Sueños (175): Más viviendas y las iniciativas de Eva

Durante unos días me he quedado solo en casa. Sobre la cama yacen unas botas y unas medias negras. Prendas arrugadas, en amasijo, con las que me vestí anoche, entregándome a oscuras masturbaciones. Se oye cómo abren la puerta del descansillo. Recojo las ropas y las meto en el armario y me introduzco en el baño, saliendo al cabo. Se trata de Eva, que ha adelantado su vuelta, llegando con nuestro hijo Amador un día antes de lo previsto. En el breve espacio en que yo trajinaba en el aseo, a Eva le ha dado tiempo a hacer un montón de cambios y arreglos. Ha recogido mi habitación, donde imperaba un gran desorden. Ha trasladado, sin consultarme, todo lo que había en mi habitación a otra habitación, con lo que a partir de ahora, cambio mi habitáculo. Además, alegre, organizadora, resuelta, me indica que vamos a alquilar a un amigo suyo una tercera habitación, la que está pegada a la salita de entrada -prácticamente confundiéndose ambas estancias, identificándose con el salón-. (Una vez más nuestro hogar es distinto, con una orientación longitudinal, con un pasillo estrecho que conduce a los pequeños cuartos y dormitorios, dispuestos en hilera y apelotonados). Tanto transmutar las cosas y tan repentinamente, como era de esperar, no me hace mucha gracia. Mis prendas anteriores han desaparecido, ignoro si Eva las habrá detectado. Muy parlanchina ella me hace un somero inventario de todas las nuevas alteraciones. Y ahora me hago oír, quejándome abiertamente de cómo no se me ha tenido en cuenta en absoluto para esto y para lo otro y para lo de más allá. Eva calla unos momentos. Pero en seguida vuelve a su entusiasmo y a su verborrea. Tiene una gran sorpresa para mí, algo muy novedoso que transmitirme... Y salimos a la calle.

Nos dirigimos andando hacia el suroeste, hacia la zona de Marqués de Vadillo. Va a mostrame un piso al que bien podríamos trasladarnos. No pongo peros, me dejo llevar. No es mala zona para mis negocios, en principio, dada su proximidad al centro de Madrid.

De camino, en unos setos que separan las vías de circulación de una avenida, nos encontraremos con el amigo Carlitos, que de alguna manera revoloteará en otras partes del sueño (si no recuerdo mal). Alborozo grande de Eva al verle.

Seguimos nuestra ruta. Arribamos al inmueble. Descendemos por un buen tramo de escaleras bien estrechas y en curva que sirven de entrada al hall principal donde están los ascensores. Esta bajada, angosta, inevitable, supone uno de los mínimos puntos en contra de nuestra nueva posible morada, según me explica mi chica. Tras unos devenires por corredores alcanzamos un descansillo con varias puertas. Una de esas puertas será la nuestra. Antes de entrar, Eva, exultante, me hace una revelación: el piso, éste nuevo piso, ya está pagado. Los dos primeros meses ya han sido abonados... Así que no ha venido a mostrarme lo que podría ser, sino lo que ya es nuestro nuevo alojamiento. Otra iniciativa más de Eva en la que no he tenido ni voz ni voto...

Ella hace uso de las llaves y entramos. Esta vez Eva ha acertado de plano, el piso es magnífico, con altísimos techos, muchos metros cuadrados y curiosas y ricas distribuciones espaciales. Aún así, yo voy esgrimiendo algunas pegas, como que el color anaranjado pálido y desgastado de las paredes del recibidor no es muy afortunado. Poco a poco mi actitud inconformista irá cejando para dar paso a una abierta satisfacción. Continuamos recorriendo las estancias. La mayor parte de las dependencias se van uniendo unas con otras, sin que la existencia de molestos pasillos devoren la amplitud. Se separan, eso sí, mediante grandes cristaleras o ligeros paneles o largas persianas. Todo está ya amueblado, muy amueblado, atestado de objetos variopintos, como dominando todo por un horror vacui. Sigo buscando inconvenientes, pero serán casi siempre mínimos. Quizá el mayor de ellos sea que el apartamento está bastante avejentado, algunas paredes asoman alguna humedad, pinturas descascarilladas... Otra dificultad va a ser el oírnos cuando nos llamemos a viva voz al estar los aposentos tan alejados entre sí. Resulta cómico, pero puede que no nos quede más remedio que localizarnos llamándonos a través del teléfono móvil... Repaso al cuarto de baño. Repaso a la cocina, enorme, blanca y algo antigua. ¿Y mi lugar de trabajo? Sí, Eva ya lo había notado. No hay una ubicación clara para mi zona laboral. Quizá en el salón diafano, frente a los ventanales rebosantes de persianas, y en la entrada se amontonarían los clientes, a unos pasos de las mamparas tras las que reposarían mis ordenadores. Durante nuestra inspección, varias veces cambiarán las dimensiones y las apariencias, como si la casa fuese un organismo vivo. El salón ahora está pintado de azul y pienso que despejándolo podría ser una buena sala para usos cinematográficos. Cada vez estoy más convencido y entusiasta. Me gusta el nuevo domicilio. Aunque voy a echar mucho de menos a Juan, el portero de nuestro antiguo emplazamiento, y a otros vecinos y amiguetes...
....

Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
2 Comentarios
  1. ESTER Says:

    A ver, que a los desordenados nos toquen nuestro orden es un sobresalto que no entendemos, pero acabamos aceptando. Eva lo hace todo por vuestro bien pero también para afianzar su roll de "yo sé lo que hago, cariño. Estaremos mejor".
    Con un piso tan grande, lo mejor son un par de walkie-talkies:

    -Biiiip, llamando a Eva----
    -Biiiip. Eva al habla.
    -Dentro de cinco minutos nos encontramos en la "sala de máquinas" para echar aceite y hacer el mantenimiento de la máquina. Cambio y corto.


    Puede ser muy excitante...

    Besos, Ester


  2. pepeworks Says:

    Uy, uy, qué va. Hay órdenes desordenados y desórdenes ordenados. Y yo pertenezco al segundo grupo. Puedo vivir en un cierto desorden de cosas apiladas y desperdigadas, pero SIEMPRE sé dónde está cada cosa. Y muchas veces cuando ordenan tu "desorden", ya nadie sabe donde están las cosas, ni siquiera el que las ha ordenado... Prefiero mil veces mi desorden controlado, sin buenas intenciones por mi bien...

    Buena idea lo de los walkie-talkies, como en una película de misterio! Ya se me podría haber ocurrido en el sueño!

    Besos!


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