchos sitios en su boca ancha. Hay un bollo bastante destacado. Debido a la dureza del metal me es imposible enderezar las ahondaduras. Manolo habla de una solución para estos casos, que consiste en doblar la accidentada boca hacia dentro. Y eso hace, con suma facilidad. Pero no sé qué ocurre que toda la parte de la boca ancha doblada hacia dentro de repente comienza a empaparse de agua e igual que si fuesen partes de cartón se calan y se desmigajan y se desprenden de la trompeta. Horror, la mutilación definitiva parece el fin de mi trompeta, ahora soplo y no sale sonido.

Me enfado con Manolo por haberme inutilizado mi instrumento querido. Hubiera sido mejor dejarlo como estaba ya que por lo menos sonaba, y además, ahora que lo compruebo, algo se podían haber enderezado las torceduras. Pero Manolo no sólo no me hace ni caso sino que además muestra su enorme disgusto conmigo. Por la repetida ausencia mía a las clases, por haber desaprendido todo lo que ya llevábamos, por el desperdicio de mi talento, etcétera. Para él lo ocurrido con la trompeta es un claro síntoma de mi dejadez. Me anima algo malhumorado y desabrido a que no siga perdiendo más tiempo con las clases. Dando por hecho que el haberme quedado con la trompeta inservible me hará ya desistir de todo intento.

Pero no me conoce. Efectivamente, una vez he perdido de vista a Manolo me lanzo por las tiendas cercanas a la búsqueda urgente de una nueva trompeta. Hay pocos negocios musicales por aquí y siendo de noche, como lo es, lo fácil es que estén a punto de cerrar, de ahí mis prisas, no quiero dejarlo para mañana, quiero mi nueva trompeta hoy, cuanto antes. (Es obvio que ya no llegaría al enclave de las tiendas musicales de Ópera, donde adquirí mi primera trompeta a muy buen precio).

Me interno en una tienda que en seguida crece y multiplica su tamaño, convirtiéndose en un centro comercial que abarca unos tres pisos, varias tiendas y varias dependencias. En recepción, en el piso de abajo, no saben indicarme dónde se encuentran las botellas de vino. Así como suena: las botellas de vino. Por curiosa asociación he identificado la trompeta con una botella de vino tinto de cierta marca que conozco de muy buena relación calidad-precio. Se trata de un Valdepeñas Reserva de unos cuatro euros.

Con celeridad no paro de subir y bajar por los entresijos de este edificio. Nadie logra señalarme el lugar de los vinos. Pero no todo son prisas, cuando cruzo algún restaurante lo hago despacio, porque muchas chicas jóvenes sentadas y cenando se dan codazos y me miran enamoradas, las unas y las otras. En estos momentos voy vestido de negro, muy elegante y seductor. Haciéndome el despistado o el distraído que busca algo, disfruto enormemente de las interesadas atenciones del sexo opuesto encandilado con mi percha.

Para después seguir corriendo a la caza del apartado de botellas. En un bar de la tercera planta, tras preguntar, me llenan un vaso de vino blanco de dos euros de precio, sin que me dé tiempo a rechistar. El dueño, algo casposo, cano, rudo y desarreglado intenta camelarme para que me lo beba. Saldré por la tangente, le diré que voy un momento al servicio y desaparezco para no volver.

En la entreplanta finalmente me topo con la sección de líquidos. Y horror. No hay ni un solo recipiente de vino. Una amable trabajadora que andaba atareada por allí, me explica que como ya son más de las nueve de la noche está prohibido vender alcohol, así que todo ese tipo de mercancía se ha retirado. ¡No puede ser, el colmo!

No me queda otra opción que buscar en la noche alguna tienda clandestina que hagan la vista gorda. En un oscuro callejón hallo un tienda de ultramarinos llena de cachivaches hasta el techo, regida por una pareja de ancianos que al principio serán de la raza asiática. Tienen de todo. Por supuesto tienen lo que anhelo y sin dudas ni sospechas hacia mí me extienden una garrafa de plástico llena de vino. Un vino malo aunque algo más barato. Quizá sea la única solución. Mejor un producto malo que irme con las manos vacías.

Lo que viene a continuación es algo difuso y extraño. Me veo acompañando a los viejos bajitos por calles desiertas y algo inhóspitas, o bien son ellos los que se han adherido a mí como lapas. La vieja, torpe y enferma, cae al suelo de la calzada con estrépito y aparatosidad. Creemos que la ha palmado. El anciano decrépito se vuelca alarmado sobre ella. Y al instante también cae fulminado. No sé qué hacer. Creo que se ven los faros en la noche de un coche que pasa a nuestro lado. De alguna manera siento que tengo que hacer algo para ayudar, por otro lado quiero hacer mutis con carácter de urgencia. La miseria de los ancianos y de este barrio desconocido me está afectando demasiado.

Algo recuerdo relacionado con una caseta o casona, gente aviesa, oscura y al margen de la ley, y la garrafa de vino. Luego callejeo extraviado: he perdido el rumbo que me devuelva al hogar. Perdido en la noche, en un barrio atemporal y desclasado, entreveo a mis familiares, quizá mi madre, que han dado conmigo para rescatarme y llevarme a casa.

Al día siguiente me presento en las clases de música de Manolo. Con una nueva trompeta, que a pesar de ser de peor calidad, qué le vamos a hacer, sirve perfectamente para continuar con mi enseñanza. La forma de la boca ancha del nuevo instrumento es mucho más cónica de lo normal. La ventaja es que esta trompeta me ha salido más económica que la anterior, me ha costado unos doscientos euros, que es el equivalente a los dos euros y pico que me costó la garrafa de vino. Así se cierra el ciclo y la identificación trompeta-botella de vino.

Manolo aún está terminando una clase con una alumna suya, que delante de un pentagrama interpreta a la trompeta una complicada composición de repeticiones, como si tuviese que tocar su parte y la parte inmediata repetida de un segundo músico que hace el efecto de eco, utilizando el segundo pistón con la función del primero. Me quedo con la copla para ensayarlo yo luego. La chica se va y yo dejo de ser testigo silencioso y atento. Ahora Manolo se dedica a mí y me contempla sorprendidísimo. ¡No sólo he vuelto tan pronto sino que ya me he hecho con un nuevo metal!

Con agrado, Manolo me dejará hacer libremente. Empiezo a soplar y repito con gran perfección el virtuoso ejercicio que acabo de presenciar. Manolo alucina. Emprendo una interpretación libre e improvisada con muchísimos cambios y con giros muy originales. Y Manolo lleno de asombro y regocijo. ¡Hasta yo mismo no doy crédito de lo que con tanta facilidad estoy siendo capaz de crear! Por último la idea es retomar las clases en el punto en que se dejaron, es decir, en la página tal del libro de prácticas tal.

Una vez situado delante de la partitura con el librito abierto descubro que no me apetece nada de nada ponerme a tocar esto. Se lo señalo a mi profesor y amigo, sugiriéndole realizar a cambio unos juegos fónicos con letras, números y objetos. Me da su beneplácito. Dejándome provocar intuitivamente voy transformando palabras, cosas y dígitos en su posible equivalente sonoro. Con grandes aciertos y varios sonidos bien divertidos y sorpresivos que nos mueven a risa. Ahora, simulando una "O" o algo similar intento emitir una nota grave... sin resultados. Por más que soplo el sonido no sale. Desconcertante. Manolo me dice que pare un poco, que la boca se me ha cansado del esfuerzo y tiene que descansar un rato. Pero yo, cabezota, insisto en un soplido que siempre será mudo.
....

Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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