Sueños (192): A la pata coja

fragmento de una pintura de Paul Klee
Vamos a realizar, en el día de hoy, un último ejercicio de interpretación con nuestro profesor Antonio Malonda -todo lo soñado con anterioridad se ha evaporado o casi evaporado, incluyendo unas idas y venidas por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid en que buscaba mi bolso repleto de libros universitarios y algunas ropas que había extraviado el día anterior y que finalmente, tras recorrer desde las plantas de arriba (donde alumnos aventajados de último curso se afanaban en los retoques de sus proyectos) casi todo el edificio, terminaba por encontrar, gracias a las indicaciones de un compañero, ya que había olvidado la secuencia de hechos del día anterior; o el momento algo posterior en que a primeras horas de la mañana venía a recogerme en coche mi madre, para mi sorpresa, cuando yo esperaba a mi padre, que al parecer se encontraba bastante empeorado, desmejorado y ausente debido a su postrera enfermedad, como ha podido vérsele un par de instantes fugaces, tras lo que haremos el viaje de retorno por carretera de noche mi madre y yo, presumiblemente hacia un indefinido Alcorcón; o después, en un difuso momento matinal en que muy hambriento me dirijo a la cocina a dar calma a los calambres del estómago y me encuentro con que la comida que ha preparado mi madre no es nada ortodoxa ni nada sustanciosa para la señora gusa que traigo, a saber, un exótico helado gigante, metido en un gran tarro, con un nombre no menos extravagante y extranjero, compuesto de dos palabras, algo del tipo "ma... glaçé", que con frecuencia saborean mi hermana y mi madre en cafeterías que suelen visitar por la tarde, y que tantearé ahora mismo con un par de cucharadas, encontrándolo demasiado dulzón, poco apetecible y nada nutritivo para mi canina necesidad alimenticia-.

Así, en la última parte del sueño, como decía, nos trasladamos de día campo a través hacia el contorno cercado por unos bajos muros de piedra, a cielo descubierto. Nos encontramos en una localización perfectamente rural, entre cobertizos y terrenos pedregosos. Los cuarenta o cincuenta actores que formamos el grupo ya hemos llegado al recinto y esperamos la llegada de Antonio Malonda. Al poco le vislumbramos, todo pequeñito y gracioso como un agrandado gnomo, desplazarse entre las malezas hasta nuestro encuentro. Cuando arriba nos insta a que nos dispersemos y nos disgreguemos y peguemos alrededor de los cuatros costados de la tapia. Nos declara sin más explicaciones que los planes han cambiado. Si bien la primera intención era hacer un ejercicio por parejas, ya bien definidas, ora la cosa consistirá en otro tipo de juego, en el que tendremos que ir por turnos, de uno en uno, saltando a la pata coja y portando cada cual el cuadro de un pintor famoso, hasta depositarlo en una oquedad con forma de horno rural. Una vez dejado el lienzo hay que decir el nombre de un pintor, para que el compañero correspondiente haga el mismo recorrido a la pata coja. El trueque nos extraña sobremanera y nos rompe los esquemas, mas nadie osará abrir la boca en señal de protesta, salvo Toni Márquez, que mientras obedientes nos ponemos en movimiento, con sonámbula voz preguntará por la naturaleza de este cambio. Malonda nos responderá de manera escueta y mohína, alegando que se ve obligado a estar pendiente de una llamada que recibirá en breve en el "manos libres".

Comenzamos. Al cabo llega mi turno y emprendo el itinerario a la pata coja, llevando un cuadro que me ha costado encontrar, posiblemente un lienzo querido y familiar. Estoy encantado de ir dando saltitos sobre la pierna derecha entre los hierbajos, me divierte enormemente. Tanto, que me demoro todo lo que puedo en mi trayecto, disfrutando como un poseso. Pregunto tonterías para ganar tiempo. En ningún caso mi pierna izquierda tocará el suelo. Llego al hueco del compartimento donde se están apilando las obras de arte y encima del montón coloco el que traigo. Ahora, sin dejar de saltar a la pata coja he de regresar donde se halla el grueso del grupo, a la vez que pronuncio el nombre de uno de los pintores famosos para que el siguiente compañero inicie su trecho. Pero no me acuerdo de los nombres de reconocidos artistas, tanteo en mi memoria y nada. Entre tanto, los colegas esperan impacientes a que salga del lapsus. Al fin me surge el nombre de "Paul Klee" y lo diré en alta voz. Ya se había dicho previamente, sin embargo, aún así, un alumno exclama "el mío" y se pone en marcha. En el ínterín yo retorno, siempre a la pata coja.

Unos pasos antes de terminar mi intinerario, me retardo un poco más hablando con un camarada, y así apuro los últimos divertidos instantes dando brincos. Me sorprende mucho que no me haya cansado ni un ápice en ningún momento de botar sobre una sola pierna. Ya entre el resto de los compañeros, Eva me dirá, regañándome levemente, que sabía que iba a escogerla a ella para ser la siguiente.
....

Estás viendo el blog personal del escritor y diseñador José Martín Molina (Pepeworks). Puedes saber más sobre sus creaciones en sus sitios web:
► web de escritor: www.josemartinmolina.com
► web de diseño: www.pepeworks.com. Se agradece la visita!
3 Comentarios
  1. ESTER Says:

    Los helados engordan....

    Muy divertido lo de la pata coja y los cuadros. Ahora bien, manera muy astuta de hacer que demuestres tu conocimiento de pintores.
    Jajaja...claro que Eva te ha regañado! Qué vergüenza ir dando saltitos a la pata coja!. Además, ¿es tu pareja,no? Yo también te hubiera regañado.

    Besos, Ester


  2. pepeworks Says:

    ¡Pero si Eva no me regañaba por ir a la pata coja (sí, es mi pareja)! Me regañaba por haberla elegido a ella, lo que suponía que la siguiente en dar saltos a la pata coja iba a ser ella...

    La verdad que sí que es cachondo el sueño... Yo me partía al recordarlo!!

    Besos!


  3. ESTER Says:

    Me he debido expresar mal, pero quería decir eso, que el hecho de haberla elegido significaba que le tocaría ir a la pata coja.

    Besos, Ester


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