Sueños (157): La Universidad para adultos

La Universidad para adultos y la visita turística a una pirámide moderna de cristal con plantas de la Amazonia
Es el primer día de clase de la Universidad, una Universidad para adultos, para alumnos a partir de los treinta años, a la que se regresa después de haber terminado el primer ciclo universitario y haber tenido una vida laboral de al menos cinco años. Yo seré el último en llegar. El aula, diáfana, estará dividida por un pasillo en dos grupos. Yo me incorporaré en el que está a la derecha según se entra. Me quedo muy sorprendido agradablemente de que al cabo de tanto tiempo vuelva a coincidir en la enseñanza con compañeros como Ángel García Jermann y Gabriel Torrens. Se procede primero al reparto, siguiendo una lista, de los dos grupos. Ángel se quedará -qué pena- en el otro grupo, Gabriel en el mío. Ellos tendrán como profesora a una antigua tutora que tuvimos en el Colegio Alemán -cuyo nombre ya no recuerdo-. Nosotros a un tipo bajito, cincuentón, moreno y también de nacionalidad alemana. (Así, este curso es una mezcla entre la carrera universitaria y los estudios en el Colegio Alemán). Enseguida preferiré a nuestro nuevo profesor a la antigua tutora, porque recuerdo que ella era un poco ardua y complicada en las explicaciones. Nuestro "profe" habla claro y conciso, muy masticado y comprensible, y tanto él, como varios de nosotros nos expresamos indistintamente en español y alemán, en una mezcla idiomática surgida de la improvisación y la espontaneidad, predominando el castellano.

La clase da comienzo. El otro grupo en el que se encuentra Ángel -alías el Angeloso- desaparece. Mi llegada ha causado un gran revuelo, bastante expectación. Me he sentado en la última fila, en el centro, controlándolo todo visualmente. Varios compañeros, sobre todo compañeras, se giran para verme y entablar conversación conmigo. Esto provoca la irritación del maestro teutón, que me increpará desabridamente. Yo, reacciono de manera relajada y respetuosa, y le responderé "Was denn?". Al poco la docencia sigue su curso natural.

Al cabo me veo de pie ante el resto, junto al docente alemán, realizando un ejercicio, probablemente al lado de un proyector, o explicando algo que provoca admiración en todos los asistentes. Después regreso a mi sitio. Alumnos próximos me preguntarán, ya que llegué bien entrada la mañana, si trasnocho y si soy un borracho. Respondo que sí que trasnocho, pero no por ser un juerguista, sino porque trabajo de noche en casa delante de un ordenador.

La primera lección no durará mucho, terminamos pronto y el maestro se retira, dejándose el resto del tiempo lectivo para conocernos mejor entre nosotros. Desde el principio he despertado mucho interés entre las compañeras, que ahora, por turnos, buscan la manera de acercarse a los pequeños comités en los que me voy desenvolviendo. Ya me fijé desde el principio, aquí no hay ni una sola tía buena, todas son normalitas y más bien feas. Lo que no impide que me deje agasajar. Incluso tocar, como en algún caso, en que mientras charlamos todos, con naturalidad tengo enlazada mi mano a la de otra chica. O una mano descansando sobre un muslo. Algunas de ellas intentan llevar la conversación hacia temas cultos, técnicos o filosóficos, para darse brillo y provocar indirectamente mi atención masculina.

Y llega el momento de largarnos. Casi todos se han evaporado ya. Se sale por una puerta corredera de cristal que da directamente a la calle, eso me gusta. Una calle con el suelo levantado, barro, llena de obras y máquinas. Dos colegas, un chico y una chica, me mostrarán otra salida, a través de las entrañas del edificio. Momentos después nos vemos subiendo los tres por múltiples tramos de escalera mecánica -similares a las de una galería comercial- hacia la cúspide de un gigantesco monumento piramidal moderno, ejerciendo de turistas en una construcción de origen germano que a modo de museo aúna antigüedad y modernidad. El exótico espacio interior, con techumbre medio acristalada y plantas amazónicas colgando desde lo alto, es de varios pisos de altura. Ya estamos en los últimos tramos de escalera mecánica -que serán unos quince- y a punto de alcanzar la plataforma de arriba donde nos espera una serie de maravillas culturales de arte antiguo, cuando pienso en el vértigo que me va a producir emprender la posterior bajada... Quizá atenúe el efecto si desciendo por las escaleras centrales de mano... Por suerte, al instante venzo el repentino vértigo del último trecho de ascensión y me despreocupo totalmente del descenso, y el temor desaparece por arte de magia, con el efecto de poder bajar en un abrir y cerrar de ojos.
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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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