Sueños (194): La visita a unos amigos en México y sexo traidor

Viaje a Ciudad de México
Por espacio de unos cuatro o cinco días viajamos Eva y yo a México para visitar a nuestros amigos Javiertito y Viridiana. Con el mismo propósito también se han desplazado hasta aquí Valentín y Belinda. Así nos encontramos las tres parejas en el ínfimo apartamento de nuestros amigos afincados en México. Dicho apartamento refleja la miseria y las apretadas condiciones económicas en que viven Javier y Viri. De pronto él tendrá una actitud hostil, acre, casi de belicoso menosprecio con su pareja Viridiana, haciendo un seco comentario muy afín al tono de un maltratador psicológico. Nos quedamos todos altamente sorprendidos. Esto no es propio (no lo era) de nuestro colega. Sin embargo ahora parece una tónica general, que, para nuestro asombro, Viri asume con tranquilidad, paciencia y buen humor. Nuestro Javi de antaño hubiera sido incapaz de algo así, tal y como era de risueño, ingenuo y escasamente conflictivo en otros tiempos. Seguramente las condiciones lamentables en las que viven, las constantes penurias, las responsabilidades que le superan y el exceso de trabajo, le han ido agriando el carácter. En contraste con su hosquedad, Viridiana se muestra alegre, desenfadada, cómoda. Valentín, como es su costumbre, intercederá, desviando el tema, para aliviar la tensión que ha generado la imprevista salida de tono de Javier.

Poco después, Eva y yo nos hallamos ya solos en el piso donde nos hemos alojado en la ciudad de México durante esos cuatro o cinco días de estancia. No estoy mucho por la labor de hacer turismo y recorrer la ciudad. Miro a través de la ventana. Tanto con la imaginación como físicamente, sí que doy vueltas por las inmediaciones. Cada día un poquito, sin forzar. Para mi tranquilidad -y estupor-, sin problemas. En una de esas breves salidas, sin Eva, que ha desaparecido del sueño, caminaré bajo unos soportales de edificios pequeños, próximos al sitio de hospedaje, hacia un ambulatorio, en el que entraré para que me atiendan no sé con qué motivo. Llego a la sala de espera, bulliciosa y atiborrada de pacientes, de una consulta. En un santiamén entraré en dicha consulta. Poco más recuerdo de esta parte.

De nuevo estoy en el piso en el que me hospedo, mas esta vez la concurrencia cambia. Allí estarán Pato y Carapolla, más presumiblemente otra chica difusa, no reconocida y que poco se hace notar (salvo un instante delante del cristal de la puerta de la terraza) en la escena que viene a continuación. José Luis "Carapolla" se está frotando desde hace un rato contra el culo de Pato, así, como quien no quiera la cosa, mientras ella está semi agachada sobre una mesa. Con el resultado de que ambos se excitan como perros. En la bragueta del pantalón vaquero de él se abulta su órgano erecto. Pato, cachonda, se arrodilla para sacarle la picha y metérsela en la boca. Al principio, la cola enhiesta de José Luis es bien pequeña, muy poca cosa, lo cual me alegra. Pero se trata de una falsa impresión. Conforme ella se va metiendo el rabo entero en la boca, el miembro parece no tener fin, es muy largo, monstruosamente largo. También resulta increíble que le quepa todo a Pato en su agujero bucal.

Esto supone una sutil traición, ya que Patricia fue mi pareja y podría seguir siéndolo, con lo que no viene a cuento este inesperado, tonto y casual escarceo con Carapolla. Ella desea que me incorpore al juego sexual, ya sea chupándomela o siendo taladrada por mi menda desde atrás, según el lado contrario donde Carapolla se sitúe. Lo cierto es que yo ya estoy bien empalmado. En un aparte, quizá en el cuarto de baño, me la miro. Todavía tengo pegotes de la pomada alrededor del capullo. Evidentemente no puedo participar en la orgía. Pato me persigue por el dormitorio y yo me evado como puedo, sin explicar mi maltrecho estado. Pienso en que voy a tener que ir al médico urgentemente para arreglarme el pito del todo, pero no habrá de ser en México; lamentablemente tendré que esperar unos pocos días, unos pocos días sin sexo, hasta que regrese a Madrid. Y no puedo recibir atención médica en México porque, tal y como he comprobado al internarme otra vez por los soportales que transité con anterioridad, la clínica estaba cerrada a cal y canto, quizá debido a que sea fin de semana.

Una vez confirmado que el centro de salud no abrirá sus puertas me interno en un bareto próximo. Desde la ventana, yo y los allí congregados, observamos cómo unos trabajadores con traje de mono limpian unas enormes bolas de piedra del vallado que cerca el sanatorio. Y lo hacen de una manera harto extraña, difícil de describir. Como si las pilastras pétreas que sostienen las grandes esferas tuviesen una cremallera en su centro y a través de raíles internos, con chorros de agua, se limpiase la estructura. Viendo la operación, comienzan a llover malvadas críticas de los parroquianos sobre las malas gestiones de despilfarro típicas de la administración y el gobierno.
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Sueños (193): Cambio de compañía teatral

En el inmenso vestuario de un teatro
Es mi primer día de ensayo con la compañía de teatro que recientemente me ha acogido. Y para variar, llego tarde, unos 10 minutos, a mi primera cita. Si bien pensaba que iba a haber regañina, pues no, en absoluto, aunque de alguna manera he ganado mi primer punto negativo. Voy conociendo a mis compañeros, al director, al segundo de a bordo, al resto de actores y actrices, al productor, según voy encontrándome con ellos en el inmenso vestuario donde todos nos afanamos, cada cual con sus quehaceres y preparativos. Este ingente camerino, abigarrado, sin apenas espacios libres, compartimentado como un mercadillo de traperos, lleno de perchas, maniquís, ropajes de toda índole, sillas, bolsos y demás objetos propios de la tramoya, curiosamente ocupa el hall principal del gran teatro donde nos alojamos (da la sensación, incluso, de que algunos de los actores viven aquí). El espacio es continuo y tras las montañas de objetos y vestimentas que nos cercan, se extiende la platea del teatro. Ya no estamos hablando de una compañía teatral más o menos aficionada, como el anterior grupo -Tamir- al que pertenecía, sino de una señora compañía profesional, con prestigio, consolidada, puntera en realizar montajes arriesgados e innovadores, quizá comprometidos.

Bajo el dintel de una estrecha puerta que da al enorme camerino tendré un encontronazo con un chavalito, que me trata con inquina, acaso envidia. Ambos iremos con el busto al desnudo, él con unos pelillos pobres en su pecho, yo con estampa curtida y varonil. No volveré a ver a este mocoso, que por unos instantes se identificará con un viejo conocido, puede que un vecino de los Hábitats, ora olvidado. Colocaré mis enseres entre los de dos actrices. Hay otro momento en que converso con dos actrices, sentados todos en los escalones de entrada del edificio. En breve dará comienzo el primer ensayo. De pronto caigo en la cuenta de que mi despiste y las prisas me han hecho una jugarreta: no he traído ni la ropa de mi personaje -uno o varios secundarios relevantes- ni mi libreto... Horror. ¿Qué hago ahora? Me da tanto bochorno mi lapsus que decido regresar inmediatamente a casa a recuperar mis cosas. La intención es ir y volver en taxi, para no atrasarme demasiado. Me surge la duda de si debo desaparecer sin avisar o si debería darle noticia al director de mi repentina marcha. Se lo planteo a una colega. Adopto una solución intermedia, la de comentárselo al dire, pero amparándome en una mentirijilla piadosa. Le localizo en este marasmo y le digo que tengo que ausentarme, que regreso en 10 minutos. Evidentemente, lo de retornar en 10 minutos es un camelo tranquilizador. Ni yendo en taxi tardaría tan poquito.

Salgo como una flecha. A la caza de un taxi. El teatro tiene su emplazamiento en el centro de Alcorcón (todo el sueño se desarrollará en dicha población). Mi vivienda se halla en uno de los extremos, hacia el norte, no excesivamente lejos. Para ir ganando tiempo, mientras consigo detener un taxi libre, voy caminando a notable velocidad, así voy aproximándome a mi destino, ya que está resultando complicado avistar un taxi que no esté ocupado. En un cruce dejo pasar un par de tequis libres porque van en sentido contrario. Mal hecho. Debería haberlos aprovechado, pues no volveré a tener otra oportunidad. Una opción sería plantarme en una calle más transitada y aguardar la venida de un taxi, mas prefiero avanzar, es más seguro. Como ya me queda poco trecho para llegar a casa, ya ni me ocupo de fichar las lucecitas verdes de los tequis desocupados.

En nuestro pequeño y recargado apartamento busco mi vestuario, que incluye un batín blanco de médico. Todo está colocado sobre un perchero de maniquí, en pleno salón. Al lado, mi hijo de tres años está vistiéndose. Tumbado boca arriba en el suelo, para ayudarse en la tarea, se está subiendo sus pantaloncitos vaqueros. El pobre lleva un día sin salir de casa, y seguramente lleva otro tanto solito en casa, y se ha hecho, sin consultar, la ilusión de venirse conmigo, de ahí que se esté poniendo la ropa de calle. Es un buen fregado llevarme a mi chiquitín al ensayo, desde luego. Los compañeros podrían molestarse, aparte de que nos podría distraer de manera escandalosa. Aunque eso sí, ganaría yo muchos puntos entre la asistencia femenina, que siempre se enternecen con la "estampita" padre-hijito.

Estoy determinado a llevármelo conmigo, cuando aparece Eva, saliendo del cuarto de baño. Discutimos si Amador me acompaña o si se queda con ella. Mis argumentos en pro de los perjuicios que me podría ocasionar crear más problemas añadidos justo en el primer día de mi incorporación al grupo teatral inclina la balanza hacia la permanencia de nuestro hijo junto a su madre, por muy liada que esté ella.

Al salir a la calzada, ficho un taxi libre aparcado en la acera. Se trata de una especie de Dos Caballos antiguo, más amplio por dentro y con el culo más similar al de una furgoneta. Por unos segundos me adelanto a una señora emperifollada que también quería pillarlo. El taxista le replica a la mujer que yo he llegado primero. Genial. Me instalo en el asiento trasero y nos ponemos en marcha.

Cruzamos Alcorcón de nuevo, camino del teatro, pero en el centro de la ciudad hay dos teatros y el taxista, por equivocación, me conduce hasta el que no es. No recuerda dónde se ubica el teatro moderno al que ha de trasladarme, así que daremos vueltas tontas por diversas callejuelas del casco antiguo. Finalmente parece recordar la ruta correcta y definitivamente detectamos la mole de la edificación buscada.

Total, que para cuando estoy de vuelta en el teatro, han pasado cerca de dos horas y media. El ensayo ha terminado hace un rato. La mayoría de los actores ya han emigrado. Aún rulan por aquí tanto el director, un tipo robusto, alto y con espesa barba, como el productor, un joven apuesto y engominado. Daré mis explicaciones oportunas del por qué de mis desplantes, intentando recuperar mi credibilidad. No hay problema, confían plenamente en mí. Son capaces de penetrar con facilidad en la psique de las personas y saben perfectamente que mi único inconveniente, con las ligeras molestias que eso acarrea, es que al principio me cuesta someterme a disciplinas y horarios, pero que siempre respondo con seriedad y responsabilidad al cabo de poco tiempo. Bueno, ya me quedo más tranquilo.

Colocaré mi libreto en un sitio que estorba, según me advierten, encima de un altavoz o algo así. Alegaré que es la manera de asegurarme de no extraviarlo. Cuando salimos, de improviso, nos dirigiremos a un bareto colindante. Unas tapas. Unas copas. Nos sentamos a unas mesas cuadradas, adosadas las unas a las otras con un irracional desorden. Charlo con mis nuevos camaradas. A alguno que otro le invito a su consumición, mostrándome espléndido. En unos de los tragos que le doy a mi cubata, el sabor es distinto, concretamente a Trinaranjus de naranja. Una mueca de asco sale de mi geta y comprendo que me he equivocado de vaso de tubo. Al estirar el brazo hacia atrás, por error, he enganchado el bebedizo de una compañera actriz.
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Sueños (192): A la pata coja

fragmento de una pintura de Paul Klee
Vamos a realizar, en el día de hoy, un último ejercicio de interpretación con nuestro profesor Antonio Malonda -todo lo soñado con anterioridad se ha evaporado o casi evaporado, incluyendo unas idas y venidas por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid en que buscaba mi bolso repleto de libros universitarios y algunas ropas que había extraviado el día anterior y que finalmente, tras recorrer desde las plantas de arriba (donde alumnos aventajados de último curso se afanaban en los retoques de sus proyectos) casi todo el edificio, terminaba por encontrar, gracias a las indicaciones de un compañero, ya que había olvidado la secuencia de hechos del día anterior; o el momento algo posterior en que a primeras horas de la mañana venía a recogerme en coche mi madre, para mi sorpresa, cuando yo esperaba a mi padre, que al parecer se encontraba bastante empeorado, desmejorado y ausente debido a su postrera enfermedad, como ha podido vérsele un par de instantes fugaces, tras lo que haremos el viaje de retorno por carretera de noche mi madre y yo, presumiblemente hacia un indefinido Alcorcón; o después, en un difuso momento matinal en que muy hambriento me dirijo a la cocina a dar calma a los calambres del estómago y me encuentro con que la comida que ha preparado mi madre no es nada ortodoxa ni nada sustanciosa para la señora gusa que traigo, a saber, un exótico helado gigante, metido en un gran tarro, con un nombre no menos extravagante y extranjero, compuesto de dos palabras, algo del tipo "ma... glaçé", que con frecuencia saborean mi hermana y mi madre en cafeterías que suelen visitar por la tarde, y que tantearé ahora mismo con un par de cucharadas, encontrándolo demasiado dulzón, poco apetecible y nada nutritivo para mi canina necesidad alimenticia-.

Así, en la última parte del sueño, como decía, nos trasladamos de día campo a través hacia el contorno cercado por unos bajos muros de piedra, a cielo descubierto. Nos encontramos en una localización perfectamente rural, entre cobertizos y terrenos pedregosos. Los cuarenta o cincuenta actores que formamos el grupo ya hemos llegado al recinto y esperamos la llegada de Antonio Malonda. Al poco le vislumbramos, todo pequeñito y gracioso como un agrandado gnomo, desplazarse entre las malezas hasta nuestro encuentro. Cuando arriba nos insta a que nos dispersemos y nos disgreguemos y peguemos alrededor de los cuatros costados de la tapia. Nos declara sin más explicaciones que los planes han cambiado. Si bien la primera intención era hacer un ejercicio por parejas, ya bien definidas, ora la cosa consistirá en otro tipo de juego, en el que tendremos que ir por turnos, de uno en uno, saltando a la pata coja y portando cada cual el cuadro de un pintor famoso, hasta depositarlo en una oquedad con forma de horno rural. Una vez dejado el lienzo hay que decir el nombre de un pintor, para que el compañero correspondiente haga el mismo recorrido a la pata coja. El trueque nos extraña sobremanera y nos rompe los esquemas, mas nadie osará abrir la boca en señal de protesta, salvo Toni Márquez, que mientras obedientes nos ponemos en movimiento, con sonámbula voz preguntará por la naturaleza de este cambio. Malonda nos responderá de manera escueta y mohína, alegando que se ve obligado a estar pendiente de una llamada que recibirá en breve en el "manos libres".

Comenzamos. Al cabo llega mi turno y emprendo el itinerario a la pata coja, llevando un cuadro que me ha costado encontrar, posiblemente un lienzo querido y familiar. Estoy encantado de ir dando saltitos sobre la pierna derecha entre los hierbajos, me divierte enormemente. Tanto, que me demoro todo lo que puedo en mi trayecto, disfrutando como un poseso. Pregunto tonterías para ganar tiempo. En ningún caso mi pierna izquierda tocará el suelo. Llego al hueco del compartimento donde se están apilando las obras de arte y encima del montón coloco el que traigo. Ahora, sin dejar de saltar a la pata coja he de regresar donde se halla el grueso del grupo, a la vez que pronuncio el nombre de uno de los pintores famosos para que el siguiente compañero inicie su trecho. Pero no me acuerdo de los nombres de reconocidos artistas, tanteo en mi memoria y nada. Entre tanto, los colegas esperan impacientes a que salga del lapsus. Al fin me surge el nombre de "Paul Klee" y lo diré en alta voz. Ya se había dicho previamente, sin embargo, aún así, un alumno exclama "el mío" y se pone en marcha. En el ínterín yo retorno, siempre a la pata coja.

Unos pasos antes de terminar mi intinerario, me retardo un poco más hablando con un camarada, y así apuro los últimos divertidos instantes dando brincos. Me sorprende mucho que no me haya cansado ni un ápice en ningún momento de botar sobre una sola pierna. Ya entre el resto de los compañeros, Eva me dirá, regañándome levemente, que sabía que iba a escogerla a ella para ser la siguiente.
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Sueños (191): El flamante deportivo y el barrio musulmán

Mujer árabe llorando y las carreras en un flamante deportivo
Estoy realizando una tediosa ampliación de la página web de Ignacio Maffi. Sólo me queda por hacer lo último, que es además lo más arduo y complejo. Se trata de poner los títulos de las canciones a cada una de las muy numerosas portadas musicales de CD que salen en la web. No sé para qué quiere incorporar esto, pero es un engorro mayúsculo. Bien complicado que quepa tanta información minúscula. Por ejemplo con uno de los discos de Depeche Mode. Llamaré a mi cliente por teléfono para quitarle de la cabeza este tipo de laborioso añadido. Frente a la pantalla del ordenador le muestro lo mal que quedaría esto, a la par que le enseño otros ejemplos de webs que he diseñado con un esquema similar. Ahora mismo estamos viendo juntos estos temas en la alargada nave donde desarrolla su negocio. En una macropantalla contemplamos versiones anteriores que hicimos de su página web. Las hay espectaculares, con brillantes efectos de transición, cuidadas hasta el último detalle de una manera exagerada, verbigracia unos coloreados botoncitos rectangulares pegados que se van iluminando unos detrás de los otros. Me entra la mieditis repentina de que a Ignacio le dé por volver a instalar en su web tamaños artificios, lo que me conllevaría mucho más curro; mas hay suerte y no, él prefiere el modelo que tenemos actualmente, mucho más sencillo, simple y liviano. Menos mal... Parece que finalmente, con mis argumentos, le convenzo y me libero pues del trabajito de chinos que es añadir los títulos de las canciones de las portadas.

Salimos fuera de la nave. Me fijo en las reformas que ha llevado a cabo Ignacio. El espacio donde imparte sus clases está ubicado en la parte baja de un edificio que tiene los últimos pisos aún en fase de construcción, en un descampado urbano. Su sala ocupa todo el largo de la fachada principal, de parte a parte, consistiendo en un muro ciego de ladrillo. Doblando ambas esquinas es donde se hallan las dos entradas simétricas, en sus respectivas fachadas bien estrechas. Entradas con cierre metálico vertical, como de garage, pero con forma cuasi pentagonal. Dichas esquinas tienen una parte inacabada (a propósito, deliberadamente), presentando algunos huecos triangulares, como mordeduras provocadas por la falta de algunos escalonados ladrillos.

Ignacio se sube a su coche deportivo negro. Me sorprende que con su modesto negocio de cursos de clown haya conseguido ahorrar para comprarse semejante bicho. Pero yo no me quedo corto, también tengo otro flamante deportivo, que no sé si he pagado yo con el sudor de mi frente o si me lo han regalado. Así pues, cada uno en su bólido, emprendemos una acelerada marcha a través de las carreteras colindantes y a través de los campos, como si montásemos en todoterrenos. En muchos puntos de nuestras vertiginosas carreras coincidimos. Oiré (sin que salgamos de nuestros respectivos vehículos) cómo Nacho sentencia que no hay problemas ni preocupaciones cuando uno está al volante de estos cochazos. Y es verdad, esto es muy parecido a la libertad, podemos ir donde se nos antoje, sin límites, y con la celeridad del viento. Irrumpo en carretera, a buena velocidad, en un tramo muy encharcado y pierdo un poco el control de mi auto, algo descontrolado en un duradero y espectacular derrape. Claro, mi automóvil deportivo no está específicamente preparado para la conducción sobre mojado, pensaré.

Es alucinante, estos chismes se ponen en un pispás a 220 kilómetros por hora con una suavidad increíble, como si apenas nos moviésemos. En la mayoría de los casos superaré esa "confortable" velocidad con mucha diferencia. También conduzco un trecho de autovía en sentido contrario, sin leyes que menoscaben el libre albedrío de mi desplazamiento. Al ver un ajeno coche acercándose por el asfalto giro radicalmente y retomo el sentido correcto.

Coincidimos de nuevo Ignacio y yo, cada uno en su buga, sobre un terreno campestre, con barro. Momentáneamente mi auto se convierte en una moto de montaña, intento hacer una cabriola con escaso éxito. A mi vera, un profesional de la motocross realiza un ejemplar caballito con su moto. Justo lo que quería hacer yo. Descubro que las cosas no salen por sí solas, hay que tener dominio sobre las máquinas, es decir, que sólo hay que aprender. Es entonces cuando Nacho se aviene a enseñarme el manejo de estos carros. A partir de aquí, con la técnica del videoclip (en plan imágenes instántaneas entrelazadas), surgen repetidos instantes del pupilaje con Nacho. Momentos de fraternal amistad. Momentos para desenvolverse técnicamente con estos lujosos aparatos sobre ruedas. Etcétera. Además se va narrando todo con voz en off a través de la lectura de un diario que he ido rellenando de continuo. En uno de esos pasajes surge un extraño flechazo con el maestro Nacho. Una especie de amor idílico. Sin que se sepa si sí. Desde luego no me encajaban estas inclinaciones en él. Qué raro.

Hay un salto narrativo, aunque seguimos en el mismo ambiente rural. Tengo mi deportivo aparcado en la granja donde vivimos. Es hora de darse una celérica vuelta con el coche de mis amores. Mi madre, a las puertas de la casona principal de nuestra finca, junto a otro familiar que no identifico (¿quizá Antonio?), me señala que tenga mucho cuidadito y que no corra mucho. Tranquilizo sus temores y aseguro que no pienso apretar el acelerador apenas; cosa que desde luego no es cierta, porque lo que me pide el cuerpo es pisar a fondo y volar y volar a través del paisaje.

Ya en ruta, en breve, me habré internado en la hacienda de un ricachón poderoso e influyente, que está apostado, rodeado de algunos de sus parias, en un cruce de caminos de sus vastos terrenos. Detengo el coche. El dueño de las tierras, ampliamente bigotudo y con vestimenta elegante muy de finales del siglo XIX, me avisará de que, como estropee o aplaste con mi deportivo algún pasto o plantación de su pertenencia, me veré obligado a apoquinar más de 2.000 euros de multa. Serio, incluso hosco, me indica que me permite atravesar sus dominios, pero con el aviso que me ha participado. Le inquiriré si existe peligro de ser multado si sólo sigo con el coche los irregulares caminitos arenosos levemente esbozados que inundan sus contornos. No, ahí no hay reparo, puedo circular por ellos a mi gusto y cuanto quiera. ¡Bien, perfecto! Y eso hago, me pongo en marcha siguiendo la estela de esas terrosas veredas difuminadas, como caminos que se han ido haciendo con la lenta erosión del trasiego de personas y animales a lo largo de los tiempos.

Voy pasando, a un ritmo más bien lento, muy cerca de pequeñas poblaciones y casas rústicas y depauperadas, con apenas un leve manto de cal blanca como único ropaje. Y compruebo que estos míseros alojamientos esconden la presencia de terribles dictadores internacionales perseguidos por la ley, así como jefazos terroristas o famosísimos mafiosos sin escrúpulos. Más vale que no suceda nada gordo mientras rulo por estos lares y que no sea testigo de cualquier circunstancia comprometedora, o sino me veré en serios apuros, ya que intentarán eliminarme sí o sí...

Termino por adentrarme en un poblado más populoso, constituyendo ya casi una pequeña ciudad. Una barriada donde campea una aguerrida miseria y en donde la gran mayoría de habitantes son musulmanes, con sus vestimentas anchas y vastas, con sus gorritos turcos, con sus ropajes similares a burkas. Durante una fracción de segundo temeré el ser agredido por estas gentes con el objeto de arrebatarme mi lujoso coche. Pero este miedo desaparece pronto. Mis siguientes avances los realizo ahora a pie. Cada pocos pasos se repite una escena muy afín: aquí y allá, una mujer o una niña llora terriblemente desconsolada ante un murete, o la puerta de una verja o ante una oquedad en la fachada de una casa. Relaciono su continuado y doloroso lamento con el omnipresente estado de su salvaje y oceánica miseria. Me inunda la lástima y la conmiseración ante tales muestras de desarraigo. Más tarde comprenderé -quizá me lo explique una nena- que no es por su extrema pobreza por lo que se desgarran en una eterna letanía de escalofriantes lamentaciones, sino que se trata de un rito religioso que realizan mecánicamente, a diario, y a veces durante horas ininterrumpidas, en memoria de un ser querido muerto.

Por último me veo escalando por las tuberías y tejados de esta desventurada localidad morisca, como si huyese de algo, sin prisas, no obstante.
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Sueños (190): Inmerso en oscuras redes de prostitución internacional

Construcciones de adobe y paja en un poblado que sirve como tapadera de redes de prostitución internacional
Del compartimento trasero de un enorme avión, con una cola bastante ancha y plana, se abre una rampa por donde son evacuadas, en varias tandas, grupos de mujeres que irán siendo alineadas, sentadas, a los pies de un largo muro, a cobijo del lacerante sol. Nos hallamos en un país extranjero y desértico, quizá árabe, quizá africano. Yo formo parte de los tres o cuatro guardianes de las féminas. La película trata claramente de redes de prostitución. Toda esta mercancía femenina, de unas sesenta hembras de distintas edades (con predominio de la edad madura) y mayoritariamente pertenecientes a las clases más desfavorecidas, será iniciada en breve en el ejercicio del puterío, puede que esta misma noche. Nosotros, los chulos, seremos, durante unos instantes previos, robustos y jóvenes machos de raza negra -con lo que de alguna manera el sueño tiene similitudes con la novela "Pimp" de Iceberg Slim, que terminé de leer hace unos días-.

Salvo nuestro jefe, que ya lleva una cierta experiencia en las lides del chuleo, todos los demás somos principiantes que ignoramos nuestro cometido y qué es lo que hay que hacer para poner a las futuras putas en funcionamiento. Estamos nerviosos, sin saber qué hacer o decir. Imaginamos que tendremos piedad y las recién llegadas no empezarán a comerciar con sus cuerpos bajo nuestra tutela esta misma noche, sino mañana o pasado mañana. Estamos equivocados. Han de ponerse a currelar hoy mismo. Nuestro aventajado compañero nos mostrará cómo predisponerlas para que se prostituyan a la mayor brevedad. De pie, les suelta una elocuente arenga, algo amistosa aunque muy firme y marcial, sobre la perentoria necesidad de que se pongan a ejercer lo antes posible para poder sobrevivir y permitirse ciertos lujos, tanto ellas como nosotros. Nos quedamos admirados los novatos de la eficacia de la charleta. Todas las presentes, sin excepción, asumen su inmediato destino sin vacilaciones, sin pasión, sin miedo, con la irrevocable resolución bovina que otorga la menesterosa carestía.

A continuación procedemos a volver a embaular por grupos a las chicas en las fauces traseras del avión, para que sean conducidas a sus destinos de lenocinio. Veo más de cerca a las mujeres del último grupo, son feas, ordinarias, embrutecidas, literales cachos de carne utilitaria. Ayudo a desplazarse a una anciana, que inexplicablemente también habrá de vender su intimidad. Me da lástima la pobre mujer.

El avión cerrará sus gigantes portezuelas y emprenderá la marcha. No sé cómo ni con qué objeto, pero yo he sido el único que se ha quedado en tierra. Decido darme un paseo y estirar las piernas por las aledañas construcciones de un remoto poblado. He recuperado mi natural color de piel. Pasando por debajo de un arco observo que desde la explanada que daba al anterior muro un tipo alto y estirado comienza a seguirme. ¿Será de la bofia?, me pregunto. Al poco, desde otro extremo de una desolada e ingente plaza, otro personaje, indeterminado, también parece acercarse paulatinamente hacia mí. Posiblemente sea un aliado. Sin apretar el paso, disimulando, intento despistar a estos individuos. Pero es difícil pasar desapercibido en un espacio más o menos abierto, con escasas edificaciones de adobe que sirvan de cobijo. Desde otros puntos surgen otro par de perseguidores. Subiré por un elevado tramo de escalones de piedra, a mi izquierda quedará el mar. Al llegar al pasadizo de arriba seré atrapado por el primero de mis acosadores, produciéndose una extraña fusión con él, convirtiéndome así en otro.
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