Sueños (161): Vuelta al teatrillo

Vuelvo a las andadas con la compañía Teatro Estudio Tamir
Vuelvo a las andadas con la compañía teatral Teatro Estudio Tamir. Me llamó Juanma Gómez por teléfono para invitarme a reincorporarme a la nueva obra que están montando y accedí al instante. Y ahora nos encontramos la mayor parte de los integrantes en plenos ensayos y atareados con la tramoya y los escenarios del teatro donde actuaremos próximamente. Sufriré un pequeño accidente que podría haberme provocado la pérdida de un ojo, o incluso los dos. Resulta que Juanma y yo estamos subidos a lo alto del arco del proscenio, colocando no sé qué elementos o qué motivos de decoración, cuando un martillazo mal dado por él hace saltar un clavo finísimo y largo, como una aguja, que en un santiamén me atraviesa la parte alta de la nariz, muy cerca de los ojos. Ya abajo, sobre el escenario, todos los presentes se quedan espantados al ver el agudo metal incrustado y sobresaliendo por ambos lados de mi napia. Alguien plantea ir a urgencias a que me vean. Yo, con suma tranquilidad y ante el estupor generalizado, tiro fuerte de uno de los extremos de la aguja y ésta sale sin causar más daños. Asunto arreglado. Un tiempo después me sucederá otro percance muy similar, casi idéntico.

Al cabo aparecerá Eva por aquí y me iré con ella aparte a un patio aledaño a los entresijos del teatro. Es de noche. Nos sentamos en unos escalones. Ella no ve con buenos ojos el que haya retomado el teatrillo. Entre otros motivos porque me quita tiempo de trabajar. Yo le aclaro, como si fuera un argumento, que también está el amigo Héctor. Además la obra es muy divertida y no requiere mucho esfuerzo de interpretación, dejándose muchos momentos a la improvisación. Pero básicamente, le explico, he vuelto por dos motivos. El primero, porque necesito desconectar de alguna manera del trabajo, y el segundo, porque me siento en deuda y agradecido con los miembros de la compañía ya que han vuelto a convocarme después de que ya una vez les dejé plantados. Eva arguye en contra refiriéndose a los accidentes recientes y que casi me dejan ciego. Quizá en esto lleve razón y se trate de señales para que no reanude mis andanzas teatrales... Lo cierto es que no había pensado en ésto, dándole nula importancia a los ligeramente graves incidentes... Finalmente Eva termina por convencerme cuando hace hincapié en mi imposibilidad de cara a irme de gira. ¡No lo había tenido en cuenta! A priori me imaginé que sólo se trataría de un par de representaciones en Madrid, pero es obvio que tendremos bolos en otras provincias como Sevilla. Aunque, como última solución, se me ocurre que quizá sea fácil encontrar un sustituto para las funciones fuera de la capital. Esta débil idea, aunque plausible, ya apenas contrarresta mi decisión: volver a abandonar la compañía.

Entro en el teatro a dar la noticia de que me largo, mas ¡me encuentro a todos los compañeros en plena representación! Y llego tarde a mi entrada en el escenario. Irrumpo sin pensármelo a escena, juntándome con los demás, que en hilera entonan una simpática canción. Juanma me echará una bronca suave por mi tardía aparición. Yo estoy bien sorprendio ya que nunca me había pasado ésto. Poco después tendré otra intervención. Me aprendo rápidamente las dos frases cortas que, según veo de una ojeada en el libreto, tengo que decir, y salto literalmente fuera del escenario, que es donde se desarrolla la escena que tengo con un vejete, justo a los pies del público. No sólo diré las dos frases, sino que entre medias meteré una par cacofónicas morcillas. Y me retiro, ágil, saltando al proscenio y haciendo mutis por el centro de la parte trasera del escenario. Quizá debería haber abandonado la escena de manera menos aparatosa y haber salido por un lateral ahora que recapacito. La anárquica y cómica función continúa y yo me lo estoy pasando pipa, la verdad.
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Sueños (160): Cuestiones familiares de dinero

movimientos en una libreta de ahorros de Caja Madrid (Bankia)
Hay idas y venidas relacionadas con temas económicos en las cuentas bancarias de mi hermana y mi madre. Por un lado mi hermana está recibiendo en su libreta de ahorros múltiples líneas que se multiplican para una misma transacción. Además está invirtiendo en no sé qué negocio a instancias de una experta amiga suya. Mi madre podría hacer lo mismo y ganar bastante dinero, pero le preocupa seriamente que le quiten su pensión, por eso nos ha convocado en su casa con el objeto de discutir a fondo la cuestión. Debido a los horarios y la lejanía esto me supondría tener que quedarme a dormir en casa de mi madre por segunda vez. Al día siguiente, en caso de terminar pronto por la mañana con estos asuntos podría de nuevo volver a mi morada. Atravesaré un parking al aire libre con coches aparcados. Llegando ya a casa de mi madre voy acompañado de un enorme y elegante perro. Hay que cruzar la carretera y para que el chucho no sea atropellado le agarro del collar, ésto le resulta molesto aunque se deja llevar. Cruzamos pues cuando el tráfico está depejado, sin peligro. En el último tramo de calle, el perro se acelera ante la proximidad de nuestro destino. Y se cuela vertiginoso por la puerta estrecha principal del Colegio Alemán de Madrid.
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Sueños (159): Las auditorías

El encargo de los documentos para unas auditorías
Estoy realizando un encargo para Seve Montoro, uno de mis clientes, que consiste en la preparación y redacción de unos documentos, cuatro en concreto, para unas auditorías. Estos papeles a veces serán unas cuantas cuartillas y otras conformarán un extenso libro. Trabajo en mi habitación del antiguo piso de Alcorcón. En el adyacente cuarto de estar se halla Seve, que de tanto en tanto me da indicaciones nuevas. También está presente mi hermana o Eva. Me amosca un poco el hecho de que cada dos por tres Seve me dé nuevo material, lo que me obliga a rehacer mi labor. Es más, aún no puedo terminar los escritos y gráficos pues aún tiene que pasarme otros textos. Es algo tan tedioso y cotidiano en mi trabajo esto de no acabar nunca porque no hay manera humana de que me entreguen todo a priori... Seve me explicará que estos artículos los tiene que presentar en diferentes partes del mundo, en algunos casos expuestos en macropantallas audiovisuales y que por cada uno de ellos sólo cobrará 200 euros, aunque eso sí, el preparador de estas auditorías (o sea yo) puede ganar muchísimo dinero. Esto me pone contentísimo y se lo transmito a Eva.

No sé si tiene ilación con lo anterior, pero ahora Eva y yo nos estamos sometiendo a un examen curioso de varias sesiones con especialistas y psicólogos sobre nuestra vida sexual y que de forma pública se emitirá en grandes televisiones a modo de especie de documental sociológico. Esto no nos supone ningún trauma, según indico, ya que no tenemos secretos (ni siquiera lo del año en seco) y además somos actores y por lo tanto no nos impone gran cosa el salir en los medios, aunque hay que puntualizar que de cuando en cuando los actores tienen auténticos arrebatos de pudor. Eva ya ha hecho algunas declaraciones en privado. Atravesaremos pasillos que llevan a despachos blancos. En uno de ellos, provisto de un enorme sofá, nos entrevistará con cierta informalidad casera una psicóloga y quizá otra profesional.
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Sueños (157): La Universidad para adultos

La Universidad para adultos y la visita turística a una pirámide moderna de cristal con plantas de la Amazonia
Es el primer día de clase de la Universidad, una Universidad para adultos, para alumnos a partir de los treinta años, a la que se regresa después de haber terminado el primer ciclo universitario y haber tenido una vida laboral de al menos cinco años. Yo seré el último en llegar. El aula, diáfana, estará dividida por un pasillo en dos grupos. Yo me incorporaré en el que está a la derecha según se entra. Me quedo muy sorprendido agradablemente de que al cabo de tanto tiempo vuelva a coincidir en la enseñanza con compañeros como Ángel García Jermann y Gabriel Torrens. Se procede primero al reparto, siguiendo una lista, de los dos grupos. Ángel se quedará -qué pena- en el otro grupo, Gabriel en el mío. Ellos tendrán como profesora a una antigua tutora que tuvimos en el Colegio Alemán -cuyo nombre ya no recuerdo-. Nosotros a un tipo bajito, cincuentón, moreno y también de nacionalidad alemana. (Así, este curso es una mezcla entre la carrera universitaria y los estudios en el Colegio Alemán). Enseguida preferiré a nuestro nuevo profesor a la antigua tutora, porque recuerdo que ella era un poco ardua y complicada en las explicaciones. Nuestro "profe" habla claro y conciso, muy masticado y comprensible, y tanto él, como varios de nosotros nos expresamos indistintamente en español y alemán, en una mezcla idiomática surgida de la improvisación y la espontaneidad, predominando el castellano.

La clase da comienzo. El otro grupo en el que se encuentra Ángel -alías el Angeloso- desaparece. Mi llegada ha causado un gran revuelo, bastante expectación. Me he sentado en la última fila, en el centro, controlándolo todo visualmente. Varios compañeros, sobre todo compañeras, se giran para verme y entablar conversación conmigo. Esto provoca la irritación del maestro teutón, que me increpará desabridamente. Yo, reacciono de manera relajada y respetuosa, y le responderé "Was denn?". Al poco la docencia sigue su curso natural.

Al cabo me veo de pie ante el resto, junto al docente alemán, realizando un ejercicio, probablemente al lado de un proyector, o explicando algo que provoca admiración en todos los asistentes. Después regreso a mi sitio. Alumnos próximos me preguntarán, ya que llegué bien entrada la mañana, si trasnocho y si soy un borracho. Respondo que sí que trasnocho, pero no por ser un juerguista, sino porque trabajo de noche en casa delante de un ordenador.

La primera lección no durará mucho, terminamos pronto y el maestro se retira, dejándose el resto del tiempo lectivo para conocernos mejor entre nosotros. Desde el principio he despertado mucho interés entre las compañeras, que ahora, por turnos, buscan la manera de acercarse a los pequeños comités en los que me voy desenvolviendo. Ya me fijé desde el principio, aquí no hay ni una sola tía buena, todas son normalitas y más bien feas. Lo que no impide que me deje agasajar. Incluso tocar, como en algún caso, en que mientras charlamos todos, con naturalidad tengo enlazada mi mano a la de otra chica. O una mano descansando sobre un muslo. Algunas de ellas intentan llevar la conversación hacia temas cultos, técnicos o filosóficos, para darse brillo y provocar indirectamente mi atención masculina.

Y llega el momento de largarnos. Casi todos se han evaporado ya. Se sale por una puerta corredera de cristal que da directamente a la calle, eso me gusta. Una calle con el suelo levantado, barro, llena de obras y máquinas. Dos colegas, un chico y una chica, me mostrarán otra salida, a través de las entrañas del edificio. Momentos después nos vemos subiendo los tres por múltiples tramos de escalera mecánica -similares a las de una galería comercial- hacia la cúspide de un gigantesco monumento piramidal moderno, ejerciendo de turistas en una construcción de origen germano que a modo de museo aúna antigüedad y modernidad. El exótico espacio interior, con techumbre medio acristalada y plantas amazónicas colgando desde lo alto, es de varios pisos de altura. Ya estamos en los últimos tramos de escalera mecánica -que serán unos quince- y a punto de alcanzar la plataforma de arriba donde nos espera una serie de maravillas culturales de arte antiguo, cuando pienso en el vértigo que me va a producir emprender la posterior bajada... Quizá atenúe el efecto si desciendo por las escaleras centrales de mano... Por suerte, al instante venzo el repentino vértigo del último trecho de ascensión y me despreocupo totalmente del descenso, y el temor desaparece por arte de magia, con el efecto de poder bajar en un abrir y cerrar de ojos.
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Sueños (156): Esperando a que me recojan

Regresando a Madrid en una furgoneta llena de todo tipo de cosas
Me encuentro en una población remota esperando a que me recojan en coche para regresar a Madrid. Seguramente estemos de gira. Durante el sueño, noche y día irán alternándose sin ton ni son. En breve llegan en una furgoneta los colegas Javi J. Palo y David García Palencia. Javi, que es el conductor, pondrá a mis pies una enorme bolsa de plástico transparente, más voluminosa que una persona alta y obesa, llena de cachivaches, sobre todo cajas vacías de DVD que al parecer le encargué que adquiriese para mí. Me aseguran que no me pueden llevar en su vehículo, que no queda sitio, además de que si viajo con ellos debido a no sé que efecto radiactivo todos mis ordenadores y aparatos electrónicos dejarán de funcionar. Esta última razón me resulta inexplicable, ya que no llevo nada conmigo electrónico. No sé a qué se debe pero me parece que me han soltado excusas baratas y que en realidad es David el que tiene algo en contra de que vaya de pasajero en la furgoneta. Es cierto que la bolsa repleta de material es inmensa e ignoro cómo voy a caber en otro coche...

Javi me enseñará una fotografía, que por momentos será un espacio físico, representando un terraplén donde han actuado o iremos (o iré) a actuar. El lugar está rodeado por edificios de viviendas, hay arriba una valla metálica, al parecer delimitando el recinto de una piscina de urbanización. En la foto se les ve a ellos, figuras minúsculas, ante un micrófono de pie. Y se marchan, dejándome ahí plantado. Ahora conducirá David y Javi se echará una cabezadita, que la travesía es larga. Yo me quedaré aguardando la llegada de otro transporte, quizá tenga más suerte en el coche de Pablo Moreno Marquina y acompañantes, que será presumiblemente el siguiente en llegar.

Hay un salto y al fin aterrizo en el hogar. Me recibe ansiosa mi madre, curioseando vivamente todo lo que traigo, toqueteándolo todo y desordenando mis cosas según las vamos metiendo por el pasillo de una casa "toledana".
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Sueños (155): Don Cripsín, el gran vendedor de obras de arte

Don Cripsín, vagabundo y gran vendedor de obras de arte
Por la noche camino junto a mis amigos David Pastor, Albero y un tercer colega indefinido. Estamos buscando un bar de copas, no sé cuál. Yo ando más despacio, no recuerdo si es que me pasa algo en la pierna o que tengo otros planes. El caso es que me quedaré rezagado, diciéndoles que ahora les cojo. Cuando algo después intento localizarles, será en vano, les he perdido la pista, aunque quizá más tarde encuentre a Albero y vague con él unos instantes. La noche está bien cerrada y desierta, apenas hay un alma por la calle. Finalmente, tras deambular por ahí, me dirijo a un bar que hay cerca de casa, un bar regentado por unos amiguetes (con reminiscencias del bar Horóscopo de la calle Ferrocarril). El local estará lleno de gente, de bote en bote, con mucha animación y ruido. Curiosamente mis conocidos, los dueños, están fuera de la barra y a modo de descanso o vacaciones ahora son servidos por otros camareros.

Rodeado de bullicio y algazara me preocupo porque aún me faltan unos cuatrocientos euros para pagar el alquiler. Así que invocaré la ayuda de don Cripsín, seguramente por teléfono. La influencia de don Cripsín se hace notar enseguida. De inmediato en el bar surgen de la nada una pareja de turistas, chico y chica de una raza quizá oriental, que vienen directamente a comprarme un cuadro pintado por mí de dimensiones similares a las de un folio. Me pagarán 400 euros y pico. Con lo que mi problema del alquiler desaparece milagrosamente. Oiré o presentiré un comentario referido a mí de alguien próximo del tipo "pobre hermana..." o algo parecido. Lo que me hace sospechar las artimañas de las que se ha valido el fabuloso don Cripsín para vender una de mis obras y sacarme del atolladero.

Algo después, don Cripsín, ya junto a nosotros en la tasca, logrará vender otra pintura de no sé quién por un precio astronómico. Y yo pensaré: "¡Seré gilipollas!, ¿cómo no se me ha ocurrido pedirle más dinero al infalible genio de don Cripsín?"

Don Cripsín es cuando menos un personaje misterioso y estrafalario. Se trata de un vagabundo cincuentón que circula por el barrio, algo obeso, barba intensa y desorganizada, con ropa de muchos colorines y manchada de abundantes lamparones. Es como si no pudiese aplicar su magia consigo mismo, sin embargo para los asuntos de los demás es un increíblemente eficaz vendedor de obras de arte.

Tan contento regreso por la mañana a una casa antigua que tenemos por aquí y que hace tiempo que no visito. Me da por pensar, según entro en el portal, que a ver si nos van a haber robado en el piso... Al doblar la esquina de la recepción, en el descansillo que lleva a las escaleras, me encuentro a mi hermana, que se halla atada de pies y manos sobre el suelo. Momento de espanto. Mientras la ayudo a liberarse, ella me explicará que se encuentra así por motivos oscuros de mafias en las que, sin comerlo ni beberlo, se ha visto envuelta. Palabras que me intranquilizan profundamente, mi imaginación se desata con miles de tramas confusas y muy peligrosas.
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Sueños (154): Deutsche Schule Madrid

Reunión de antiguos alumnos en el Colegio Alemán de Madrid (Deutsche Schule Madrid), en la calle Concha Espina
Se celebra una gran reunión de antiguos alumnos en el Colegio Alemán de Madrid. Primero hay una especie de conferencia, los presentes estaremos sentados al aire libre de un circular patio por un breve espacio de tiempo en sillas de plástico blancas frente a un improvisado (e impreciso) escenario. Si bien el Colegio está ubicado en su sitio real, en la calle Concha Espina, su construcción se identifica con el estadio de fútbol Santiago Bernabéu. Me ha costado entrar por motivo de mis ansias. A la hora de desplazarnos hacia el interior de el estadio-colegio desde el patio, hacia donde se ofrece la fiesta, me veo ante la dificultad de salvar una buena distancia. Decido ir a tomarme un par de copas para cobrar fuerzas en el bar de la bocacalle de al lado, que ya observé a la entrada que tenía fácil acceso, amparándome en una furgoneta blanca grande aparcada frente a la entrada. Salgo rápidamente, antes de que comiencen todos a moverse del patio del Bernabéu, y caminaré mirando al suelo. Alcanzo el bar de la esquina junto a otra antigua alumna, que además también trabajó como camarera hace tiempo en este local.

Ya estoy con la primera copa. Es por la tarde y pronto anochecerá. Estoy algo parlanchín con el par de camareros del bareto, pero no termino de caerles bien. Me ven algo entrometido y prepotente. Me identifican con el típico pijo de los que viven por esta zona y vienen al Colegio Alemán. Y puede que por ciencia infusa sí que me esté comportando como un redomado pijo, quizá por primera vez en mi vida. La antigua camarera terciará un poco para que no me traten de manera desabrida o se creen tensiones innecesarias. Con la segunda copa ya estoy infinitamente más "en disposición".

Cuando me dispongo a salir para retomar la congregación con mis antiguos compañeros estudiantiles, observo por el ventanal que da a la calle que están saliendo todos. Vienen en hilera, aglomerados en fila india, en dirección hacia el Parque Berlín. Salgo del bar y me informo de este inesperado cambio de planes. Resulta que la fiesta ya ha terminado -¿tan pronto?, me pregunto- y ahora van a continuar unos cuantos la asamblea en casa de mi hermana -¿y por qué a su casa?, me diré estupefacto-. Vaya rara sorpresa. No me hace mucha gracia lo de ir a casa de mi hermana. No sé si vamos a caber y está demasiado lejos de donde vivo y no me apetece quedarme a dormir allí si se nos hace tarde, además que ya tenía en mente el que nos desplazásemos bien cerquita de mis aposentos...

Le echo una última mirada a la tienda de antaño llamada "Fast". Al cabo de los años sigue abierta (en el sueño se sitúa al doblar la esquina). Pero ahora es diminuta, casi de juguete, y se halla dentro de una sala de tamaño mediano (como una caja de zapatos que contiene otra caja mucho más pequeña). El caso es que, según el sueño, la tienda siempre tuvo las mismas dimensiones, pero los recuerdos que tenemos de la infancia hacen mucho más grandes los espacios y las cosas de lo que son en realidad.
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