Sueños (178): Clases de entrenamiento, amigos emigrantes y soldados del siglo XIX

Retomo de nuevo, como en sueños anteriores recientes, las clases de teatro e interpretación, a modo de entrenamiento. En una pequeña sala bastante oscura ensayamos escenas un grupito de unos siete actores. Sobre un banco adosado a la pared un actor y una actriz desarrollan una secuencia romántica. No sé qué hago aquí. Me resulta ajeno volver a realizar este tipo de ejercicios. No me apetece la tesitura de plantear situaciones íntimas con una actriz, a dos palmos de ella, besarnos si ha menester... Es algo que me pone bastante nervioso, máxime cuando hace tanto tiempo que no me encuentro en tales coyunturas interpretativas.

Al día siguiente -me refiero al próximo día del curso- llego con puntualidad, a una hora matinal temprana. Mas aún no ha llegado casi nadie... Y pasarán horas hasta que empecemos la clase, que será cuando ya estemos todos, a primera hora de la tarde. Algunos se quejarán por el retraso. A mí me sorprende que no se haya ausentado nadie: ¿es que no tienen nada que hacer los compañeros durante todo el día como para poder esperar durante tanto tiempo?

Esta vez se trata clara e indistintamente de la escuela donde me formé como actor, osea, la escuela de actores Bululú 2120. Al igual que antaño, nuestro profesor y guía será Antonio Malonda. En una sala de semisótano, también oscura y con forma de ele, más de una veintena de alumnos hacemos gimnasia de calentamiento. Me siento algo desubicado aquí. Al parecer me he acoplado tarde a un grupo ya formado. Para más inri mis músculos están algo entumecidos, faltos de ejercicio, y me cuesta bastante abrirme de piernas o seguir el ritmo. Voy fijándome e imitando las posturas de los colegas que me rodean. Entre ellos vislumbro a Toni Márquez, situado en el lado opuesto, cerca de la puerta de entrada. Yo me he colocado al lado de Carlos Ponce, que siempre que puede, en cualquier situación, busca el extremo más alejado de los lugares para tenerlo todo presente en su alcance visual. Ponce me anima mucho, me ayuda, me da buenas indicaciones y consigue que no me sienta tan perdido. Entre mis amigos también destaca David Pastor.

Posiblemente, en un descanso de nuestra actividad, en que la mayoría de los nuestros se adentra en cafeterías próximas, David y yo paseamos por las calles adyacentes (que serán siempre, durante todo el sueño, unas calles estrechas y acogedoras, poco transitadas, con aire antiguo y señorial, muy similares en dimensiones, estilo y disposición a las callejas del madrileño barrio de los Austrias). Mi amigo me dará una noticia que no me gusta nada de nada. Por dificultades económicas que está atravesando debido a la nefasta crisis, se ve en la obligación de marcharse a Francia a buscar empleo (de arquitecto). Su partida es inminente y prácticamente inevitable. Esto me atormenta. Me están dejando solo mis camaradas más cercanos. La mayoría ya ha emigrado fuera de España: Albero, Gus... Y ahora David... Sin remedio discuto con él su decisión. Pienso en lo unidos y conectados que estábamos ambos en pretéritas etapas juveniles y estudiantiles...

Y llegamos al tercer día en que asisto al curso. Los primeros en plantarnos delante de la puerta de acceso somos Antonio Malonda y yo. Pese a que nos hemos atrasado más de una hora, aún no hay ni rastro del resto de los asiduos. Aún no ha hecho su aparición Teresita, que es la que tiene la llave del local, y es presumible que demore bastante. Así que, tranquilamente, nos regalamos con un paseo por estas calles recoletas, hasta que nos adentramos en un cafetín. Malonda me preguntará sobre mis andanzas en estos últimos años. Charlaremos quedo y a gusto de esto y lo otro.

Regresamos, sin prisas. Ahora la escuela Bululú se separa en dos bloques. Por un lado tenemos el semisótano ya mencionado. En el edificio de enfrente una puerta estrecha da a las salas principales del conjunto didáctico. Malonda abrirá un momento esa puerta, para no sé qué gestión, y a través del hueco entreabierto veremos una intensa actividad de quehaceres y de multitud de personas -entre las que creo reconocer a Emi-. Tanta ocupación contrasta con la parsimonia de nuestro reducto, donde acabamos de iniciar las prácticas actorales de la jornada con una concurrencia muy reducida (si no recuerdo mal Jorge Riquelme se halla entre los exiguos asistentes).

De repente vemos a través de una ventanita cómo se anega la calle de soldados ataviados con trajes militares propios de los ejércitos rusos o franceses del siglo XIX durante las guerras napoleónicas, portando las clásicas bayonetas. En tropel se introducen en la edificación de enfrente (que es precisamente la construcción donde en su planta baja se alojan las estancias principales de Bululú), ascendiendo hacia los pisos superiores, a la caza de una congregación de rebeldes o disidentes (quizá se trate de okupas o de intelectuales políticos; en cualquier caso son gentes pacíficas y desarmadas). Al no ver a Malonda, tememos que le haya sorprendido y apresado la soldadesca. Se oyen disparos. Gritos de personas acosadas o apioladas. Nuestro pequeño cónclave se mantiene sin aliento, agachados e inmóviles, guardando sepulcral silencio para que los invasores no se percaten de nuestra presencia... Según presentimos el peligro aumenta, pues en las vías aledañas numerosos e imparables efectivos militares del mismo ejército van sitiando todos los espacios.
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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
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