Sueños (191): El flamante deportivo y el barrio musulmán

Mujer árabe llorando y las carreras en un flamante deportivo
Estoy realizando una tediosa ampliación de la página web de Ignacio Maffi. Sólo me queda por hacer lo último, que es además lo más arduo y complejo. Se trata de poner los títulos de las canciones a cada una de las muy numerosas portadas musicales de CD que salen en la web. No sé para qué quiere incorporar esto, pero es un engorro mayúsculo. Bien complicado que quepa tanta información minúscula. Por ejemplo con uno de los discos de Depeche Mode. Llamaré a mi cliente por teléfono para quitarle de la cabeza este tipo de laborioso añadido. Frente a la pantalla del ordenador le muestro lo mal que quedaría esto, a la par que le enseño otros ejemplos de webs que he diseñado con un esquema similar. Ahora mismo estamos viendo juntos estos temas en la alargada nave donde desarrolla su negocio. En una macropantalla contemplamos versiones anteriores que hicimos de su página web. Las hay espectaculares, con brillantes efectos de transición, cuidadas hasta el último detalle de una manera exagerada, verbigracia unos coloreados botoncitos rectangulares pegados que se van iluminando unos detrás de los otros. Me entra la mieditis repentina de que a Ignacio le dé por volver a instalar en su web tamaños artificios, lo que me conllevaría mucho más curro; mas hay suerte y no, él prefiere el modelo que tenemos actualmente, mucho más sencillo, simple y liviano. Menos mal... Parece que finalmente, con mis argumentos, le convenzo y me libero pues del trabajito de chinos que es añadir los títulos de las canciones de las portadas.

Salimos fuera de la nave. Me fijo en las reformas que ha llevado a cabo Ignacio. El espacio donde imparte sus clases está ubicado en la parte baja de un edificio que tiene los últimos pisos aún en fase de construcción, en un descampado urbano. Su sala ocupa todo el largo de la fachada principal, de parte a parte, consistiendo en un muro ciego de ladrillo. Doblando ambas esquinas es donde se hallan las dos entradas simétricas, en sus respectivas fachadas bien estrechas. Entradas con cierre metálico vertical, como de garage, pero con forma cuasi pentagonal. Dichas esquinas tienen una parte inacabada (a propósito, deliberadamente), presentando algunos huecos triangulares, como mordeduras provocadas por la falta de algunos escalonados ladrillos.

Ignacio se sube a su coche deportivo negro. Me sorprende que con su modesto negocio de cursos de clown haya conseguido ahorrar para comprarse semejante bicho. Pero yo no me quedo corto, también tengo otro flamante deportivo, que no sé si he pagado yo con el sudor de mi frente o si me lo han regalado. Así pues, cada uno en su bólido, emprendemos una acelerada marcha a través de las carreteras colindantes y a través de los campos, como si montásemos en todoterrenos. En muchos puntos de nuestras vertiginosas carreras coincidimos. Oiré (sin que salgamos de nuestros respectivos vehículos) cómo Nacho sentencia que no hay problemas ni preocupaciones cuando uno está al volante de estos cochazos. Y es verdad, esto es muy parecido a la libertad, podemos ir donde se nos antoje, sin límites, y con la celeridad del viento. Irrumpo en carretera, a buena velocidad, en un tramo muy encharcado y pierdo un poco el control de mi auto, algo descontrolado en un duradero y espectacular derrape. Claro, mi automóvil deportivo no está específicamente preparado para la conducción sobre mojado, pensaré.

Es alucinante, estos chismes se ponen en un pispás a 220 kilómetros por hora con una suavidad increíble, como si apenas nos moviésemos. En la mayoría de los casos superaré esa "confortable" velocidad con mucha diferencia. También conduzco un trecho de autovía en sentido contrario, sin leyes que menoscaben el libre albedrío de mi desplazamiento. Al ver un ajeno coche acercándose por el asfalto giro radicalmente y retomo el sentido correcto.

Coincidimos de nuevo Ignacio y yo, cada uno en su buga, sobre un terreno campestre, con barro. Momentáneamente mi auto se convierte en una moto de montaña, intento hacer una cabriola con escaso éxito. A mi vera, un profesional de la motocross realiza un ejemplar caballito con su moto. Justo lo que quería hacer yo. Descubro que las cosas no salen por sí solas, hay que tener dominio sobre las máquinas, es decir, que sólo hay que aprender. Es entonces cuando Nacho se aviene a enseñarme el manejo de estos carros. A partir de aquí, con la técnica del videoclip (en plan imágenes instántaneas entrelazadas), surgen repetidos instantes del pupilaje con Nacho. Momentos de fraternal amistad. Momentos para desenvolverse técnicamente con estos lujosos aparatos sobre ruedas. Etcétera. Además se va narrando todo con voz en off a través de la lectura de un diario que he ido rellenando de continuo. En uno de esos pasajes surge un extraño flechazo con el maestro Nacho. Una especie de amor idílico. Sin que se sepa si sí. Desde luego no me encajaban estas inclinaciones en él. Qué raro.

Hay un salto narrativo, aunque seguimos en el mismo ambiente rural. Tengo mi deportivo aparcado en la granja donde vivimos. Es hora de darse una celérica vuelta con el coche de mis amores. Mi madre, a las puertas de la casona principal de nuestra finca, junto a otro familiar que no identifico (¿quizá Antonio?), me señala que tenga mucho cuidadito y que no corra mucho. Tranquilizo sus temores y aseguro que no pienso apretar el acelerador apenas; cosa que desde luego no es cierta, porque lo que me pide el cuerpo es pisar a fondo y volar y volar a través del paisaje.

Ya en ruta, en breve, me habré internado en la hacienda de un ricachón poderoso e influyente, que está apostado, rodeado de algunos de sus parias, en un cruce de caminos de sus vastos terrenos. Detengo el coche. El dueño de las tierras, ampliamente bigotudo y con vestimenta elegante muy de finales del siglo XIX, me avisará de que, como estropee o aplaste con mi deportivo algún pasto o plantación de su pertenencia, me veré obligado a apoquinar más de 2.000 euros de multa. Serio, incluso hosco, me indica que me permite atravesar sus dominios, pero con el aviso que me ha participado. Le inquiriré si existe peligro de ser multado si sólo sigo con el coche los irregulares caminitos arenosos levemente esbozados que inundan sus contornos. No, ahí no hay reparo, puedo circular por ellos a mi gusto y cuanto quiera. ¡Bien, perfecto! Y eso hago, me pongo en marcha siguiendo la estela de esas terrosas veredas difuminadas, como caminos que se han ido haciendo con la lenta erosión del trasiego de personas y animales a lo largo de los tiempos.

Voy pasando, a un ritmo más bien lento, muy cerca de pequeñas poblaciones y casas rústicas y depauperadas, con apenas un leve manto de cal blanca como único ropaje. Y compruebo que estos míseros alojamientos esconden la presencia de terribles dictadores internacionales perseguidos por la ley, así como jefazos terroristas o famosísimos mafiosos sin escrúpulos. Más vale que no suceda nada gordo mientras rulo por estos lares y que no sea testigo de cualquier circunstancia comprometedora, o sino me veré en serios apuros, ya que intentarán eliminarme sí o sí...

Termino por adentrarme en un poblado más populoso, constituyendo ya casi una pequeña ciudad. Una barriada donde campea una aguerrida miseria y en donde la gran mayoría de habitantes son musulmanes, con sus vestimentas anchas y vastas, con sus gorritos turcos, con sus ropajes similares a burkas. Durante una fracción de segundo temeré el ser agredido por estas gentes con el objeto de arrebatarme mi lujoso coche. Pero este miedo desaparece pronto. Mis siguientes avances los realizo ahora a pie. Cada pocos pasos se repite una escena muy afín: aquí y allá, una mujer o una niña llora terriblemente desconsolada ante un murete, o la puerta de una verja o ante una oquedad en la fachada de una casa. Relaciono su continuado y doloroso lamento con el omnipresente estado de su salvaje y oceánica miseria. Me inunda la lástima y la conmiseración ante tales muestras de desarraigo. Más tarde comprenderé -quizá me lo explique una nena- que no es por su extrema pobreza por lo que se desgarran en una eterna letanía de escalofriantes lamentaciones, sino que se trata de un rito religioso que realizan mecánicamente, a diario, y a veces durante horas ininterrumpidas, en memoria de un ser querido muerto.

Por último me veo escalando por las tuberías y tejados de esta desventurada localidad morisca, como si huyese de algo, sin prisas, no obstante.
....

Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
2 Comentarios
  1. ESTER Says:

    Lo de la página web no extraña: estás inmerso en la construcción de la tuya.
    Lo del coche: mientras ibas en él no veías nada acerca de la pobreza: Cuando has ido a pie y a paso lento lo has vivido.

    Ester


  2. pepeworks Says:

    Sí! Dicen que no hay como la distancia para ver las cosas de una manera romántica, en lugar de con toda la crudeza que proporciona la cercanía...


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