Sueños (183): De paseo con Juan y la naturaleza de las mujeres

De paseo con Juan y la naturaleza de las mujeres
Harto de los problemas y los contratiempos inenarrables e innumerables y desesperantes que el ordenador no cesa de ocasionarme y que me atrasan e impiden trabajar con normalidad, decido desentenderme por un rato y bajar al portal a echarme un cigarrito y calmar los nervios (esto está basado en la realidad del repugnante día de ayer, con la diferencia de que aunque lo pensé, al final no bajé a la calle). En el portal, antes de salir, me encuentro con Juan, el portero del inmueble. Tiene algo que contarme. Anoche se lió una tremenda con los tipos de una despedida de solteros de Villalba, a cuya celebración, para hacer mi personaje infiltrado, no me presenté. Yo creo que había quedado claro que no iba a asistir. Pues ellos aparecieron a las tantas de la madrugada, armando escándalo y aporreando la puerta de la vivenda de Juan -que en el sueño se sitúa, tras atravesar un mínimo patio, en el piso bajo de nuestro bloque-, para que les informara de cuál es mi piso. Me quedo sorprendidísimo de que estos camorristas cabreados supiesen la calle y el portal donde vivo... Quizá lo encontrasen buscando en la guía telefónica...

Juan tiene que comentarme que es lo que pasó. Por lo visto se armó una bien gorda. Pero es el caso que tiene que salir a dar una vuelta. Me pide que le acompañe para continuar con su relato. Mi intención era quedarme sólo un rato al pie del portal. No contemplaba el darme un paseo, mucho menos con el estrés que tengo, ya que se podrían desatar mis paranoias. Mas me interesa mucho lo que ha de narrarme él, así que me dejo llevar y comenzamos a recorrer calles estrechas, que son distintas a las reales. Nuestros pasos se lanzan en línea recta, de manera perpendicular al portal. Me sorprende mi tranquilidad, sin amenazas. Al cabo, Juan me insta a seguirle al interior de la enorme cocina de un restaurante a la que se llega desde la acera de enfrente. Se trata de picar algo. La cocina, inmensa y algo oscura, está prácticamente vacía, con un solo trabajador que nos ignora. Para que no nos tomen por intrusos, Juan le hará una seña a un jefe que estaba a punto de marcharse, y éste le devolverá el saludo al instante. Comemos cualquier cosa. Mientras yo alucino de cómo mi acompañante se salta a la torera las obligaciones y los horarios de su trabajo.

Ahora viene una parte algo difusa. Una laguna en que no sé cuáles son las transiciones. Sigo andando y alejándome del hogar, contra todo pronóstico. Si bien al principio seguía la caminata con Juan, en breve mi compañía es distinta. Esta vez charlo y pateo la ciudad junto a Patricia H. Z. (Puede que entre medias anduviese un trecho con mi madre, pero no podría asegurarlo).

Hablamos mucho Patricia y yo. A gusto. Nos detenemos en una plaza. Nos sentamos. Un grupo de creciditos adolescentes por allá. De cuando en cuando, durante todo el camino y más en estos momentos, aquí sentados, al pie de unos escalones, ella se me insinuará. Al principio levemente, empero cada vez con más evidencia. ¡No doy crédito! ¿Qué pasa con su pareja Héctor? Intento, desde luego, ignorar sus señales de acercamiento. Aunque cada vez me tientan más, que uno no es de piedra... Es justo cuando reaparece Juan y nos salva de la tentación. Se acerca a nosotros para que sigamos el trayecto. Patricia rehúsa, prefiere recogerse. Se irá en la dirección opuesta, hacia la zona de Alonso Martínez. Nosotros regresamos.

Se nos ha hecho de noche. Avanzamos con más prisa. Yo sigo sin tener sobresaltos. Esperanzado ya ante el último tramo. Juan decide que nos internemos por el recoveco de un edificio curvado de ladrillo. Yo lo prefiero, es más seguro para mí. A través de ese pasadizo llegamos al interior de una construcción en obras, un bloque de viviendas casi terminado que se alza junto a nuestras viviendas. Desde ahí, desde la planta baja, entre escombros y andamios, podemos acceder, con una cierta pericia gimnástica, al interior de nuestro portal. Juan lo logra sin problemas, mas yo me atasco, equivocando la ruta de tablas y huecos, quedándome atrapado en el semisótano lleno de arena y sacos y otros utensilios. En un tris salgo del apuro, emergiendo por una extensa zona del semisótano que no tiene techo.

Después, ya en casa, le comentaré a Eva la actitud seductora de Patricia H. Z. Ante mi asombro, Eva la defiende, alegando que si su novio, por motivos laborales, la tiene abandonada... Y me confiesa que a ella misma le está empezando a gustar un chico, joven para más señas. Hay que ver cómo sois las mujeres -diré- que sois incapaces de esperar. En seguida, en cuanto no se os dedican las atenciones semanales cuasi obligatorias de cariño y atención amorosa, ya os estáis buscando por otro lado el alimento de vuestra vanidad. Y sabes que yo ahora no puedo, hasta que no se me cure lo del pito. Y aún así... En fin. Está en vuestra naturaleza...
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Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
2 Comentarios
  1. ESTER Says:

    No estoy de acuerdo con Eva; si no puede esperar, tiene un dedito que sirve para mucho, si realmente te quiere.
    Bueno, es un sueño...

    Besos, Ester


  2. pepeworks Says:

    Jajaja! Sí, sí, ¡es un sueño!

    Besos!


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