Sueños (171): Invitación a una comilona

Me invitan a una gran comilona en un restaurante de la Avenida de Lisboa de Alcorcón
Le comunico a Eva que voy a salir un momento a la calle. Es cosa de subir y bajar. No sé si voy a fumarme un cigarrillo o a qué, pero algo rapidito y vuelvo. En cuanto salgo por la puerta del piso me encuentro con Roberto Liébana, el vecino y amiguete del mismo piso, el cuarto. O sea, que volvemos a retomar el piso de los Hábitats de Alcorcón, o sea, la prehistoria, y así, mi conocido no ha cambiado apenas en todos estos años. De golpe voy con Roberto en su coche, estamos circulando por la Avenida de Lisboa. Ya estoy viendo que voy a tardar algo más de lo esperado en regresar al hogar... Roberto, con su torpeza de gordito con gafas, conduce muy despacio y con una gran desorientación, lo que nos llevará, de manera no brusca, a estrellarnos contra una farola. Sin consecuencias graves, ya que el automóvil estaba casi frenado del todo. Al cabo estamos tomándonos una caña en una terraza, siempre en la Avenida de Lisboa. Mi idea es estar un ratito más y pirármelas. Mas no sé si llega alguien más y nos introducimos en la parte interior del figón, nos sentamos a una mesa, dispuestos a almorzar.

Roberto o el otro (el nuevo) piden al camarero una gran cantidad de viandas y alguna que otra botella de buen vino. Yo me encuentro en un dilema: debo aceptar la invitación y quedarme y meterme entre pecho y espalda una presumible gran comilona o debo emigrar ipso facto antes de verme irremisiblemente enredado... Ya me estoy retrasando bastante y si permanezco aquí, en el restaurante, me temo que la cosa va a ir para largo. Miré (antes o después) un momento el móvil y ya tenía cuatro llamadas perdidas. Tres de ellas provenían del teléfono de Eva, seguramente bien extrañada de mi tardanza. La otra llamada era de un número desconocido. ¿Qué hago? Mi idea era recogerme pronto para ponerme a trabajar. Desde luego, como me atiborre de comida y beba mis ricos vasos de vino, luego va a ser implanteable dedicarme al trabajo. Perdería un día laboral. La balanza se verá inclinada hacia el lado de mi glotonería. Añadiendo la tendencia general, desde el principio, a dejarme llevar sin oponer mucha resistencia. Que me quedo, me quedo a degustar una mesa casi servida ya y muy incitante, autoengañándome pensando que quizá terminemos pronto, que quizá en breve (sólo un rato...) pueda retomar las cuestiones laborales.
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► web de escritor: www.josemartinmolina.com
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