Sueños (177): Proliferación de hijos y tensiones maritales

ilustración de mujer planchando y realizando tareas domésticas
Un sueño agitado, convulso, rocambolesco. Una amalgama en la que es difícil discernir qué va antes, qué después, qué ha sido olvidado, qué conecta con qué, qué parte pertenece a los distintos e inconexos capítulos... Además, lo recordado son detalles aislados y rescatados de entre brumosas sensaciones.

Empezaremos mismamente por unas situaciones relacionadas con un músico famoso. Al parecer se trata de Enrique Bunbury. Que se prepara para dar un concierto. Le vemos con varios de sus músicos en una pequeña cámara, medianamente a oscuras, que se proyecta hacia una puerta, tras la cual se halla el escenario y más allá el público. Todos están sentados en sillas plegables, cada uno porta su instrumento. Yo me acoplo entre los concertistas, llevo conmigo un instrumento de viento, una ocarina o algo semejante, un objeto corto y compacto. No tengo ni idea de hacer sonar dicho instrumento. En un principio me aceptan dentro del grupo sin poner reparos. Hasta que descubren, cuando quizá ya haya comenzado a sonar una melodía, mi ignorancia musical. Enrique se enfadará muchísimo. Puede que me suelte una buena arenga recriminatoria. Se interrumpe el sonido (en el caso de que realmente hayan empezado a tocar). Le recuerdo a Bunbury que ya estuve un par de veces anteriores dentro de su agrupación, también como espontáneo. En una de esas ocasiones hice un solvente solo de trompeta, en la otra apliqué mi voz en una canción. (Cabe la posibilidad de que Eva y demás familiares formasen parte del público, o por asociación surgieron después en otro contexto...).

Deambulo por la noche, de vuelta a casa. En una calle me topo con mi amigo Javier Fernández Aracama, que está a punto de coger el coche para conducir a un acompañante a su destino. Con amabilidad e insistencia me invita a subir al automóvil para acercarme a casa. Accedo. Su intención es aparcar cerca de donde vivo con Eva y subir conmigo para charlar de nuestros temas predilectos. Le haré desistir de su deseo de velada nocturna, ya que es muy tarde y Eva estará durmiendo y seguramente la despertaríamos. Me despido de Javier y subo a mi morada, que ahora y en todos los momentos en que se retome el concepto de nuestro hogar marital, se identificará plenamente con el pisito estrecho y enano de la corrala de la calle Peña de Francia en el que viví hace años.

Es tardísimo. Son las diez de la mañana. A mi chica no le va a gustar nada que llegue a estas horas... En realidad salgo con demasiada frecuencia por la noche y nuestra relación no va bien. Como en el típico ejemplo de documental o programa con el formato del reality show, encarno, de alguna manera, en algunos retazos del sueño, al marido curda y crápula, vividor, que siempre anda fuera de casa. Y esto provoca fisuras cada vez mayores en el querer de Eva, que encarna, a su vez, el papel de la esposa abnegada y condenada a las opacas labores domésticas. Y me siento culpable por mis correrías noctámbulas. Más adelante se desarrollará otro capítulo en que existe una posible redención o expiación a este alargado clima de tensiones e inminente ruptura de pareja, cuando decida salvar la situación para no perder a Eva -la mujer de mi vida- irremisiblemente. Pero antes (según lo presumible) todavía suceden muchas otras cosas. (Si bien es cierto, que posiblemente en todo este conglomerado onírico subyazca casi siempre la idea de las responsabilidades familiares).

Hay episodios cíclicos relacionados con los hijos. Tanto amigos nuestros como nosotros mismos tenemos los hijos a pares. Es decir, cada nuevo alumbramiento salen dos gemelos. Los tiempos han cambiado, sin duda. En comparación con mi abuela paterna Amalia, que tuvo cuatro hijos varones, padeciendo cada embarazo, uno a uno, estando casi siempre en estado y pariendo, ahora, sin mucho esfuerzo, se conciben los hijos de dos en dos. Así nosotros tuvimos primero dos hijas y luego dos hijos. Estamos Eva y yo con ellos en un entorno indefinible, cuando de pronto me acuerdo de nuestro otro vástago: Amador. Pregunto por él a Eva. No, no se nos ha perdido. Está en casa, castigado por haberse portado mal. ¡Pero eso no puede ser! Dejarle solito en casa... Y regresamos al hogar (otra vez el piso de la corrala) a recuperar a Amador, que es, aunque suene mal decirlo, el favorito de mis descendientes. Al hacer recuento y comprobar que lo que tenemos son cinco hijos y no cuatro, me pondré contentísimo, porque eso quiere decir que se nos puede aplicar el término de "familia numerosa", lo que nos permitirá tener ayudas económicas del Estado.

Hay algunas escenas entrañables en que juego con mis hijos. En la cama, bajo las sábanas, en el salón. Juegos movidos, incluso gamberros, como si yo fuese un niño grande más. Es curioso que nuestras dos gemelas tengan diferentes edades, una de cuatro años, la otra de ocho.

Como padre de familia hago un largo recorrido para congraciarme con mi pareja y encauzar nuestra vida en común (tal y como indicaba unas líneas más arriba). Bien vestido, con ropa negra, atravieso un restaurante o la vía pública. La gente me mira raro, como si fuese un impostor o un criminal. Agentes abstractos me han señalado, para prosperar en mis negocios, que visite un centro comercial que aloja negocios emparentados con la venta de joyas. Todos estos espacios que transito están comprendidos entre la Plaza de España y Moncloa. Seguiré también las directrices de un plano, en el que una mano invisible va trazando rutas con un rotulador rojo. Se hará de noche durante mis pesquisas y luego de día. Por lo tanto, una vez más, aunque en esta circunstancia por motivos nobles, llegaré tardísimo a nuestro domicilio angosto -apenas una habitación- en la calle Peña de Francia. Tropezándome con la abierta hostilidad insostenible de Eva, que plancha con fastidio, ofuscada como siempre en las interminables y poco gratificantes tareas domésticas. A su lado, alguien que debe de ser su madre, también me mira con acritud y enojo. Y yo me enfado, porque si aparezco a estas horas no es por mis acostumbradas expediciones ociosas, sino porque me he encargado a conciencia de buscar el sustento familiar. Y con doliente agresividad, como prueba irrefutable de mis buenas intenciones y de no merecer tanto encono, arrojo una pila de billetes de 50 euros sobre una cama adosada a la pared.
....

Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
2 Comentarios
  1. ESTER Says:

    Al empezar a leer y ver "mismamente" han aparecido ante mí "Martes y Trece" y ya no me he enterado del sueño.

    Ester


  2. pepeworks Says:

    ¿Martes y Trece? ¿Mismamente? ¿?


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