Sueños (147): La borrachera de Ángel, el taxista, los jaguares y el colegio de Amador

Nos convertimos en jaguares corriendo tras la borrachera, los problemas con el colegio de nuestro hijo y el viaje en un taxi sinisetro
Estoy con Ángel Borrego en un amplio y oscuro bar de copas -casi una discoteca- con otros acompañantes, quizá arquitectos. Decidimos irnos que Ángel está ya estrepitosamente borracho debido a que ha bebido mucho y muy rápido durante toda la noche. En la calle, donde ya ha amanecido, cada uno se dirige a su coche. Ángel ya se ha instalado en el asiento trasero del suyo. Yo espero a que me invite a ir con él ya que vivimos muy cerca el uno del otro y llevamos el mismo trayecto. Cuando levanto la mano, haciendo ademán para detener un taxi, es cuando Ángel me dice que vaya con él en su vehículo. De manera aparatosa entro por el mismo lado donde está sentado él, arrastrándome boca abajo hasta mi lugar al otro lado. Arrancamos. El automóvil de Ángel resulta ser un taxi.

A medio camino estamos detenidos frente a un estanco. Se trata de conseguir cambio o algo semejante. El taxista, que es joven, taimado y algo sospechoso, me pedirá, tras juntar calderilla, un euro para salir él a comprar, entre otras cosas, mi tabaco. Yo le aproximo la cuenca de mi mano con unas cuantas monedas para que coja el euro. Tenemos un ligero y férreo forcejeo de dedos, él intenta asir una moneda de dos euros, yo intento evitarlo, acercándole más una de un euro. Finalmente se llevará la requerida de un euro. Me ha sorprendido y desagradado esta actitud indecente del taxista de intentar llevarse más de lo necesario. Aunque después comprobaré mi dinero y en mi mano no hay -ahora- ninguna moneda de dos euros...

Nos introducimos los tres (Ángel, el conductor del taxi y yo) en el estanco. Comprobamos que esto está todo lleno de maleantes detenidos y esposados (secundados por polis más o menos de incógnito), exactamente igual que en una comisaría. Nos plantamos ante el largo mostrador de este singular estanco-comisaría, al lado de un robusto pilar que hay en medio. Pedimos cosas para desayunar, excepto Ángel que solicitará un cubata bien cargado, con coca cola. Dada la borrachera que lleva esto es inverosímil, pero según dicen lo mejor para que se te pase la embriaguez cervecera es un buen pelotazo alcohólico, nos comenta con criterio de autoridad.

Retomamos nuestro viaje en taxi rumbo a casa. Ahora me llama al móvil mi madre, muy preocupada y angustiada. El asunto tiene que ver con Amador y el colegio donde va a ir próximamente. Ya antes del bar de copas creía que el problema estaba resuelto y zanjado tras hablarlo mucho con Eva, ver las posibilidades y las opciones, y finalmente conseguir la confirmación externa de la plaza disponible de nuestro hijo Amador en el Colegio San Saturio. Pues parece que aún no han terminado las complicaciones. Mi madre, con nerviosismo, me explica que han hablado con mi tío Antonio, y que tal y como dice él, que es entendido en temas de leyes, no se puede actuar de nuestro modo, con lo que Amador está sin colegio. Procuro tranquilizar a mi madre y le aclaro que en breve llegaré a casa para que discutamos todo esto más en extenso. Tras colgar el teléfono pienso en que mi tío seguramente se equivoque, qué sabrá él.

Más que otra cosa, por entretener el viaje, le cuento al taxista todo el tinglado éste. Que si tenemos un hijo de tres años, que si nos está dando mucho dolor de cabeza el encontrarle colegio, que si ya habíamos conseguido uno, que si sucede esto, que si sucede lo otro y bla bla.

Estamos, al fin, llegando a nuestro destino: la urbanización de los Hábitats en Alcorcón. Le indicamos al conductor que se detenga a la altura del tercer o cuarto tramo de viviendas, mas éste se desconcierta porque avanzamos y en ningún momento se ven edificios de viviendas, sino otro tipo de construcciones tales como tiendas; hasta que atravesamos un recodo y emergen los bloques de pisos. Pare aquí, aquí, sí, le señalamos al taxista.

Según vamos andando y llegando a su portal, Ángel me echará la bronca por haberle dado al siniestro taxista tantos detalles sobre mi hijo y mi vida íntima. Caigo en la cuenta de que lleva razón. Teniendo en cuenta el carácter facineroso del conductor, seguramente intentará cualquier maldad contra mí o mi familia, ya sea robo, secuestro, denuncia, etcétera. Es más que probable que nos haya seguido a pie y esté escondido tras los árboles o los soportales para saber exactamente dónde vivo. Así que decidimos despistarle. Ángel toma la iniciativa y emprenderemos la carrera en línea recta hacia mi portal, atravesando el espacio que media entre su bloque y el mío. Le sugiero a Ángel que nos desplacemos en diagonal, para mejor ocultar nuestra dirección.

De pronto nos convertimos en espléndidos jaguares y corremos parejos saltando entre charcas, dirigiéndonos oblicuamente hacia el edificio de enfrente. Se ven planos de nuestro veloz desplazamiento felino. Unos segundos después (Ángel ha desaparecido), con mi férrea musculatura animal, me dirijo a toda mecha en línea recta, por los soportales, hacia mi portal.

En cuanto arribo a mi casa recobro la apariencia humana, dejando de ser un fornido leopardo adulto. Abro con las llaves la puerta del hogar (nuestro piso es el bajo y se entra directamente desde la calle). Me encuentro a oscuras, de repente es de nuevo de noche. Mi madre se apresura a recibirme, sigue muy turbada por todo el follón del colegio de Amador. Mi hermana tampoco ha podido dormir en todo este tiempo, viéndose cómo, inútilmente, se ha estado revolviendo en la cama sin éxito de cara a vencer el sueño. También circula por aquí, asaz intranquila, mi tía Chari; mientras mi prima Pilar es la única que ha logrado dormir en la habitación que hay al lado. Las tres (mi madre, mi hermana y mi tía) tienen sus colchones esparcidos por el salón, que hace siempre las veces de dormitorio.
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► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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