Sueños (176): Imposturas de Val y el trasero divino

Beber y tapear en una sidrería de Madrid
Val y yo acabamos de bajarnos de un transporte indefinido y nos encaminamos hacia otro transporte. Por delante aún tenemos un largo recorrido, así que le pregunto a mi amigo que si no prefiere que hagamos un alto para tomarnos algo, quizá comer algo. Él se lo piensa, no lo tiene claro. Los pros y los contras. Se termina decantando por el sí. Pero habrá de ser en el bar-restaurante de una sidrería próxima, tal y como fuimos la última vez que atravesamos estos lares (local que le mostré yo el último día que pasamos por aquí, en un sueño anterior; sin embargo no sé si ese sueño previo fue real -de hoy mismo quizá- o si el desarrollo onírico "creó" unos reuerdos precisos que se "repiten" ahora -como el flashback en que los dos deambulamos siguiendo mi levemente desorientada guía hasta encontrar la tasca-).

En el momento en que caminamos campo a través entre verdes y no muy altas vegetaciones, por un camino arenoso, hacia un grupo de amontonados edificios, sucede algo impensable. A Val comienza a darle un extraño ataque. Anda tambaléandose en zigzag, con la inestabilidad direccional de un borracho, sus manos tapan su rostro como si estuviese recibiendo golpes invisibles y emite inarticulados gruñidos de angustia. Viéndolo desde fuera la cosa parece más cómica que dramática. Pienso en lo extraordinario del hecho de que le sucedan cosas semejantes a Val, pues yo soy el propenso a este tipo de rarezas. Cuando estamos arribando al grueso de los edificios ocurre una suerte de milagro. Mi amigo pronuncia repetidas maldiciones contra el sol, que brilla intenso sobre los cielos, en una letanía entre mística, ritual e invocadora. Y repentinamente, en cuestión de segundos, todo se oscurece y se hace de noche. Con la atmósfera nocturna, Val recupera su normalidad, y en pocos pasos, mientras él me va explicando que tenemos el poder de transformar todos nuestros anhelos en realidad, llegamos a la taberna. Todos los parroquianos se han asomado al ventanal del bar, muy asombrados de que de pronto se haya hecho de noche. Una vez hemos entrado Val y yo, con la misma celeridad y el mismo efecto -como si se tratase de un gigantesco fundido cinematográfico- la noche vuelve a transmutarse en la plena luz del día.

Ante la barra tomamos sidras y picoteamos algo. Hablamos mucho con el dueño del bar y sus familiares. Mi amigo no cesa de narrar historias, la mayoría de ellas completamente inventadas, pero transmitidas con mucha credibilidad. Al rato, como si acabásemos de entrar otro día -siendo el mismo día-, Val cuenta unas anécdotas a nuestra concurrencia sobre mi vida completamente falsas. Se supone que soy árabe y que oculto un terrible pasado según el cual me vi en la obligación de cometer un espantoso crimen, un asesinato. Él defiende toda mi inocencia y bondad para que no me vean como a un monstruo, consiguiendo que todo el mundo se ponga compasivamente de mi parte. Para seguirle la corriente y que no nos tomen por unos estafadores, a partir de aquí yo empiezo a balbucear el español, con entonaciones árabes, como si realmente fuese moro. Posiblemente, además, mi fisonomía haya cambiado un ápice. Desde luego que alucino con estos disparates infundados de Valentín y su manía de tomar el pelo a la gente, allá donde vayamos. El día menos pensado vamos a encontrarnos con serios problemas... Y más me sorprende aún que nuestros interlocutores no se den cuenta -o quizá lo simulan muy bien- de la patraña, ya que apenas hace unos minutos éramos otros, sin dejar de ser los mismos, y yo era perfectamente español...

Así como una mentira ha de alimentarse de mentiras aún más grandes, seguimos hinchando la narración de mis supuestas arábigas aventuras. Especialmente la esposa del dueño de la sidrería está cada vez más interesada en mi persona, con un cierto deje maternal. En breve todo el escenario cambia. El bar se transforma en un autobús medio lleno de viajeros y el dueño del bar en el conductor de ese autobús. Avanzamos por la carretera rumbo a nuestro siguiente destino -identificado con la zona de Aluche, según me confirma vagamente mi colega tras preguntarle- donde habremos de apearnos los dos para encaminarnos hacia la parada del último transporte de nuestra alargada ruta.

El autobús en que nos trasladamos es bien curioso. Mucho más amplio (sin dejar de tener las dimensiones ortodoxas). Con mesas distribuidas entre los asientos de cuando en cuando, de tal forma que los asientos que rodean las mesas están enfrentados. Es en una de estas mesas donde juego un rato con la esposa del dueño a las cartas. Ella me explica en qué consiste determinado juego de naipes. Yo, por supuesto, sigo haciéndome el morisco, chapurreando el idioma castellano. Mientras, con audacia, aventuro una serie de manoseos en el cuerpo de esta mujer, que está bien macizorra. Le palpo los senos, los muslos, etcétera. Ella no rechaza las caricias, al contrario, con pasivo deseo se deja hacer. Unos instantes después retozamos sobre un colchón que hay en medio del suelo del autobús. A nuestro lado Val se revuelca con la mujer del socio. Nadie de los circundantes reacciona por el momento, como si no nos viesen.

Ya le he quitado la mitad de la ropa a esta tía buenorra, que palpita excitada. Le he levantado el jersey o la camiseta hasta el cuello, y a la vista, semi apresados por el descolocado sujetador, asoman dos rotundos pechos deliciosos. Le he bajado la minifalda de cuero negro, emergiendo un trasero fabuloso y compacto. Es cuando se descubren nuestros magreos y se produce el escándalo. Ahora somos, mi amigo y yo, desterrados de este autobús. El dueño se muestra bastante enojado con su mujer, aunque no lo manifiesta mucho. En la calle, el vehículo varado, entre que nos execran, procedemos a las despedidas. Todos continuarán la travesía excepto Val y yo. Aprovecho el desconcierto o despiste general para llevarme a un aparte a la cónyuge del propietario. Doblamos la esquina de la calle y ahí, a resguardo de la mirada de los demás, le bajo de nuevo la minifalda de cuero y extasiado, arrodillado, comienzo a toquetear y mordisquear el señor culo colosal de esta mujer, un poco ajado por la madurez, pero perfecto en su volumen y en su tacto. Emocionado, alabando sus formas con frases pasionales de adoración que ella recibe con mucho gusto. Es nuestro último adiós.

De nuevo recorremos las calles mi camarada y mi menda. A la busca de la parada del último transbordo que nos resta (de alguna manera nuestra meta vuelve a ser la población de Alcorcón). De improviso nos adentramos en un edificio y subimos varios tramos de escalera, uno tras otro. Atravesamos varios pisos atestados de gente en espacios muy afines a grandes cafeterías, con camareros, bandejas, mesas, comensales. En la tercera o cuarta planta nos detenemos, y tras una fila de dos o tres tíos veo una pequeña hornacina horadada en un pilar de la edificación, con un dibujo o una escultura de un angelote en su parte superior, que hace las funciones de urinario, a la vista de todo el mundo que transita por la sala. Entonces entiendo por qué me ha traído Valentín aquí con cierta prisa. Él meará. Yo no tengo ganas. Emprendemos el descenso. Antes de llegar al hall principal, en las escaleras apretadas de gentío, exclamaré algo calculado y sorprendente -no recuerdo qué-, con la súbita reacción de un par de chicas, que seducidas se giran hacia mí, vivamente atraídas.
....

Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
2 Comentarios
  1. ESTER Says:

    Quizás exclamaste: " Quien quiera emociones fuertes que suba al autobus del deseo!

    Ester


  2. pepeworks Says:

    Ya ves! Menudo autobús! Todo un lupanar! ;)


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