Sueños (165): Esoterismo científico y el viaje en descapotable

La extraña sesión de esoterismo científico y la libertad de un descapotable a toda velocidad
Me encuentro con mucha gente en un enorme pabellón industrial sin ventanas y algo oscuro, iluminado con luces tenues, con forma de cubo, de techo altísimo, en una especie de congregación esotérica. Hay un maestro enérgico y rotundo que nos va indicando los ejercicios semi-espirituales que tenemos que ir realizando. Ahora se bajan grandes telas desde el techo, de color negro y de un material similar al plástico. La cosa consiste en ser entelados, muy prietos, los unos pegados a los otros, sentados en largas banquetas como de gimnasio. Yo estoy delante de una puerta metálica de garage cerrada, sentado en el suelo, ya que en ese tramo no hay banqueta. Un tipo se ha pegado a mí, enovillados, preguntándome antes si no me importaba su proximidad. El envoltorio nos oprime hasta la inmovilidad. Esta práctica tiene como objeto demostrarnos mediante la experiencia no sé qué postulado de esta rara ciencia oculta. Aunque me entrego a este tipo de juegos no dejo de verlo todo como una solemne estupidez para comer el coco de la peña. El orientador habla con tono contundente, se mueve entre sus acólitos, explica, razona, demuestra. En el espacio domina una quietud expectante y religiosa.

Algo después habrá un descanso. Salimos fuera. Yo, antes de salir, busco mi paquete de tabaco. Difícil encontrarlo entre los objetos personales de todo el mundo, que yacen desordenados y abigarrados por todo el suelo. Llaves, bolsos, carteras, tarjetas... En una zona determinada del suelo hay un montón de paquetes de tabaco desperdigados. Miro en varias cajetillas, buscando un Fortuna. No, éste no, éste es un Fortuna Light. Finalmente localizo un cigarrillo en un paquete casi vacío. Salgo del recinto a fumar.

Bajo el sol, aislado, le voy dando vueltas a la idea de largarme. Esta situación no me está aportando gran cosa. No termino de creerme estos cuentos. Tengo unas palabras con el instructor bajo el porche, que intenta enderezarme, consciente de mi callado rechazo. Por mi cuenta intento dilucidar de qué va todo esto. A través de unos folletos veo que se habla de relacionar científicamente una existente relación de dimensiones que hay en todas las cosas y objetos con una filosofía espiritual del comportamiento y las relaciones humanas. Una suerte de esoterismo científico. En un prospecto aparecen dibujos de manos y de utensilios como cucharas, cuchillos y tenedores, que participan de la misma dimensión sólo que a diferentes escalas. No sé, con un cuchillo y un tenedor en mis manos compruebo que quizá no sea tan cabal ésto como quieren hacernos creer, a juzgar por la diferencia de tamaño entre ambos cubiertos.

Respiro al aire libre y veo mi descapotable aparcado unos metros más allá. Lo que me apetece realmente es ir a toda velocidad en mi cochazo por carreteras desiertas, ponerme la música a tope y dejarme salpicar el rostro por el viento de la celeridad, bajo un sol limpio que es una gozada. Y no me lo pienso más. Me voy. Abandono esta nueva religión.

Previamente tengo que entrar de nuevo un momentito en la nave para recoger mis cosas. Me topo a todos los asistentes tumbados boca arriba en el suelo, con los ojos cerrados y realizando una singular relajación, escuchando los dictámenes del maestro, que habla con determinación, tranquilidad, confianza. Algo molesto el conductor espiritual, viendo que llego tarde e interrumpo su discurso, me ayudará, tras explicarle que me ha surgido un imprevisto urgente, a encontrar mis cosas diseminadas por el piso entre el resto de pertenencias de los presentes. Más que yo será él el que encuentre mi monedero redondo, mi tabaquera que utilizo para las llaves y las monedas y otros enseres... Qué raro, si yo ya había prescindido de estos chismes por estar viejos... Los recojo. Antes de irme, el instructor me insta a que la próxima vez no me retire de la sesión hasta que termine, que ya es la segunda vez que hago lo mismo, pirármelas sin concluir la reunión.

Ya soy libre y corro hacia mi coche, entusiasmado con disfrutar del paisaje en una veloz carrera sobre ruedas. Al principio de una calle, mientras conduzco ya, veo que van a subirse a un coche María C. y su novio, además de otra conocida igualmente acompañada de su novio. La otra creo recordar que es Raquel Sierra. Me extraña verlas juntas. Ah, claro, que eran amigas. Están haciendo los últimos preparativos para salir los cuatro de viaje, de vacaciones. Quiero hacerme notar y pasaré dos veces a su lado armando estruendo de motores, pero no deben de reconocerme, ni se inmutan. Sigo pues mi marcha al volante. Tanto los edificios que dejo atrás como el entorno general tendrán siempre un desértico aire muy de Western.

Amplias carreteras, velocidad, un sol brillante de día perfecto. Sin miedos. Mas rápidamente cambia el panorama, sin que apenas me haya dado tiempo a degustar la sensación de velocidad y libertad. Ha anochecido y un amigo me acompaña, de copiloto. Nos internamos por un villorrio con edificios muy afines a las típicas películas del Oeste. Me transformo en un conocido alto y rubio, no recuerdo exactamente quién. Él será a partir de ahora el protagonista, a ratos yo seré él con su apariencia.

En el pueblo cubierto por un manto de noche cerrada y fría, hay una reyerta entre bandas. Suenan disparos. Hombres subidos a los tejados disparando rifles, apenas visibles bajo escasas luces débiles colgando de las fachadas. Los protagonistas (mi conocido y su amigo) van aminorando la marcha, internándose con cautela, pero como presentían serán descubiertos por los forajidos y acto seguido atacados. Es un descapotable muy atractivo como para pasar desapercibido a pérfidas intenciones. Un golpe con un palo deja fuera de combate al acompañante, tendido fuera del coche. Mi conocido mira cómo escapar, acelera. Le alcanzan con un tiro, en un brazo, el hombro o una pierna. El bólido empieza a frenarse y torcer su trayectoria y termina por estamparse sin fuerza, incomprensible e inevitablemente, contra los bloques de una acera. Aturdido, el protagonista es arrastrado lejos del coche. Y se le hacen todo tipo de barbaridades y salvajadas injustificadas y sañudas, ante nuestro mayor asombro. Se le dobla con un hierro hasta partirle prácticamente en dos. Le meten la culata de una escopeta por la boca, hincando hasta que le machaca las vísceras. Es un espectáculo cruento, insoportable, así que determinamos eliminar esto, borrarlo como si no hubiera ocurrido y mi conocido, ahora ileso, comienza su conducción marcha atrás en el descapotable, saliendo de esta truculenta boca de lobo.

Ya a salvo nos lamentamos, él o yo, yo y él, de que se nos haya echado la noche encima y nos hayan atrasado tantos avatares. Apenas nos ha dado tiempo de disfrutar lo que más deseábamos hacer: volar sobre ruedas por unos aislados parajes de libertad bajo un hermoso, idílico e intenso sol de fábula.
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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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