Sueños (153): Alrededor de Ras

el trasero de Ras en minifalda de cuero negro
Ras está hablando con una amiga suya en un paseo al aire libre en un entorno campestre. Viste una minifalda de cuero negro y seguramente lleve medias. Yo, con mucha cautela e intentando que no se me note, estoy grabándola desde atrás con una pequeña cámara de vídeo que tengo a la altura de la cintura, una cámara apenas imperceptible y bastante disimulada. Su trasero embutido en el cuero. Giro hacia la derecha o la izquierda, según se mueve ella, para que no sea descubierta mi actividad, que varias veces tendré que interrumpir para no ser cogido in fraganti. Después habrá otra escena en una piscina pública, también con Ras como protagonista de mi mirada secreta. Su novio, algo alejado, estará presente. Yo procuro siempre esconder mis pasiones, sobre todo que no sean desveladas. Y hay otros momentos en otros lugares y ella vestida de otras maneras. Hablo con ella de cuando en cuando. Siempre cerca de ella, cercándola invisiblemente, ondulando en torno a su figura, asimilándola.
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Sueños (152): Una compañía de teatro aficionado

Función teatral con una compañía de teatro aficionado
No sé cómo me veo formando parte de una compañía de teatro aficionado. Y dentro de poco tendrá lugar una representación. Estamos en el enclave de un colegio, que a momentos será un edificio universitario. Llego flamante, muy bien vestido y trajeado, deslumbrante. Intento salir de la zona que hace las funciones de camerinos porque al revisar mi cartera algo se me ha olvidado. Pero ya no se puede alcanzar la salida tras unas escaleras, porque tenemos que prepararnos para salir a actuar en breves momentos. Es increíble, en este grupo teatral ni siquiera ensayan, salen a escena directamente, con el texto aprendido, eso sí. Y de pronto descubro que se me ha pasado por completo aprenderme mis parlamentos. Es más, ni siquiera me he traído el libreto. Horror.

Intento hacerme con un ejemplar para memorizar rápido lo que me sea posible, mas nadie tiene uno a mano que pueda prestarme. Al cabo me haré con uno y comienzo a buscar mis frases. Sin embargo surge otro problema añadido: no sé cuál es el personaje que tengo que desempeñar. Hay dos posibilidades: un viejo cómico que apenas habla y otro personaje con mucho más texto. Sólo el director puede indicarme cuál es mi rol, pero éste no aparece, se está retrasando demasiado y la función está a punto de iniciarse. Decido ir estudiándome las palabras que dice el viejo, que seguramente será el que me toque hacer. En la compañía hay personas de todas las edades, varias chicas jóvenes, algunos tipos mayores. Con el paso del tiempo vienen llegando más componentes. Nadie sabe decirme a qué debo atenerme. Están atareados con vestuarios, preparativos y demás y no me prestan mucha atención a pesar de haber llegado aquí por primera vez.

Busco y rebusco en el cuadernillo los dichos de mi supuesto personaje, que según lo que leo en los diálogos impresos tendrá un nombre algo surreal, "schwasshh" o algo similar. Apenas encuentro dos párrafos, bastante chistosos, onomatopéyicos, incoherentes. Desconozco si habrás más, no los localizo... Me voy poniendo cada vez más nervioso, el tiempo se me echa encima. El "dire" acaba de irrumpir, un tipo con grandes gafas de concha, pelo alborotado y aire despistado, con pinta de músico retro-pop. Juntos hojeamos a toda prisa el librillo que ahora es más semejante a una revista, con anuncios de publicidad y todo. El director está casi tan perdido como yo.

Y ya me toca salir, faltan unos segundos. En teoría hay que esperar a que terminen la canción los que ahora están sobre el escenario, pero el dire me insta a salir de inmediato aunque aún no haya finalizado la canción. Yo trato a la desesperada de hallar en el cuadernillo el párrafo que me toca decir... sin fortuna, sin encontrarlo. En escena se han detenido, aguardando mi llegada... Así que salgo dispuesto a improvisar lo que me salga sobre la marcha.

Sin que tenga ninguna relación con el desarrollo de la obra, entro de forma brusca, correteando y emitiendo chillidos de vejete y haciendo un salto de piernas estiradas en plan bailarina de ballet. Lo que provoca un gran revuelo sensacional y muchas risas entre el público a medio aforo que nos observa. Especialmente unas niñas de la primera fila se ríen muchísimo. Repito otra pirueta y exclamo frases inconexas, con estridente voz anciana, que provocan una enorme hilaridad. Y hago un mutis rápido. Mis compañeros se quedan completamente sorprendidos y tras un momento de estupor siguen con la acción como si nada.

Entre cajas el director se ha quedado gratamente admirado de lo bien que leo (y es que nadie sabe aquí que soy actor profesional). Y no para de hacerme pruebas de que lea esto o diga lo otro. Hasta una expresión en francés, que repito a la perfección. Maravillado, él exclama: "ah, ¡que también sabes francés!". Le acompaña una mujer igualmente alucinada con mis aptitudes. Me plantearán sentencias en italiano, que no imito con exactitud, así que poniendo morritos y hablando despacito me muestran varias veces cómo ha de ser la pronunciación precisa. Yo trato de emularles como un papagayo, acercándome más cada vez a la dicción correcta.
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Sueños (151): Eva quiere irse a La Argentina y yo quiero vivir en Cádiz

El viaje a La Argentina y la infinita tranquilidad derivada de la contemplación del mar desde una playa de Cádiz
De buenas a primeras Eva me plantea que se va a ir de viaje a La Argentina, quizá una semana, quizá diez días, no lo sabe con certeza. Se llevará por supuesto con ella a nuestro hijito Amador. La idea no me gusta en absoluto. Le pregunto que cuándo ha decidido algo así. Me contesta que entre ayer y hoy. Que habló con Karina (que reside allí) por teléfono y a partir de ahí le surgió la idea de este viaje. (Curiosamente Argentina se sitúa geográficamente en los Estados Unidos). Yo, aunque hablo tranquilo, estoy bien molesto, y preocupado. ¿Cómo es que ni me lo ha consultado? Además acabáis de regresar de Sevilla y ¿ahora os volvéis a marchar? Amador, o su presencia, está con nosotros mientras departimos sobre esto. A mi manera de verlo, le explico a Eva, estás huyendo o bien del tema de preparar tus cursos o bien te estás alejando de mí porque has conocido a alguien, probablemente en Sevilla.

Y comenzaré una larga perorata acerca de mi situación, ante su presentido "ya no puedo más". Sí, lo sé, es cierto que con el trabajo apenas tengo tiempo para vosotros, ni siquiera para mí, que es como una pesadilla esta encrucijada en que me hallo y que es normal que ambos me necesitéis y echéis en falta, pero esto es sólo temporal, además que intentaré a partir de ahora aunque me va a costar, ya que me doy cuenta de mi error, estar más pendiente de vosotros. Y según le voy arguyendo a Eva hemos cambiado de escenario, ya no estamos en una habitación vacía y grande, sino paseando por la arena de una playa. Mi chica se va calmando de a poco y va descartando, afortunadamente, el irse a Argentina. De lo que me siento agradecido, porque a mí tal expedición al extranjero, me parece una iniciativa mortal, definitiva, para nuestra relación de pareja. Le hago ver que menos mal que me oponía categóricamente a que se fuesen, que si llega a parecerme bien el viaje, ella hubiera dado por cierto que yo tenía una amante y que me alegraba de la ausencia familiar para disfrutar de amplia libertad para mis infidelidades. Lo cual es falso, claro, pero ya sabemos cómo se las gastan algunos pensamientos de Eva... Ella me reconoce que sí, que es exactamente lo que hubiera pensado...

Ya más serenados, paseamos y nos tomamos algo en la terraza de un hotel de Cádiz, enfrente del mar. Esta terraza, por momentos estará cubierta con un largo porche longitudinal y por momentos estará cerrada con amplios ventanales a las vistas marítimas. Y me doy cuenta de lo que me relaja el espíritu ver el mar, olerlo, ver las olas... es como un bálsamo de beatífica tranquilidad para mí. Estar cerca del inmenso mar, vivir aquí, en Cádiz. Se lo propongo a Eva, que nos vengamos a vivir aquí. Quizá sea complicado por los motivos profesionales, pero podríamos cogernos una casita por aquí y venirnos desde Madrid con frecuencia. La proximidad del mar me cambia, me desestresa, me equilibra, tal y como creo recordar que ya percibía en otro sueño reciente.

Ahora estamos con otra pareja sentados en el porche. Jugamos los cuatro al ajedrez, un ajedrez distinto, con distintas reglas. Cada dos por tres miro de nuevo, largo y quedo, la playa, las olas, la vastedad aparentemente infinita del océano. Después paseo sólo por la galería principal del piso bajo del hotel. Las ventanas que dan a la línea costera son monitores que van cambiando sus imágenes. En estos instantes se visionan de manera rotativa algunas partes lujosas del hotel (como si se tratase de las imágenes devueltas por cámaras de vigilancia). Yo necesito seguir viendo el mar. Accionando los mecanismos de una de estas pantallas, consigo presenciar nuevamente la generosa capacidad evocadora y calmante de la contemplación del mar.
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Sueños (150): El día que murió Marilyn de Terenci Moix

El día que murió Marilyn, una novela de Terenci Moix, Biblioteca El Mundo, Colección: las 100 mejores novelas en castellano del siglo XX
Soñaré con situaciones relacionadas con la novela “El día que murió Marilyn” de Terenci Moix. En la mayor parte del sueño seré sólo testigo, salvo en algunos mínimos casos en que me identifico y soy brevemente los personajes principales que entran en escena. Si bien la acción transcurriría según la narración de Moix alrededor de los años 40, en el sueño no tendrá una época determinada, al menos claramente dibujada. Pasan cosas antes que ya no recuerdo, así que comienzo con el momento en que Xim llega, más o menos a la hora de la cena y cuando acaba de anochecer, al gran zaguán comunitario que da a su vivienda, donde a no más de dos alturas se alzan una serie de casas blancas antiguas. Una vecina cotilla e intrigante se asomará al balcón situado a la derecha según se entra para avisarle maliciosamente de que su mujer -la mujer de Xim, o sea la Amèlia de la novela- le está siendo infiel con otro(s) hombre(s).

Xim se queda completamente perplejo, sin dar crédito. Pero termina asumiéndolo rápido. Al fin y al cabo sería lógico y normal que le pagaran con la misma moneda, ya que él lleva años siendo infiel y teniendo interminables aventuras con otras mujeres. Más que irritación lo que siente Xim es curiosidad. Quiere saber con quién le engaña su mujer en estos momentos, así que esperará semi oculto a ver quién sale de la portezuela contigua. Al rato sale un tipo más o menos mayor, muy rubiales y gordo. Para colmo tiene una piernas muy finas que causan asombro por ser capaces de sostener milagrosamente tanta gordura. Es pues el tío bastante repulsivo y esto hace que Xim monte en cólera. Podría entender perfectamente el ser engañado si se tratase de un apuesto joven moreno, vigoroso y atractivo, ¡pero semejante espécimen repulsivo! Y Xim comienza a zarandear y a dar violentos empellones al tipejo, que ni entiende lo que sucede ni sabe cómo reaccionar, en plena calle, bajo la incierta luz de un par de faroles. Yo ahora contemplo la trifulca siendo, por unos instantes, uno de los hijos de Xim, con una edad aproximada a los diez años. Tras algunas fuertes sacudidas Xim dejará que el espantado hombre se vaya.

A continuación Xim no regresará todavía al hogar y se tomará su particular desquite. Tras desaparecer un par de horas en que ha bebido bastante por ahí, se introduce por una pequeña puerta adyacente en una casa de putas. Tendrá una sesión amatoria sobre una cama con una de las rameras que él conoce bien. Luego otra escena lujuriosa, también con la luz encendida, con dos furcias a la vez. Finalmente, al despuntar el día, le presentan una cuantiosa factura por ¡unos 180 servicios realizados en una sola noche! ¡Todo un récord y todo un semental! Las putas le preguntan maravilladas que qué tiene hoy, vaya poderío, qué furia, qué capacidad...

Antes de despertarme -como me ha acontecido en otras ocasiones- soñaré repetidas veces que ya he escrito este sueño tras reconstruirlo mentalmente, para descubrir, al cabo, que no, que estaba durmiendo y que aún no he escrito una sola línea.
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Sueños (149): Secuestrado por los amigos

vía de tren en pleno campo que lleva a la estación de trenes y autobuses con dirección a la ciudad
Recuerdo vagamente haberme encontrado con mi amigo Juanjo Sanjosé en la estación de autobuses de Príncipe Pío. Hay un salto temporal y espacial, y ahora nos encontramos ambos junto a otros amigos en una especie de descampado junto a una larga valla metálica típica de rejilla. Se está planeando una excursión a no sé dónde, no muy lejos de aquí, pero mis deseos son muy distintos: quiero ir a mi casa a tener un poco de intimidad y hacer mis cosas. Sin embargo, no sé cómo, quizá por no plantar la suficiente opocisión, me veo envuelto en el pequeño tournée. Al fin y al cabo, pienso, se tratará sólo de un par de horas y aún es pronto, todavía es por la tarde, y así no disgusto a mis colegas con mi eterna negativa a salir con ellos. La verdad que hasta yo mismo me sorprendo de acceder, aunque nada convencido.

Nos dividimos en dos o tres grupos, y cada uno seguirá una ruta distinta. En mi grupo estamos tres: Juanjo Sanjosé, Jorge Riquelme y yo. Iremos en mi bicicleta, algo gastada, envejecida, de avance lento, medio estropeada. La bici por momentos será un ciclomotor. Lo conduciré yo, pegado a mi espalda irá Juanjo, y pegado a su espalda -y no sé ni cómo cabe- irá Jorge Riquelme. Ya es de noche. Avanzamos a trancas y barrancas, a veces por carretera, a veces por caminos campestres. Pienso en mis ansiedades, mas como conduzco yo están atenuadas. Nuestro viajecito es una mediana Odisea. Hasta que pasadas unas tres horas caigo en la cuenta de que nos hemos alejado mucho (se llega mucho más lejos en bicicleta que andando, claro) y ya no sé si nos será posible volver esta misma noche.

Nos bajamos de la bicicleta e intentamos salvar una enorme valla. Juanjo ya lo ha conseguido. Pero Jorge y yo nos vemos en dificultades. Hay que escalar y abrir un hueco como levantando un trozo de persiana, por ahí colarse y descolgarse hacia el otro lado. Jorge muy habilidoso lo logra tras no pocos esfuerzos. Imito su ejemplo y posturas y también encuentro la manera de pasar al otro lado. Ya es tardísimo, muy de noche. Estamos cerca de un barrio residencial.

Hay otro salto temporal> y me despierto, con el alba, en una cama ajena, en una habitación cuadrada y con ropa por todas partes. Se supone que estamos en casa de nuestro amigo Antonio Menéndez (mejor dicho en la casa de sus padres, ya que muchos de nosotros tenemos en este sueño diez años menos), que es, a todas luces, el destino al que se dirigía nuestra expedición. Hay bastante ajetreo en la casa, preparativos de actividades, desayunos... Quiero creer que a primera hora de la tarde regresaremos, pero al cabo comprendo que me han traído con engaño: se supone que salíamos para un rato y está clarísimo que piensan quedarse aquí todo el día del domingo, y todos lo sabían de antemano menos yo. Así que decido irme antes de que llegue la tarde y se me esfume mi tiempo libre de fin de semana, pero surge otra dificultad.

No nos hallamos en la casa de Antonio Menéndez como era presumible, sino en el hogar de otro amigo que no identifico exactamente (bien podría ser Gabriel Torrens). Tanto el piso de Antonio como éste son absolutamente idénticos en cuanto a estructura y distribución, lo que me lleva a inducir que nos situamos en la misma urbanización. En seguida desmienten mi suposición: sí, los inmuebles son idénticos, pero hay kilómetros de distancia entre ambos. Lo que quiere decir que me han traído a una población bastante alejada de Madrid y regresar puede llevar horas. Según parece nos encontramos en Colmenar Viejo (así se identifica en el sueño, aunque es un lugar bien distinto a la realidad y su lejanía del centro de Madrid es mucho mayor). Inmediatamente decido partir al instante. Desde una ventana de la habitación he visto que por el medio del extenso campo cruza la vía de un tren. Pregunto al dueño del hogar si esa vía lleva a Madrid. La respuesta es sí, sólo hay que seguir la vía para encontrar la estación. Bien, pues ya tengo forma de salir de aquí (mi bicicleta quedó para el arrastre, completamente destrozada).

Me largo apresuradamente, ya que no hay tiempo que perder. Mas en seguida vuelvo sobre mis pasos y entro de nuevo en la casa, pues me he dejado algunas cosas. Agarro mi mochilita y un par de objetos, además un libro para el largo camino. Necesito también algo de comida y bebida para el trayecto. Todos mis amigos aquí reunidos, alrededor de diez, se muestran muy hoscos y enfadados conmigo por mi "traición" de abandonarles. Especialmente Yolanda Barrasa. Sólo Antonio Menéndez estará muy amable y comprensivo y me proporcionará un sandwich o algo similar como sustento. Sin querer, al pasar por el salón, he apagado una vela de las muchas que hay encendidas por todas partes, ya que están preparando un juego de misa negra o algo semejante. Mi descuido provoca mayor tensión y airados enfados despectivos.

Finalmente salgo campo a través, en busca de la estación. El espacio es demasiado abierto y soleado, apenas hay árboles, pero ánimo, sólo es cuestión de seguir la vía... Ya, ¿pero en qué dirección? No sé si tomar un camino o el contrario, no sé qué sentido me acerca la estación o me la aleja... Orientándome intuitivamente escojo la trayectoria correcta. Al rato arribo al centro del pueblo. Preguntando a los lugareños llegaré a la construcción donde se erige la estación.

Una estación harto rara, que mezcla autobuses con trenes y otras dependencias. Evidentemente podría utilizar un autobús para ser conducido a la capital, pero prefiero sin duda el tren, que permite más libertad de movimientos. En un principio no encuentro los andenes. En el hall, le preguntaré a una taquillera parapetada tras una ventanilla cómo llegar a los andenes. Dicha empleada resulta ser la dueña de todo este cotarro y desabridamente me dará una información bastante imprecisa. Se queja de que le han cambiado las cosas de sitio y ya no sabe en concreto dónde paran los trenes. Seguramente en la planta baja o debajo de esa trampilla. Trampilla que abro y que sólo tapa un espacio tan reducido como un armario.

Es entonces el sótano donde hay que ir. Allí se apelmazan en bloque todos los trenes, que son muy cortos, casi de un solo vagón. De distintos colores apagados, casi pegados, contrapuestos y estorbándose los unos a los otros, como en un parking de coches. Voy mirando sus rutas en los cartelitos que llevan en la cabecera. Todos sin excepción llevan a Madrid, pero terminan su recorrido en distintos puntos de la capital. Uno, por ejemplo, lo hará en la Plaza Castilla, demasiado alejado para mí. Localizo tres o cuatro que van hasta el distrito de Arganzuela, son los que mejor se me amoldan. En un letrero electrónico compruebo su hora de salida. Falta menos de un minuto, ¡genial! Pasa ese minuto, otros diez, y... nada, que esos trenes no salen, mientras ya han arrancado un buen número de las otras líneas. Los míos están vacíos, nadie se introduce en ellos, es por eso que no se mueven de su sitio.

Me adentro en cualquiera de los trenes adyacentes, en uno que tiene su aforo medio lleno, para informarme de cuándo salen los de mi destino. Nada más entrar, sin que apenas pueda decir esta boca es mía, el tren arranca y nos vamos. Me quedo, lógicamente, desconcertado. Por un momento pienso en indicarle al conductor que se detenga para que pueda apearme, pero seguramente no podrá hacerlo, así que me lo pienso mejor y me relajo pensando que lo fundamental es que me lleve a la metrópoli, no importa a cuál de sus puntos.

Y habrá suerte, resulta que me entero que este transporte tiene su término en Atocha, lo que me viene de perlas, mucho mejor que el que pensaba tomar. Venzo algo la repentina timidez y para asegurarme, me agacho a preguntarle al conductor si es cierto que este tren tiene parada en Atocha. El hombre, ubicado en el centro del vehículo, me responderá de malas formas, sin poner reparos a insultarme, gritándome con la intención de que lo oigan todos los pasajeros, como así sucede, llamándome estúpido o algo así por preguntar tales obviedades. Segundos después cambia su actitud arisca hacia mí y junto con sus cuatro o cinco colegas nos vamos todos en buena compaña a charlar amistosamente a la parte trasera del autobús, ya que el tren, más híbrido de tren que otra cosa, ahora es definitivamente un autobús (una "camioneta" con ciertas reminiscencias a las arcaicas "Blasas" del Alcorcón de mi primera juventud). De hecho hace ya un buen trecho que no nos desplazamos sobre raíles.

Me sorprende mucho que el conductor pueda estar aquí tan tranquilo sin estar al volante. Mi fijo, mirando a través del cristal delantero, que el bus se desplaza solo por control remoto. Estamos atravesando una calle principal de un alejado municipio. Mas no, quizá hay un pequeño conductor pendiente de la circulación.

En el bolsillo delantero de la camisa oficial, blanca o azulada, del "capitán" del autobús, que continúa charlando con nosotros en plan jocoso y descansado, veo que se abulta un paquete de tabaco rubio. Él hace ademán de ir a encenderse un cigarrillo, pero recordará que no se puede fumar en un transporte público, así que dejará de nuevo su paquete intacto. Vaya, ya me había hecho yo la ilusión de encenderme un piti...

Hay otro salto temporal y de nuevo nuestro medio de locomoción ha sufrido otra transformación. Se trata ahora de un tren nocturno de largo recorrido, que cruza el país a gran velocidad bajo el telón de una noche muy cerrada. Sigo en la cola de la larga máquina, acompañado esta vez de mi amigo David Pastor y de Lorena, que en el sueño será la hermana de David. Estamos los tres tumbados sobre unos singulares colchones diseminados desordenadamente por el suelo. Antes de dormirnos, me justifico, sobre todo con David, por mi comportamiento evasivo. Por querer marcharme a toda costa en lugar de disfrutar de la compañía de mis amigos. Pero ya me conocéis, yo soy así, muy egoísta con mi tiempo. Además que precisamente este fin de semana mis padres me habían dejado solo en casa, con lo que tenía que aprovechar a conciencia para entregarme con dedicación a mis íntimos asuntos. Estar con los amigos supone pasarlo bien, pero en el fondo es una pérdida de tiempo, no se hace nada útil o perdurable. Tenéis que comprenderlo, etcétera. David me escucha, pero con actitud mohína, visiblemente enojado conmigo, con poco ánimo de comprenderme o tolerarme.

Por otro lado intento un acercamiento amoroso con Lorena, pegándome a su lado en el colchón, pero sin éxito, apenas me hace caso. Después, justo en un compartimento-cocina que hay adyacente a la parte trasera del tren donde trasnochamos y viajamos, sigo dándole mis explicaciones sobre el mismo asunto de mi "deserción" a Pablo Moreno Marquina, que se ha preparado un chocolate caliente y lo degusta sin prestarme mucha atención.
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Sueños (148): Una visita de Isaac

Piso compartido de grandes dimensiones con todas las puertas abiertas
Vivo en un enorme y kilométrico piso compartido, donde todas las puertas están continuamente abiertas. Como digo, el piso tiene unas dimensiones tan gigantescas que apenas me cruzo con mis compañeros de piso. Desde el descansillo llegan de pronto unos cuantos guiris con ganas de conocernos, que al igual que nosotros tienen también sus viviendas con las puertas abiertas. Probablemente no haya una sola puerta cerrada en todo el inmueble y el ambiente general es juvenil y estudiantil. Los extranjeros son ingleses o norteamericanos y no entienden ni papa de español. En la entrada de nuestro apartamento nos dicen sus nombres ("I'm Mike", "My name is Peter", y cosas por el estilo) y nos preguntan los nuestros. Les digo que me llamo "Pepe", pero no me entienden. Lo cierto es que aunque se muestran simpáticos y agradables, yo me harto de ellos en seguida y no paro de pensar: "¿Por qué no os váis a tomar por culo de una vez?".

Algo después me hallo en mi habitación, bien grandecita, que es además el lugar donde trabajo, con el ordenador y todos mis cachivaches sobre una larga mesa adosada a la pared. De buenas a primeras estoy hablando alegremente con Isaac por teléfono. Departimos en tono amistoso sobre todos nuestros asuntos pendientes, en especial el relacionado con la web de Isabel Navarro, que se nos está complicando... Aparece Isaac a mi lado, en plan visita inesperada. Bien trajeado, sonriente, tonificado, incluso algo bromista. Le pregunto si nunca se coge vacaciones. Me responde que sí, que ahora, en agosto. Al fin logro contactar por el móvil con Isabel, que está en la playa. Me va explicando los cambios que quiere, aunque la comunicación se entrecorta y no la percibimos muy bien. Isaac se permitirá algún comentario irónico, incluso cínico, con Isabel. Ella puede haberlo oído ya que tengo el aparato con el altavoz puesto. Hago la presentación oportuna: "Isabel, tengo a mi lado al programador de la página web". Isaac saluda. Pero finalmente perdemos el contacto con ella. "Isabel... ¿Isabel...? ¿Estás ahí...?". Nada, sin respuesta.

En el último tramo tengo la habitación concurrida. Hay dos compañeros de Isaac. También hay un grupo de unos cuatro amigos estudiantes que no conozco. Quizá haya otras personas. Y se irán marchando todos. Desde una aplicación del Facebook se les ve salir de mis aposentos y existe la opción de, enmarcándoles con una cámara tipo webcam, según van pasando, "secuestrarlos" en bloque para una especie de juego.
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Sueños (147): La borrachera de Ángel, el taxista, los jaguares y el colegio de Amador

Nos convertimos en jaguares corriendo tras la borrachera, los problemas con el colegio de nuestro hijo y el viaje en un taxi sinisetro
Estoy con Ángel Borrego en un amplio y oscuro bar de copas -casi una discoteca- con otros acompañantes, quizá arquitectos. Decidimos irnos que Ángel está ya estrepitosamente borracho debido a que ha bebido mucho y muy rápido durante toda la noche. En la calle, donde ya ha amanecido, cada uno se dirige a su coche. Ángel ya se ha instalado en el asiento trasero del suyo. Yo espero a que me invite a ir con él ya que vivimos muy cerca el uno del otro y llevamos el mismo trayecto. Cuando levanto la mano, haciendo ademán para detener un taxi, es cuando Ángel me dice que vaya con él en su vehículo. De manera aparatosa entro por el mismo lado donde está sentado él, arrastrándome boca abajo hasta mi lugar al otro lado. Arrancamos. El automóvil de Ángel resulta ser un taxi.

A medio camino estamos detenidos frente a un estanco. Se trata de conseguir cambio o algo semejante. El taxista, que es joven, taimado y algo sospechoso, me pedirá, tras juntar calderilla, un euro para salir él a comprar, entre otras cosas, mi tabaco. Yo le aproximo la cuenca de mi mano con unas cuantas monedas para que coja el euro. Tenemos un ligero y férreo forcejeo de dedos, él intenta asir una moneda de dos euros, yo intento evitarlo, acercándole más una de un euro. Finalmente se llevará la requerida de un euro. Me ha sorprendido y desagradado esta actitud indecente del taxista de intentar llevarse más de lo necesario. Aunque después comprobaré mi dinero y en mi mano no hay -ahora- ninguna moneda de dos euros...

Nos introducimos los tres (Ángel, el conductor del taxi y yo) en el estanco. Comprobamos que esto está todo lleno de maleantes detenidos y esposados (secundados por polis más o menos de incógnito), exactamente igual que en una comisaría. Nos plantamos ante el largo mostrador de este singular estanco-comisaría, al lado de un robusto pilar que hay en medio. Pedimos cosas para desayunar, excepto Ángel que solicitará un cubata bien cargado, con coca cola. Dada la borrachera que lleva esto es inverosímil, pero según dicen lo mejor para que se te pase la embriaguez cervecera es un buen pelotazo alcohólico, nos comenta con criterio de autoridad.

Retomamos nuestro viaje en taxi rumbo a casa. Ahora me llama al móvil mi madre, muy preocupada y angustiada. El asunto tiene que ver con Amador y el colegio donde va a ir próximamente. Ya antes del bar de copas creía que el problema estaba resuelto y zanjado tras hablarlo mucho con Eva, ver las posibilidades y las opciones, y finalmente conseguir la confirmación externa de la plaza disponible de nuestro hijo Amador en el Colegio San Saturio. Pues parece que aún no han terminado las complicaciones. Mi madre, con nerviosismo, me explica que han hablado con mi tío Antonio, y que tal y como dice él, que es entendido en temas de leyes, no se puede actuar de nuestro modo, con lo que Amador está sin colegio. Procuro tranquilizar a mi madre y le aclaro que en breve llegaré a casa para que discutamos todo esto más en extenso. Tras colgar el teléfono pienso en que mi tío seguramente se equivoque, qué sabrá él.

Más que otra cosa, por entretener el viaje, le cuento al taxista todo el tinglado éste. Que si tenemos un hijo de tres años, que si nos está dando mucho dolor de cabeza el encontrarle colegio, que si ya habíamos conseguido uno, que si sucede esto, que si sucede lo otro y bla bla.

Estamos, al fin, llegando a nuestro destino: la urbanización de los Hábitats en Alcorcón. Le indicamos al conductor que se detenga a la altura del tercer o cuarto tramo de viviendas, mas éste se desconcierta porque avanzamos y en ningún momento se ven edificios de viviendas, sino otro tipo de construcciones tales como tiendas; hasta que atravesamos un recodo y emergen los bloques de pisos. Pare aquí, aquí, sí, le señalamos al taxista.

Según vamos andando y llegando a su portal, Ángel me echará la bronca por haberle dado al siniestro taxista tantos detalles sobre mi hijo y mi vida íntima. Caigo en la cuenta de que lleva razón. Teniendo en cuenta el carácter facineroso del conductor, seguramente intentará cualquier maldad contra mí o mi familia, ya sea robo, secuestro, denuncia, etcétera. Es más que probable que nos haya seguido a pie y esté escondido tras los árboles o los soportales para saber exactamente dónde vivo. Así que decidimos despistarle. Ángel toma la iniciativa y emprenderemos la carrera en línea recta hacia mi portal, atravesando el espacio que media entre su bloque y el mío. Le sugiero a Ángel que nos desplacemos en diagonal, para mejor ocultar nuestra dirección.

De pronto nos convertimos en espléndidos jaguares y corremos parejos saltando entre charcas, dirigiéndonos oblicuamente hacia el edificio de enfrente. Se ven planos de nuestro veloz desplazamiento felino. Unos segundos después (Ángel ha desaparecido), con mi férrea musculatura animal, me dirijo a toda mecha en línea recta, por los soportales, hacia mi portal.

En cuanto arribo a mi casa recobro la apariencia humana, dejando de ser un fornido leopardo adulto. Abro con las llaves la puerta del hogar (nuestro piso es el bajo y se entra directamente desde la calle). Me encuentro a oscuras, de repente es de nuevo de noche. Mi madre se apresura a recibirme, sigue muy turbada por todo el follón del colegio de Amador. Mi hermana tampoco ha podido dormir en todo este tiempo, viéndose cómo, inútilmente, se ha estado revolviendo en la cama sin éxito de cara a vencer el sueño. También circula por aquí, asaz intranquila, mi tía Chari; mientras mi prima Pilar es la única que ha logrado dormir en la habitación que hay al lado. Las tres (mi madre, mi hermana y mi tía) tienen sus colchones esparcidos por el salón, que hace siempre las veces de dormitorio.
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Sueños (146): El traslado a los Estados Unidos

mapa de Estados Unidos. El sueño del traslado a los Estados Unidos de América
Le preguntaré a Eva de improviso: "¿Pero es realmente necesario, tiene sentido, que nos vayamos a vivir a los Estados Unidos?". Eva se detiene de golpe, vivamente interesada por lo que acabo de decirle. Le explico: ir a Estados Unidos supone perder el trabajo que tenemos aquí, seguramente también nuestro actual piso de alquiler, además es para nosotros un idioma extraño, apenas conocemos gente allí, con lo que sería como empezar de cero, a estas alturas, además el pánico a volar me imposibilita del todo a hacer el viaje... Estos argumentos son tan aplastantes que decidimos no ir a Norteamérica. Y tomamos esta decisión el mismo día, o sea hoy, que teníamos determinado hacer el viaje. Es precisamente para esta tarde cuando tenemos los billetes de avión. Hace meses que teníamos proyectada esta mudanza al país yanki, desde que nuestros amigos Javier y Viridiana se fueron para allá. Realmente es una locura trasladarnos tan lejos sólo porque nuestros amigos lo hayan hecho. Le propongo a Eva que a cambio, para no estar siempre metidos aquí, podríamos hacer un viaje a Granada y después a Sevilla, donde está su familia. Eso sería muy bueno para nuestro chiquitín Amador.

Todo el mundo cree, por lo tanto, que hoy nos mudamos. Y no lo desmentiremos. Seguiremos haciendo los preparativos del viaje, como si nos fuésemos a ir. Habrá que avisar, eso sí, al portero de que nos quedamos, no vaya a ser que se re-alquile nuestro piso en nuestra ausencia. Como digo, preparamos maletas, sacamos cosas de los armarios, mientras por la casa rulan algunos familiares y amigos, entre ellos mi padre y mi madre. Nadie se extraña de que vayamos tan atrasados en la preparación de la mudanza. Lo cierto es que aunque quisiésemos no llegaríamos a tiempo al aeropuerto. Así, como si todo siguiese su curso natural según lo planeado, Eva y yo continuamos con el disimule de hacer el equipaje para el traslado.

Durante el ajetreo pasan otras cosas que sólo recuerdo de forma tangencial. En el pasillo de la vivienda juego con Amador, que está muy sonriente, pasándoselo en grande, encantador, irresistible. Junto a nosotros está David Pastor, por un momentos con la estatura bastante menguada ya que prácticamente mide lo mismo que nuestro hijo de tres años. David está agachado, en cuclillas y habla con nuestro vástago. Luego, en otra habitación con el suelo de parquet y que está casi vacía, me reúno con unos amigos en plan comité. Después tengo que ir al cuarto de baño. Por fracciones de segundo me anticipo a mi padre, que venía con la misma urgencia. El baño de enfrente también está ocupado. Así que, qué carajo, que se espere mi viejo. Entro en el servicio y cierro la puerta.

En otra sección del sueño, ya no sé si anterior o posterior a todo lo narrado, damos un larguísimo paseo por las calles (no recuerdo con qué objeto ni a dónde nos dirigíamos) un pequeño grupo de conocidos, entre los que destaca mi madre. ¿Quizá se halla también entre los presentes Manu, un compañero del Colegio Alemán? Me suena, podría ser, pero no estoy nada seguro. Me sorprende a posteriori el hecho de haber callejeado tanto completamente olvidado de mis ansiedades.
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Sueños (145): Aventura con Ras

Infidelidad en la intimidad
Estoy con Ras en una cafetería sentados a una mesa, muy próximos el uno al otro, charlando en plan amigos. De pronto hay un momento de mucha cercanía, nuestros rostros casi pegados, nos miramos fijamente, surge el impulso irresistible y nos besamos. Es un beso corto, intenso, que parece que durante mucho tiempo había sido postergado, desde hacía mucho se trataba de una realidad latente que esperaba su turno para aflorar desde el inconsciente y tener su oportunidad para manifestarse. Algo que deseábamos tanto ella como yo, aunque no podíamos admitirlo. No obstante, me da la sensación de que ella ya tenía este paso meditado, madurado conscientemente.

A partir de este beso estamos embarcados en una relación que promete ser fructífera y sólida, pero hay inconvenientes. Por un lado está su novio, ¿qué pasa con su novio? Me costará bastante preguntarle sobre esto. Quizá sea mejor no saber. Sin embargo termino por hacerle la pregunta. Me explicará: oh, mi novio... pues lo dejamos y volvemos... pero es que es soso... muy soso. Lo que quiere decir que, antes o después, volverán a salir juntos, indiferentemente de que ella siga conmigo. Por el otro lado yo tengo mujer e hijo y no sé por qué cada vez que intento revelarle este gran inconveniente a Ras acabo por morderme la lengua. Es posible que no llegue a decírselo en todo el sueño.

Me dejará atónito el hecho de haberme liado con Ras. Realmente estoy plenamente enamorado de Eva. Somos muy complementarios y nuestra vida en común es casi perfecta, conociéndome ella y tolerando todas mis manías, ansias y rarezas. Dudo de forma fehaciente que pueda tener una compañera mejor, ¿entonces, lo que ha pasado con Ras? Llego a la conclusión de que lo de Ras es una inesperada y muy singular excepción, seguramente la única excepción posible. No se trata de un mero capricho o deseo prófugo. Hay con ella también una gran compatibilidad, algo difícil de darse, pero es distinta a la que hay con Eva. Un buen dilema, desde luego.

Con Ras, durante un día, todo va muy rápido, casi con la urgencia de recuperar el tiempo secretamente aplazado. Daremos un paseo por unos alrededores universitarios. Quizá abrazados o cogidos de la mano. Habrá otro instante en que ella estará en el cuarto de baño de una casa, de espaldas, arreglándose o pintándose, acompañada por una amiga suya, y contesta con desparpajo a las cuestiones que se le plantean en plan entrevista. Dirá algo como que tiene culo de tío. A mí no me lo parece, desde luego. La abrazo por detrás, pegando gustoso mi sexo a su trasero embutido en unos jeans.

No quería, pero no logro evitarlo: me quedaré toda la noche con ella, entregados a nuestra intimidad en la cama de una habitación de un piso compartido; jugando, riendo, hablando mucho. Yo intento pensar en muchas ocaciones, y con cierta angustia, cómo le voy a justificar a Eva mi ausencia nocturna. Seguramente utilice la excusa del trabajo, que me tuve que quedar toda la noche, etcétera. Medito en detalle para no dejar cabos sueltos que me delaten. En verdad que no es esta noche el problema real. Porque el encuentro con Ras supone, inevitablemente, prodigar más encuentros. Tan a gusto y enriquecedores resultan que nos conducen a profundizar, aunque nuestra voluntad se resista. Y esto plantea una disyuntiva terrible: lo cierto es que no puedo renunciar a ninguna de las dos, ni a Eva ni a Ras... Me veo abocado a mantener una doble vida, contra todo pronóstico.

Ya estoy con Eva (y Amador) en casa. Eva intuye algo. Revisa mi agenda o diario, donde tengo anotada y remarcada mi cita con Ras. Pensé en omitir esto, pero decidí ser fiel a mi libro de recuerdos. Tampoco hay nada concreto que me comprometa. Salgo airoso de las interpelaciones de Eva. Ella se calma al fin y deja de inquirir. Tras lo cual el sueño entra en otra fase. Estoy con Eva en una especie de barraca y nos instan a salir. Todo lo relacionado con Ras ha desaparecido, como si nunca hubiese tenido lugar. Borrado. Eliminado. Olvidado. Con mi chica suceden más variopintas situaciones que ya no recuerdo.
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Sueños (144): Con Juan, el portero del inmueble

calle Ferrocarril
Estoy con Juan, el portero del inmueble, en la calle, a la entrada del portal, a última hora de la tarde. Antes de subirnos hay que acompañar unos metros más allá a un vecino, un anciano desvalido. Aunque estoy algo ansioso decido ayudar. Mi cometido será empujar una silla de ruedas aparatosa y ancha, cuadradota, poco moderna, que curiosamente irá vacía. Nos desplazaremos Juan, la persona mayor, otro par de familiares y mi menda llevando la silla hasta la puerta de un garage, digamos que unos treinta o cuarenta metros más allá (en dirección al bar Horóscopo). Resulta que Juan se encuentra enfermo y por unos momentos se mete entre unas mantas toscas que a modo de camastro hay en el suelo de la entrada del garage. Sólo se le ve la cabecita saliendo de entre las bastas mantas. Así, vestido y todo, tapado hasta el cuello y sin moverse apenas, es como tiene que hacer sus necesidades. Mientras evacúa una leve sonrisa resignada asoma en su rostro.

Y ya volvemos. Ahora Juan tiene un problema en la pierna y cojea. Hay otra interrupción porque Juan (renqueando y con esfuerzo) se asoma a una tienda que hay un poco más allá para recordarle al dependiente que este sábado -dentro de cuatro o cinco días- va a estar actuando en una obra de teatro. Llegamos al portal que está cerrado, con unas puertas de una madera similar a la de un taurino burladero. Como el portal está algo irreconocible (como asimismo nuestra calle Ferrocarril), yo me he desviado unos pasos. Es Juan quien corrige mi posición, ya que hasta con los ojos vendados sabe perfectamente donde está situado su portal.
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Sueños (143): Vértigo

Edificio España, Plaza de España, Madrid
Estamos subiendo, uno tras otro, viniendo de una especie de túnel, por el interior de una construcción como de casillas o piezas ensambladas de colores -en plan el juego de piezas "lego"- hacia una plataforma tipo azotea más abierta. Me cuesta subir a partir de un momento dado y estoy por renunciar a este ejercicio que tiene cierto carácter obligatorio.

De aquí pasamos al siguiente episodio, en el que estamos todos reunidos, presuntamente arriba, en un patio, cuando aparece una suerte de tutor o entrenador físico de ascendencia italiana con el objetivo de plantearnos una serie de tareas. Para la primera de ellas está escogiendo a los protagonistas de la acción. Me temo lo peor, así que voy alejándome sin mirarle para que no se fije en mí. Pero resulta que ahora yo también soy italiano y eso quiere decir -en el sueño- que no le tememos a nada, por lo tanto soy el elegido para una actividad que me pone los pelos de punta. La idea, según intuyo, es que mediante arneses y protecciones me dejen anclado al saliente de un reloj situado a mucha altura. Está claro que no puedo hacer eso ya que tengo mucho vértigo. Entre una compañera y otro chico le traducirán, ante mi petición, mi imposibilidad para hacer lo que se me solicita. El tutor, sin entender del todo mi negativa, termina por aceptarla y me libro de la locura.

Ahora un trapecista se balancea desde grandísima altura. En un instante en plena noche se suspende hacia abajo y casi llega a rozarnos para salir de nuevo despedido como un resorte hacia los cielos. Sólo ver sus piruetas me da vértigo, así que rehuyo observar sus atracciones.

Pasamos a otra práctica. Desde una azotea cercada por muros algo elevados tenemos que, con los ojos cerrados, arrastrarnos como serpientes. Como esto en principio no me supone mucho trauma accedo a participar sin miramientos. Sin ver nos vamos amontonando y separando mientras reptamos. El miedo acaba por paralizarme y el tiempo restante me quedaré pegado a una pared, sin moverme. Cuando finaliza el asunto y abro los ojos el instructor está pegado a mi lado y ha percibido perfectamente mi abandono. Con airadas miradas y quizá con palabras manifiesta su disgusto con mi actitud evasiva.

La cosa se pone grave. Alrededor del muro de la tapia, de día, se desarrollan en altura las moles de edificios gigantes, como por ejemplo el Edificio España, sumando además el espacio abierto sobre nuestras cabezas. Lo que provoca que me entre el pánico y necesite a toda costa salir de allí, ya que como me propuse explicar anteriormente también padezco un "vértigo de mirar hacia arriba". Sin poder evitarlo, sin dar explicaciones y ante la desaprobación general, me desplazo para huir hacia uno de los laterales, donde me encuentro con una construcción semejante a un enorme foso cilíndrico. Hay salientes en la piedra para poder bajar aunque de manera muy dificultosa y vertical, es muy peligroso. Me veo pues atrapado en las alturas, sin salida, acuciado por un vértigo paralizante. Me entra un fuerte ataque de ansiedad. Del que salgo repentinamente, de la forma más inesperada: abro los ojos bruscamente y descubro que se trataba de un sueño, sólo de un sueño.

Vuelvo a dormirme y retomo la acción con la decisión irrevocable de largarme de allí. Comienzo a alejarme de mis compañeros de instituto y universidad. Muchos empiezan a denunciar mi deserción, mi actitud injusta para con los demás, que quieran o no quieran deben seguir con las pruebas, igual que en un campamento de verano. Se destaca la figua de Marcela Mendy entre los indignados. Me detengo, de espaldas a ellos, pensando en la razón que tienen. Pero es superior a mis fuerzas. No puedo. Mi desesperada y explícita mirada parece que les hace comprender y tolerar. Ya no intentarán detenerme. Me giro y con alivio y sin sentirme culpable, me marcho.
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