Sueños (149): Secuestrado por los amigos

vía de tren en pleno campo que lleva a la estación de trenes y autobuses con dirección a la ciudad
Recuerdo vagamente haberme encontrado con mi amigo Juanjo Sanjosé en la estación de autobuses de Príncipe Pío. Hay un salto temporal y espacial, y ahora nos encontramos ambos junto a otros amigos en una especie de descampado junto a una larga valla metálica típica de rejilla. Se está planeando una excursión a no sé dónde, no muy lejos de aquí, pero mis deseos son muy distintos: quiero ir a mi casa a tener un poco de intimidad y hacer mis cosas. Sin embargo, no sé cómo, quizá por no plantar la suficiente opocisión, me veo envuelto en el pequeño tournée. Al fin y al cabo, pienso, se tratará sólo de un par de horas y aún es pronto, todavía es por la tarde, y así no disgusto a mis colegas con mi eterna negativa a salir con ellos. La verdad que hasta yo mismo me sorprendo de acceder, aunque nada convencido.

Nos dividimos en dos o tres grupos, y cada uno seguirá una ruta distinta. En mi grupo estamos tres: Juanjo Sanjosé, Jorge Riquelme y yo. Iremos en mi bicicleta, algo gastada, envejecida, de avance lento, medio estropeada. La bici por momentos será un ciclomotor. Lo conduciré yo, pegado a mi espalda irá Juanjo, y pegado a su espalda -y no sé ni cómo cabe- irá Jorge Riquelme. Ya es de noche. Avanzamos a trancas y barrancas, a veces por carretera, a veces por caminos campestres. Pienso en mis ansiedades, mas como conduzco yo están atenuadas. Nuestro viajecito es una mediana Odisea. Hasta que pasadas unas tres horas caigo en la cuenta de que nos hemos alejado mucho (se llega mucho más lejos en bicicleta que andando, claro) y ya no sé si nos será posible volver esta misma noche.

Nos bajamos de la bicicleta e intentamos salvar una enorme valla. Juanjo ya lo ha conseguido. Pero Jorge y yo nos vemos en dificultades. Hay que escalar y abrir un hueco como levantando un trozo de persiana, por ahí colarse y descolgarse hacia el otro lado. Jorge muy habilidoso lo logra tras no pocos esfuerzos. Imito su ejemplo y posturas y también encuentro la manera de pasar al otro lado. Ya es tardísimo, muy de noche. Estamos cerca de un barrio residencial.

Hay otro salto temporal> y me despierto, con el alba, en una cama ajena, en una habitación cuadrada y con ropa por todas partes. Se supone que estamos en casa de nuestro amigo Antonio Menéndez (mejor dicho en la casa de sus padres, ya que muchos de nosotros tenemos en este sueño diez años menos), que es, a todas luces, el destino al que se dirigía nuestra expedición. Hay bastante ajetreo en la casa, preparativos de actividades, desayunos... Quiero creer que a primera hora de la tarde regresaremos, pero al cabo comprendo que me han traído con engaño: se supone que salíamos para un rato y está clarísimo que piensan quedarse aquí todo el día del domingo, y todos lo sabían de antemano menos yo. Así que decido irme antes de que llegue la tarde y se me esfume mi tiempo libre de fin de semana, pero surge otra dificultad.

No nos hallamos en la casa de Antonio Menéndez como era presumible, sino en el hogar de otro amigo que no identifico exactamente (bien podría ser Gabriel Torrens). Tanto el piso de Antonio como éste son absolutamente idénticos en cuanto a estructura y distribución, lo que me lleva a inducir que nos situamos en la misma urbanización. En seguida desmienten mi suposición: sí, los inmuebles son idénticos, pero hay kilómetros de distancia entre ambos. Lo que quiere decir que me han traído a una población bastante alejada de Madrid y regresar puede llevar horas. Según parece nos encontramos en Colmenar Viejo (así se identifica en el sueño, aunque es un lugar bien distinto a la realidad y su lejanía del centro de Madrid es mucho mayor). Inmediatamente decido partir al instante. Desde una ventana de la habitación he visto que por el medio del extenso campo cruza la vía de un tren. Pregunto al dueño del hogar si esa vía lleva a Madrid. La respuesta es sí, sólo hay que seguir la vía para encontrar la estación. Bien, pues ya tengo forma de salir de aquí (mi bicicleta quedó para el arrastre, completamente destrozada).

Me largo apresuradamente, ya que no hay tiempo que perder. Mas en seguida vuelvo sobre mis pasos y entro de nuevo en la casa, pues me he dejado algunas cosas. Agarro mi mochilita y un par de objetos, además un libro para el largo camino. Necesito también algo de comida y bebida para el trayecto. Todos mis amigos aquí reunidos, alrededor de diez, se muestran muy hoscos y enfadados conmigo por mi "traición" de abandonarles. Especialmente Yolanda Barrasa. Sólo Antonio Menéndez estará muy amable y comprensivo y me proporcionará un sandwich o algo similar como sustento. Sin querer, al pasar por el salón, he apagado una vela de las muchas que hay encendidas por todas partes, ya que están preparando un juego de misa negra o algo semejante. Mi descuido provoca mayor tensión y airados enfados despectivos.

Finalmente salgo campo a través, en busca de la estación. El espacio es demasiado abierto y soleado, apenas hay árboles, pero ánimo, sólo es cuestión de seguir la vía... Ya, ¿pero en qué dirección? No sé si tomar un camino o el contrario, no sé qué sentido me acerca la estación o me la aleja... Orientándome intuitivamente escojo la trayectoria correcta. Al rato arribo al centro del pueblo. Preguntando a los lugareños llegaré a la construcción donde se erige la estación.

Una estación harto rara, que mezcla autobuses con trenes y otras dependencias. Evidentemente podría utilizar un autobús para ser conducido a la capital, pero prefiero sin duda el tren, que permite más libertad de movimientos. En un principio no encuentro los andenes. En el hall, le preguntaré a una taquillera parapetada tras una ventanilla cómo llegar a los andenes. Dicha empleada resulta ser la dueña de todo este cotarro y desabridamente me dará una información bastante imprecisa. Se queja de que le han cambiado las cosas de sitio y ya no sabe en concreto dónde paran los trenes. Seguramente en la planta baja o debajo de esa trampilla. Trampilla que abro y que sólo tapa un espacio tan reducido como un armario.

Es entonces el sótano donde hay que ir. Allí se apelmazan en bloque todos los trenes, que son muy cortos, casi de un solo vagón. De distintos colores apagados, casi pegados, contrapuestos y estorbándose los unos a los otros, como en un parking de coches. Voy mirando sus rutas en los cartelitos que llevan en la cabecera. Todos sin excepción llevan a Madrid, pero terminan su recorrido en distintos puntos de la capital. Uno, por ejemplo, lo hará en la Plaza Castilla, demasiado alejado para mí. Localizo tres o cuatro que van hasta el distrito de Arganzuela, son los que mejor se me amoldan. En un letrero electrónico compruebo su hora de salida. Falta menos de un minuto, ¡genial! Pasa ese minuto, otros diez, y... nada, que esos trenes no salen, mientras ya han arrancado un buen número de las otras líneas. Los míos están vacíos, nadie se introduce en ellos, es por eso que no se mueven de su sitio.

Me adentro en cualquiera de los trenes adyacentes, en uno que tiene su aforo medio lleno, para informarme de cuándo salen los de mi destino. Nada más entrar, sin que apenas pueda decir esta boca es mía, el tren arranca y nos vamos. Me quedo, lógicamente, desconcertado. Por un momento pienso en indicarle al conductor que se detenga para que pueda apearme, pero seguramente no podrá hacerlo, así que me lo pienso mejor y me relajo pensando que lo fundamental es que me lleve a la metrópoli, no importa a cuál de sus puntos.

Y habrá suerte, resulta que me entero que este transporte tiene su término en Atocha, lo que me viene de perlas, mucho mejor que el que pensaba tomar. Venzo algo la repentina timidez y para asegurarme, me agacho a preguntarle al conductor si es cierto que este tren tiene parada en Atocha. El hombre, ubicado en el centro del vehículo, me responderá de malas formas, sin poner reparos a insultarme, gritándome con la intención de que lo oigan todos los pasajeros, como así sucede, llamándome estúpido o algo así por preguntar tales obviedades. Segundos después cambia su actitud arisca hacia mí y junto con sus cuatro o cinco colegas nos vamos todos en buena compaña a charlar amistosamente a la parte trasera del autobús, ya que el tren, más híbrido de tren que otra cosa, ahora es definitivamente un autobús (una "camioneta" con ciertas reminiscencias a las arcaicas "Blasas" del Alcorcón de mi primera juventud). De hecho hace ya un buen trecho que no nos desplazamos sobre raíles.

Me sorprende mucho que el conductor pueda estar aquí tan tranquilo sin estar al volante. Mi fijo, mirando a través del cristal delantero, que el bus se desplaza solo por control remoto. Estamos atravesando una calle principal de un alejado municipio. Mas no, quizá hay un pequeño conductor pendiente de la circulación.

En el bolsillo delantero de la camisa oficial, blanca o azulada, del "capitán" del autobús, que continúa charlando con nosotros en plan jocoso y descansado, veo que se abulta un paquete de tabaco rubio. Él hace ademán de ir a encenderse un cigarrillo, pero recordará que no se puede fumar en un transporte público, así que dejará de nuevo su paquete intacto. Vaya, ya me había hecho yo la ilusión de encenderme un piti...

Hay otro salto temporal y de nuevo nuestro medio de locomoción ha sufrido otra transformación. Se trata ahora de un tren nocturno de largo recorrido, que cruza el país a gran velocidad bajo el telón de una noche muy cerrada. Sigo en la cola de la larga máquina, acompañado esta vez de mi amigo David Pastor y de Lorena, que en el sueño será la hermana de David. Estamos los tres tumbados sobre unos singulares colchones diseminados desordenadamente por el suelo. Antes de dormirnos, me justifico, sobre todo con David, por mi comportamiento evasivo. Por querer marcharme a toda costa en lugar de disfrutar de la compañía de mis amigos. Pero ya me conocéis, yo soy así, muy egoísta con mi tiempo. Además que precisamente este fin de semana mis padres me habían dejado solo en casa, con lo que tenía que aprovechar a conciencia para entregarme con dedicación a mis íntimos asuntos. Estar con los amigos supone pasarlo bien, pero en el fondo es una pérdida de tiempo, no se hace nada útil o perdurable. Tenéis que comprenderlo, etcétera. David me escucha, pero con actitud mohína, visiblemente enojado conmigo, con poco ánimo de comprenderme o tolerarme.

Por otro lado intento un acercamiento amoroso con Lorena, pegándome a su lado en el colchón, pero sin éxito, apenas me hace caso. Después, justo en un compartimento-cocina que hay adyacente a la parte trasera del tren donde trasnochamos y viajamos, sigo dándole mis explicaciones sobre el mismo asunto de mi "deserción" a Pablo Moreno Marquina, que se ha preparado un chocolate caliente y lo degusta sin prestarme mucha atención.
....

Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
0 Comentarios

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...