Sueños (182): Descalzo de un pie y otras sorpresas

Andando por la calle descalzo de un pie
Sólo he podido rescatar tres momentos inconexos del olvido. En el primero de ellos, a través de la madre de Eva, mi suegra, que yace tumbada en una cama estrecha, quizá hablando tranquilamente con su otra hija Maria José, en una habitación que de alguna manera se asemeja a la que tuve en el piso de Alcorcón, me entero que le han detectado, desde hace tiempo, un tumor a Eva en las partes vaginales. Noticia que ignoraba y al oírla (sin estar presente en la misma habitación) y serme así revelada, me produce estupor y miedo. Y no es lógico. Porque se supone que Eva iba a llegar a la senectud y que de tener alguna enfermedad, sería otra muy distinta. Pero me tranquilizo porque seguramente todavía estemos a tiempo, es factible que todavía tenga remedio. No obstante, esta situación se vive sin dramatismos, sin que tenga en absoluto las terribles dimensiones que tendría algo semejante en la realidad. Es algo vago, sin contundencia, sin relieve. Incluso la misma Eva permanece impasible.

Después saldré del portal de un edificio tras realizar una transacción imprecisa. Y regreso por la calle a mis cuarteles, muy cercanos. A los pocos pasos descubro que estoy completamente descalzo de un pie. Ni calcetín ni la bota militar que suelo llevar. Un pie calzado y otro, el derecho, desnudo. Me resulta bien gracioso dar la nota de este estrambótico modo en la vía pública. Correteo, salto, me hago el excéntrico. Me divierte mucho que otros viandantes reparen en mi alocada falta de prejucios. Un espíritu libre que no se sujeta a normas establecidas. Y que hace lo que le da la real gana.

Tercer instante: En una nave similar a un hangar hay dispuestas muchas hileras de alargadas mesas preparadas para el almuerzo. Un almuerzo cotidiano y nada festivo, más asociado a un parón entre dos turnos laborales. Podemos ser fácilmente un centenar de comensales. En nuestra mesa, situada en uno de los extremos, también llamaremos la atención, seremos la nota discordante, con clara vocación exhibicionista. Pondremos la mesa en sentido transversal al resto de mesas y con mucho jaleo y algazara damos bombo y platillo a una celebración que vamos a dar. Nuestro grupito de unos quince amigos en pie, bebiendo, brindando, armando escándalo. Muy entusiastas, destacan Gus y Albero como organizadores y pregoneros del fiestón.
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Sueños (181): Mundo Gay

sueño (181): Mundo Gay
Parece ser que se trata del apartamento de Joël, o al menos lo será durante un rato. He venido a pasar, impensadamente, la noche aquí. Y a todas luces me he emparentado de alguna manera con Joël (quizá sólo por esta noche), que estará encantador, como siempre, y se comportará como un perfecto anfitrión y maestro de ceremonias. A ratos estaremos en las primeras horas del día, a ratos bien entrada la noche. Por el piso, con un espaciado, atiborrado y bastante desordenado salón, que cumple de alguna manera las funciones de picadero, circulan unas dos o tres parejas gays. Una de esas parejas está formada por dos rudos y vulgares machos, bajitos y fortachones, de recia barba, vestidos con la clásica cazadora de borreguito de Levi's, y aunque son homosexuales declarados, se comportan como auténticos machotes heteros. Por ejemplo, pasan los dos un instante, uno tras otro, y emiten, cada uno, un sonoro, feo y nada femenino eructo. Sólo nos acompañarán un rato. Vistos y no vistos.

Hay también un par de sarasas entraditos en años. Viejas cucas. Nos sentamos a la mesa camilla redonda plantada en el centro de la sala. Charlamos. Algo después reposo en el sofá junto a Jorge Riquelme. Estamos tumbados y vestidos, como los demás, con ropa de invierno. Por descuido toco su pierna huesuda y dura. La verdad que no entiendo cómo se puede sentir atracción por un cuerpo que no tiene las blanduras y suavidades femeninas. No termino yo de verle la gracia al cuerpo masculino, mucho menos para amarlo.

Es el caso que Jorge se enfada muchísimo conmigo porque cuando procedo a describirle cómo es él, cómo le veo yo, diré, entre otras cosas, que es muy "amoroso". Yo, refiriéndome a su carácter bondadoso, realmente le estoy haciendo un cumplido, mas él se lo toma como un gravísimo insulto. Él no es "amoroso", me replica dolido, consternado. Intento calmarle, aclarando el equívoco. Le explico lo que quería decir, sigo enumerando otras cualidades suyas, bastante valiosas. Este pequeño disgusto de Jorge me lleva a pensar que quizá no le conozca bien del todo, quizá me haya hecho una idea apresurada de él partiendo tan sólo unas meras observaciones. Tal y como le comento, los escritores solemos tener ideas prejuzgadas de las personas. Recapacito y es posible que detrás del Jorge afable, sonriente, bonachón y sin dobleces que conocemos todos, haya otro Jorge muy distinto, más oscuro, más enrevesado, más complejo. Habrá que tenerlo en cuenta.

A continuación o a modo de flashback, durante o después, o puede que como situación primigenia del sueño -según vagamente rememoro-, Jorge y yo pasamos de la quietud del sofá a una bulliciosa fiesta nocturna en el jardín de un chalet. Entre el numeroso gentío quizá se encuentren Valentín y Yolanda Barrasa. Pero sólo quizá, ya que esta parte permanece muy desdibujada. En dicha fiesta debe ser que intento un romance con una chica, pero se me escapa. Qué distinto es el mundo gay en esto, donde las relaciones se entablan con muchísima más facilidad, sin los farragosos y típicos desajustes de los sexos contrarios. Ante un grupito que me hace eco, me jacto de mis recientes conexiones con el universo de los invertidos. Según la lógica del sueño, mis líos con ellos (en que curiosamente la sexualidad ni existe ni me resulta remotamente imaginable) se derivan de una política mía de ascenso social que me está reportando mejores satisfacciones.

Y de nuevo volvemos al habitáculo previo de Joël. Entro en el servicio que se halla accediendo desde una puerta del salón: me estoy meando. El cuarto de baño es un desastre, está destartalado y desordenado, con abundantes regueros de orín anegando el suelo. Yo dirijo mi meada en parte dentro del váter, en parte en el mismo suelo.

Son las tres de la madrugada cuando irrumpe en el hogar una mujer mayor. Es la madre de nuestro anfitrión y la dueña del piso. Inmediatamente, los cuatro que estamos presentes, sentados a la mesa camilla, nos ponemos a disimular como chiquillos traviesos, enterrando las inclinaciones homosexuales en el armario. Aquí ya nadie tiene pluma.
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Sueños (180): Un par de encargos y Javiertito bailón

fachada del Museo Reina Sofía
Tengo que realizar dos imprecisos trabajos para el grupo Ordaz, unos clientes míos, arquitectos e ingenieros, que tienen su residencia en Andalucía. No termino de aclararme con los encargos. Uno de ellos está relacionado con colocar algo indeterminado en las fachadas del Museo Reina Sofía (que en el sueño tiene otra fisonomía y se ubica en la ronda de Atocha, muy próximo a la glorieta de Embajadores). Y yo me pregunto: ¿realmente tienen permiso total, sin la necesaria revisión o aprobación, para efectuar una instalación de tanta resonancia que estará a la vista de todo el mundo? De ser así, mi acción podría otorgarme bastante reconocimiento de un plumazo... Y esto me entusiasma. Por lo pronto, a modo provisional, he clavado un desapercibido bastón (o paraguas, o señal de tráfico) sobre el dintel de la entrada de un pasillo discreto del recinto.

Como es complicado desempeñar mi función sin saber exactamente mi cometido, decido desplazarme a Andalucía, al entorno laboral de mis clientes. Me planto en sus despachos de sopetón, sin transiciones. Al parecer he viajado en mi coche, pero según la lógica del sueño basta con concentrarse firmemente en el lugar de destino para que el trayecto no se perciba y dure lo que dura un suspiro -aunque hayan sido cuatro horas de recorrido-.

La reunión con ellos es bien desordenada y confusa. En la estancia constantemente cambia el personal y por lo tanto mis interlocutores. Primero hablo con el hermano menor, que transmitiéndome una serie de breves vaguedades da por explicado el asunto de mi tarea. Evidentemente, yo necesito saber más. Después cruzan el espacio dos de sus hermanos. Se abre una puerta lateral y emergen un abogado y una abogada, que aunque ajenos a los Ordaz, comparten con ellos el mismo piso. En la salita de recepción donde nos hallamos, todos los ocupantes se apelmazan al lado de una pared, como si posaran para que les tomaran una foto. Todos van vestidos exactamente igual, con los mismos trajes oscuros y elegantes. De entre todos los presentes yo soy el único que da la nota discordante, ataviado de manera muy diferente a los demás. Al poco la sala se llena de críos con algunas de sus madres. Los chiquillos me requieren, me preguntan, quieren jugar conmigo. Y estoy dispuesto a satisfacerles.

Se produce un salto. Ya he regresado a Madrid. Estoy en casa. Mi amigo Javiertito, como si de un espectro se tratase, hace repetidas apariciones, bien a través de una ventana, bien a través de otra, bien a través de una oquedad, y siempre surge bailando, con singulares y muy originales movimientos sincronizados y espasmódicos. Su comparecencia me extraña mucho, ya que actualmente vive en México. ¿Por qué viene una y otra vez a España? En los escasos instantes que consigo cruzar palabras con él, colijo que forma parte de un grupo de bailarines adscritos a una especie de secta pseudo-religiosa auspiciada por un maestro bailarín. También le veo danzando con algunos de sus compañeros, en complejas coreografías en las que siempre es él el protagonista. Realizan frecuentes giras por nuestras latitudes. Nunca había visto a mi amigo tan emocionado con una actividad concreta, después de haber hecho miles de cursos de lo uno y de lo otro. Está exultante, imparablemente bailón, feliz, desvinculado, eludiendo con despreocupación sus responsabilidades familiares. Intento enterarme de cuánto dinero gana con sus espectáculos. Siempre se mantiene evasivo con respecto a este tema, hasta que al final, vagamente menciona que no gana mucha guita con esto. Prevalece la ilusión sobre el pragmatismo. Hasta tiene ahora un nombre artístico -que he olvidado-. Ahora reaparece y procura introducirse por un hueco de ventilación que hay en mi techo, por el que apenas cabe, pero no sé cómo logra atravesar.

En la calle, bajo árboles frondosos, en el entorno de lo que podría ser un rodaje cinematográfico, me encuentro con Toni Márquez. No sé la relación que existe con Javiertito, puede que uno se haya transmutado en el otro. Me sorprende que Toni, a modo de renacimiento actoral, haya cambiado también, para siempre, su nombre artístico -que tampoco recuerdo-. Ha dejado de ser el actor llamado "Toni Márquez", a pesar de que mucha gente ya le conocía por ese nombre.
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Sueños (179): La última borrachera

Un mensaje en el buzón de voz de mi teléfono móvil
Hace unos días soñé con que escuchaba un mensaje del buzón de voz de mi teléfono móvil. Se trataba de Eva Morales, que en una larga perorata, con animada y cantarina voz, me invitaba a una reunión de amigas que se celebraría el siguiente fin de semana. Mostraba sumo interés en que fuese a la cita. Por esto y otras razones, con estupor inferí que Eva quería tener un romance conmigo. Y no sólo eso, sino que desde hacía mucho tiempo, de manera secreta, albergaba hacia mí una intensa pasión. Además, ¿qué sucede con su pareja?, ¿acaso lo han dejado?, ¿o piensa engañarle? Demasiados interrogantes. Sopesando la cuestión, no tengo muchas ganas de ir. Aún recuerdo, con amarga repulsa, la última nefasta vez que salí de copas. Estuve con David Pastor en un par de baretos, y en menos de hora y media, con tan sólo tres cubatas que ingerí con endemoniada prisa, me puse borrachísimo y por añadidura malísimo. No me tenía en pie y apenas podía articular una frase coherente, así que no me quedó más remedio que retirarme al hogar, a recuperarme de mi maltrecho cuerpo.
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Sueños (178): Clases de entrenamiento, amigos emigrantes y soldados del siglo XIX

Retomo de nuevo, como en sueños anteriores recientes, las clases de teatro e interpretación, a modo de entrenamiento. En una pequeña sala bastante oscura ensayamos escenas un grupito de unos siete actores. Sobre un banco adosado a la pared un actor y una actriz desarrollan una secuencia romántica. No sé qué hago aquí. Me resulta ajeno volver a realizar este tipo de ejercicios. No me apetece la tesitura de plantear situaciones íntimas con una actriz, a dos palmos de ella, besarnos si ha menester... Es algo que me pone bastante nervioso, máxime cuando hace tanto tiempo que no me encuentro en tales coyunturas interpretativas.

Al día siguiente -me refiero al próximo día del curso- llego con puntualidad, a una hora matinal temprana. Mas aún no ha llegado casi nadie... Y pasarán horas hasta que empecemos la clase, que será cuando ya estemos todos, a primera hora de la tarde. Algunos se quejarán por el retraso. A mí me sorprende que no se haya ausentado nadie: ¿es que no tienen nada que hacer los compañeros durante todo el día como para poder esperar durante tanto tiempo?

Esta vez se trata clara e indistintamente de la escuela donde me formé como actor, osea, la escuela de actores Bululú 2120. Al igual que antaño, nuestro profesor y guía será Antonio Malonda. En una sala de semisótano, también oscura y con forma de ele, más de una veintena de alumnos hacemos gimnasia de calentamiento. Me siento algo desubicado aquí. Al parecer me he acoplado tarde a un grupo ya formado. Para más inri mis músculos están algo entumecidos, faltos de ejercicio, y me cuesta bastante abrirme de piernas o seguir el ritmo. Voy fijándome e imitando las posturas de los colegas que me rodean. Entre ellos vislumbro a Toni Márquez, situado en el lado opuesto, cerca de la puerta de entrada. Yo me he colocado al lado de Carlos Ponce, que siempre que puede, en cualquier situación, busca el extremo más alejado de los lugares para tenerlo todo presente en su alcance visual. Ponce me anima mucho, me ayuda, me da buenas indicaciones y consigue que no me sienta tan perdido. Entre mis amigos también destaca David Pastor.

Posiblemente, en un descanso de nuestra actividad, en que la mayoría de los nuestros se adentra en cafeterías próximas, David y yo paseamos por las calles adyacentes (que serán siempre, durante todo el sueño, unas calles estrechas y acogedoras, poco transitadas, con aire antiguo y señorial, muy similares en dimensiones, estilo y disposición a las callejas del madrileño barrio de los Austrias). Mi amigo me dará una noticia que no me gusta nada de nada. Por dificultades económicas que está atravesando debido a la nefasta crisis, se ve en la obligación de marcharse a Francia a buscar empleo (de arquitecto). Su partida es inminente y prácticamente inevitable. Esto me atormenta. Me están dejando solo mis camaradas más cercanos. La mayoría ya ha emigrado fuera de España: Albero, Gus... Y ahora David... Sin remedio discuto con él su decisión. Pienso en lo unidos y conectados que estábamos ambos en pretéritas etapas juveniles y estudiantiles...

Y llegamos al tercer día en que asisto al curso. Los primeros en plantarnos delante de la puerta de acceso somos Antonio Malonda y yo. Pese a que nos hemos atrasado más de una hora, aún no hay ni rastro del resto de los asiduos. Aún no ha hecho su aparición Teresita, que es la que tiene la llave del local, y es presumible que demore bastante. Así que, tranquilamente, nos regalamos con un paseo por estas calles recoletas, hasta que nos adentramos en un cafetín. Malonda me preguntará sobre mis andanzas en estos últimos años. Charlaremos quedo y a gusto de esto y lo otro.

Regresamos, sin prisas. Ahora la escuela Bululú se separa en dos bloques. Por un lado tenemos el semisótano ya mencionado. En el edificio de enfrente una puerta estrecha da a las salas principales del conjunto didáctico. Malonda abrirá un momento esa puerta, para no sé qué gestión, y a través del hueco entreabierto veremos una intensa actividad de quehaceres y de multitud de personas -entre las que creo reconocer a Emi-. Tanta ocupación contrasta con la parsimonia de nuestro reducto, donde acabamos de iniciar las prácticas actorales de la jornada con una concurrencia muy reducida (si no recuerdo mal Jorge Riquelme se halla entre los exiguos asistentes).

De repente vemos a través de una ventanita cómo se anega la calle de soldados ataviados con trajes militares propios de los ejércitos rusos o franceses del siglo XIX durante las guerras napoleónicas, portando las clásicas bayonetas. En tropel se introducen en la edificación de enfrente (que es precisamente la construcción donde en su planta baja se alojan las estancias principales de Bululú), ascendiendo hacia los pisos superiores, a la caza de una congregación de rebeldes o disidentes (quizá se trate de okupas o de intelectuales políticos; en cualquier caso son gentes pacíficas y desarmadas). Al no ver a Malonda, tememos que le haya sorprendido y apresado la soldadesca. Se oyen disparos. Gritos de personas acosadas o apioladas. Nuestro pequeño cónclave se mantiene sin aliento, agachados e inmóviles, guardando sepulcral silencio para que los invasores no se percaten de nuestra presencia... Según presentimos el peligro aumenta, pues en las vías aledañas numerosos e imparables efectivos militares del mismo ejército van sitiando todos los espacios.
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Sueños (177): Proliferación de hijos y tensiones maritales

ilustración de mujer planchando y realizando tareas domésticas
Un sueño agitado, convulso, rocambolesco. Una amalgama en la que es difícil discernir qué va antes, qué después, qué ha sido olvidado, qué conecta con qué, qué parte pertenece a los distintos e inconexos capítulos... Además, lo recordado son detalles aislados y rescatados de entre brumosas sensaciones.

Empezaremos mismamente por unas situaciones relacionadas con un músico famoso. Al parecer se trata de Enrique Bunbury. Que se prepara para dar un concierto. Le vemos con varios de sus músicos en una pequeña cámara, medianamente a oscuras, que se proyecta hacia una puerta, tras la cual se halla el escenario y más allá el público. Todos están sentados en sillas plegables, cada uno porta su instrumento. Yo me acoplo entre los concertistas, llevo conmigo un instrumento de viento, una ocarina o algo semejante, un objeto corto y compacto. No tengo ni idea de hacer sonar dicho instrumento. En un principio me aceptan dentro del grupo sin poner reparos. Hasta que descubren, cuando quizá ya haya comenzado a sonar una melodía, mi ignorancia musical. Enrique se enfadará muchísimo. Puede que me suelte una buena arenga recriminatoria. Se interrumpe el sonido (en el caso de que realmente hayan empezado a tocar). Le recuerdo a Bunbury que ya estuve un par de veces anteriores dentro de su agrupación, también como espontáneo. En una de esas ocasiones hice un solvente solo de trompeta, en la otra apliqué mi voz en una canción. (Cabe la posibilidad de que Eva y demás familiares formasen parte del público, o por asociación surgieron después en otro contexto...).

Deambulo por la noche, de vuelta a casa. En una calle me topo con mi amigo Javier Fernández Aracama, que está a punto de coger el coche para conducir a un acompañante a su destino. Con amabilidad e insistencia me invita a subir al automóvil para acercarme a casa. Accedo. Su intención es aparcar cerca de donde vivo con Eva y subir conmigo para charlar de nuestros temas predilectos. Le haré desistir de su deseo de velada nocturna, ya que es muy tarde y Eva estará durmiendo y seguramente la despertaríamos. Me despido de Javier y subo a mi morada, que ahora y en todos los momentos en que se retome el concepto de nuestro hogar marital, se identificará plenamente con el pisito estrecho y enano de la corrala de la calle Peña de Francia en el que viví hace años.

Es tardísimo. Son las diez de la mañana. A mi chica no le va a gustar nada que llegue a estas horas... En realidad salgo con demasiada frecuencia por la noche y nuestra relación no va bien. Como en el típico ejemplo de documental o programa con el formato del reality show, encarno, de alguna manera, en algunos retazos del sueño, al marido curda y crápula, vividor, que siempre anda fuera de casa. Y esto provoca fisuras cada vez mayores en el querer de Eva, que encarna, a su vez, el papel de la esposa abnegada y condenada a las opacas labores domésticas. Y me siento culpable por mis correrías noctámbulas. Más adelante se desarrollará otro capítulo en que existe una posible redención o expiación a este alargado clima de tensiones e inminente ruptura de pareja, cuando decida salvar la situación para no perder a Eva -la mujer de mi vida- irremisiblemente. Pero antes (según lo presumible) todavía suceden muchas otras cosas. (Si bien es cierto, que posiblemente en todo este conglomerado onírico subyazca casi siempre la idea de las responsabilidades familiares).

Hay episodios cíclicos relacionados con los hijos. Tanto amigos nuestros como nosotros mismos tenemos los hijos a pares. Es decir, cada nuevo alumbramiento salen dos gemelos. Los tiempos han cambiado, sin duda. En comparación con mi abuela paterna Amalia, que tuvo cuatro hijos varones, padeciendo cada embarazo, uno a uno, estando casi siempre en estado y pariendo, ahora, sin mucho esfuerzo, se conciben los hijos de dos en dos. Así nosotros tuvimos primero dos hijas y luego dos hijos. Estamos Eva y yo con ellos en un entorno indefinible, cuando de pronto me acuerdo de nuestro otro vástago: Amador. Pregunto por él a Eva. No, no se nos ha perdido. Está en casa, castigado por haberse portado mal. ¡Pero eso no puede ser! Dejarle solito en casa... Y regresamos al hogar (otra vez el piso de la corrala) a recuperar a Amador, que es, aunque suene mal decirlo, el favorito de mis descendientes. Al hacer recuento y comprobar que lo que tenemos son cinco hijos y no cuatro, me pondré contentísimo, porque eso quiere decir que se nos puede aplicar el término de "familia numerosa", lo que nos permitirá tener ayudas económicas del Estado.

Hay algunas escenas entrañables en que juego con mis hijos. En la cama, bajo las sábanas, en el salón. Juegos movidos, incluso gamberros, como si yo fuese un niño grande más. Es curioso que nuestras dos gemelas tengan diferentes edades, una de cuatro años, la otra de ocho.

Como padre de familia hago un largo recorrido para congraciarme con mi pareja y encauzar nuestra vida en común (tal y como indicaba unas líneas más arriba). Bien vestido, con ropa negra, atravieso un restaurante o la vía pública. La gente me mira raro, como si fuese un impostor o un criminal. Agentes abstractos me han señalado, para prosperar en mis negocios, que visite un centro comercial que aloja negocios emparentados con la venta de joyas. Todos estos espacios que transito están comprendidos entre la Plaza de España y Moncloa. Seguiré también las directrices de un plano, en el que una mano invisible va trazando rutas con un rotulador rojo. Se hará de noche durante mis pesquisas y luego de día. Por lo tanto, una vez más, aunque en esta circunstancia por motivos nobles, llegaré tardísimo a nuestro domicilio angosto -apenas una habitación- en la calle Peña de Francia. Tropezándome con la abierta hostilidad insostenible de Eva, que plancha con fastidio, ofuscada como siempre en las interminables y poco gratificantes tareas domésticas. A su lado, alguien que debe de ser su madre, también me mira con acritud y enojo. Y yo me enfado, porque si aparezco a estas horas no es por mis acostumbradas expediciones ociosas, sino porque me he encargado a conciencia de buscar el sustento familiar. Y con doliente agresividad, como prueba irrefutable de mis buenas intenciones y de no merecer tanto encono, arrojo una pila de billetes de 50 euros sobre una cama adosada a la pared.
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Sueños (176): Imposturas de Val y el trasero divino

Beber y tapear en una sidrería de Madrid
Val y yo acabamos de bajarnos de un transporte indefinido y nos encaminamos hacia otro transporte. Por delante aún tenemos un largo recorrido, así que le pregunto a mi amigo que si no prefiere que hagamos un alto para tomarnos algo, quizá comer algo. Él se lo piensa, no lo tiene claro. Los pros y los contras. Se termina decantando por el sí. Pero habrá de ser en el bar-restaurante de una sidrería próxima, tal y como fuimos la última vez que atravesamos estos lares (local que le mostré yo el último día que pasamos por aquí, en un sueño anterior; sin embargo no sé si ese sueño previo fue real -de hoy mismo quizá- o si el desarrollo onírico "creó" unos reuerdos precisos que se "repiten" ahora -como el flashback en que los dos deambulamos siguiendo mi levemente desorientada guía hasta encontrar la tasca-).

En el momento en que caminamos campo a través entre verdes y no muy altas vegetaciones, por un camino arenoso, hacia un grupo de amontonados edificios, sucede algo impensable. A Val comienza a darle un extraño ataque. Anda tambaléandose en zigzag, con la inestabilidad direccional de un borracho, sus manos tapan su rostro como si estuviese recibiendo golpes invisibles y emite inarticulados gruñidos de angustia. Viéndolo desde fuera la cosa parece más cómica que dramática. Pienso en lo extraordinario del hecho de que le sucedan cosas semejantes a Val, pues yo soy el propenso a este tipo de rarezas. Cuando estamos arribando al grueso de los edificios ocurre una suerte de milagro. Mi amigo pronuncia repetidas maldiciones contra el sol, que brilla intenso sobre los cielos, en una letanía entre mística, ritual e invocadora. Y repentinamente, en cuestión de segundos, todo se oscurece y se hace de noche. Con la atmósfera nocturna, Val recupera su normalidad, y en pocos pasos, mientras él me va explicando que tenemos el poder de transformar todos nuestros anhelos en realidad, llegamos a la taberna. Todos los parroquianos se han asomado al ventanal del bar, muy asombrados de que de pronto se haya hecho de noche. Una vez hemos entrado Val y yo, con la misma celeridad y el mismo efecto -como si se tratase de un gigantesco fundido cinematográfico- la noche vuelve a transmutarse en la plena luz del día.

Ante la barra tomamos sidras y picoteamos algo. Hablamos mucho con el dueño del bar y sus familiares. Mi amigo no cesa de narrar historias, la mayoría de ellas completamente inventadas, pero transmitidas con mucha credibilidad. Al rato, como si acabásemos de entrar otro día -siendo el mismo día-, Val cuenta unas anécdotas a nuestra concurrencia sobre mi vida completamente falsas. Se supone que soy árabe y que oculto un terrible pasado según el cual me vi en la obligación de cometer un espantoso crimen, un asesinato. Él defiende toda mi inocencia y bondad para que no me vean como a un monstruo, consiguiendo que todo el mundo se ponga compasivamente de mi parte. Para seguirle la corriente y que no nos tomen por unos estafadores, a partir de aquí yo empiezo a balbucear el español, con entonaciones árabes, como si realmente fuese moro. Posiblemente, además, mi fisonomía haya cambiado un ápice. Desde luego que alucino con estos disparates infundados de Valentín y su manía de tomar el pelo a la gente, allá donde vayamos. El día menos pensado vamos a encontrarnos con serios problemas... Y más me sorprende aún que nuestros interlocutores no se den cuenta -o quizá lo simulan muy bien- de la patraña, ya que apenas hace unos minutos éramos otros, sin dejar de ser los mismos, y yo era perfectamente español...

Así como una mentira ha de alimentarse de mentiras aún más grandes, seguimos hinchando la narración de mis supuestas arábigas aventuras. Especialmente la esposa del dueño de la sidrería está cada vez más interesada en mi persona, con un cierto deje maternal. En breve todo el escenario cambia. El bar se transforma en un autobús medio lleno de viajeros y el dueño del bar en el conductor de ese autobús. Avanzamos por la carretera rumbo a nuestro siguiente destino -identificado con la zona de Aluche, según me confirma vagamente mi colega tras preguntarle- donde habremos de apearnos los dos para encaminarnos hacia la parada del último transporte de nuestra alargada ruta.

El autobús en que nos trasladamos es bien curioso. Mucho más amplio (sin dejar de tener las dimensiones ortodoxas). Con mesas distribuidas entre los asientos de cuando en cuando, de tal forma que los asientos que rodean las mesas están enfrentados. Es en una de estas mesas donde juego un rato con la esposa del dueño a las cartas. Ella me explica en qué consiste determinado juego de naipes. Yo, por supuesto, sigo haciéndome el morisco, chapurreando el idioma castellano. Mientras, con audacia, aventuro una serie de manoseos en el cuerpo de esta mujer, que está bien macizorra. Le palpo los senos, los muslos, etcétera. Ella no rechaza las caricias, al contrario, con pasivo deseo se deja hacer. Unos instantes después retozamos sobre un colchón que hay en medio del suelo del autobús. A nuestro lado Val se revuelca con la mujer del socio. Nadie de los circundantes reacciona por el momento, como si no nos viesen.

Ya le he quitado la mitad de la ropa a esta tía buenorra, que palpita excitada. Le he levantado el jersey o la camiseta hasta el cuello, y a la vista, semi apresados por el descolocado sujetador, asoman dos rotundos pechos deliciosos. Le he bajado la minifalda de cuero negro, emergiendo un trasero fabuloso y compacto. Es cuando se descubren nuestros magreos y se produce el escándalo. Ahora somos, mi amigo y yo, desterrados de este autobús. El dueño se muestra bastante enojado con su mujer, aunque no lo manifiesta mucho. En la calle, el vehículo varado, entre que nos execran, procedemos a las despedidas. Todos continuarán la travesía excepto Val y yo. Aprovecho el desconcierto o despiste general para llevarme a un aparte a la cónyuge del propietario. Doblamos la esquina de la calle y ahí, a resguardo de la mirada de los demás, le bajo de nuevo la minifalda de cuero y extasiado, arrodillado, comienzo a toquetear y mordisquear el señor culo colosal de esta mujer, un poco ajado por la madurez, pero perfecto en su volumen y en su tacto. Emocionado, alabando sus formas con frases pasionales de adoración que ella recibe con mucho gusto. Es nuestro último adiós.

De nuevo recorremos las calles mi camarada y mi menda. A la busca de la parada del último transbordo que nos resta (de alguna manera nuestra meta vuelve a ser la población de Alcorcón). De improviso nos adentramos en un edificio y subimos varios tramos de escalera, uno tras otro. Atravesamos varios pisos atestados de gente en espacios muy afines a grandes cafeterías, con camareros, bandejas, mesas, comensales. En la tercera o cuarta planta nos detenemos, y tras una fila de dos o tres tíos veo una pequeña hornacina horadada en un pilar de la edificación, con un dibujo o una escultura de un angelote en su parte superior, que hace las funciones de urinario, a la vista de todo el mundo que transita por la sala. Entonces entiendo por qué me ha traído Valentín aquí con cierta prisa. Él meará. Yo no tengo ganas. Emprendemos el descenso. Antes de llegar al hall principal, en las escaleras apretadas de gentío, exclamaré algo calculado y sorprendente -no recuerdo qué-, con la súbita reacción de un par de chicas, que seducidas se giran hacia mí, vivamente atraídas.
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Sueños (175): Más viviendas y las iniciativas de Eva

Durante unos días me he quedado solo en casa. Sobre la cama yacen unas botas y unas medias negras. Prendas arrugadas, en amasijo, con las que me vestí anoche, entregándome a oscuras masturbaciones. Se oye cómo abren la puerta del descansillo. Recojo las ropas y las meto en el armario y me introduzco en el baño, saliendo al cabo. Se trata de Eva, que ha adelantado su vuelta, llegando con nuestro hijo Amador un día antes de lo previsto. En el breve espacio en que yo trajinaba en el aseo, a Eva le ha dado tiempo a hacer un montón de cambios y arreglos. Ha recogido mi habitación, donde imperaba un gran desorden. Ha trasladado, sin consultarme, todo lo que había en mi habitación a otra habitación, con lo que a partir de ahora, cambio mi habitáculo. Además, alegre, organizadora, resuelta, me indica que vamos a alquilar a un amigo suyo una tercera habitación, la que está pegada a la salita de entrada -prácticamente confundiéndose ambas estancias, identificándose con el salón-. (Una vez más nuestro hogar es distinto, con una orientación longitudinal, con un pasillo estrecho que conduce a los pequeños cuartos y dormitorios, dispuestos en hilera y apelotonados). Tanto transmutar las cosas y tan repentinamente, como era de esperar, no me hace mucha gracia. Mis prendas anteriores han desaparecido, ignoro si Eva las habrá detectado. Muy parlanchina ella me hace un somero inventario de todas las nuevas alteraciones. Y ahora me hago oír, quejándome abiertamente de cómo no se me ha tenido en cuenta en absoluto para esto y para lo otro y para lo de más allá. Eva calla unos momentos. Pero en seguida vuelve a su entusiasmo y a su verborrea. Tiene una gran sorpresa para mí, algo muy novedoso que transmitirme... Y salimos a la calle.

Nos dirigimos andando hacia el suroeste, hacia la zona de Marqués de Vadillo. Va a mostrame un piso al que bien podríamos trasladarnos. No pongo peros, me dejo llevar. No es mala zona para mis negocios, en principio, dada su proximidad al centro de Madrid.

De camino, en unos setos que separan las vías de circulación de una avenida, nos encontraremos con el amigo Carlitos, que de alguna manera revoloteará en otras partes del sueño (si no recuerdo mal). Alborozo grande de Eva al verle.

Seguimos nuestra ruta. Arribamos al inmueble. Descendemos por un buen tramo de escaleras bien estrechas y en curva que sirven de entrada al hall principal donde están los ascensores. Esta bajada, angosta, inevitable, supone uno de los mínimos puntos en contra de nuestra nueva posible morada, según me explica mi chica. Tras unos devenires por corredores alcanzamos un descansillo con varias puertas. Una de esas puertas será la nuestra. Antes de entrar, Eva, exultante, me hace una revelación: el piso, éste nuevo piso, ya está pagado. Los dos primeros meses ya han sido abonados... Así que no ha venido a mostrarme lo que podría ser, sino lo que ya es nuestro nuevo alojamiento. Otra iniciativa más de Eva en la que no he tenido ni voz ni voto...

Ella hace uso de las llaves y entramos. Esta vez Eva ha acertado de plano, el piso es magnífico, con altísimos techos, muchos metros cuadrados y curiosas y ricas distribuciones espaciales. Aún así, yo voy esgrimiendo algunas pegas, como que el color anaranjado pálido y desgastado de las paredes del recibidor no es muy afortunado. Poco a poco mi actitud inconformista irá cejando para dar paso a una abierta satisfacción. Continuamos recorriendo las estancias. La mayor parte de las dependencias se van uniendo unas con otras, sin que la existencia de molestos pasillos devoren la amplitud. Se separan, eso sí, mediante grandes cristaleras o ligeros paneles o largas persianas. Todo está ya amueblado, muy amueblado, atestado de objetos variopintos, como dominando todo por un horror vacui. Sigo buscando inconvenientes, pero serán casi siempre mínimos. Quizá el mayor de ellos sea que el apartamento está bastante avejentado, algunas paredes asoman alguna humedad, pinturas descascarilladas... Otra dificultad va a ser el oírnos cuando nos llamemos a viva voz al estar los aposentos tan alejados entre sí. Resulta cómico, pero puede que no nos quede más remedio que localizarnos llamándonos a través del teléfono móvil... Repaso al cuarto de baño. Repaso a la cocina, enorme, blanca y algo antigua. ¿Y mi lugar de trabajo? Sí, Eva ya lo había notado. No hay una ubicación clara para mi zona laboral. Quizá en el salón diafano, frente a los ventanales rebosantes de persianas, y en la entrada se amontonarían los clientes, a unos pasos de las mamparas tras las que reposarían mis ordenadores. Durante nuestra inspección, varias veces cambiarán las dimensiones y las apariencias, como si la casa fuese un organismo vivo. El salón ahora está pintado de azul y pienso que despejándolo podría ser una buena sala para usos cinematográficos. Cada vez estoy más convencido y entusiasta. Me gusta el nuevo domicilio. Aunque voy a echar mucho de menos a Juan, el portero de nuestro antiguo emplazamiento, y a otros vecinos y amiguetes...
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Sueños (174): Otra posible mudanza

Otra posible mudanza a un piso de lujo burgués situado en un barrio sórdido
Me dirijo al nuevo barrio, algo más al norte de Madrid, donde en breve nos trasladaremos. Pero no me agrada mucho este entorno en el que abundan calles estrechas y poco ventiladas. Gente ladina, malencarada, sospechosa, turbia, con un tinte de sordidez. Antes (o después) de visitar lo que será nuestra nueva vivienda, me interno en un bar cercano. Me tomo un par de cervezas en vasitos bastante pequeños. Cuando le digo al camarero que me cobre, me dirá un precio exorbitado por cada caña. Entre 12 y 18 euros. Me quejo, esto no es posible. En una mesa situada en el centro del bareto se sienta el jefe acompañado de otro trabajador. Le pregunto si el precio que me han indicado es normal o si me están tomando el pelo. La respuesta, si la hay, no la recuerdo (al despertar apenas he podido retener unos cuantos detalles entremezclados). Esta tasca, sucia, oscura, relamidamente mísera, supone un argumento más para no venirnos a venir aquí.

El edificio, el portal, los pasillos -alfombrados- que conducen a los hogares, de lo que será nuestro nuevo emplazamiento ya tienen otro aire muy diferente al barrio de alrededor. Tocado todo por un lujo burgués y confortable. Cojo el ascensor, también con aire decorativo de hotel de cuatro estrellas. A nuestro piso se accederá por dos puertas cada una de las cuales está enmarcada en diferentes pasillos de acceso. Introduzco la llave de la puerta de entrada. Nada más entrar, en la salita de recepción a oscuras, me topo con un tío que duerme sobre una especie de hamaca. En el salón, igualmente con las luces apagadas, varias hamacas y camastros con gente durmiendo. Es entonces cuando recuerdo que el apartamento era comunal, dispuesto para ser compartido por numerosos habitantes. Aunque todo participa de un mismo lujo de burguesía bien establecida es evidente que aquí no podemos venirnos a vivir con nuestro hijo, como corrobora Eva, que surge por unos momentos en el pasillo del inmueble, rechazando categórica la idea de trasladarnos aquí. Lleva razón y desestimamos el mudarnos: nos quedaremos en nuestro piso de siempre. Lo malo es que ya le adelanté una buena señal al propietario del domicilio desechado, que lamentablemente vamos a tener que dar por perdida...

Y hay un trasladarse en el coche de mi padre, que nos conduce hacia un destino determinado. Acción que no sé encajar en el resto de los soñado, si al principio, si al final, si entre medias. Creo recordar que nos acompañaba también nuestra amiga Maika. Surgirá la noticia, de manera vaga e irreal, de que mi padre había muerto.
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Sueños (173): Sexo universitario y el placer de la escritura

Trío con dos chicas en un aula de la Universidad
Puzzle de piezas en que no tengo claro qué viene antes y qué después. Empezaremos por un breve viaje en Metro. Atravieso algún pasillo y con paso quedo llego a un andén atestado de gente. Voy elegante y guapo. Causo interés.

Llego a la Universidad. Cruzo el hall. Entro en un aula grande con unos 40 alumnos. Varias chicas me contemplan, atraídas por mi impronta, mi galanería. Entablaré relación con un par de ellas que están sentadas a mi vera. Eva, unos asientos más allá permanece medianamente vigilante. No tardando mucho salimos de la clase. Las dos chicas, una morena y otra rubia, me acompañan. Hacemos sentada en un lateral, algo apartado, del hall principal, y charlamos con un cierto aire de complicidad. Una de las chicas, durante sólo un par de momentos, estaba sentada en una silla de ruedas. Hablamos los tres amigablemente. Sin venir a cuento, de sopetón, una de mis acompañantes hace una mención explícita, sin rodeos, al tema de "follar conmigo". Inmediatamente se ruboriza. Me aclaran que en el país de donde procede ella dicen las cosas así de directamente. Así que será extranjera. Le quito hierro al asunto, interesado ya en tener sexo con ellas, con las dos a la vez. Y ellas también participan de esta apetencia. Me preguntan que qué tal amante soy. Les responderé que la primera vez soy un poco desastre, pero que en los encuentros sucesivos mejoro muchísimo. Esto no debe hacerle gracia a una de las chicas, a juzgar por la cara de leve decepción que muestra, seguramente no contemplaba que habría un segundo encuentro. Acto seguido comienzan a tocarme. Pero las detengo. No, aquí no. Demasiado a la vista de todo el mundo. Estamos en la Universidad y eso quiere decir que hay muchos lugares que estarán despejados, donde no tendremos testigos. Así, emprendemos la búsqueda de un escondrijo donde no seamos vistos.

Nos introducimos por aulas y pasadizos. Encontramos una oquedad en una pared de ladrillo, un agujero por el que cabemos muy justitos, arrastrándonos a través de unos túneles. Llegamos a cavidades más amplias donde podemos asentarnos. Mas detrás de nosotros viene un grupo de estudiantes que se dirige a través de estos túneles hacia alguna clase que quizá tenga que ver con el estudio de la geología o algo similar. Osea que aquí no vamos a tener la intimidad requerida. Regresamos y traspasamos otros túneles a rastras, por los que casi ni cabemos. Una de las chicas se queda atascada momentáneamente en otra cavidad situada en un cruce de corredores, de la que no puede salir. Pero saldrá, tras un pequeño esfuerzo. Hasta que acabamos hallando un aula pequeña, abandonada, recogida, con poca luz. Aquí nos quedamos. Nos sentamos en el suelo. Y empezamos a liarnos. Y aquí termina este bloque narrativo. No sé si la acción cambia repentinamente o si he olvidado al despertar los detalles del trío sexual. Una pena, desde luego...

Cambio de ámbito. Nada que ver con lo anterior. En casa, con la familia (una familia desdibujada, donde no distingo claramente a las personas que me rodean, quizá mi madre, quizá mi hermana, quizá Antonio). Se están realizando preparativos de viaje. Un viaje en el que yo no voy a participar ya que me quedaré aquí solo y disfrutando de una fértil soledad, escribiendo, leyendo, a mi bola, la libertad de tener la casa para ti solito. Por la noche, a la luz de un fléxor, y también de día, disfruto enormemente del inmenso placer solitario de escribir, de hacer y deshacer, de jugar a la magia de las palabras.

Ahora me desplazo en un autobús interurbano, por la mañana. No sé cómo surge, pero creo expectación a mi alrededor entre un grupito de unos cuatro o cinco jóvenes viajeros sentados a mi lado. Todo debe empezar al comentar en voz alta que el libro que tengo en las manos, escrito por mí, tiene muchas similitudes con la obra de un gran escritor (lamentablemente no recuerdo el nombre). Quizá se trate incluso de una reescritura de dicha obra. Este autor es bien conocido y admirado por los chavales. (Hay un flashback, o fue soñado previamente, en que me veo, bajo la luz del fléxor, pasando la vista y repasando las páginas de un gran libro, ensimismado y entusiasmado). Menciono a otros ilustres literatos que tienen relación con mi escrito. Leo fragmentos. Diserto sobre el mundo de las letras. Mi reducido público escucha atento. Opinan lacónica y favorablemente.
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