Sueños (172): Declaraciones del futbolista David Villa

Declaraciones de David Villa sobre su lesión y el próximo partido de la Selección Española de fútbol
Está a punto de comenzar un importante partido de la Selección Española de fútbol. Vemos en la televisión un primer plano del Niño Torres, que es hoy el capitán o el portavoz del equipo. Se oye por detrás el rugido expectante de la afición. En seguida, un reportero entrevista brevemente a David Villa, que nos habla del estado de su lesión. Sonriendo, motivado, David Villa ante el micrófono nos aclara que está reposando y recuperándose, haciendo ésto y aquéllo y añade, entre las cosas que hace, lo siguiente: "alguna pajilla...". Y continua hablando un par de frases más. Yo me escandalizo, pero no por el hecho de que Villa se haga alguna paja que otra, sino porque absolutamente nadie se inmuta, como quien oye llover. Se puede decir cualquier barbaridad en la tele y aquí no ha pasado nada. Teniendo en cuenta que esta retransmisión la están viendo miles de niños... Mientras pienso o comento todo ésto, mi amigo Valentín, que se encuentra a mi lado en la misma habitación, a la velocidad del rayo me dice: "escribe un artículo sobre este tema que yo te lo pago". Con objeto de publicarlo luego en internet. E inmediatamente empieza a rebuscar en una especie de bolsa de viaje el dinero para apoquinarme ahora mismito.
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Sueños (171): Invitación a una comilona

Me invitan a una gran comilona en un restaurante de la Avenida de Lisboa de Alcorcón
Le comunico a Eva que voy a salir un momento a la calle. Es cosa de subir y bajar. No sé si voy a fumarme un cigarrillo o a qué, pero algo rapidito y vuelvo. En cuanto salgo por la puerta del piso me encuentro con Roberto Liébana, el vecino y amiguete del mismo piso, el cuarto. O sea, que volvemos a retomar el piso de los Hábitats de Alcorcón, o sea, la prehistoria, y así, mi conocido no ha cambiado apenas en todos estos años. De golpe voy con Roberto en su coche, estamos circulando por la Avenida de Lisboa. Ya estoy viendo que voy a tardar algo más de lo esperado en regresar al hogar... Roberto, con su torpeza de gordito con gafas, conduce muy despacio y con una gran desorientación, lo que nos llevará, de manera no brusca, a estrellarnos contra una farola. Sin consecuencias graves, ya que el automóvil estaba casi frenado del todo. Al cabo estamos tomándonos una caña en una terraza, siempre en la Avenida de Lisboa. Mi idea es estar un ratito más y pirármelas. Mas no sé si llega alguien más y nos introducimos en la parte interior del figón, nos sentamos a una mesa, dispuestos a almorzar.

Roberto o el otro (el nuevo) piden al camarero una gran cantidad de viandas y alguna que otra botella de buen vino. Yo me encuentro en un dilema: debo aceptar la invitación y quedarme y meterme entre pecho y espalda una presumible gran comilona o debo emigrar ipso facto antes de verme irremisiblemente enredado... Ya me estoy retrasando bastante y si permanezco aquí, en el restaurante, me temo que la cosa va a ir para largo. Miré (antes o después) un momento el móvil y ya tenía cuatro llamadas perdidas. Tres de ellas provenían del teléfono de Eva, seguramente bien extrañada de mi tardanza. La otra llamada era de un número desconocido. ¿Qué hago? Mi idea era recogerme pronto para ponerme a trabajar. Desde luego, como me atiborre de comida y beba mis ricos vasos de vino, luego va a ser implanteable dedicarme al trabajo. Perdería un día laboral. La balanza se verá inclinada hacia el lado de mi glotonería. Añadiendo la tendencia general, desde el principio, a dejarme llevar sin oponer mucha resistencia. Que me quedo, me quedo a degustar una mesa casi servida ya y muy incitante, autoengañándome pensando que quizá terminemos pronto, que quizá en breve (sólo un rato...) pueda retomar las cuestiones laborales.
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Sueños (170): De habitáculos siniestros

Cuchitril en un semisótano con luces tenues
Debe ser a instancias de Eva que decido retomar el contacto con Isa Nav., ya que hace un tiempo que la tengo abandonada y conviene recuperar el rollito que tengo con ella para no perder el dinero que nos debe. Así, como si no hubiese pasado el tiempo decido presentarme en su vivienda para retomar, si aún estamos a tiempo, un amorío en el que me he embarcado sólo por interés (ella no me gusta nada, demasiado oronda para mi gusto y algo vasta, aparte de tener mucha más edad que yo). Pese a mis verdaderas intenciones, ella ha creído siempre que mis sentimientos son sinceros y honestos.

A su casa se accede desde la antesala de un portal. Una puerta lleva a su domicilio, que representa, de algún modo, la portería del inmueble. Otra puerta, velada por una cortina de tiras da a un lupanar. Esta asociación es curiosa y la achaco a que de alguna manera Isa tiene todo el aspecto de una gran Madame. Por error primero y por curiosidad después echo una ojeada a través de la cortina de tiras al interior del prostíbulo. Desde el marco de la puerta entreveo someramente luces cenicientas rojas, unos pocos hombres y algunas escasas putas. Y me aparto rápido de la visión, no quiero saber más. La sordidez ha ganado a mi curiosidad, que me incitaba a entrar, a probar.

Entro en el habitáculo de Isa Nav. No hay ventanas. Colores entre mustios e intensos. Una enorme alfombra rojiza cuelga de una pared. Suceden cosas que ya no recuerdo. Una posible alegría de ella al verme. Quizá una mezcla de tedio y ganas de salir de allí.

En breve, sin transición, o por transmutación, o por asociación, visitamos la morada de Yolanda Barrasa. Eva me acompaña, al menos como presencia omnisciente. Nuestra Yolanda vive en un cuartucho cuadrado y enano, apenas ventilado, semienterrado en un semisótano, con una única gran ventana que da a un patio de luz lechosa. A pesar de las condiciones lóbregas del cuchitril, nuestra amiga lo ha adecentado con gusto, ayudándose de largas cortinas que ambientan con luces tenues y cálidas. Gusto femenino y recogido. Pero, nos cuenta en detalle, el piso es una maldición. Ya ha pasado por una inundación y un terrible incendio. Entre otros desastres.
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Sueños (169): Estudiantes en una ciudad francesa

Plano de París, mapa de ciudad francesa
Piso de estudiantes en una ciudad francesa. Serán unos siete u ocho, chicos y chicas. Algarabías juveniles. Uno de ellos, entristecido y amargado, se verá obligado a abandonar a sus compañeros porque ha agotado sus recursos económicos y tiene que encontrar trabajo. Se siente aislado de la feliz despreocupación general. Irá un momento al retrete. Ignorando que está dentro abre la puerta del cuarto de baño la dueña de la casa, una mujer madura. El joven, algo después, prepara sus cosas, su breve equipaje. Llega un amigo suyo, alegre y optimista que le infunde ánimos, y que le acompañará durante unos instantes en su aventura. No hay motivos para preocuparse: está claro que en Francia es fácil y rápido encontrar trabajo, muy al contrario de lo que sucede en España.

Con más ímpetu y una actitud positiva, el chaval se dispone a buscar un empleo en la gran ciudad. Piensa que lo primero que necesita es un mapa de la urbe. Y ya lo tiene consigo. Mirando el plano y comparando con la realidad de las calles y los edificios construidos comprueba que es muy fácil seguir las rutas. Este dibujo se corresponde con esta tercera farola. Este recodo se corresponde con este cruce de vías. Etcétera. Emprende la marcha bajo una ciudad nocturna que ha reducido mucho sus dimensiones, siendo más manejable y controlable.

Tras deambular un rato, el joven se transforma en una chica conflictiva y rebelde. Malhumorada. Que por unos instantes no interpreta el plano con exctitud y se pierde. Pero no, al final no, descubre que se ha internado por la larga y estrecha calle que intentaba localizar. Al poco obtendrá un puesto laboral en un sitio oscuro y algo infecto. Su jefe es un zafio simplón y desaseado, con una siniestra profesión, quizá embalsamador. La chica no se siente nada agusto aquí, en un negocio algo sórdido, rodeada de productos químicos extraños. No tardando mucho encuentra ocupación en otro lugar.

Ahora otro de los jóvenes ha entrado en una tienda (también muy oscura) de zapatillas de deporte. Al lado de una sillita ha dejado sus flamantísimas botas deportivas rojiblancas, espectaculares. Los tonos rojos de la parte de abajo brillan con una intensidad exquisita. Ha elegido un par de botas negras y altas. El tendero no llega a explicarse cómo teniendo ya el chico un calzado tan personal y vistoso quiere adquirir uno nuevo... Sí, puede que sea raro. Aún así se llevará el par nuevo, sin desechar, por supuesto, su par antiguo.

Después aparezco. Acompaño en plan amigo a uno de estos muchachotes a otra tienda, una especie de papelería donde deben hacerse fotocopias. Estamos ante el mostrador. A nuestro lado surge una señora, algo bajita, que acarrea una hoja en la mano. Me fijo en dicha hoja y veo un reducido listado. En él aparecen unos tres nombres. El segundo de ellos es el de mi compañero del colegio Plácido Díez Gansert, que ahora es escritor. Una línea más abajo el nombre de otro autor que conozco. Me entusiasmo. Seguramente esta mujer está aquí para algo relacionado con la publicación de los libros de estos literatos, puede que sea editora. Rápidamente hablo con ella para presentarme e interesarle. Mas no me hará ni el más remoto caso. Antes bien me mira escandalizada y enojada y huye a toda prisa.
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Sueños (168): Estafadores

Los estafadores y la furgoneta a modo de intercambio
Llega a mi negocio una pareja. Él es un tipo espigado y completamente calvo, aunque en algunos momentos será pelirrojo. Ella es una mujer alta y elegante, medianamente guapa. Desde el principio se muestran muy amigables. Él exclamará al entrar y ver mis estantes llenos de productos de papelería y otros enseres: "vaya, cómo has crecido". Ésa será una tónica general, que se comporten como si fuesen viejos conocidos. Y no sé cómo lo hacen, pero rápidamente se ganan mi confianza y mi simpatía, y mis ganas de ayudarles.

Vienen a proponerme una especie de trueque. Según me explica él, se ve en la obligación de desaparecer, que no le encuentren, no se muestra nada claro sobre los motivos. La idea es que yo de alguna manera le suplante. A cambio me ofrece (me ragala o me presta) una furgoneta grande, próxima a las dimensiones de un camión, llena de cachivaches de todo tipo. La furgoneta (que me muestra en una calle del Parque Lisboa de Alcorcón) me resulta muy golosa para mi uso o para mis negocios aunque no tengo carnet de conducir. El problema es que no dispongo de plaza de garage para guardársela. Además del vehículo me dejará otras pertenencias suyas.

Todo resulta muy atractivo y convincente, pero... quiero saber más. Si le suplanto, ¿con qué me puedo encontrar? ¿Necesita desaparecer por problemas con la policía? ¿Problemas con el mundo de la droga? ¿Algo relacionado con presos políticos? Éste es un gran interrogante que hay que solventar, ya que todo esto repercutiría luego en mí y no quiero sorpresas desagradables o nefastas ratoneras. Sin embargo ambos se muestran muy escrupulosos de cara a explicar sus verdaderos motivos. Empiezan a decir, mas se callan sistemáticamente. Imagino que esto se debe a que tenemos poca intimidad, ya que mi madre acaba de llegar a la sala de espera donde nos encontramos, espacio con bancos pegados a la pared. Esta estancia de a ratos se transforma en nuestra vivienda.

Mi madre está algo impertinente. No para de hablar para que le hagamos caso. Termino por perder la paciencia y ser brusco con ella para que se calle. Y ella se siente herida y continuamente está iniciando quejas en voz alta. Yo la sigo instando a que cierre la boca que estamos tratando asuntos importantes, que nos pueden permitir unos buenos beneficios familiares. La mujer acompañante hace muecas de desagrado y despectivas sobre mi madre. Eva procura suavizar un poco el tenso ambiente.

Al fin me encuentro en un aparte con los dos visitantes en un despacho. Aún así siguen mostrándose ambiguos con las razones que les obligan a borrar el rastro "legal" de él. Sigo haciendo conjeturas, intentando adivinar. Pasa el tiempo sin resultados que me inclinen a decidirme y yo tengo que hacer otras cosas. Iré despachándoles. Quedamos en que me pienso todo lo que me han planteado y que les avisaré cuando haya tomado una resolución. Evidentemente hay muchas lagunas oscuras y tendré que buscar información por mi cuenta. Por el pasillo de entrada vemos Eva y yo cómo se aleja la pareja.

Una vez han salido, nos aproximamos a la puerta de la calle y echamos un ojo para espiarles. En la acera de enfrente, que a su vez es una sala donde los dos extraños comparten su intimidad vemos una escena algo delirante. Ambos yacen desnudos y fornicando. Él esta debajo, boca abajo, mientras ella encima le mete por el culo un buen consolador que tiene atado a la cintura. Él goza y gime como una perra. Después ella le porculizará con una manguera o una rama zigzagueante bastante grande, que agita, hinca y remueve con la mano. El calvo chilla de placer, retorciéndose como una anguila. Dejamos de observarles, entre sorprendidos e indiferentes, y volvemos a nuestra rutina.

Algo después (han pasado unas horas, digamos que es por la tarde) la pareja famosa vuelve a irrumpir en mi negocio. Ésta vez se manifiestan con mucha presión y agresividad. Me está empezando a oler muy mal este asunto. Casi me están obligando, de malos modos, con amenzas, a que acepte su siniestra proposición. Saldré a la defensiva con aplomo, con la fuerza y la determinación de un padre de familia que defiende a los suyos. Alzaré bastante el tono de voz. Y les argumentaré que no estoy en aboluto obligado con ellos, ya que "¿acaso os conozco?, ¿Eh, acaso os conozco de algo?". No hay lazos familiares, ni de amistad, ni afectivos, por mucho que ellos se hayan presentado como colegas de toda la vida. Mi combatividad les aplaca y vuelven a irse.

Inmediatamente empiezo a temer represalias por parte de estos dos individuos o que cumplan alguna de sus terribles amenazas. Busco a mi hijito Amador para cerciorarme de que no le han hecho mal alguno. En un aula de colegio (similar también a la nave central de una pequeña iglesia), donde de pie frente a los pupitres hay muchos asistentes, niños y adultos, llamo a voces a mi hijo. Eva está presente unos asientos detrás de mí. Voy por el pasillo central hacia la pared del encerado y entre el bullicio de los presentes, entre las cabezas de padres que tapan la visibilidad, veo a mi chiquitín sano y salvo. Y ya estamos los tres en el pasillo de nuestra casa.

Al cabo recibo una llamada de teléfono. De nuevo, el calvo, con su mujer al lado, vuelven a las andadas, aunque ésta vez muy suaves y modosos. Sin armar escándalos, hablando con tranquilidad y buen entendimiento. Yo les respondo afablemente, disimulando que ésto ya me está resultando muy molesto y más que sospechoso. No cabe duda que tanta insistencia oculta intenciones inequívocas y nada buenas. Pero me hago el tonto para sondearles. Les preguntaré que qué es lo que necesitan. Ellos me aclaran que requieren varias cosas mías, ciertas claves y también tener acceso a mi cuenta de Youtube. ¿Mi cuenta de Youtube? -digo asombrado-. Sí -afirman-, y las claves de otras cuentas, así como las claves bancarias, tarjetas de crédito, etcétera. Ajá -pienso-, ésto es más que evidente que se está relacionado con una estafa en toda regla. De hecho, ahora que recuerdo, la semana pasada vinieron otros dos juntos con propósitos similares, solo que aquéllos eran poco hábiles y se les desenmascaraba en seguida. Traigo a mi mente otros casos de timos similares. Primero se ganan tu confianza y te camelan mediante intercambios sustanciosos, y luego te roban hasta el apellido. A pesar de mis pensamientos y certezas, con mis interlocutores sigo aparentando un aire ingenuo y dispuesto.
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Sueño (167): Odisea en el espacio

Odisea en el espacio y pintando un tejado de blanco
Viajamos en una gigantesca nave atravesando el espacio, entre las estrellas. Dicha nave es como una pequeña gran ciudad, donde nos desplazamos miles de pasajeros. De pronto nos vemos amenzados por una nave enemiga, que nos aborda y como en los coches de choque nos golpea varias veces peligrosamente. Acto seguido, el enemigo nos ha invadido. Robots blancos del tipo la Guerra de las Galaxias nos van sacando de las dependencias y conduciéndonos a espacios más amplios donde tenernos más acorralados y controlados, apuntándonos con sus poderosas armas siderales. Con ellos hay también humanoides, muchos de ellos eran antes de los nuestros, que aceleradamente han sido convertidos en nuestros celadores y contrarios. Como herramienta de defensa apenas tenemos sólo nuestra astucia, ya que no poseemos armas, siendo civiles la gran mayoría de la población. Nuestros guardianes irán colocando cada pocos metros unas minas negras, redondas y rectangulares, con la clara intención de hacerlas estallar todas a la vez y reventarnos a todos en mil pedazos.

Yo intento buscar la manera de salvarnos. Por aquí circulan levemente dos amiguetes míos, César y Dani, con sus típicas chanzas. Lo primero que he de conseguir es burlar la vigilancia. A pesar de mi disimulo no logro zafarme. Tras varios apuros e intentonas, en un momento dado, sin que me vean, consigo salir por una puerta que da a la calle, con lo que alcanzo mi libertad. Sí, ahora la nave se ha transformado en un grandioso edificio con muchos bloques y dependencias, algo así como un gran complejo hotelero. Una vez en la vía pública se me pasa por la cabeza huir. Nadie me ha visto y nadie me va a echar en falta. Pero no puedo hacerlo. Me veo en la obligación de ayudar a mis congéneres y hacer todo lo posible para sacarlos de la edificación apresada. Por unos instantes seré mi amigo Mecky, según creo recordar. Giraré en torno a la construcción a la caza del hueco por donde introducirme de nuevo sin ser detectado. En la parte trasera se alzan varios pisos de ventanas que dan a estancias más privadas, como habitaciones o despachos. Podría escalar por las cornisas, pero descubro que aún quedan algunas personas tras las ventanas que seguramente aún desconocen el embrollo en el que nos encontramos. Veré una chica aquí, otra allí y una mujer en un despacho. Desde la altura me verán rondando desde fuera. Mala señal. Tendría que pasar completamente desapercibido. No sé si al final entro por la ventana que da al despacho donde trabaja la mujer.

No sé si lo siguiente es una continuación estrambótica del sueño o si forma parte de otro sueño distinto. Estoy, junto a una veintena de personas, chicos y chicas más o menos conocidos, en un piso amplio. Afanados con labores de arreglos y construcción. Me mostraré dispuesto a hacer lo siguiente que haya que hacer. Una chica molesta de alguna manera conmigo se alegra de mi actitud y se permite un comentario ligeramente sarcástico con mi persona. Al parecer llevamos aquí una semana y yo apenas he contribuido en la faena colectiva. Me tocará pintar el tejado al que se accede desde la terraza de arriba. Esto no me hace nada de gracia, puede ser peligroso. Pero me avengo a ello. Traspaso una ventana horizontal y ya estoy con un cubo de pintura blanca avanzando por la techumbre. Emitiré una última queja, alegando que tengo vértigo, aunque la altura apenas es de dos pisos y no siento miedo. El tejado a pintar no es muy grande, abarca un par de casas rurales. Lo extraño es que haya que embadurnarlo de blanco tratándose de tejas. Como era de suponer, tras pintar la primera mano de un rectángulo, la pintura se acaba prácticamente. No hay suficiente pese a los cálculos previos. Aparece a mi lado mi amigo Toni Márquez, ayudándome en el trabajo. Charlamos un montón, quizá discutamos amigablemente, de cosas que ya he olvidado.
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Sueños (166): Isaac con la cara blanca y el váter teletransportador

el sueño de Isaac con la cara blanca y el váter teletransportador
Visitaré a Isaac en su casa y juntos debatiremos y estudiaremos cuestiones de trabajo que tenemos pendientes. Poco a poco de lo laboral vamos pasando a lo lúdico. Empezamos por permitirnos ironías y bromas jocosas sobre nuestros clientes. Pasamos al cachondeo y a la juerga, puede que bebiendo algo, hablando ya de temas más personales. Por la casa, de habitaciones con muebles de aire rústico y grandes cortinajes en las ventanas dejando pasar poca luz, ronda su madre, con la que vive. Es una mujer de carácter que de cuando en cuando se entromete en nuestras chanzas o nos espía. Al parecer tiene un poco sometido a mi colega.

Por la tarde, o quizá al día siguiente después de haberme quedado a dormir, me encuentro a Isaac en el salón metido dentro de una caseta de cartón imitando una caseta de perro en la que cabe agachado. Sonriente, contento, juguetón, tiene la cara completamente blanca, como si se hubiese puesto maquillaje de payaso. Sólo la cara, el cuello ya es de color normal, con lo que no deja de dar la sensación de que se ha pintarrajeado. Asustado, se lo hago notar. Sí, lo sabe. De cuando en cuando le sucede ésto, que sin explicación, como si se tratase de una extraña enfermedad, se le pone la geta así de blanca. Lo pienso y sí, creo recordar que ya me contó algo al respecto.

Hay una llamada telefónica de mi hermana, no sé en qué momento. De alguna manera está relacionada con la piscina de los Hábitats de Alcorcón y los soportales que conducen a ella. Creo que voy a entrar o entro en el recinto de la piscina...

Llega el momento de regresar y dejar a Isaac. Para ello me introduzco en un cuarto de baño que es como una barraca campestre. Me siento en la taza del váter. Ya otras veces, desde este retrete, con un poco de concentración abstracta he conseguido teletransportarme y reaparecer en otro inodoro a kilómetros de distancia. Lo malo sería que hubiese alguien en el cuarto de baño de destino ya que aparecería sentado sobre sus rodillas... Ahora pongo mi mente en ello, sin pensarlo directamente y el efecto tarda un poco más, pero al cabo sí, nuevamente la teletransportación ha funcionado. El entorno y el paisaje han cambiado.

Me interno por unos solares con edificios en construcción. Estoy en una zona próxima o similar a la casa de mi madre, donde seguramente me encamine. Es peligroso caminar entre las obras. Un obrero me alerta al pasar por un tramo con el suelo aceitoso y rodeado de altos rollos de pétreo material. Sigo deambulando por aquí, entrando en los entresijos del esqueleto naciente de una de las edificaciones. Según voy subiendo las partes del inmueble están más terminadas y detalladas, adquiriendo la fisonomía de un hotel.
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Sueños (165): Esoterismo científico y el viaje en descapotable

La extraña sesión de esoterismo científico y la libertad de un descapotable a toda velocidad
Me encuentro con mucha gente en un enorme pabellón industrial sin ventanas y algo oscuro, iluminado con luces tenues, con forma de cubo, de techo altísimo, en una especie de congregación esotérica. Hay un maestro enérgico y rotundo que nos va indicando los ejercicios semi-espirituales que tenemos que ir realizando. Ahora se bajan grandes telas desde el techo, de color negro y de un material similar al plástico. La cosa consiste en ser entelados, muy prietos, los unos pegados a los otros, sentados en largas banquetas como de gimnasio. Yo estoy delante de una puerta metálica de garage cerrada, sentado en el suelo, ya que en ese tramo no hay banqueta. Un tipo se ha pegado a mí, enovillados, preguntándome antes si no me importaba su proximidad. El envoltorio nos oprime hasta la inmovilidad. Esta práctica tiene como objeto demostrarnos mediante la experiencia no sé qué postulado de esta rara ciencia oculta. Aunque me entrego a este tipo de juegos no dejo de verlo todo como una solemne estupidez para comer el coco de la peña. El orientador habla con tono contundente, se mueve entre sus acólitos, explica, razona, demuestra. En el espacio domina una quietud expectante y religiosa.

Algo después habrá un descanso. Salimos fuera. Yo, antes de salir, busco mi paquete de tabaco. Difícil encontrarlo entre los objetos personales de todo el mundo, que yacen desordenados y abigarrados por todo el suelo. Llaves, bolsos, carteras, tarjetas... En una zona determinada del suelo hay un montón de paquetes de tabaco desperdigados. Miro en varias cajetillas, buscando un Fortuna. No, éste no, éste es un Fortuna Light. Finalmente localizo un cigarrillo en un paquete casi vacío. Salgo del recinto a fumar.

Bajo el sol, aislado, le voy dando vueltas a la idea de largarme. Esta situación no me está aportando gran cosa. No termino de creerme estos cuentos. Tengo unas palabras con el instructor bajo el porche, que intenta enderezarme, consciente de mi callado rechazo. Por mi cuenta intento dilucidar de qué va todo esto. A través de unos folletos veo que se habla de relacionar científicamente una existente relación de dimensiones que hay en todas las cosas y objetos con una filosofía espiritual del comportamiento y las relaciones humanas. Una suerte de esoterismo científico. En un prospecto aparecen dibujos de manos y de utensilios como cucharas, cuchillos y tenedores, que participan de la misma dimensión sólo que a diferentes escalas. No sé, con un cuchillo y un tenedor en mis manos compruebo que quizá no sea tan cabal ésto como quieren hacernos creer, a juzgar por la diferencia de tamaño entre ambos cubiertos.

Respiro al aire libre y veo mi descapotable aparcado unos metros más allá. Lo que me apetece realmente es ir a toda velocidad en mi cochazo por carreteras desiertas, ponerme la música a tope y dejarme salpicar el rostro por el viento de la celeridad, bajo un sol limpio que es una gozada. Y no me lo pienso más. Me voy. Abandono esta nueva religión.

Previamente tengo que entrar de nuevo un momentito en la nave para recoger mis cosas. Me topo a todos los asistentes tumbados boca arriba en el suelo, con los ojos cerrados y realizando una singular relajación, escuchando los dictámenes del maestro, que habla con determinación, tranquilidad, confianza. Algo molesto el conductor espiritual, viendo que llego tarde e interrumpo su discurso, me ayudará, tras explicarle que me ha surgido un imprevisto urgente, a encontrar mis cosas diseminadas por el piso entre el resto de pertenencias de los presentes. Más que yo será él el que encuentre mi monedero redondo, mi tabaquera que utilizo para las llaves y las monedas y otros enseres... Qué raro, si yo ya había prescindido de estos chismes por estar viejos... Los recojo. Antes de irme, el instructor me insta a que la próxima vez no me retire de la sesión hasta que termine, que ya es la segunda vez que hago lo mismo, pirármelas sin concluir la reunión.

Ya soy libre y corro hacia mi coche, entusiasmado con disfrutar del paisaje en una veloz carrera sobre ruedas. Al principio de una calle, mientras conduzco ya, veo que van a subirse a un coche María C. y su novio, además de otra conocida igualmente acompañada de su novio. La otra creo recordar que es Raquel Sierra. Me extraña verlas juntas. Ah, claro, que eran amigas. Están haciendo los últimos preparativos para salir los cuatro de viaje, de vacaciones. Quiero hacerme notar y pasaré dos veces a su lado armando estruendo de motores, pero no deben de reconocerme, ni se inmutan. Sigo pues mi marcha al volante. Tanto los edificios que dejo atrás como el entorno general tendrán siempre un desértico aire muy de Western.

Amplias carreteras, velocidad, un sol brillante de día perfecto. Sin miedos. Mas rápidamente cambia el panorama, sin que apenas me haya dado tiempo a degustar la sensación de velocidad y libertad. Ha anochecido y un amigo me acompaña, de copiloto. Nos internamos por un villorrio con edificios muy afines a las típicas películas del Oeste. Me transformo en un conocido alto y rubio, no recuerdo exactamente quién. Él será a partir de ahora el protagonista, a ratos yo seré él con su apariencia.

En el pueblo cubierto por un manto de noche cerrada y fría, hay una reyerta entre bandas. Suenan disparos. Hombres subidos a los tejados disparando rifles, apenas visibles bajo escasas luces débiles colgando de las fachadas. Los protagonistas (mi conocido y su amigo) van aminorando la marcha, internándose con cautela, pero como presentían serán descubiertos por los forajidos y acto seguido atacados. Es un descapotable muy atractivo como para pasar desapercibido a pérfidas intenciones. Un golpe con un palo deja fuera de combate al acompañante, tendido fuera del coche. Mi conocido mira cómo escapar, acelera. Le alcanzan con un tiro, en un brazo, el hombro o una pierna. El bólido empieza a frenarse y torcer su trayectoria y termina por estamparse sin fuerza, incomprensible e inevitablemente, contra los bloques de una acera. Aturdido, el protagonista es arrastrado lejos del coche. Y se le hacen todo tipo de barbaridades y salvajadas injustificadas y sañudas, ante nuestro mayor asombro. Se le dobla con un hierro hasta partirle prácticamente en dos. Le meten la culata de una escopeta por la boca, hincando hasta que le machaca las vísceras. Es un espectáculo cruento, insoportable, así que determinamos eliminar esto, borrarlo como si no hubiera ocurrido y mi conocido, ahora ileso, comienza su conducción marcha atrás en el descapotable, saliendo de esta truculenta boca de lobo.

Ya a salvo nos lamentamos, él o yo, yo y él, de que se nos haya echado la noche encima y nos hayan atrasado tantos avatares. Apenas nos ha dado tiempo de disfrutar lo que más deseábamos hacer: volar sobre ruedas por unos aislados parajes de libertad bajo un hermoso, idílico e intenso sol de fábula.
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Sueños (164): Raúl y El thriller del escritor inglés

El thriller del escritor inglés que huye en un descapotable antiguo de color rojo tras cometer un asesinato
Estoy en una fiesta celebrada en una sala tipo discoteca. Las luces son sesgadas con lo que reinan amplias zonas de oscuridad, el espacio está lleno de gente. Puede tratarse de una fiesta fin de curso o fin de año o algo similar. Por aquí circulan Roberto y Susana de E.M.M. Algo -que ya no recuerdo- trato con ellos. Aunque conozco a muchos de los presentes, ahora no los reconozco. La parte central del lugar está repleto de sofás contrapeados y con un cierto desorden. Yo ando repatingado en uno de estos sofás y justo en frente me encuentro con Raúl, de Cambalache. Y él se acuerda perfectamente de mí, al cabo de tantos años. Veo que un poco más allá está su inseparable amigo Robert, el pinchadiscos de Cambalache. Nos saludamos con euforia Raúl y yo. Muy entusiasmado le cuento cómo un día logré colarme en la cabina del disc-jockey de Cambalache y me puse a pinchar discos, más feliz y realizado que un poseso.

Compruebo cómo Raúl conserva la misma elegancia física y estética de entonces. Alguien con mucho carisma que cambiaba radicalmente de look cada cierto tiempo manteniendo siempre su impronta y un perfecto estilismo. Los años dan la sensación de no haber pasado por él. Sigue muy atractivo y dinámico, delgado, con su sonrisa magnética y poderosamente juvenil. Me pregunto en qué formas de vida andará metido actualmente (algo que también cambiaba camaleónicamente con frecuencia). Según entreveo, fijándome en su aspecto, un pelín huesudo al transparentarse la ropa bajo la luz de un foco clavado a la altura del suelo, que quizá haya retomado algunos mundos de la droga. Poco después se marchará subiendo por las escaleras que llevan a la calle y una vez más ha cambiado de look, en un santiamén. Ahora viste como un gurú de los años 70, con un inmenso pelucón microfónico sobre la cabeza. Como siempre, intachable, impecable en su aspecto nazca de la moda que nazca.

A continuación, por unos instantes me identifico con un escritor inglés, cincuentón, de barba espesa y cana, y algo barrigudo, que se encuentra en los sofás del otro lado. Por su edad desentona bastante con el resto de la concurrencia. Exclamará algo en alta voz, alzándose por encima del ruido imperante. En breve, el escritor adopta el protagonismo absoluto de una acelerada acción que cambia vertiginosamente de escenarios. Se verá envuelto en una especie de thriller. Primero se disgustará muchísimo con su amada hija quinceañera, echándole una acre bronca, porque en un descuido le han robado a la chiquilla un montón de billetes de goloso dinero que estaban escondidos en el fondo de un maletín negro. Ella ni se ha dado cuenta del hurto hasta que su padre lo ha descubierto.

El escritor reaccionará de súbito y subiéndose a su coche, un descapotable antiguo de color rojo, alcanzará a los ladrones, que tienen el automóvil detenido, quizá por avería, al borde de una cuneta de una carretera desierta. El extranjero no sólo recupera su dinero -fundamental para su carrera artística- tras artimañas y un rápido forcejeo, sino que envuelto en la refriega acaba asesinando a uno de los dos rateros. Se ve inmediatamente obligado a huir. Se nos cuenta cómo en apenas cuatro horas al volante ha llegado hasta la otra punta de Europa del este, conduciendo furiosamente, sin detenerse, destilando sudor a raudales.

Ha llegado a su hogar, a una tranquila y no muy grande hacienda que posee en la campiña inglesa. En un rápido giro resulta que no, que donde ha arribado, tras atravesar carreteras y zonas de playa, es a un lugar indeterminado al otro lado del charco, es decir, en los Estados Unidos. Y ahora nos está explicando, tras volver, de nuevo, a su casa en Inglaterra al cabo de los años, su biografía, el cómo logró triunfar y hacerse un nombre en el universo literario. Va narrando su historia mientras deambula por su pequeña finca, llena de lejanos recuerdos. Al lado de un cobertizo nos aclara con contundencia de aforismo: "La mayoría de los escritores han triunfado volviendo a su hogar original, en mi caso ha sido al contrario, he tenido que alejarme a miles de kilómetros de mi entorno natal para escribir mi gran obra y lograr el éxito".

Vemos algunos momentos de su pasado al lado de su hija. Y hay una historia con perros. Se proyectan alternadamente imágenes de tres o cuatro perros de distintas razas y tamaños. Un chucho y un perro mediano. Un perrillo y un gran perro. Deben haber sido sus compañeros de viaje, sustituyéndose unos por otros en el devenir de unos segundos o de unos años.
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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
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Sueños (163): Un casting y las provocadoras excentricidades de mi amigo Val

los métodos nada ortodoxos de mi amigo Val para conseguir trabajo
Estoy en casa, atareado, seguramente con temas de trabajo, cuando recibo la llamada de Luis Méndez. ¿Qué Luis Méndez? Luis Méndez Zori, el representante de actores, me aclara. Se pone en contacto conmigo para que vaya a un casting para un papel en una serie televisiva actual de éxito. El capítulo en el que saldría en el caso de ser escogido se grabaría el lunes que viene. Tengo mis dudas de cara a ir. Pero Luis insiste mucho, parece que tengo bastantes posibilidades de que me cojan. A mí me sorprende mucho este requerimiento, ya que ando algo retirado de la circulación, centrado en mi trabajo cotidiano. Pero Luis y su ayudante Javier del Pozo vieron mi videobook (ahora recuerdo que le dije a Javi cómo localizarlo) y les entusiasmó. Como me dice el mismo Luis: "eres muy bueno", dando a entender que están dispuestos a representarme y moverme como actor. No confirmo, de momento, mi asistencia al casting. Tras colgar el teléfono me lo pienso. La verdad que han halagado mis oídos y me apetece ir a la prueba, que será el siguiente viernes. Está el tema de mis ansiedades, pero qué narices, la mejor manera de salir de ellas es aventurarme, y de paso comenzar a retomar mi vida actoral. Así que decido ir al casting siempre y cuando no tenga que ir a la otra punta o a las afueras de Madrid. Permanezco pues a la espera de que me indiquen dónde hay que dirigirse para decidir definitivamente.

Voy a salir a la calle. Estoy en el recibimiento de un piso de aire clásico con el suelo de parquet, que es el despacho de una representante artística que conozco (creo que clienta mía). Me quedo un momento frente a la puerta de la calle, simulando estar abstraído, y escuchando lo que esta mujer habla por teléfono. No quiero que se entere de mi asunto con Luis Méndez, no vayan a despertarse susceptibilidades. Ella se quedará bien extrañada de que no haya salido detrás de los demás y permanezca quieto, supuestamente absorto, de espaldas y frente a la puerta. Me dirá algo y es cuando salgo de mi letargo y me marcho.

A plena luz del día, con las calles ahítas de peatones, abundante tráfico, atravieso una plaza concurrida para ir practicando. Sin problemas. Ésto me da ánimos. Instantes después me veo siguiendo a un chaval -al que conozco de alguna manera- que anda más rápido y se me está adelantando entre el gentío. El joven se detiene antes de doblar una esquina, aguardándome. Justo en ese momento desde la calle transversal descubro a mi amigo Valentín, que me está haciendo señas desde la puerta de un bar. Con movimientos del brazo le insto al chaval a que siga su camino que en breve le alcanzo, y es lo que hace, avanza, se pierde tras la esquina y ya no podré localizarle. Me reúno con Val. Posiblemente tomemos algo en la barra del bar.

Acto seguido Valentín asume el protagonismo de la acción, convirtiéndome yo en testigo suyo. Nos hallamos en una oficina con bastantes empleados. Muy similar a una sucursal de banco. Cerca de la entrada hay una enorme mesa que hace las funciones de secretaría para atender a los clientes. En breve mi amigo será sometido a examen realizando una prueba atendiendo a un cliente. Pero no dará pie con bola, su actuación será bastante torpe e incomprensible. Me anonada que Val realice semejante tentativa para que le contraten, ya que tiene un negocio próspero y no necesita este curro. Pero él está empeñado, no sé por qué.

En la siguiente prueba con otro cliente, en este caso femenino, tendrá más suerte mi amigo. Afronta el reto de manera muy arriesgada y poco ortodoxa. Al principio los miembros de la oficina, todos reunidos al fondo contemplando muy atentos las acciones del aspirante, se escandalizan con las preguntas y retóricas tan agresivas y comprometidas que emplea Valentín con la recién llegada. Tras un diabólico sondeo, mi colega saca a la luz informaciones muy documentadas y novedosas que causan un gran asombro y aceptación entre los testigos. Todos convienen en que si bien el examinado no se conduce según las normativas y las conductas más lógicas y respetuosas, más bien utiliza métodos siniestros, atípicos y provocadores, sin duda tiene un enorme potencial de cara a desarrollar una eficacia sin precedentes.

Sin embargo aún resta la última de las pruebas. Una especie de comprobación de la capacidad para adaptarse al ambiente de trabajo que se respira aquí. De vez en cuando, fuera de la oficina, se organizan veladas distendidas entre los trabajadores en las que uno de los miembros hace un pequeño espectáculo con una canción. Una mujer cantará maravillosamente a modo de ejemplo. En un pasillo apartado de la sala principal el público espera la actuación de Valentín, que una vez más romperá moldes. Emergerá completamente travestido y entonando una ambigua y altisonante canción típica de cabaret. Esto se tomará como una burla peligrosamente irrespetuosa con la figura del jefe. Mas una vez más la irreverencia de mi camarada termina por seducir a la concurrencia. El siguiente paso será dilucidar en un aparte si Val es admitido o no, aunque una de las empleadas, de forma condescendiente y risueña, ya bosqueja que van a inclinarse claramente por la admisión.

Antes, después y entre medias de lo narrado suceden más incongruentes andanzas, pero al despertar, se esfuman de mi memoria, huyendo rápidas como un gas.
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Sueños (162): Ramón de Pilar y Facebook

Una fiesta de fin de semana en casa a partir de un evento en Facebook
Al igual que en otra ocasión, me acuerdo del bueno de Ramón de Pilar y al día siguiente da señales de vida llamando por teléfono o bien, como ahora, se presenta sin avisar en nuestra casa, en plan visita intempestiva, después de pensar ayer en él. Nos alegra mucho su presencia y volver a verle. Estaremos un buen rato con él charlando y viendo cosas. Ha traído nuevo material, bien abundante, para hacer cambios en su página web. En un momento en que se ha ido a otra dependencia de la casa a hablar con Eva, yo comienzo a tocar y a echarle un ojo a su carpeta con los trabajos y apuntes que ha traído, que son una serie de cartones rectangulares compuestos por piezas cuadradas ensambladas con un pegamento muy endeble, con lo que al manejarlos en seguida empiezan a desmenuzarse sus partes. No sé por qué, quizá por hambre o quizá por disimular el estropicio, pero voy comiéndome esos pedazos de cartón uno a uno. Cuando regresa Ramón descubro que trae otra carpeta en la mano, que al parecer es la auténtica, así que apenas echará de menos la carpeta anterior, menos mal.

Comienza a explicarme largamente todo lo que quiere hacer. Voy tomando nota en una hoja. Lo que pide, es bastante laborioso y farragoso. En algún instante se sienta a mi lado en la cama, rozándome. Tras dos horas escuchando voy perdiendo la atención y el interés: se está haciendo tarde y hay muchas cosas que hacer aún... Algo después, Ramón en un arrebato, me abrazará de manera cariñosa y se lamentará de que yo no sea de la otra acera. Uy, no, para nada, quita, quita, le diré.

Ramón está tan a gusto en nuestra casa, tan a sus anchas se siente que cuando alguien llama a la puerta y abrimos, él se quitará la camiseta, quedándose con el pecho al aire, tal y como, debido al calor, me encuentro yo.

Mientras tanto nuestra casa se va llenando de gente, la mayoría son actores y actrices, que van entrando y saliendo de nuestra vivienda, formando parejas o grupitos acá o allá, paseándose por nuestras estancias, curioseando, esperando un acontecimiento o evento. Todos estos visitantes vienen por una serie de imprecisas noticias que unas horas antes estuve divulgando por el Facebook. Noticias relacionadas con un curso (que es lo que nos interesa). Muchos actores creerán que se trata de un casting de incógnito, con cámara oculta.

En mi habitación (que ahora tiene una cierta identificación con el piso de Alcorcón, así como antes y después otros lugares de la casa) un chaval de 14 años, acompañado por su abuela, está toqueteando e inspeccionando unas fotos, muchas de ellas pornográficas, de nuestra intimidad y trabajos "secretos" que hemos desempeñado. No sabemos si prohibirle al crío la visión de semejantes imágenes. Lo cierto es que hoy en día los muchachos ya están curtidos en ciertos temas supuestamente tabús, así que tampoco ponemos -su abuela y yo- el grito en el cielo y le dejamos cotillear un rato.

La misteriosa campaña que he hecho en Facebook se ha convertido en un sorprendente y orgulloso éxito, pues según se acerca el atardecer y la noche, nuestro hogar va llenándose peligrosa y continuamente de invitados, cada vez más ruidosos y bulliciosos. Sin embargo ya es hora de acostar a nuestro chiquitín Amador, que se nos está perdiendo entre tanta concurrencia instalada en el salón y por doquier. Ya es hora de recuperar nuestra cotidiana tranquilidad libres de la creciente invasión. Mas me percato de que no sólo va a ser complicado echar a los presentes sino que según se adentre la noche irán llegando más y más espontáneos, ya que no especifiqué horarios en los ambiguos mensajes de Facebook y siendo el principio del fin de semana, como lo es, lo lógico es que la mayoría se imagine que la cita consista en una fiesta nocturna hasta altas horas de la madrugada... Así que me afano en intentar cortar de raíz la crecida del gentío antes de que sea imparable... Con urgencia procedo a acceder a internet a través de un pequeño artefacto, pero es demasiado lento. Tanteo con un portátil con resultados similares. Finalmente, tras varios extraños procedimientos, lo consigo, eliminando las publicaciones oportunas en Facebook.
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