Sueños (186): Médicos estrambóticos

Médicos estrambóticos de ambulatorio
Me despierta Eva con besitos suaves y preciosos que me está prodigando por todo el cuerpo. Y me está poniendo bien cachondo. Pero tengo el pito perjudicado, aún no se ha recuperado el pobrecito de la infección. Cerca del capullo hay ahora una pequeña rojez. Durante unos instantes, sorprendentemente nuestra cama de matrimonio se hallará en la vía pública, a los ojos de unos cuantos viandantes, como si nuestra habitación fuese un coche. Sopesando el tema, no queda otro remedio que ir al médico hoy mismo, sin falta. Así Eva se afana en llamar por teléfono para conseguirme una consulta para esta tarde. Oímos un contestador automático que nos indica que las últimas personas que han llamado están siendo citados para las 12 del mediodía. Tendríamos que llamar más adelante ya que se asigna número según el orden de llamadas. Pero no, le digo a Eva, aunque estén dando consultas para esa hora, bien podemos alegar que no nos interesa ese horario y que nos den citación para la tarde. Eso haremos. Con el resultado de conseguir para esta tarde no una sola visita a la consulta del médico, sino dos. Dos consultas, con dos médicos distintos, uno para el tema del rabo, el otro para Dios sabe qué. Más hay un ligero inconveniente: entre ambas consultas apenas media un cuarto de hora. Como se atrase la primera, que tendrá lugar a las 4 y media, no llegaré a tiempo a la segunda, con lo que tocará aguardar hasta que termine la jornada para que me atiendan... Y como no me dé prisa ni siquiera voy a llegar a la primera...

Me hago un lío tremendo con los preparativos. Me falta esto y lo otro. No encuentro la cartera o las llaves o mis pantalones y otras cosas semejantes. No entiendo el por qué no hallo las cosas, no es propio de mí. ¿Qué me está pasando? Nervioso busco y rebusco. De continuar así fijo que no llego. A todo esto ha irrumpido en la vivienda Tania de Francisco. No sé con qué objeto, pero me descuadra más aún. Circula por aquí como Pedro por su casa, organizando, colocando, disponiendo. Me meterá tres personas en casa. Dos chicas y un chico. Vaya, ¿Y con estos intrusos cómo abandono yo tan tranquilamente el hogar? Con Tania no hay problema, es de confianza. Sin embargo no me fío de estos tres desconocidos trasteando por aquí... Y Eva no está, ha hecho mutis hace un buen rato.

Finalmente, por suerte, los tres visitantes se largarán. Su presencia no requería mucho tiempo. Me despido del chico en la caja de escaleras. Él sube, yo bajo. Es plausible que Tania sí que haya permanecido en nuestros aposentos. En un periquete me planto puntual en el despachito del primer médico. Que será un colegiado de lo más variopinto y estrafalario. Frisa la treintena, lleva unos cabellos alborotados y abultados, viste con desorden y falta de armonía. Tiene carácter, es apuesto, muy despistado, extrovertido y fuera de lo común. Está pendiente de mil cosas a la vez en lugar de centrarse en mis explicaciones. Repetidamente entra gente interrumpiéndonos, que si una enfermera, que si otro colega de profesión, que si una secretaria. Él habla con todos, anteponiéndoles a mí. Para más complicación la consulta muta alternadamente: ora es un espacio cerrado con su obvia puerta de entrada, ora es un cuadrilátero abierto al público similiar a la cabina de recepción típica que hay en el hall de las clínicas y hospitales.

Sólo consigo que me escuche frases entrecortadas. Que si hace meses que acarreo este mal. Que si no vine antes porque tampoco me resultaba grave el asunto al haberse producido una sustancial mejoría. Que si lo raro es que a pesar de la gran mejoría, no terminase la sanación de cuajar del todo. Etcétera. Le pregunto que si quiere que se la enseñe. La minga, claro. Le sañalo que hace meses la médico que me trató no consideró necesario verme el pene. Aquí el médico se hace de cruces, le parece que la anterior médico incurrió en una desfachatez profesional al no haberse dignado a echarme una ojeada a mi sexo. Éstas cosas hay que verlas. Me dispongo pues a bajarme los pantalones y los calzoncillos, dudando antes si este tío será homosexual o no. Lo cierto es que a todas luces no lo es. Como era previsible se producirá otra interrupción. El doctor tiene que salir un rato por un imponderable. Me dice que vuelve en seguida, que le espere aquí. Y veo cómo se aleja montado en un caballo negro. Sí, tal y como suena, ¡montado a caballo con la mayor naturalidad! Entre los pacientes y los asientos que inundan las salas de espera.

Si lo medito, no estoy nada convencido de que vaya a regresar este individuo. Y tampoco está poniendo demasiado interés en resolver mi tinglado. Ni tampoco me ha recetado algo nuevo. Si está claro que no tenía que haber venido... Siempre me sucede lo mismo con los médicos: no hay forma de que me ofrezcan soluciones ni remotamente eficaces. No obstante, ya que estoy aquí, aprovecho el lapsus para reunirme con el segundo facultativo.

Será un tipo afable y sesentón. Es bastante evidente que este sí que tiene ramalazo y pertenece a la otra acera, y esto me desconcierta un poquitín. Él, junto con algunas enfermeras y otros camaradas, se sientan en semicírculo para escucharme. Yo me ubico en una cabina -similiar a la cabina de recepción típica que hay en el hall de las clínicas y hospitales-, como si fuese yo el que me ocupase de ellos. Lentamente empiezo mis aclaraciones y puntualizaciones sobre el estado de mi aparato reproductor. Y... no recuerdo más.


He soñado otra cosa aparte. Antes o después de lo relatado. Hojeando mi libro "Sueños" (el primer tomo), descubro con fascinación un jugoso sueño que no recordaba ni haber escrito ni haber leído.
....

Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
2 Comentarios
  1. ESTER Says:

    Que Eva te despierte con besos placenteros lo vale todo.

    Besos, Ester


  2. pepeworks Says:

    Síiiiiii. Así es! Super-Amorosa-Eva!


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